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16-01-2013 Versión imprimir
Juan Pablo Shuk
“No reniego de la telenovela.
Es lo que nos une a los colombianos”

El malo de ‘Pasión de gavilanes’ vino para tres semanas, pero ya lleva en España tres años. Y está para quedarse
 
 

EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
El actor colombiano Juan Pablo Shuk (Bogotá, 1965), curtido en el mundo de las telenovelas, ni de lejos sospechaba que aquel cásting que ganó a distancia en 2010 para un pequeño papel en No habrá paz para los malvados, el film policíaco de Enrique Urbizu, iba a cambiarle la vida de este modo. “Pero así es, a uno le puede cambiar la vida con 45 años. Increíble, pero cierto”. Nos hemos citado con él cerca de su casa de Madrid, en un hotel de toreros, para que nos hable de su trayectoria y de este gran cambio.
 
– Es que me caso.
– ¡Enhorabuena! ¡Se le ve muy tranquilo!
– Pues sí, la verdad. A mi alrededor está todo el mundo hecho un manojo de nervios. Total, no es nada. Solo hay que montar una carpa y dar de comer a un montón de gente.
 
Quedan solo unos días para el evento, y aunque esa carpa y los invitados tendrán que llegar hasta un remoto paraje del Pirineo, según explica el propio Shuk, efectivamente se muestra muy calmado mientras da el primer sorbo a su agua con gas.
 
– Colombiano de nacimiento, húngaro de nacionalidad y, hoy por hoy, español adoptivo. Usted sí que cruza charcos y puentes. ¿Qué relación tiene con sus tres, entre comillas, patrias?
– Colombia es mi país de nacimiento, de allí es mi familia materna y allí he residido casi toda mi vida, salvo unos años en Estados Unidos y en la península del Sinaí. En Hungría nació mi padre. Llegó a los siete años a Colombia, justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, con mi abuelo, que trabajaba para Philips en Budapest y que fue para allá a montar la filial colombiana. A España vine invitado por primera vez en 2007. Pude comprobar la repercusión que tenía Pasión de gavilanes, mayor que en Colombia. Se me abrieron puertas. En 2010 regresé por unas semanas para hacer un papel en No habrá paz..., pero la cosa se fue alargando hasta hoy. Resido en España, me caso con una española y ahora es como mi casa. Este país le ha dado un vuelco a mi vida, y para bien.
 
– Entonces, ¿los cuarentones aún tenemos esperanza?
– [Ríe] ¡Seguro! Uno piensa que a los 47 no le va a cambiar ya la vida, pero vaya si cambia.
 
– Lo cierto es que su pasión juvenil no era de gavilanes. Lo suyo era la biología marina. ¿Cómo acabó en este mundillo de locos?
– Después de hacer el servicio militar, tuve que estudiar biología pura en la Universidad de los Andes, con vistas a especializarme en la rama marina en Estados Unidos. Entretanto, trabajaba en un gimnasio. Allí ensayaba un director de televisión. Tuve una crisis de identidad y abandoné temporalmente la biología. Quería trabajar y viajar. Este director me hizo un cásting y, para mi sorpresa, me ofreció un protagonista en una telenovela, o novela, como las llamamos allí.
 
– ¿Había hecho interpretación antes?
– Nada. Solo un curso que había tomado en la universidad relacionado con farsas del Siglo de Oro, eso es todo.
 
– ¿Y cómo afrontó el trance?
– Comencé a dar clases con Jaime Botero, un gran maestro colombiano, y me empapé de libros. Stanislavski, Sanford Meisner, Strasberg... De pronto descubrí que todo esto me producía mucho placer, que me apasionaba y que me entraba con facilidad.
 
– ¿Cómo fue aquel debut de 1989 en ‘El cacique y la diosa’?
– Pues era una historia muy colombiana. Una historia de amor entre un ciclista profesional y una reina de la belleza. Tenga en cuenta que era la época de Lucho Herrera [gran ciclista colombiano, ganador de la Vuelta a España y de varias etapas del Tour de Francia] y de Miss Universo.
 
– Tras ese papel, lo dejó todo y se fue a estudiar teatro y cine, nada menos que a Kansas. ¿No había nada más cerca?
– Yo quería ir a Nueva York o Los Ángeles, pero los pesos que había ahorrado, al convertirlos en dólares, no daban para tanto. Por entonces, mi hermana estaba en un intercambio de estudios en Kansas y me sugirió que probara allí.
 
– Su tránsito de veinte años por las telenovelas, ‘Pasión de gavilanes’ entre otras, ¿le hizo temer que lo encasillaran?
– Sí, no me veía el resto de mi vida haciendo culebrones [Shuk ha adoptado el coloquialismo español para referirse a las telenovelas]. Yo siempre he tenido fe en el medio de la televisión. Tiende a mejorar constantemente, porque no en vano lleva la mitad de años que el cine en la historia del ser humano. Además esta profesión es leal con los que le son leales. Pero no me malentienda, no reniego de las telenovelas en absoluto, volvería a hacerlas encantado. Me merecen un gran respeto y las defiendo, porque allí las connotaciones son distintas.
 
– ¿En qué sentido?
– Piense que en Colombia hay dos millones de desplazados, guerrilla, paramilitares, violaciones de los derechos humanos, injusticias sociales... En ese contexto, la telenovela, junto con el fútbol, es lo que une a todos los colombianos sin excepción, al campesino y al urbanita, al guerrillero y al paramilitar. Creo que cumplen una función social y por eso no siento vergüenza alguna de hacer telenovelas. Mi conciencia está tranquila. Si viajas a regiones abandonadas de Colombia, te das cuenta de que son un nexo de unión para toda la población. La guerrilla y los paramilitares son personas, al fin y al cabo, y todos ven televisión. De algún modo, los que hacemos telenovelas gozamos de inmunidad diplomática.
 
– ¿Y qué prensa tienen dentro del gremio?
­– En el medio profesional, sí que se miran con cierto desprecio. Pero le diré otra ventaja: allí se hacen jornadas de 14 horas, algo que entiendo que es inhumano, pero que te permite explorar, aprender y ejercitarte intensamente como actor. El que se queda en casa diciendo que solo hace teatro y que pasa de los culebrones termina por no hacerse como actor.
 
– ¿Cómo le llegó el papel de Gamboa en ‘El barco’, la serie de Antena 3?
– Tiene que ver con aquella estancia de tres semanas para el rodaje de No habrá paz... Dos días antes de regresarme a Bogotá, me llamó mi representante para ver si quería ir a Barcelona a hacer un pequeño papel en Tres metros sobre el cielo con Mario Casas. El cásting de estas dos películas lo manejaban Globomedia y Luis San Narciso. Ya entonces San Narciso me preguntó si quería trabajar en España, pero nunca pensé que sería tan rápido. Apenas estuve dos meses en Colombia. Hice algunos cástings y el de El barco fue el que encajó.
 
– San Narciso es como el rey Midas de los intérpretes...
– Y una gran persona. Yo por entonces no sabía lo importante que era.
 
– Le he oído que no tiene televisor. En casa del herrero cuchillo de palo...
– Es cierto, pero no porque no me guste. Todo lo contrario, me encanta, y ese es el peligro. Ahora que vivo con mi chica tengo uno, pero está escondido.
 
Shuk es un hombre serio, de porte atlético y ojos verdes, que sin embargo echa a reír cuando nos pide opinión sobre su recién crecido bigote. Ante nuestra sincera aprobación, espeta: “Pues a mi chica le gusta, pero mis suegros ¡no quieren ni verlo!”. Algo nos dice que no será impedimento para la boda.
 
– Vino a España para un pequeño papel y aquí se ha quedado. Háblenos de las diferencias entre Colombia y España en la forma de trabajar.
– Para empezar, cuando allá dicen “¡cinco, cuatro, tres, dos!” o acá “¡acción!”, el trabajo actoral es exactamente el mismo. Ahora bien, en España se trabaja de nueve a seis, se libra el fin de semana y se hacen unas cuatro secuencias diarias. En Colombia hacemos treinta secuencias diarias con doble unidad, es decir, hago unas secuencias en plató y de ahí me traslado a otra localización, a tres o cuatro horas de viaje, donde rodamos otras secuencias. Así un día tras otro. En aras de abaratar costes, el ritmo de trabajo es muy fuerte. Si a uno le gusta, está bien, pero mientras estás rodando no tienes vida. Por otro lado, y por esa misma razón, la gran diferencia entre Colombia y España son los guiones. Aquí están mucho más pulidos, son más creíbles. Lógicamente, el motivo es que lo que en Colombia hace un solo guionista con dos o tres ayudantes aquí lo hace un equipo de diez o doce personas.
 
– Sobre las tablas ha sido Platonov, Cyrano de Bergerac y otros personajes, pero siempre en Bogotá. ¿Hará teatro aquí?
– Cuando cambias de país, los primeros meses son difíciles hasta que aprendes a manejarte en el nuevo contexto. Lo primero que quería era sacar adelante la serie y aclimatarme. Ahora ya empiezo a pensar en hacer teatro el próximo año. No sé por dónde empezar, pero ya puse la antenita: ti-ti-ti [imitando el sonido de ondas radioeléctricas].
 
– ¿Qué percepción se tiene al otro lado del charco de la industria española?
– Las primeras veces que escuchaba a actores españoles comparando negativamente vuestras series con las americanas, no daba crédito. Nuestra percepción allí es totalmente contraria. La gente tiene un buen concepto del audiovisual español; se percibe como gran cine y gran televisión. Supongo que en todos los países ocurre: se tiende a infravalorar lo propio.
 
– Su medio natural era lo que aquí llamamos culebrones. El tono enfático y melodramático de estas series resulta un tanto extraño en España, aunque sin duda triunfa. ¿En América ese tono suena igual de impostado?
– Sí, claro. Allí también es antinatural. Simplemente es una fórmula que se perpetúa a sí misma. El estilo de actuación es muy exterior y sobreactuado. Forma parte del lenguaje del género.
 
– Usted es la prueba viviente de que la maldad no está reñida con la sensualidad. ¿Se siente cómodo en el papel de villano?
– Sí, es muy placentero. Una vez hice de malo, resultó y me siguieron dando esos papeles. No tengo problema. Si lo único que me ofrecen son antagonistas, pues bienvenidos sean. Además, los malos tienen un registro moral muy amplio: los hay buena gente, despreciables, amorosos, simpáticos, amorales, misteriosos...
 
– El Gamboa de ‘El barco’ es de los misteriosos.
– Ja, ja, ja. Creo que ni los propios guionistas sabían cómo resolver su misterio. Pero en la tercera temporada se desenmaraña todo.
 
– Usted que era una estrella en Colombia, ¿qué tal lleva la fama?
– Bueno, yo no era una estrella...
 
– No será modestia.
– No, se lo juro. Es una mentira que a fuerza de repetirse se hace verdad. En veinte años de carrera no hice más que un protagonista y un antagonista. Respecto a la fama, según el momento puede ser molesta, pero tengo la teoría de que si uno actúa con naturalidad puede volverse invisible, como cuando uno vive en un pueblo pequeño.
 
– ¿Cuál ha sido hasta ahora el mejor momento de su carrera?
– No veo mi carrera como una ascensión a un pico, sino como algo lineal. Da igual que trabajes en Hollywood, en Bogotá o en Madrid. Todo te alimenta como actor.
 
– ¿Y el peor?
– Fíjese que el peor momento de mi carrera, la cancelación de una telenovela, trajo consigo un momento decisivo. En ese momento se me vino el mundo encima, pero perder aquel trabajo supuso que se abrieran otras puertas. Si no me hubieran cancelado aquella serie en Colombia, no habría hecho la película de Urbizu.
 
El porvenir
– Es de suponer que ‘El barco’ sigue...
– Ya hemos terminado de rodar la tercera temporada. Ahora falta que el ‘rating’ responda. Ya sabe, dependerá del día y la hora en que lo pongan, con quién tenga que competir, etc. [esboza media sonrisa]. A mí es una serie que me gusta, por la factura técnica y narrativa que se ha conseguido. Además, nunca había trabajado en un ambiente tan agradable como este, tanto con el equipo artístico como técnico. ‘El barco’ se merece seguir.
 
– ¿Y tiene algo en cartera?
– Intervengo en lo nuevo de Daniel Calparsoro, Combustión, una película de acción sobre coches de lujo, robos, tríos amorosos, etc. También estoy embarcado en una webserie policiaco-apocalíptica dirigida por un amigo [se refiere a El quinto sello], que iba a participar en el concurso organizado por El sótano, en la web de Antena 3, pero el episodio piloto interesó a un productor y mandó hacer 13 capítulos más de nueve minutos cada uno. No sabemos si se emitirá por la web o por televisión.
 


 
El trabajo de AISGE
 
“El trabajo que ha hecho aquí AISGE por los actores colombianos es sencillamente tremendo. Su director, Abel Martín, peleó por nuestros derechos aquí y en Colombia, llegando hasta el despacho del presidente Uribe y hasta la sede del parlamento, donde finalmente, y tras mucho esfuerzo, se hicieron las reformas legales necesarias para que los actores colombianos pudiéramos cobrar los derechos de imagen correspondientes a cientos de horas de emisión, particularmente de telenovelas, y con años de retroactividad”.
 
 
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