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03-05-2016 Versión imprimir
Foto de Carlos Rosillo para el reportaje 'El año en que estallaron las dramaturgas', publicado por 'El País' en abril de 2016
Foto de Carlos Rosillo para el reportaje 'El año en que estallaron las dramaturgas', publicado por 'El País' en abril de 2016
 
El telón se levanta
para las dramaturgas
 
 
El Centro Dramático Nacional programa esta temporada siete obras de autoras en activo, un paso decisivo para romper el dominio de los hombres en el teatro

CURRO OLIVA
La presencia de mujeres en puestos visibles de la cultura es, como ocurre en otros tantos ámbitos, una reivindicación recurrente desde hace tiempo. En la industria del cine se clama contra el poder inamovible de los hombres y en favor de más historias femeninas, una batalla planteada desde entidades como CIMA (Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales), donde figuras veteranas y de sucesivas generaciones articulan sobre su prestigio un discurso de género. Debido al impacto social del celuloide, al menos se puede hablar de eso, de creadoras con reconocimiento entre el gran público. Desde Josefina Molina a Paula Ortiz pasando por Pilar Miró, Gracia Querejeta o Icíar Bollaín, sin olvidar nombres de plena actualidad gracias al último Festival de Málaga: Inés París (Premio del Público con La noche que mi madre mató a mi padre), Helena Taberna (Acantilado), Manuela Burló Moreno (Rumbos)... O artistas de otras disciplinas que se pasan detrás de la cámara, con el éxito reciente de Leticia Dolera y sus Requisitos para ser una persona normal, una aventura que emprendió en su día la también catalana Sílvia Munt.
   
   Bien diferente es la situación en manifestaciones culturales como el teatro. A lo largo de los últimos años sí han adquirido cierto protagonismo Lluïsa Cunillé, Ángelica Liddell, Paloma Pedrero o Itziar Pascual todas ellas a base de ir sumando títulos y títulos a sus extensos currículos. Pero son pequeñas islas que solo a veces emergen en medio de un océano masculino. Esa escasez queda clara cuando Denise Despeyroux afirma que "jamás se me ocurrió ser escritora. Los escritores eran hombres". O cuando Lucía Miranda rememora que iba para actriz "porque no había tenido referentes de autoras". Un dato resume el panorama: desde que empezó a otorgarse el Premio Nacional de Literatura Dramática, allá por 1992, solo tres autoras lo han recibido.
 
 
   La última fue Laila Ripoll, ganadora el año pasado por El triángulo azul, quien describe en un reportaje para El País su propia experiencia. "¿Que si lo he tenido más difícil por ser mujer? Tengo un anecdotario que abruma. Incluid violencia verbal y casi física". A ella le corresponde el honor de haber sido la primera dramaturga viva cuya obra se coló en la programación Centro Dramático Nacional. De aquel estreno de Los niños perdidos se ha cumplido ya una década, pero el tiempo transcurrido no se ha traducido en un cambio. "Se nos sigue tratando como a menores de edad. Siempre da la sensación de que, cuando nos llaman, se cubre el cupo. Pero no podemos prescindir de las cuotas. Mientras no haya paridad, son necesarias", concluye con pesimismo. Una opinión casi idéntica tiene María Velasco pese a acumular dos décadas menos de camino: "El paternalismo y lo baboso del trato de muchos 'dinosaurios sagrados' de esta profesión es execrable. Te tratan de niña, como la eterna alumna, fulminan toda posibilidad de diálogo horizontal".

 
   Más optimista se confiesa Lourdes Ortiz, pues desde las trayectorias extensas se tiene más conciencia de la evolución. "Varios fenómenos han contribuido al auge de las mujeres y nos permiten pensar que estamos mejorando. Ha influido sobre todo la creación de la especialidad de Dramaturgia en los estudios de Arte Dramático", explica, "ya que en las aulas suele haber más alumnas". No solo se trata de una cuestión de cantidad, sino de que ese incipiente talento de las escuelas llegue a algún sitio, como sostiene Carolina Román: "Quizá empezamos a tener mayor visibilidad, pero continuamos siendo una excepción a la regla".
 
 
   Quizá el deshielo sea definitivo de la mano de espaldarazos hasta ahora insólitos, como el del Centro Dramático Nacional para esta temporada 2015-2016, durante la cual ofrecerá textos de siete literatas en activo. El apoyo a la creación femenina se extenderá al próximo trienio. Y es que ese organismo suscribió, al igual que el Festival de Almagro y el Centro Cultural Conde Duque, un convenio por el que se compromete a destinar un 40 por ciento de su cartelera a montajes encabezados o avalados por mujeres. Por otra parte, tal vez tengan mucho que decir la Asociación Clásicas y Modernas o la flamante Liga de Mujeres Profesionales del Teatro, nacida en abril.
 
 
Mucho más que escribir
Las habilidades de las mujeres del teatro suelen trascender la ya de por sí meritoria plasmación de historias sobre el papel. Producen, dirigen, actúan... Incluso crean compañías o abren espacios para la representación. De esa naturaleza polifacética da cuenta Carolina África, al frente de la sala madrileña La Belloch, aunque sus creaciones se vean en otros lugares. La interdisciplinariedad es el legado de una hornada anterior a la que pertenecen nombres consagrados por la dirección de escena (Helena Pimenta o Carme Portaceli) e incluso por la gestión teatral (Natalia Menéndez se encuentra al frente del Festival de Almagro al tiempo que celebra 20 años como directora).
 
 
   Aunque de momento no levanten el anhelado telón del CDN, hay otras muchas artífices de este prometedor presente. No pierdan de vista a Lola Blasco, Claudia Cedó, Carlota Ferrer...      
 
 
 
La irrupción femenina en el CDN
 
 
Carolina Román (Adentro). Hasta el 22 de mayo
Lourdes Ortiz (Aquiles y Pentesilea). Hasta el 15 de mayo
Lucía Carballal (Los temporales). Del 8 al 19 de junio
 
 
FUERA DE CARTEL
Denise Despeyroux (Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales)
Carolina África (Verano en diciembre)
María Fernández Ache (Cocina)
Lucía Miranda (Nora, 1959)
03-05-2016 Versión imprimir
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