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17-10-2013

Una sala casi vacía en el centro comercial La Vaguada (Madrid). Foto: Antón Mariña

Una sala casi vacía en el centro comercial La Vaguada (Madrid). Foto: Antón Mariña


 Ni títeres ni cabezas
 en el patio de butacas


Los impuestos indirectos y la piratería se llevan un dinero que las salas de cine necesitan para reinventarse. Digitalizar las proyecciones, la tierra prometida
 


FRANCISCO PASTOR
De cuando en cuando golpea una noticia que a este paso, de tan reiterada, dejará de serlo. Solo en Madrid, más de 50 salas han cerrado a lo largo de los últimos cinco años, desde que empezara la crisis. En la mayoría de capitales españolas, las únicas carteleras y proyectores que permanecen con vida son las que se encuentran en los centros comerciales de las afueras. En otras tantas ciudades y pueblos, ni siquiera eso. Parece que el ritual de ir al cine se aleja cada vez más de las prioridades de cierto público.
 

Cines Renoir Cuatro Caminos, los últimos que han sucumbido a la crisis en Madrid

Cines Renoir Cuatro Caminos, los últimos que han sucumbido a la crisis en Madrid

 
 
   Entre los responsables del sector existe la certeza de que esta industria necesitaba un empujón antes de que llegara la recesión. Hoy señalan, sobre todo, a la vertiginosa escalada del IVA, un impuesto que hasta el 1 septiembre de 2012 era del 8 por ciento y desde entonces se cifra en el 21 por ciento. “Mientras tanto, en Francia lo han reducido del 9 al 5 por ciento”, se lamenta Enrique González Kuhn, de Alta Films. Él sabe bien de lo que habla, ya que se ha visto obligado a echar el cerrojo a casi todas las dependencias de su distribuidora. La última de ellas en decir adiós, el Cine Renoir de la madrileña Glorieta de Cuatro Caminos, vivió su última sesión a finales de septiembre.
 
Todo o nada
El implacable aumento de los impuestos se produjo justo cuando las salas se encontraban haciendo frente a una demanda fundamental para su supervivencia: adquirir proyectores digitales con los que entrar en un círculo de distribución más rentable y, al tiempo, resultar más atractivas para un público aferrado al sofá. González Kuhn vuelve a mirar al otro lado de los Pirineos: “el Ministerio de Cultura francés concede ayudas para que los dueños pasen sus salas al digital, pero aquí no hay ninguna”. Para él, como para los dueños de las demás salas consultadas, esa es la casilla de llegada ahora que todo está en juego. “Desde que hemos conseguido digitalizar los cines de Princesa, Plaza de España y Retiro, sabemos que ese es el modelo de negocio, porque allí han empezado a cuadrar las cuentas”. Pero la inversión no es precisamente pequeña: unos 50.000 euros por proyector.
 
 

Instalaciones de Cinemes Girona, en Barcelona

Instalaciones de Cinemes Girona, en Barcelona

 
 
   Para los responsables de los Cinemes Girona, en Barcelona, el oasis de las proyecciones digitales también se convirtió en el todo o nada. Ante unas cifras cada vez más claras y los reiterados rumores de que el apagón del celuloide llegaría en 2014 –está por ver que finalmente sea así–, decidieron no postergar más el momento de dar el paso. A principios de este año lanzaron la propuesta con la que reunir los fondos que necesitaban: un bono anual de tan solo 30 euros con el que los espectadores pudieran ver cuantas películas quisieran. El éxito de la convocatoria desbordó sus expectativas y les animó a una segunda ronda con la que continuaron invirtiendo en la renovación de sus instalaciones. Este acierto en la gestión, sin embargo, queda lejos de ser una panacea: aunque con él consiguieran financiar la esperada digitalización, su sostenibilidad a largo plazo estará en juego si no se acometen diversas reformas en la estructura del sistema audiovisual.  
 
Caminando solos
Todos echan en falta la implicación de los poderes públicos a la hora de enfrentar una tendencia que, aunque en un principio con más timidez, llevaba tiempo viéndose venir. Aquella vieja costumbre que nos llevaba a asomarnos a la cartelera del cine de barrio se encuentra devaluada, sobre todo, debido a un exceso en la oferta. “Fueron fundamentales la llegada de Internet y la intensiva programación de películas por televisión. La gente elige ver las películas en su casa”, reflexiona Carlos Osorio, responsable de la plataforma Salvemos los Cines, antes de reiterar las otras causas en las que coinciden también los empresarios de las salas (piratería y presión fiscal). A su juicio, aunque el problema venga de atrás y los nuevos hábitos de los espectadores empiecen a contar con cierto arraigo, todo puede revertirse. “Hacen falta cambios en las leyes y un apoyo decidido a la cultura y a las artes, pero parecen decididos a comerse a la gallina de los huevos de oro”, apunta con tristeza. Hoy libra una batalla personal por conceder la categoría de Bien de Interés Cultural (BIC) al Palacio de la Música, el emblemático cine de la Gran Vía madrileña, que, durante años, permanece abandonado a la espera de un futuro que no llega.
 
 

Ambiente previo a un pase en los cines Golem de Madrid (Foto: Enrique Cidoncha)

Ambiente previo a un pase en los cines Golem de Madrid (Foto: Enrique Cidoncha)

 
 
   Los manifiestos elaborados por Osorio y otros de sus compañeros han recogido la firma de diversas asociaciones y partidos políticos. Mientras tanto, el apoyo que realmente necesitan viene de unas instituciones que no se dejan convencer por unos ni por otros. Siempre a través de ese discurso por el que la cultura debería volar libre y bien lejos de las arcas del Estado –criterio que, desde que llegó la crisis, el Gobierno no parece compartir con otros mercados–, el destino de nuestras salas de cine parece ir unido al de la industria audiovisual española. Esto es: la incerteza, un elevado número de bajas en el proceso y, sobre todo, caminar completamente sola.
 

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