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24-03-2014 Versión imprimir

 
 
Juanjo Artero 


“El teatro bien hecho te da peso y sabiduría”


El rubio actor madrileño que debutó con ‘Verano azul’ y triunfó con ‘El comisario’ prepara el estreno de ‘El clavo de oro’, a las órdenes de Antonio del Real
 


EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Una fría tarde de invierno de principios de los setenta, Juanjo Artero (Madrid, 1965) regresaba con sus hermanos mayores a casa tras cumplir con el habitual rito sabatino de sesión doble, un wéstern y una de romanos. El pequeño se adelantó a la carrera, fustigando la grupa de su imaginario caballo, y se apostó tras una esquina. El vaho que salía de su boca le calentaba el rostro, de su costado desenfundó una invisible pistola y con su dedo índice encañonó a los rezagados. “Y entonces me imaginaba que la cámara me sacaba un primer plano. Esas cosas se me pasaban por la cabeza”. El recuerdo es nítido, y la anécdota, premonitoria.
 
– Juanjo, todo el mundo piensa que su primer papel en televisión fue en ‘Verano azul’ (1981-82), pero usted y yo sabemos que fue paje antes que veraneante...
– No exactamente. Rodé el Estudio 1 de El perro del hortelano después de filmar la serie, pero se emitió antes de que se acabara de montar esta. Me llamaron Manuel Gallardo y Concha Cuetos para hacer ese papelito con una frase con sujeto y predicado que repetí y practiqué cientos de veces con mil matices: paje alegre, paje enfadado... Pero lo más importante es lo que se aprende sujetando una lanza y observando a los veteranos.
 
 

 
 
 
– ¿Nunca quiso ser otra cosa que actor?
– Yo quería ser un montón de cosas: futbolista, médico, piloto, astronauta, qué sé yo. Pero la vocación de actor la tengo desde niño. Con trece años ya estaba metido en todos los embrollos de teatro del colegio. Mis hermanos mayores montaron Jesucristo Superstar. Yo, aunque era el pequeño, ya andaba por allí haciendo de Pilatos. Éramos una mafia: mis hermanos hacían de Jesucristo y Judas. Los mejores papeles. Y cuando vino la versión en castellano y pudimos abandonar el “wachi-wachi”, ni le cuento lo que disfrutábamos.
 
– Sabemos lo agradecido que está a ‘Verano azul’, pero ¿en algún sentido supuso un lastre en su carrera?
– Para empezar, es un orgullo y un privilegio haber empezado con Antonio Mercero y en una serie como esta. Treinta y tantos años después la gente sigue votándola como una de las mejores series. Nunca se sabe qué hubiera pasado sin ella, pero ni me lo planteo. Me pilló en una época en que ya no eres un niño, pero tampoco eres mayor, y en las series juveniles de la época primaban los papeles de chico problemático. Y yo no tenía pinta de malote. Hasta que no cambia tu físico y puedes poner cara de malo no das el salto.
 
 

 
 
 
– Una vez en marcha, se le vio en algunos papeles de cine y televisión hasta sus siguientes protagonistas en ‘Por fin solos’ (1995) y ‘El comisario’ (1999-2009). ¿Qué pasos dio para mantenerse en la brecha?
– Era muy joven. Lo que hice fue prepararme mucho. Estudiaba y trabajaba, en teatro sobre todo. Tuve mi propia compañía con Laila Ripoll, Micomicón, y tuve la suerte de hacer La discreta enamorada con Miguel Narros. En la compañía generábamos nuestro propio trabajo y lo hacíamos todo: desde cortar patrones hasta conducir la furgoneta, de selección de repertorio a la impresión de folletos... Te enseña mucho del oficio y te enseña a respetar el trabajo de decenas de compañeros que no suben al escenario, llegan antes al teatro y se van después, o están en un despacho pegados a un teléfono buscando actuaciones y cuadrando fechas.
 
– ¿Alguna vez se le pasó por la cabeza tirar la toalla?
– A veces se hace duro, pero yo había apostado todo por esta profesión. Hay que echarle mucha paciencia cuando todo es cuesta arriba. A veces es al contrario, todo va tan bien que hasta te asustas. La bicicleta va sola. El tiempo termina situándote. Aprovechas los buenos momentos y tienes que saber mantenerte firme porque la profesión no siempre es justa; hay muchos compañeros con los que no lo es.
 
 

 
 
 
De la urbanización a la comisaría
– ¿Cómo llegó a sus manos el papel de ‘El comisario’?
– Estaba preparado para otra serie. Me llamaron para una prueba de policía y ya en esa prueba con Carmen Utrilla el personaje de Charly voló. Me puse sus botas y lo empecé a pasar bien desde el minuto uno.
 
– ¿Pesaba sobre usted y Pope la sombra alargada de Starsky y Hutch?
– Hasta que no se estrenó la serie no caímos en los paralelismos. Hace poco me pasó con El barco. Me preguntaron varias veces en distintas ruedas de prensa por el paralelismo con el barco de Chanquete, y yo, tonto de mí, no había caído. Encima con esa barba que llevaba, tan parecida a la de Antonio [Ferrandis]. Supongo que la huella de Starsky y Hutch quedó en la gente de mi generación, entre la que, lógicamente, están también los guionistas, pero bueno, aquellos eran más horterillas que nosotros, ¿no? Y el moreno era más graciosillo y el rubio más seriote. Aquí era al revés. Lo cierto es que si hubo algo fue totalmente subconsciente.
 
– ¿Qué le dieron ustedes dos a estos polis para que la gente se enganchara de ese modo?
– Marcial [Álvarez] y yo funcionamos juntos al instante. Había algo que iba más allá de la química. Creo que se ha olvidado que El comisario es de las primeras series modernas que tuvo verdadera acción, y tal fue el impacto que hasta las series juveniles de la época metían tramas policiales en los institutos. Si a eso le añades un buen guion y una buena dirección, quizá esa fue la clave. Además teníamos muy buena comunicación con los guionistas, que, a su vez, a lo largo de diez años fueron adaptándose a los cambios en la criminalidad de la vida real. El crimen y la policía cambiaron en esa década.
 
 

 
 
 
– ¿Qué tal se llevaban con el jefe? Tito Valverde nos comentaba que a veces sentía envidia de verlos en la calle.
– La parte más aventurera y divertida la teníamos nosotros, pero había toda una serie de tramas interesantes con el resto de los compañeros, y por supuesto el peso de Tito, un pedazo de actor. Hacía falta un comisario y ese era él. Puede que le diera envidia, pero... [ríe malévolo] cuando salía dos días de exteriores con nosotros se daba tres carreras y terminaba tosiendo. Es coña. Ojalá volviera a caer en mis manos otro papel como el de esta serie.
 
– ¿Cree que algún día resucitará ‘El comisario’, que tuvo un final un poco abrupto?
– Podría ser. Seríamos todos más mayores. Ja, ja, ja.
 
 

 
 
 
Y de la comisaría al buque escuela
– ¿Cómo resumiría la experiencia en la serie ‘El barco’?
– Es un producto nuevo que apenas se había hecho. Curiosamente, yo ya había trabajado en una coproducción de ciencia ficción hacía veinte años, El gran secreto, pero en la nueva era de los efectos digitales no se había hecho nada similar. Está teniendo un éxito tremendo en países tan dispares como Rusia o Chile. He aprendido mucho a trabajar escenas en que hay que tener en cuenta efectos digitales que tú no ves. Tienes que imaginar que esa ola gigante se te viene encima. Me vino muy bien una atracción terrorífica a la que fui con mis hijos en un parque de atracciones, “Power Tower” o algo así. Pasé un miedo que me vino de perlas para la serie.
 
– ¿No le parece que la trama perdía tensión con tanto sentimentalismo?
– Tal vez [dubitativo], pero ha sido una serie que murió muy alto en términos de audiencia. Se trataba de un producto para un público juvenil al que pusieron a competir con Cuéntame, nada más y nada menos. Pero, claro, El barco lo seguían cerca de un millón de personas por Internet, y eso no se cuenta en los índices de audiencia. Era una serie, ciertamente, muy cara, pero poco favorecida por los horarios y la contabilización de audiencias. 
 
– Ahora está embarcado en el rodaje de ‘El clavo de oro’. ¿Qué es y qué podemos esperar de esta serie?
– Es una comedia coral en tono gore, con su intriga y sus asesinatos, ambientada en Semana Santa en un pueblo español. Es una comedia negra. Si mezclas a Tarantino y Berlanga te saldría este hijo. Yo hago el papel de un cura que es el único que parece mantener la cordura. Y trabajo, esto lo estoy disfrutando un montón, con grandes actores, como Emilio Gutiérrez Caba, Antonio Medina, Cesáreo Estébanez, Enrique Villén, etc., y bastante gente joven.
 
 

 
 
 
– ¿Es su primer cura?
– En audiovisual no. Había hecho un cura inquisidor en La fiesta barroca de Miguel Narros, justamente con mi compañero Marcial Álvarez.
 
– O sea, que Marcial y usted se conocían de antes.
– Sí, Marcial ya hizo La dama boba en Micomicón. Recuerdo que la primera vez que lo vi en un escenario fue con Carmelo Gómez en El caballero de Olmedo. Ya entonces pensé que eran dos actorazos. No me equivoqué con ninguno.
 
   Los personajes de acción parecen buscar a Artero desde aquella tarde invernal a la salida del cine. Cuando atrás había quedado la huella de Charly en la parrilla, vino un capitán de barco, pero antes... otro policía.
 
 

 
 
 
– ¿Supo por qué lo eligió Urbizu para el policía judicial de ‘No habrá paz para los malvados’?
– No, pero sí me explicó que había escrito ese papel pensando en mí. Me dijo: “Me vas a matar, porque es un policía”. Pero se trataba de un policía totalmente distinto. Charly era un policía extrovertido y de la calle; este era más cerebral y de altos vuelos.
 
– Usted es uno de los pioneros de entre los consagrados del gremio en embarcarse en una ‘webserie’. ¿Cómo surgió su participación en ‘Libres’ y qué fue lo mejor y lo peor?
– Me llamaron casi sin tiempo y fui al Pirineo sin estudiar. Me enganchó su frescura. Se está llevando premios y hay mucho talento ahí metido. Ya verá como esta gente dará que hablar.
 
 
El veneno del teatro
– Lo que nunca abandona son las tablas. ¿Cuándo y cómo se inició en los escenarios?
– Después de Verano azul estudié arte dramático. Más tarde estuve con Cristina Rota, hice un curso de teatro clásico y finalmente debuté con Vergel en el Teatro Español haciendo de Alfonso de Portugal en El príncipe constante. Luego me llamó para un Tirso y poco a poco arranqué, hasta hoy.
 
– Cuénteme cómo acabó haciendo alta comedia mano a mano con Lola Herrera en ‘Seis lecciones de baile en seis semanas’.
Somos muchos los que admiramos a Lola. Se me acercó en una fiesta a felicitarme por mi trabajo. Me quería morir, porque en todo caso debería haber sido yo el que la felicitara, pero ella me dijo que no me preocupara y que a ver si podíamos hacer algo juntos. Cómo estaría de nervioso, que salí corriendo a llamar a mi madre para contárselo. Año y medio más tarde surgió Seis lecciones... Empezamos a bailar y actuar juntos y lo pasamos estupendamente. Creo que se notaban las buenas vibraciones.
 
 

 
 
 
– Su papel de homosexual tenía el amaneramiento justo. ¿Temía caer en la caricatura? ¿Qué dificultades le planteó el papel?
– No trabajé el personaje desde el punto de vista de su homosexualidad, sino desde su condición de bailarín. Una cosa es entender el personaje intelectualmente, desde el texto, y otra entender su cuerpo. Para ese papel dimos clases de baile de salón, pero lo que más me sirvió para coger la columna vertebral de cómo andaba el personaje fue un curso de danza clásica. Observé que los bailarines caminan como si alguien tirara de un hilo que cuelga de sus cabezas y ponen los pies de una determinada manera. Yo no era un bailarín, pero me sentía bailarín. Por otro lado, los personajes crecen con las funciones. El mío dio un salto adelante un día que me comunicaron la muerte de un compañero. Me dieron la noticia, y en la función de aquella noche algunas frases cobraron nuevo sentido. Es un ejemplo extremo, pero estas cosas pasan.
 
– Ahora tiene dos funciones en marcha. Háblenos de sus personajes.
– En Paradero desconocido [Kressman Taylor, 1938] interpreto a un demócrata convertido en nazi, y hasta la gesticulación del demonio de Hitler me ha servido. Esas manos bajando desde arriba. Este oficio obliga a reestudiar la historia y abrir una ventana que explica de dónde proviene la locura humana. La alterno con otra obra, No se elige ser un héroe [David Desola, 2013], en la que hago un personaje diametralmente opuesto en la manera de andar y expresarse, un anarquista libertario alcoholizado. Me encanta dar estos saltos.
   
– ¿Tiene libertad para elegir sus personajes teatrales?
– Depende. En estos dos casos, sí los he elegido yo. En condiciones normales no se deberían alternar dos obras, pero lamentablemente la escasez de funciones lo permite hoy en día.
 
– Al actor que no hace teatro, ¿le falta un hervor? Entiéndame, en el buen sentido.
– Pues no. Hay actores tan grandes que no han hecho teatro, amigo mío. Pero el teatro bien hecho te da peso y sabiduría. El buen teatro te hace mejor.
 
– Dicen que se va a meter a productor...
– Nos queda un poquito para llegar a todos los apoyos que necesitamos, pero creo que lo vamos a conseguir. La película se titula Botas de barro, la dirigirá Pilar Távora y es una historia de superación a través del fútbol, con el foco puesto en la población inmigrante de Melilla. A nadie le gusta huir de su país. En Melilla hay gente haciendo una labor maravillosa.
 
 
 

 
 
 
Del barco pesquero al buque escuela



'Verano azul' (1981-82)
Sus 19 capítulos, dirigidos por Antonio Mercero, se rodaron en Nerja y se emitieron casi dos años después en la primera cadena de TVE. El argumento de la serie cuenta las aventuras de un grupo de niños y adolescentes que veranea en un pueblo costero del sur de España, donde conocerán a Chanquete [Antonio Ferrandis], un pescador retirado que vive en su barco varado en una huerta, y a Julia [María Garralón], una pintora solitaria y algo melancólica. Juanjo Artero, que interpretaba a Javi, es el único de la pandilla de chiquillos que se convirtió en actor profesional. De entre lo más recordado de la serie, aparte de la muerte de Chanquete, que fue portada en muchos periódicos, destaca la famosa frase con que el pequeño Tito remoloneaba ante el desayuno: “No me gusta la leche. Sabe a vaca”.


 
'El barco' (2001-13)
Globomedia produjo esta serie de drama, misterio y ciencia ficción para Antena 3 a lo largo de tres temporadas. Su argumento gira en torno a las aventuras de la tripulación del buque escuela Estrella del Norte, que ve truncada su singladura por un tsunami provocado por un accidente en el CERN de Suiza, que parece haber arrasado la faz de la Tierra. El elenco de jóvenes actores, como Mario Casas o Blanca Suárez, se apoya en la experiencia de Juanjo Artero, capitán del buque, y Luis Callejo, oficial, y en un misterioso personaje, Luis Gamboa, al que da vida el colombiano Juan Pablo Shuk. La producción alcanzó una media de 3,2 millones de espectadores, un 17 % de cuota de audiencia.
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