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11-10-2017 Versión imprimir

 

Ken Appledorn
 
“En Detroit veía cine español. Hay una parte de mí que cree en el destino”
 
El yanqui de Sevilla prepara ‘Fishbone’ (Adán Aliaga) y descubre los secretos de la interpretación junto a su marido, Jorge Cadaval, de Los Morancos
 
 
LUIS MIGUEL ROJAS (@luismirojan)
Texto y fotos
Cuando hablamos de oportunidades, ya se sabe aquello de los trenes que no podemos dejar que se escapen. Ken Appledorn (Detroit, Michigan, 1980) se lanzó a la aventura de cruzar el charco por amor y no le salió mal del todo. En Sevilla encontraría al que considera el amor de su vida, el genuino Jorge Cadaval, del dúo Los Morancos. Cambiar de vida supuso imprimir un giro de 180 grados a sus días (en mayo publicó el libro De Detroit a Triana) y poder dedicarse a su pasión por excelencia: la interpretación.
 
   Appledorn es de esas personas con las que podríamos hablar horas y horas, de esos seres tan empáticos que, desde el primer momento, transmiten la sensación de que los conociéramos desde siempre. A este yanqui con acento andaluz le encanta pasear por su barrio, Triana (Sevilla). Aunque acabe de comenzar el mes de octubre, en esta ciudad sureña el calor se despide cuando el olor a mantecados empieza a abrirnos el apetito navideño. Ken lleva una camisa con las mangas remangadas que dejan ver en su muñeca derecha un tatuaje muy representativo de su nueva vida. Su primer tatuaje: un “olé!”
 
 

 
 
 
– ¿Qué siente cuando pasea por este barrio?
– Me pone una sonrisa en la cara. Yo vengo de un sitio totalmente opuesto, con mucho frío, y además vivía en las afueras de Detroit. Aquí, con solo cruzar el puente, ya estoy en el centro de la ciudad.
 
– Ahora que conoce las dos grandes fiestas sevillanas, ¿con cuál se queda?
– [Se toca la barbilla y tarda en contestar] La Semana Santa me parece un museo en la calle. Al principio me daba yuyu porque creía que los nazarenos eran integrantes del Ku Klux Klan, pero el respeto y la fe de la gente impone. Y me encanta pasármelo bien en la feria, aunque no sé cómo la gente aguanta tanto. Yo, después de dos días de rebujito…, ¡no puedo más! [risas]
 
– Antes de instalarse de forma permanente, ya había venido por intercambio de estudios a la ciudad. ¿Cómo fue aquello?
– Muy guay, pese a que en los primeros días solo comía patatas fritas, hamburguesas, pizzas congeladas, croquetas del congelador... La familia que me acogía debió pensarque yo solo quería comida típica estadounidense. No supe lo que era un buen puchero hasta que empecé a salir con Jorge. Me gusta el cuchareo, como se dice aquí…
 
 

 
 
 
– Echando la vista atrás, ¿seguiría pensando en volver a vivir aquí?
– Quizás no, pero la vida me ha dado las mejores cosas cuando menos lo esperaba. Por eso surgió el libro también, aunque yo no me considere escritor. A alguien le gustó mi historia y quise contarla como lo que es en el fondo: una aventura divertida.
 
– Y por amor…
– Sí, la verdad es que sí. La ciudad me encanta, pero eso vino después. En mi caso, estaba ciegamente enamorado de Jorge y me daba igual la ciudad; lo importante era mi marido. Aunque también tengo una parte racional en mí, ¿eh? Me gustan las letras, pero siempre se me han dado bien las matemáticas. Por eso acabé estudiando Empresariales.
 
 

 
 
 
– Si tan bien se le dan los números, ¿por qué decidió probar con la interpretación?
– Que se me den bien ni significa que fueran mi pasión. Desde pequeño siempre he visto películas, hacía teatro, me metía en las historias y las vivía intensamente. Soy un tío súper sentío… Quise apuntarme a alguna escuela de teatro como hobby, porque en ese momento impartía clases de inglés en secundaria. Me matriculé en el Teatro Viento Sur, pero, como la gente no se lo tomaba tan en serio como yo, me fui al Centro Andaluz del Teatro y empecé con talleres intensivos. Al principio costó que confiaran en mí por el tema del idioma.
 
– ¿Se ha sentido frustrado a ese respecto?
– No tanto por el idioma como por el encasillamiento. Hay castings en los que no se especifica que el personaje tenga que ser de un país u otro, pero a los extranjeros se nos suele colocar en el mismo sitio.
 
 

 
 
 
– ¿Le ha servido la ayuda de Jorge para consolidar alguno de sus proyectos?
– Jamás. En nuestra vida profesional nos hemos comportado de manera independiente. Estoy muy orgulloso de mí en ese sentido, porque los tres o cuatro proyectos importantes que he tenido y los premios que he recibido no han tenido nada que ver con mi marido. Incluso en el último programa de Telecinco, Me lo dices o me lo cantas, el trabajo me llegó por una vía diferente, aunque sí creo que ahí había interés porque Jorge y yo coincidiéramos en el mismo programa.
 
– Con él sí ha compartido escena en ¡Qué buen puntito!, de Canal Sur, ¿Qué tal la experiencia con Los Morancos?
–De ellos me quedo con la facilidad para la improvisación y para divertirse actuando. Casi todo lo graban en una sola toma: si la cagas, tienes que seguir para adelante porque no pasa nada. Aprendí también que en este registro el error queda más natural, más espontáneo. Incluso te ríes más.
 
– Antes de conocer a Jorge, ¿se había topado con algún sketch de ellos?
– Sí, y al principio me costaba entenderlos porque hablaban muy rápido y tocaban temas de actualidad y no los conocía. Ahora ya sí me río con los dobles sentidos o cosas cosas como “Cinco, por el culo…” [Risas]
 
– Y le habrán dicho mucho aquello de “Mira, Ken, como el novio…”
– Jajaja. Ya hay veces que, al presentarme, digo: “Soy Ken, como el novio de la Barbie”. Cuando llamo al telefonillo y digo “Ken”, aquello se convierte en un continuo “Ken” “¿Quién?” “Ken” “¿Quién?.... Si me hartan, les acabo diciendo: “Bernardo, el de los calzoncillos cortos y el carajo largo”.
 
 

 
 
 
– ¿En su casa de Detroit veía algo de cine español?
– En Detroit veía cine español, por eso hay una parte de mí que cree en el destino. Yo conocía Abre los ojos, de Amenábar, o películas latinoamericanas como El hijo de la novia o Fresa y chocolate. Con Todo sobre mi madre flipé. Siempre tengo ganas de que me sorprenda Almodóvar, aunque sus últimas películas no me vuelvan loco.
 
– En cambio, aquí nuestro cine no siempre está igual de bien visto que el estadounidense. ¿A qué se debe?
– Se valora poco lo propio y más que tienen otros. Y hay demasiada distancia entre público y críticos. La que se avecina u Ocho apellidos vascos, por ejemplo, son buenas producciones que, además, le gustan a la gente. Y tiene que haber un poco de todo, creo yo.
 
– ¿Productos de temática más específica?
– Algo así, aunque España no tenga tanta población como Estados Unidos. Por eso es bueno que se hagan productos internacionales, con salida al extranjero. Ahora, con Vis a vis producida por Fox, quizá ahonden en escenas con  más contenido lésbico…
 
– Personalmente, ¿cómo vivió a su llegada la tolerancia hacia los homosexuales?
– Me encantó. Aunque parezca que no, en muchas ciudades y barrios de Estados Unidos existe mucha homofobia y se está más reprimido. Más allá de Nueva York, San Francisco y dos o tres ciudades grandes más, la situación está más atrasada. Aquí me sentí y me siento más libre. En Sevilla, por ejemplo, son muy abiertos.
 
 

 
 
 
– ¿Sigue formándose para reinventarse?
– Sí. Llevo un tiempo sin matricularme en cursos, pero casi siempre hago dos por año. Con AISGE he participado en varios, porque por su precio y calidad son la hostia. Me siento menos luchador: antes me pasaba el día mandando correos, haciendo videobooks… Ahora estoy como más tranquilo, porque, cuando menos lo espero, llega algo que me gusta.
 
– ¿Llegará el momento en el que tire la toalla?
– No. Me gusta demasiado la interpretación como para eso.
 
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