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22-07-2016 Versión imprimir
'Maikol Jordan'
'Maikol Jordan'
 
 
 
Una pequeña caja de sorpresas en el páramo cinematográfico de Centroamérica
 
Costa Rica ha pasado de la nada al todo en 15 años. Varias obras propias empiezan a colarse entre las preferidas del público y llegan a competir en prestigiosos certámenes de todo el planeta
 
 
HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
El 18 de diciembre de 2014 se produjo un vuelco en el cine de Costa Rica. Aterrizaba en las salas la comedia autóctona Maikol Yordan de viaje perdido, que tras cuatro meses de exhibición llegaría a 770.000 espectadores, un fenómeno impensable entre quienes invirtieron 200.000 dólares en su rodaje. Cautivar al 15 por ciento de la población local se tradujo en un récord todavía intacto: sigue siendo la película más vista en la historia del país, por delante de las superproducciones norteamericanas que desde siempre habían copado los primeros puestos de la taquilla, desde Avatar a Los vengadores pasando por Shrek. A su popularidad seguramente contribuyó el hecho de que al mando del reparto se encontrase ese Maikol Yordan nacido del grupo humorístico La Media Docena, un personaje famoso por haber aparecido antes en los sketches del veterano programa El show de la Media Docena. Esta incursión cinematográfica hace que el ignorante campesino abandone su pueblo en busca de dinero con el que pagar la hipoteca de la finca familiar, pero sus escasos estudios le impiden encontrar empleo en la ciudad, así que regresa a su hogar sin sospechar que está a punto de ganar un viaje a Europa. Allí trata de enriquecerse, y entretanto conoce amigos y lugares emblemáticos, todo ello mediante situaciones hilarantes.
 
   El séptimo arte llegó a este pequeño país temprano, hacia 1897, cuando los empresarios foráneos llevaron consigo el flamante invento. Más tardaron en ponerse detrás de la cámara los autores costarricenses, que a partir de 1914 empezaron a grabar imágenes sobre acontecimientos de actualidad: traspasos de poderes presidenciales, promulgaciones de leyes, corridas taurinas, fiestas de carnaval… Esas breves piezas y algunos documentales rudimentarios acerca de actividades profesionales nutrieron noticieros ofrecidos con escasa periodicidad a lo largo de decenios, como los de Amando Céspedes, Walter Bolandi o Álvaro Chavarría. El género de ficción no vio la luz hasta 1930 con la película muda El retorno, la primera de sello nacional pese a ser realizada por el italiano A. F. Bertoni. Rodada en blanco y negro, contaba los sentimientos de un hombre de campo hacia su prima y el feliz reencuentro de ambos tras las aventuras de él con varias féminas mientras estudiaba en la capital, un lugar propicio para el despertar sexual y demás distracciones. El sonido irrumpió en 1955 gracias al melodrama Elvira, también en blanco y negro y dirigido por el mexicano Alfonso Patiño Gómez, quien se inspiró en la novela homónima. Capitaneaba la historia una chica rica que se prendaba de su criado, y una vez que él prosperaba socialmente a través de la formación, descubría que era su primo. En aquel mismo año José Gamboa filmó Milagro de amor, ya en color, para plasmar en tono costumbrista la sociedad.
 
   La cosecha audiovisual fue esporádica y casi artesanal antes de los setenta. Aunque nunca llegó a asentarse un tejido industrial, a los contados proyectos privados se añadieron en 1973 sucesivos documentales gestados con fondos públicos en el Centro Costarricense de Producción Cinematográfica, cuyos jóvenes creadores pudieron trabajar intensamente durante una década. El primer trienio se tornó combativo porque ponían el foco en graves problemas sociales. Eso despertó un enorme interés entre la gente, sí, pero el fenómeno encerraba una clara contradicción: ¿cómo iban a financiar las autoridades títulos que demostraban la incapacidad del Estado para mejorar la coyuntura? El malestar gubernamental se tradujo en la dimisión de la entonces ministra de Cultura, Carmen Naranjo, pero antes se censuró el polémico Banana Republic (1976). Y es que denunciaba los descomunales esfuerzos de los pequeños países bananeros para negociar precios de venta justos con las empresas que monopolizaban ese mercado, poco dispuestas a ceder, por lo que la caída de ingresos en los centros productores provocaba que las condiciones de vida de sus sociedades rozasen niveles de subdesarrollo.
 
   La crisis económica a que azotó mediados de los ochenta y el hecho de que el Centro volcase sus recursos únicamente en el fallido filme internacional El Dorado (Carlos Saura, 1988, localizado en Costa Rica) puso fin a su breve labor productora. Lo mismo pasó con los largometrajes de autores independientes, puesto que en esa época apenas sobresalieron La Negrita (1983) y La Segua (1984), una sequía paliada por el auge de los cortos al extenderse la grabación en vídeo. En adelante no se presenciaron aquí más que rodajes extranjeros, como el de 1492: la conquista del paraíso, que capitaneó el británico Ridley Scott con un reparto de estrellas: Gérard Depardieu, Sigourney Weaver, Fernando Guillén Cuervo, Ángela Molina, Juan Diego Botto… 
 
 
 
Logotipo del Festival de Cine Internacional de Costa Rica
Logotipo del Festival de Cine Internacional de Costa Rica
 
 
 
Se obró el milagro
El comienzo del nuevo siglo trajo consigo un estallido de la actividad cinematográfica. Y es que en la década comprendida entre 2001 y 2011 se rodaron 20 largometrajes, más del doble de los que habían visto la luz durante toda la centuria anterior. Un elemento crucial de semejante despegue ha sido la profesionalización del sector mediante programas universitarios antes inexistentes, lo que obligaba a los autores a optar por el autoaprendizaje o los estudios en EEUU e incluso Europa, si bien la mayoría terminaba ingresando en la prestigiosa escuela cubana de San Antonio de los Baños. Al margen de la creciente oferta formativa, en 2004 empezó a operar en San José la iniciativa privada Cinergia, el único fondo de apoyo al celuloide creado hasta ahora en la región centroamericana. Sus sucesivas convocatorias han destinado un total de 865.000 dólares a 153 proyectos de ficción, documental y animación en varios países, de los cuales 42 han sido costarricenses con un desembolso de 303.500 dólares. Otra buena noticia llegaría en 2007, cuando Costa Rica se adhirió al programa de estímulo a la coproducción Ibermedia, del cual beben 34 títulos locales.
 
   El resurgimiento del séptimo arte en 2001 puso fin a 14 años en los que ni una película autóctona circuló por las salas, desde que Óscar Castillo estrenara Eulalia en 1987, que llegó a erigirse en la más taquillera en la historia de la cinematografía tica. El mismo Castillo reactivó de nuevo los proyectores ya en el siglo XXI con su Asesinato en El Meneo, una comedia sobre la corrupción cuyos protagonistas eran dos detectives. Esa corriente de denuncia continuó al año siguiente con Password: una mirada en la oscuridad, de Andrés Heidenreich, aunque esta vez sin risas por tratar la prostitución infantil. Las agresiones a la naturaleza constituyeron la diana contra la que disparó Esteban Ramírez, que en 2005 debutaba con Caribe, una propuesta con reparto internacional sobre un biólogo (Jorge Perugorría) que se veía envuelto en un doble disyuntiva tras comprar con su herencia una finca bananera: el de aceptar o no las ofertas de una compañía petrolera con permiso gubernamental para instalarse en la zona pese a la lucha de los ecologistas y el de ser o no fiel a su esposa (Cuca Escribano) al presentarse de forma inesperada en casa su irresistible cuñada. El hombre traicionaba tanto el compromiso con su matrimonio como con la comunidad, y quizá por eso se elegía para él un desenlace dramático, pues la empresa energética encargaba subrepticiamente su asesinato.
 
   La incorporación del género femenino al largometraje se produjo en 2003 con Maureen Jiménez. Sus Mujeres apasionadas se articula en torno al escultor cincuentón Mario Curi, dotado de capacidad suficiente para mantener líos con cuatro amantes, todas presentes al sacudirle un infarto letal. La esposa del difunto las cita al cabo de un tiempo y en el encuentro se desenreda cada escarceo. A 2012 se remonta el drama de Tres Marías, cuyas secuencias en blanco y negro dibujan un barrio marginal de la capital a través de los puntos de vista de tres vecinas que en su día a día conviven con las lacras de la prostitución o el tráfico de armas, necesarias en este filme para costear con un atraco la deuda derivada de un aborto. La presencia de directoras se ha consolidado con las aplaudidas aportaciones de Patricia Velásquez (Dos aguas, 2015) o Paz Fábrega (Agua fría de mar, 2009, Tigre a la mejor película en el Festival de Rotterdam).
 
   El importante volumen de inmigrantes nicaragüenses en el país explica que la revolución sandinista de los años ochenta al otro lado de la frontera constituya un tema recurrente para el audiovisual. El último comandante (2010) aborda el fracaso del sandinismo en la piel de Paco Jarquín, que lo deja todo tras la pérdida de ideales entre sus compañeros. Llega a Costa Rica con el sueño de montar su propio salón de baile, puesto que es un apasionado del chachachá, mientras su gente le da por fallecido debido a su repentina desaparición. Allí nada le funciona: su idea de negocio se queda solo en un intento y convive con una excantante convertida en alcohólica. Ese panorama le lleva a elegir entre defender sus actuales retos o revivir su pasado idealista. El prolífico Óscar Castillo rescató rápidamente el tema en El compromiso (2011), pero en su caso con dos amigos maduros como personajes principales, reencontrados tras combatir a favor del alzamiento en la juventud. Germán ahora se dedica a la pintura y tiene un hijo pequeño que queda desamparado a su muerte, por eso Federico no tiene otra salida que pisar el freno en su vida de productor publicitario y cuidar del chaval. Sin embargo, la máxima representante de ese enfoque político es Laura Astorga con su autobiográfica Princesas rojas, seleccionada en la Berlinale. Relata la cruda clandestinidad en que viven las hijas de unos espías al servicio del socialismo triunfante en Managua. Hasta que el matrimonio se rompe por insalvables diferencias ideológicas: la esposa huye en un momento clave a Miami bajo la protección del enemigo estadounidense y abandona al marido en su peligrosa militancia izquierdista. 
 
 
 
La Media Docena, los creadores del fenómeno 'Maikol Jordan'
La Media Docena, los creadores del fenómeno 'Maikol Jordan'
 
 
 
   Si alguien despunta en el terreno del séptimo arte, ese es Miguel Gómez. Su le llegó de mano de Maikol Yordan, tan solo seis meses había vendido 90.000 entradas con Italia 90, sobre la inesperada gesta futbolística de la selección patria al clasificarse para octavos de final en aquel Mundial. A día de hoy se antoja inverosímil afirmar que este treintañero diera el pistoletazo de salida a su carrera allá por 2008 con los 4.000 dólares de El cielo rojo, un desembolso que recuperó con creces gracias al favor del público juvenil, lo que le permitió rubricar luego con dos propuestas nada parecidas: la terrorífica El sanatorio (2010) y la cómica El fin (2011).        
 
Es hora de allanar el camino
Cinergia e Ibermedia se reparten el esfuerzo inversor en ausencia de la Ley de Fomento a la Industria Audiovisual, cuyo proyecto contemplaba un impulso económico y de forma continuada por parte del Estado. El grueso del dinero procedería de un nuevo impuesto para las empresas dedicadas a la televisión de pago, un negocio que en 2012 llegaba a la mitad de los hogares y empleaba a unos 5.000 trabajadores, así como de recaudar un porcentaje de la taquilla obtenida en cada pase de los espectáculos públicos. Pero el fondo se completaría con las partidas asignadas en el presupuesto del país y posibles donaciones. Las ayudas recogidas en ese texto legislativo serían subvenciones no reembolsables o préstamos concedidos por el Centro Costarricense de Producción Cinematográfica, que pese a existir desde 1973, abandonó pronto la realización de documentales y publicidad.
 
   A la inexistente financiación gubernamental se suman otros obstáculos que dificultan el despegue de una industria audiovisual. Parece arriesgado destinar grandes presupuestos a películas que han de ser rentables en un mercado de apenas cinco millones de habitantes, y más aún si se tiene en cuenta que un 63,5 por ciento de ellos no asiste nunca a las salas, según los datos que logró recabar en 2013 la Encuesta Nacional de Cultura. La población restante sí se sienta en la butaca, aunque la frecuencia habitual es de una vez al año, un dato ínfimo por efectuarse el consumo mayoritariamente a través del televisor. Ello explica que en el país solo haya una veintena de multicines con 111 pantallas en total. El panorama empeora por el hecho de que los títulos foráneos copan casi todo el tiempo de exhibición, así que la propuesta citada anteriormente incluía medidas para garantizar una oferta diversa: el número de sesiones de filmes extranjeros no podría superar el 80 por ciento del total y las escasas cintas autóctonas tendrían derecho a permanecer en cartelera durante al menos una semana.
 
   Es posible que el desarrollo de un público estable facilite la exportación de obras, como ha ocurrido con Maikol Yordan, que no tardó en proyectarse comercialmente en Panamá. Pero además de tener un recorrido cada vez más satisfactorio por las salas, la producción propia cuenta desde 1992 con ese veterano escaparate que constituye la Muestra de Cine y Vídeo Costarricense, transformada hace un lustro en certamen de alcance mundial. Y también refuerza esa labor promocional el Premio Nacional Amando Céspedes Marín, que se concede anualmente en las categorías de mejor realización conceptual, dirección y producción.
 
 
 

 
 
 
 
‘El regreso’ (Hernán Jiménez, 2011)
El cineasta había dado el salto al largo apenas un año antes con A ojos cerrados, sobre una ejecutiva atrapada en el dilema de cuidar a su abuelo o embarcarse en un importante proyecto para su carrera, una historia capaz de despachar 5.000 DVD después de reunir a 60.000 espectadores ante la pantalla. El doble de público llegó a acumular a lo largo de 12 semanas El regreso, cuyos personajes calaron hasta el punto de crearse perfiles de Facebook en su honor. Presenta a un escritor residente en Nueva York, Antonio, obligado a volver a Costa Rica por la enfermedad de su padre tras una década de ausencia. No se reconoce en su país, en sus amigos ni en su familia, merecedora de su rechazo por ignorarle durante años. La caótica e insegura ciudad en que se ha transformado San José agudiza un infierno personal que sobrelleva con la ayuda de dos aliados: su buen colega César y una vecina de la infancia llamada Sofía. En los 15 días que debe esperar para recuperar su pasaporte robado se enamora de esa mujer, tan arraigada a su tierra que no está dispuesta a cambiarla por la aparente perfección de EEUU. Aunque se desconoce si el literato huye de nuevo o decide quedarse, el viaje le sirve para quedar en paz con el pasado y darse cuenta de que el lugar de uno se encuentra donde está la gente que le quiere. Ahora hace un mes que Hernán Jiménez estrenó con igual éxito su tercer título, Entonces nosotros, que ya supera las 100.000 entradas vendidas.
 
 
 

 
 
 
‘Del amor y otros demonios’ (Hilda Hidalgo, 2010)
La adaptación de la novela homónima de Gabriel García Márquez supuso un hito en la cinematografía tica porque era la cinta con mayor presupuesto hasta la fecha y la primera en coproducción con Colombia. Las imágenes trasladan al espectador a la Cartagena de Indias colonial del siglo XVIII a través de los ojos de la niña Sierva María, hija de unos marqueses que no le prestan suficiente atención, con la consiguiente necesidad de buscar el cariño de los esclavos en la infancia. Pero a los 13 años quiere descubrir el amor. Lo experimenta en un  contexto que se antoja adverso, cuando un perro rabioso la muerde y la creen endemoniada, por lo que ingresa en un convento para ser exorcizada. A iniciativa propia inicia un juego que desencadena la pasión con un joven cura de nombre Cayetano (Pablo Derqui), aunque el estupor de las monjas hace que cesen los encuentros nocturnos entre ambos. A él le expulsan y a ella finalmente le practican el exorcismo, no vuelven a verse, se unen en sueños y con la chica ya sin vida. Ocurre al igual que en Romeo y Julieta: la muerte como resolución del deseo de encontrar a la otra mitad. A lo largo del metraje se dibuja la dureza católica frente a la libertad de las religiones paganas, se contrapone a Dios y el diablo, se alterna la faceta de santa con la de casquivana…  
 
 

 
 
 
 
‘Gestación’ (Esteban Ramírez, 2009)
Unos 130.000 espectadores auparon la segunda obra del director a la cúspide de la ficción marcada con sello autóctono, pero su reinado concluyó con la sacudida del terremoto Maikol Yordan un más lustro tarde. A este melodrama adolescente le corresponde otro mérito: de su rodaje salió la prometedora Adriana Álvarez, la primera actriz del país en ganar premios internacionales. La historia gira alrededor de la heroica Jessie, una muchacha humilde que estudia becada en un colegio privado al que también acude el adinerado Teo, de quien pronto queda embarazada. La familia de él se opone a que se casen y ofrece a la protagonista una compensación económica en caso de que aborte, pero la negativa derivada de su moral tradicional le causará todavía más problemas, puesto que el centro educativo es de monjas y la rechazan al enterarse de que espera un bebé. En las aulas solo cuenta con la solidaridad de su reivindicativa amiga Alba, capaz de visibilizar tan evidente discriminación ante la Corte Suprema de Justicia, donde se zanja con una sentencia favorable para la víctima. Al final compagina los estudios con un empleo y recibe respaldo del exnovio. Esteban Ramírez perpetuó en 2015 el tono social de su filmografía gracias a Presos, si bien esta vez se acercaba al documental para inmortalizar la dureza de la vida carcelaria, un tema más interesante de lo inicialmente previsto. Y es que derrotó incluso a un taquillazo hollywoodense cuando la pasaron en el prime time televisivo.
 
 
 

 
 
 
‘El camino’ (Ishtar Yasin Gutiérrez, 2008)
Su estreno mundial en la Berlinale suponía la primera participación de una cinta de América Central en el reputado certamen. Así fue el prometedor comienzo del que todavía es el palmarés más copioso del que presume el celuloide tica: Premio FIPRESCI y mención especial del jurado en el Festival de Guadalajara (México), galardón al mejor filme latinoamericano en Mar del Plata (Argentina), estatuilla al director y mención especial del jurado en el Festival Ícaro (Guatemala)… Y eso que se trataba de la ópera prima de la autora. Este duro alegato contra la explotación sexual se narra desde la mirada de Saslaya, una niña que abandona Nicaragua y atraviesa la frontera de Costa Rica para localizar a su madre y procurarse un futuro próspero, como hacen montones de compatriotas a diario. En Managua deja atrás a un abuelo que abusaba de ella, pero se lleva consigo a su hermanito, a quien pierde en ese recorrido lleno de carencias. Sin ningún tipo de sustento, se une desesperada a un extranjero rodeado de lujos… que esconde el turbio secreto de ser proxeneta. Y ella engrosará su nómina de víctimas. La atípica propuesta contiene pocos diálogos, delega la fuerza de la expresión en las imágenes prolongadas y los silencios, prefiere lo sugerido a lo explícito. El aporte de Francia resultó decisivo en los 700.000 dólares requeridos durante siete años por el proyecto, concebido para sacar a la maltrecha Nicaragua del olvido en que quedó sumida después de la utopía sandinista, según lamenta Gutiérrez.
 
 
 
Héctor Martín Rodrigo (Madrid, 1986) fue número 1 de su promoción universitaria de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III y es desde 2010 una de las más relevantes firmas en la revista AISGE ACTÚA
22-07-2016 Versión imprimir
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