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08-09-2017 Versión imprimir
Escultura a Meller en Las Ramblas de Barcelona
Escultura a Meller en Las Ramblas de Barcelona
 
 
Raquel Meller,
la mujer de las manos
como rostros

 
La española que debutó en París y conquistó Broadway en los felices años veinte luce hoy en Las Ramblas


ALEJANDRO TORRÚS
(@ATorrus)
El 28 de julio de 1962, el diario La Vanguardia dedicó su portada a la muerte del exministro franquista Gabriel Arias Salgado. Hacía apenas dos semanas que había sido destituido del Consejo de Ministros. Su gestión del conocido como Contubernio de Münich le había valido el despido. Su lugar en el Gobierno fue ocupado por un hombre joven y enérgico que respondía al nombre de Manuel Fraga Iribarne. La muerte de Arias Salgado se llevó los titulares y el sobrecogimiento del momento. El no somos nadie.
 
   Pero aquella edición de La Vanguardia incluía otra necrológica. Ni más ni menos que de dos páginas. Se trataba de una mujer que lo había sido todo en el mundo del espectáculo. Había cantado, bailado y actuado. Y con éxito. En Broadway aún resonaban los aplausos. En la oscuridad franquista, sin embargo, su fallecimiento se vio relegado a las páginas interiores. Pero el tiempo puso a cada uno en su sitio. Mientras el primero no es más que un nombre más en la larga noche de la dictadura, la mujer es recordada con una estatua en las Ramblas de Barcelona. Se trata ni más ni menos que de la mujer que, tal y como escribían hace 98 años, había convertido “la canción en un poema dramático”. Se trata de la artista Raquel Meller.
 
 
 

 
 
 
   Apenas un año después Meller desembarcaría en Londres y Buenos Aires con su canción y su manera única de representar la música. Era el inicio del mito y la nueva diva estaba preparada para dar el salto al cine... mudo. Vaya contradicción. Tal y como destaca la exposición que le dedicó el Museo de la Biblioteca Nacional, Meller solo interpretó una película con sonido. Se trata de la segunda versión de Violettes impériales. “[En sus películas] resplandece su rostro misterioso, de una palidez translúcida, sus ojos oscuros, profundos, insomnes, y su figura pequeña y enigmática, en la que a veces cuesta reparar pero da le que luego no podemos apartar la mirada”, explica José Luis Rubio, comisario de la exposición.
 
   El mayor de los éxitos de Meller aún estaba por llegar. En 1926, la actriz y cantante cruzó de nuevo el Atlántico para poner sus pies por primera vez sobre el suelo de Nueva York. Su destino: el Empire Theatre de la calle Broadway. Debutó el 14 de abril, exactamente cinco años antes de la proclamación en España de la II República. El lleno fue absoluto. 1.099 espectadores que abarrotaron la sala y que pagaron ni más ni menos que 27,50 dólares para disfrutar del estreno. Raquel Meller cantó 13 canciones. Todas en español.
 
   El New York Times apuntaba al día siguiente: “Raquel Meller, ruidosamente aplaudida. Demuestra su dinámica personalidad a través de muchos personajes en su debut norteamericano. Sus canciones, sus gestos. La versátil artista española lleva con tranquilidad el peso de toda la actuación”. Apenas 10 días después, el 26 de abril, la revista Time dedicaba su preciada portada a la Meller, que lucía mantilla española. El artículo del interior se titulaba Embrujadora Meller y destacaba en el epígrafe la siguiente frase: “Sus manos son como rostros”.
 
 
 
En la portada de la revista 'Time'
En la portada de la revista 'Time'
 
 
 
   Desde Broadway, Raquel Meller saltó al estudio neoyorkino de Fox Movietone, donde grabó cuatro cortometrajes sonoros con canciones suyas. A saber: La mujer del torero, Flor del mal, La tarde del Corpus y El noi de la mare, esta última en catalán. “Se estrenaron el 21 de enero de 1927 y a partir de marzo se proyectaron en el inmenso cine Roxy, de la Séptima Avenida. A España llegaron en octubre de 1929”, recuerda José Luis Rubio.
 
   Su canción emblema no estaría incluida en ese disco. El tema que más fama le otorgó fue La violetera, la misma que años después cantaría, ya a color, Sara Montiel y que el mismísimo Charles Chaplin tomaría prestada para su archiconocida Luces de Ciudad. La apropiación de Chaplin quizá vino motivada, quién sabe, por el “no” que le dedicó la actriz y cantante cuando este le propuso grabar una película juntos. 
 
   Aquella negativa demuestra el caché de una artista que pocos retos tenía ya por delante. Triunfó en Barcelona, Buenos Aires, Londres, Nueva York... y, por supuesto, en París, donde se instaló y se atrevió incluso a hacer teatro en francés con la obra Une jeune fille espagnole
 
   Así llegaron los años treinta, cuando el mundo estaba llamado a volverse aún más loco. En la primavera de 1935, Meyer actuaría en el Teatro Tívoli de Barcelona. Sería su última vez en España durante una larga temporada. El 18 de abril de 1936, una parte del Ejército se sublevó contra el Gobierno elegido en las urnas y provocó una cruenta Guerra Civil con participación de potencias extranjeras. España cambiaba. Y Europa, también. 
 
 
Retratada por Julio Romero de Torres
Retratada por Julio Romero de Torres
 
 
 
Los temblores de julio
Ese 18 de julio Meller se encontraba en su casa de Niza junto al periodista César González-Ruano. Tiempo después, el periodista recordaría aquella jornada de la siguiente manera: “Temblábamos juntos y nos emborrachamos de alcohol, de patria lejana, de poesía, de nostalgia y de incertidumbre”.
 
   En la primavera de 1939, con Franco ya en el poder, la artista regresó a una España que poco tenía que ver con la que había dejado atrás. La guerra lo había destruido todo. Pero el drama para Meller prácticamente no había hecho más que comenzar. Apenas unos meses después, Francia sería invadida por las tropas nazis de Hitler. La guerra volvía a comenzar. 
 
   La contienda bélica se llevó por delante gran parte de sus posesiones en Francia. Desafortunadamente, también su fama. Meller no volvió a actuar en aquel país que apenas unos años antes la había aclamado como nadie. Se instaló en España y siguió cantando en Madrid y Barcelona, pero las salas ya eran más pequeñas y las giras, reducidas. La estrella se fue apagando en un mundo que ya iba demasiado rápido para apreciar la belleza de los rostros de sus manos.
 
   Su última gran actuación fue en 1958. A sus 70 años, presentó la revista Cuando salió el ‘Blanco y Negro’ en la Gran Vía de Madrid. Así se reflejó en prensa: “Con su vocecita dulce y minúscula, cargada de años y de historia de un género en el que fuera la reina, canta otra vez los cuplés que la hicieron famosa. Nostalgias y añoranzas de otro tiempo afluyeron al mimo de su voz y para ella tuvo el público largas y atronadoras ovaciones”. Era su adiós y, quizá, todos los sabían. 
 
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