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21-03-2013 Versión imprimir

 
 
Juanjo Puigcorbé

“Sin cultura, educación e investigación,
  un país será siempre una colonia”

José María Forqué le eligió como Miguel Servet por su rostro de hombre sabio. Hoy sigue impartiendo lecciones en escena
 



PABLO CARBALLO
Reportaje gráfico: Xosé Durán
Juanjo Puigcorbé estudió y no llegó a finalizar dos carreras tan fascinantes y diferentes como Ciencias Físicas y Filosofía y Letras. Eso que salimos ganando: hoy le contemplan ya cuatro décadas de currículo como uno de nuestros grandes intérpretes, una buena efeméride para reflexionar sobre lo vivido y las ilusiones futuras. La pequeña pantalla se enamoró de él para siempre con dos personajes emblemáticos, Miguel Servet y aquel Pepe Carvalho, detective descreído, que concibiera el inolvidable Vázquez Montalbán. Pero tanto el cine como las tablas también guardan recuerdo nítido de su talento.
 
– El teatro es el medio favorito de muchos actores. ¿Es su caso?
– No hay un medio que considere mejor que otro. Un actor tiene que moverse en todos los medios, porque la profesión está en todos ellos. E incluso en ámbitos que están alrededor de la profesión, como guionista, director... Todo eso también enriquece como actor. Lo que te enriquece como persona, te enriquece como actor. Tenemos una industria pequeña y en nuestra generación hemos tenido que hacer absolutamente de todo. Yo hice teatro de happening en el metro, teatro muy experimental en el Diana, donde estaban los ácratas; estuve en el Teatro Lliure, en el Centro Dramático de Cataluña... Hice mucho teatro clásico, mucho Shakespeare. Esto es lo normal de mi generación en Barcelona. Y después, en cine y televisión, he hecho un despliegue grande en muchos géneros. Casi todo, ¡menos terror! [risas].
 
– Terror no, pero sí novela negra con el famoso detective Pepe Carvalho. ¿Qué sabor de boca le dejó?
– La serie –aunque, más que serie, fue una colección de TV movies– era una coproducción internacional. Cada episodio contaba con un director distinto; en total, nueve, de cuatro países. Se rodaban todos seguidos y yo, mientras grababa uno, hacía pruebas de vestuario para el siguiente, hablaba con el director y el guionista del otro... Rodábamos en tres idiomas. Fue duro. Cuando acabamos me hicieron una camiseta que ponía: “Yo sobreviví a Carvalho”. En Francia tuvo mucho éxito, lo emitieron en prime time. Para mí fue una experiencia muy bonita, un personaje precioso. Un trabajo complejo pero muy interesante.
 
 

 
 
 
– ¿Hubo un momento puntual en su carrera que lanzó su popularidad?
– El gran salto se produjo con una película, La orgía. Arrasó en taquilla. Dejé de ser un actor de teatro más o menos anónimo, noté el cambio. Y no sé si me gustó mucho. Me miraban por la calle. Yo soy tímido; prefiero ser observador. Las series de Goya, Servet y otras me hicieron también muy popular. Y después, con Todos los hombres sois iguales o El amor perjudica seriamente la salud, que funcionaron muy bien en taquilla, hubo un despertar de la comedia. Cada cual te conoce por una cosa. Para unos, soy el Juan Luis de A tortas con la vida; para otros, el de las comedias de los noventa, y para mucha gente ahora soy el inspector Vallejo de Amar en tiempos revueltos.
 
– ¿A qué personajes les guarda mayor cariño?
– En cine me gusta mucho Toni, de Mi hermano del alma, que es muy completo; y también el de El dedo en la llaga, que hice en Argentina con Karra Elejalde. En teatro hay muchas cosas, pero tuve la suerte de hacer un mano a mano con Flotats en Por un sí o por un no; el Lorenzaccio, con Lluís Pasqual, por el que me concedieron el Premio Nacional de Teatro de Cataluña. Y, por supuesto, el Peer Gynt, que supone un reto casi olímpico. Y en televisión, de las series históricas me quedaría con Servet y de las cómicas, con algunos episodios de Villarriba y Villabajo, que tuvo momentos antológicos.
 
– Y de sus compañeros de profesión, ¿quiénes le han marcado más?
– Hay una persona por encima de todos: Fabià Puigserver, el creador del Teatre Lliure. Era un renacentista: pensador, artesano, desmontaba el camión, cosía... Es la esencia del teatro de aquella época, bajo el que nacieron grupos, digamos confederados, como Els Joglars o Els Comediants. También destacaría a directores de esa generación que yo he conocido, como Berlanga o Armiñán, y a los actores que veía en Estudio 1, desde Luis Merlo a Fernando Fernán Gómez. Eran de gran categoría, unos maestros.
 
– ¿Vislumbra un relevo generacional claro?
– Creo que asoma una muy buena generación de quienes tienen ahora en torno a 30 años. He trabajado con ellos en series, y son buenos profesionales, muy eficaces, bien formados. Yo conecto con ellos porque cada generación es rompedora con la anterior, pero cada dos no. ¡Matas al padre, pero no al abuelo! [risas].
 
 

 
 
 
– Sin embargo, se ha instalado una cierta sensación de incertidumbre para el futuro de la profesión.
– Sí. La puntilla del IVA ha sido un escarmiento innecesario, porque no se recauda más. Es un castigo. No solo resulta equivocado, sino que costará levantarse. Ni la educación ni la cultura ni la investigación están consideradas, y un país que carece de estas tres cosas siempre será una colonia. Hay que dejar claro a cualquier tipo de Gobierno que la cultura es intocable. Aquí, en cambio, tiene en contra una corriente de opinión; un caldo de cultivo que nació de una animadversión política.
 
– ¿Pero apoya que el actor se manifieste o debe permanecer al margen?
– Lo que cada cual decida es lo correcto. El problema es que esto no es solo la política. Eso es fácil, lo entiende cualquiera. Después, dentro de la profesión, hay grupos o productoras que pueden declarar un enemigo. Yo lo he sufrido. Existe una productora que me ha machacado constantemente, que ha deformado mi imagen. También le ha sucedido a otra gente. Deberíamos estar unidos para detener cualquier intento de linchamiento por parte de partidos y de empresas.
 
 
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