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09-10-2019


La magia del teatro es recordarlo en familia

Entre risas y frente a un centenar de personas, el actor, dramaturgo y director de escena Juan Margallo presenta ‘Vivir del aire’. Su libro de memorias abarca más de medio siglo de oficio


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Reportaje gráfico: Asia Martín

Durante más de cinco décadas de trabajo, Juan Margallo (Cáceres, 1940) acumula grandes méritos tanto en el cine como en la televisión. Su papel en Campeones, estrenada hace solo un año, le ha valido la nominación al Goya. Pero el intérprete publica ahora un libro autobiográfico que recorre una trayectoria muy diferente: ya desde la propia cubierta, el volumen habla de una vida dedicada casi por completo a las tablas, de forma muy vocacional. Y de una carrera que llevó a Margallo a trabajar como camarero en Londres o París, a levantar montajes en las cárceles o a concluir una función en un teatro de Barcelona, aunque aquella misma tarde hubieran puesto allí una bomba. Todas estas historias figuran escritas de mano del polifacético creador a lo largo de las 420 páginas de Vivir del aire. Memoria del Teatro Independiente de un hilo


   En el texto no falta, desde luego, el nombre de la compañera de Margallo también en las artes: la actriz Petra Martínez. De hecho, tanto su esposa como su hija Olga le acompañaban la tarde del 8 de octubre en la sede madrileña de AISGE, donde el protagonista presentaba su trabajo. “Lo que me ha movido a escribir son las ganas de volver a vivirlo todo, porque de todo salí con vida y de nada me arrepiento”, anotó Margallo mientras recordaba etapas en las que realizaba 14 funciones por semana y en las que no disponía de un solo día de descanso. 


   Cuando pasaban algunos minutos de la hora prevista para el comienzo de la presentación, Margallo y Martínez continuaban atrapados entre numerosos asistentes que les pedían fotografías, alejados aún de los micrófonos asignados para compartir una tarde de anécdotas. Hasta que la sucesión de vivencias y alguna broma familiar de por medio rompieron el silencio. La primera vez que Margallo se presentó a las pruebas para acceder a la RESAD, por entonces en la calle del Pez de la capital, los profesores del tribunal le animaron a marcharse. Eso sí, acompañados de un gesto de compasión: no iban a anotar en el cuaderno que le habían recibido porque aquel extremeño veinteañero no pronunciaba las eses y hablaba a una velocidad endiablada, así que los tutores no se habían enterado de nada de lo que había dicho.



   Décadas después y con una prestigiosa andadura, lo que ahora regala aquel embarazoso recuerdo son risas y risas entre el público. Una tras otra. Porque el acto, celebrado ante un centenar de compañeros del colectivo, siguió la misma estructura que guiaba el libro presentado: una concatenación de anécdotas, algunas desarrolladas en bastantes páginas y otras liquidadas en unas pocas líneas, con la intención de buscar la complicidad del lector. Más reciente fue la confesión de que unos desconocidos llamaron a Margallo para que participase en un rodaje en Toledo. Todo sucedió de la noche a la mañana. Y allí pasó la jornada, incluso vestido de época, pero sin una silla donde sentarse. Al regresar a Madrid ni siquiera sabía para quiénes había trabajado ni en qué proyecto. “Si alguien me ve en esa película, que me diga su título”, rogó entre carcajadas a los asistentes.


   No fue esa la única pregunta que lanzó el intérprete. Si se olvidaba del nombre de alguno de sus profesores en la RESAD, donde al final logró estudiar, sus compañeros de aquellos años mozos se lo recordaban desde los asientos. Y aunque siempre entre risas, Petra aclaraba a su marido qué personajes de sus memorias siguen vivos y cuáles se han marchado. Porque en el devenir de la conversación se sucedieron nombres como los de Alfredo Landa o Antonio Ferrandis. “A nosotros nos conoce más la profesión que el público”, sentenció con orgullo Martínez. Y Margallo asentía a su lado. La primera vez que una vecina le felicitó por su trabajo fue tras su aparición en algún capítulo de la serie Ana y los siete. “Ya era hora de que hiciera usted algo importante”, le espetó, a pesar de que llevara toda la vida encima de los escenarios. Poco le importaba también a esa señora que en su currículum figurasen los filmes El espíritu de la colmena (1976) o Al sur de Granada (2002).



Margallo, con Fernando Chinarro


   “Mis padres actúan siempre con la misma ilusión, esté como esté la platea, aunque apenas haya nadie entre el público”, les alabó Olga Margallo. Su madre relató que en un pueblo de Canarias solo contó entre los espectadores a tres niños, además de un perro. Aunque viajó desde Madrid, las fiestas del pueblo mandaban: la representación coincidía precisamente con una gran timba de mus. Juan recordó una función delante de cinco personas, y no aguantaron todas hasta el final. ¿El motivo? “Estaba de moda Bertolt Brecht, así que nosotros hacíamos cosas como hablar directamente a la grada. Culpábamos al público de los males que ocurrían en el mundo. Y la gente ponía cara de pánico. En cuanto hicimos un descanso se nos fueron tres, pero nosotros seguimos increpando a los dos que decidieron quedarse allí”, evocó el artista. 


   En opinión de Petra, “la magia del teatro” no está tanto en Ibsen o Chéjov, sino en historias como las que ha vivido el matrimonio: “Ya no sé qué anécdotas son mías y cuáles suyas. Ese es mi único olvido”. Uno y otra profundizaron en su recorrido por Europa a bordo de una furgoneta de segunda mano a mediados de los setenta, cuando llevaban de gira textos vetados en España por la dictadura. Narraron también la odisea en un aeropuerto de Latinoamérica hasta cargar el atrezo de una obra directamente en la bodega de un avión, ya en medio de la pista, sin contar con otro permiso que el que les dio el propio capitán del vuelo. Juan Margallo quiere que su próximo trabajo se titule Cerrado por defunción. Una vez más, alguien alzó la mano entre la concurrencia para hacer una confesión: las piezas en las que más ha disfrutado de Juan y de Petra han sido aquellas en las que han trabajado juntos. 

   “Creo que para ser buen actor hay que ser buena persona, y por eso debía acompañar a esta pareja esta tarde”, recordaba Abel Martín, director general de AISGE. Y entre aplausos, el veterano tándem volvió a los selfis y a los ejemplares dedicados. 


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