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30-08-2013 Versión imprimir

 
 
Julieta Serrano


“He sido culo inquieto
e ingenua métrico decimal”


Gran figura del teatro, integrante del histórico montaje de ‘Las criadas’ (1969) y recuperada para el cine por Almodóvar en los ochenta, no contempla bajarse del escenario
 

EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Uno mira a Julieta Serrano, media melena sin asomo de canas, rostro vivaz, espalda recta y paso firme. Uno mira, como digo, a esta barcelonesa de 80 años, con más de seis décadas de carrera en las tablas y el carné de socia fundadora del Club de Chicas Almodóvar, y se pregunta: “¿cómo diantre se conserva esta mujer?”. Aquí revela el secreto, pero ya les anticipo que no es obra de cosméticos, aunque tampoco le falta coquetería: “¿No viene hoy el fotógrafo? Me tendré que volver a poner rímel. ¡Qué pereza! No importa, me lo he puesto para ti”, concluye mientras esboza una sonrisa franca y, cómo no, sin arrugas.
 
– Julieta, ¿retirarse es de cobardes?
– Cada uno tiene que hacer lo que le pida el corazón. Yo no puedo irme a pescar o hacer ganchillo. El trabajo me da vida y alegría.

– Se diría que usted ha visitado la fuente de la edad.
– Nunca me he operado de nada porque soy muy vaga y no me considero guapa. Lo mío es currar. Me mantengo así por los genes de mi mamá, una modista aferrada a la vida que murió a los 93 años y siempre tuvo un físico y un espíritu juveniles.
 
Un desahogo teatral
– Ha declarado que el teatro la salvó de morir de timidez.
– Pasé miedo en mi infancia, tal vez por eso soy así. Con todo, los tímidos somos imprevisibles porque nos dan ramalazos de locura. En 1969 dejé un contrato de dos años en el Español por hacer Las criadas. Yo he sido entre culo inquieto e ingenua métrico decimal. Mi padre me dijo: “te dejaré que hagas teatro aficionado para que te desahogues, pero no tienes carácter para ello”. Y me desahogué, vaya si lo hice.

– ¿Y de dónde venía su miedo infantil?
– Quizá mi padre me contagió algo. Se fue a la guerra en el 38 y nosotros nos refugiamos con mi familia materna en la huerta valenciana, mi paraíso perdido. Cuando volvimos a casa, el maravilloso barrio que dejé se había convertido en un lugar inhóspito y peligroso. 

 


   Serrano se crió en el Poble Sec. Antes de la guerra jugaba en la plaza del Manelic, y en la posguerra, cuando pasó el miedo a salir, su aventura favorita era jugar al escondite entre las ruinas del teatro griego de Montjuic.
– Era emocionante correr por los túneles y descolgarse por las tapias. Recuerdo que un vecinito tenía un teatrillo de cartón con El mercader de Venecia. Tiempo después, vimos el Hamlet de Laurence Olivier en una matiné del Windsor, en la Diagonal. Nos gustó tanto que mi padre sacó un ejemplar de la biblioteca. Descubrir a Shakespeare fue decisivo.

– Al poco, su vida y la de Nuria Espert se cruzaron por primera vez.
– En unas clases de teatro para niños en el desván del Liceo. Yo tenía 13 años y ella 11. Era muy canija, pero a la vuelta de cuatro años nos reencontramos en las funciones infantiles del Romea y ya era una mujerona. Luego nos fuimos a Madrid, cada una por su lado.

– ¿Cómo combatía la soledad en sus primeros años en Madrid?
– Con dos antídotos: Berta Riaza y Alicia Hermida. Éramos tan pobres que lo compartíamos todo. De 1958 a 1961 viví en una habitación sin derecho a cocina. En los tres años siguientes compartí piso con dos estudiantes, una de Puerto Rico y otra de Puertollano. Ja, ja, ja. ¡Es verídico!

– ¿Cuándo se afincó definitivamente?
– Un día alguien me pidió mis señas y di las de Barcelona, diciendo que aquí solo estaba de paso. ¿Seis años de paso?, pensé. Yo sola me di cuenta de la incongruencia. 

 


   En 1958, el crítico Alfredo Marquerie la describía en estos términos: “joven actriz de brillantísimo porvenir, auténtica revelación de nuestra escena”. Ella no terminaba de creérselo. “Aún hoy me cuesta, por mis altibajos de autoestima. La autocrítica es buena pero, en exceso, paraliza”.

– ¿Por qué es importante el montaje de ‘Las criadas’
?
– En primer lugar por Víctor García. Era tan... especial. Supuso una sacudida en mi vida, en la de Nuria [Espert] y en la de muchos otros. Hay quien me ha dicho: “Yo me dediqué al teatro por aquella función”.
Se refiere al argentino Víctor García, fallecido prematuramente en París en 1982, que en aquella época fue una suerte de Warhol del teatro. Su puesta de El cementerio de automóviles, de Arrabal, causó conmoción en 1966. Las criadas, de Genet, fue el primer fruto de su asociación con Núria Espert.

– Una época turbulenta.
– Nos cerraron el Reina Victoria por orden gubernativa. 1969 fue el año de la excepción, el año del Marat-Sade, etc. Se lió una muy gorda en todo el mundo, y aquí llegaban coletazos.

Se ha perdido efervescencia pero el teatro ahí sigue. 
– El teatro nunca morirá porque es sagrado. Sueno insoportablemente trascendente, lo sé, pero es que atañe directamente a necesidades básicas: expresión, comunicación, hallazgo, emoción, diversión...

– Al diablo la crisis, pues.
– No me hable, estoy que trino con la Iglesia y Gallardón. A mi edad no esperaba que retrocediéramos tanto. Este delirio me indigna y me desespera.
 

 
 
 
Y entonces…, Pedro
– En ‘Historias robadas’ (Belén Macías, 2011) interpretó a la madre de un bebé robado. ¿Echa de menos haber tenido hijos?
– Siempre pensé que los tendría. A los 41 estuve a punto, pero mi carrera absorbía demasiadas energías, y para tener hijos hay que estar sobrada de fuerzas. Y de espíritu maternal.

– Su relación con el cine es ambivalente. Ha hecho poco, pero de calidad.
– El cine me ha sido esquivo. El éxito de Mi querida señorita [Armiñán, 1972] fue bárbaro, recibí premios y me auguraron un gran porvenir que no se cumplió. Creo que mi perfil de actriz lírica no encajaba.

– Y en esas conoció a Almodóvar
– En la gira de La casa de Bernarda Alba, en 1976. Creo que no me he reído más en mi vida. Era desternillante. Vi sus cortos y le dije: “Yo no sería capaz de hacer esto; me falta sentido del humor”.

– Pero la convenció para actuar en ‘Pepi, Luci y Bom’.
– Pues no, porque al final me ofrecí yo. Trabajaba con Carmen [Maura] en Motín de brujas en el María Guerrero. Me picó el gusanillo y le dije que me animaría a hacer algo con Pedro si me sacaba en un papel cortito.  

– Empezó con un cameo y acabó gobernando emociones en el convento de ‘Entre tinieblas’.
– Es de mis mejores trabajos en cine. Y no tuve que hacer nada, solo dejarme llevar por él. Pobrecillo, con lo que me había negado por esta inseguridad mía.

– Almodóvar le achaca falta de ambición. ¿Es así?
– Siempre ha dicho que no he sabido venderme como actriz, y tiene toda la razón. Incluso cuando tuve mi propia compañía, solo fue por capricho, por el placer de trabajar con un equipo que me gustaba, no por fama ni por dinero.
Sobre su mesa de trabajo se despliegan papeles, libros y un ordenador. Afirma que las nuevas tecnologías no le entusiasman: “Mi móvil es una patata y el ordenador es un regalo que pasó meses en un rincón como si fuera un tigre agazapado dispuesto a morderme”. Aunque acaba admitiendo su reconciliación con el tigre: “Yo era muy de enciclopedia, pero hoy no puedo vivir sin él”.
 

 
 
Julieta Serrano en pocas palabras
 
Está leyendo: Anatomía de un asesinato, de Javier Cercas.
De niña vio fascinada: El sueño de una noche de verano, de Max Reinhardt
Vuelve y vuelve a ver: Las reglas del juego, de Jean Renoir
De Madrid adora: la Plaza de Santa Ana, Dorín, el Español...
De Barcelona añora: Miramar, desde donde se ven mi casa y el mar
Lo malo de ser actriz es... No tiene nada malo. Es un privilegio.
 
 
30-08-2013 Versión imprimir
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