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12-06-2015 Versión imprimir

 
El plácido sueño 
de Clint Eastwood
 
Se cumplen 50 años del rodaje de 'La muerte tenía un precio', la película central de ese tríptico de 'spaghetti-westerns' que dirigió Sergio Leone con Clint Eastwood como protagonista

JAVIER OCAÑA
Primavera de 1965. Hoyo de Manzanares, Madrid. Un tipo al que le faltan un par de centímetros para llegar al 1,95 dormita hecho un ovillo en el asiento de un coche durante un rodaje. Es un modo de concentrarse y una forma de huida. Por dentro ya no sabe cómo colocar las piernas, por fuera mantiene una imagen de elegante hosquedad. Cuando le avisan que debe volver a filmar se levanta con su inquietante porte de extraño en un lugar que no le corresponde. Es un trabajo que sabe que debe realizar pero su parsimonia, su mirada dura y su actitud esquiva provoca que converjan dos personalidades al mismo tiempo: la primera, la de Clint Eastwood, actor estadounidense que rueda en España La muerte tenía un precio, su segundo western a las órdenes del italiano Sergio Leone; la segunda, la del Manco, cazador de recompensas armado con un revólver y vestido con un poncho. Ambas se funden y Clint, casi sin saberlo, parece estar aplicando uno de esos ejercicios de los actores del método que les hacen tener fama de exigentes y de raros.
 
   Pero no es así, Eastwood no aplica un método. Es el modo natural de comportamiento de un hombre que, a partir de una trilogía de películas que fue surgiendo casi de un modo improvisado, está forjando su propio mito, junto al de Leone, aunque luego cada uno lo iría rematando por un sendero distinto. Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), El bueno, el feo y el malo (1966). La trilogía del dólar. La primera, rodada a salto de mata, casi sin presupuesto; la segunda, algo más holgada, pero sin tirar cohetes; la tercera, ya con la pasta y el éxito asegurado. Eastwood y Leone no estaban construyendo América desde el salvaje Oeste, estaban sobreviviendo con lo que mejor sabían hacer: cine. Ahora que se cumplen 50 años del rodaje de la cinta central, La muerte tenía un precio, es buen momento para rememorar aquellos extraños días en los que había que comunicarse por señas, con el rigor de la profesionalidad y la sabiduría del que tiene talento. Porque Leone apenas sabía decir goodbye en inglés y a Eastwood como mucho se le podía sacar un arrivederci. Con esa tesitura no era raro lo del vaquero dormitando en el asiento de un coche. "Era la manera que tenía de concentrarse", dice Luciano Vincenzoni, guionista de la película, en la biografía del actor y director americano escrita por Patrick McGilligan. "De hecho, muchas veces se hacía el dormido, cerraba los ojos porque no deseaba que Sergio ni la gente que venía en busca de autógrafos le molestaran".

 
   Cuando se empieza a rodar La muerte tenía un precio, el éxito de Por un puñado de dólares aún anda en camino, pero no se ha culminado. Las circunstancias de producción, de economía de guerrilla, han mejorado, pero no lo suficiente como para, por ejemplo, llegar a la decena de caballos para los protagonistas y todo el equipo de cuatreros que los acompañan. El italiano Gian Maria Volonté y el también estadounidense Lee Van Cleef tienen que compartir el mismo caballo en las tomas donde no salen juntos y cambian el modelo de silla de montar para que no se note demasiado. Con intérpretes italianos, anglosajones y españoles, cada uno habla en su idioma durante las tomas, para luego doblarlas en fase de posproducción. Es un desaguisado habitual en este tipo de coproducciones. En esos días el filme ni siquiera se titula La muerte tenía un precio, aún es La colina de las botas, y se rueda en su mayor parte en la localidad madrileña de Hoyo de Manzanares, aunque también en Colmenar Viejo, Tabernas, San José, Almería, Guadix y La Calahorra. Van Cleef, que interpreta al coronel Mortimer, se ha incorporado en esta segunda entrega, pero se dice que Leone quiso contratar antes a Lee Marvin y a Henry Fonda. Con Fonda lo conseguiría para su cuarto spaguetti-western: Hasta que llegó su hora (1968).
 
   
   Al menos esta vez no tienen problemas con el guion, basado en un tratamiento de unas pocas páginas del propio Leone y elaborado por el reputado Vincenzone, que venía de escribir maravillosas comedias italianas como Seducida y abandonada (de Pietro Germi), La gran guerra (Mario Monicelli) o la neorrealista El ferroviario (también de Germi). El argumento de la primera, Por un puñado de dólares, había sido casi calcado al de Yojimbo (Akira Kurosawa). Rematado con una puesta en escena puramente Leone, pero inspirada en el maestro japonés, les había llevado a los tribunales. Había tan poco dinero que lo que se pretendía remake se convirtió en un plagio. Como desvela el imprescindible libro retrospectivo ¡Clint, dispara! La trilogía del dólar de Sergio Leone, editado por T&B, Kurosawa vio la película y mandó una carta al italiano: “Signor Leone, acabo de tener oportunidad de ver su película. Es espléndida, pero es mi película. Puesto que Japón es firmante de la Convención de Berna sobre copyright internacional, debe usted pagarme". Finalmente llegan a un acuerdo por el que abona un 15 por ciento de la recaudación total más los derechos exclusivos de distribución en Japón y Corea del Sur.
El legendario tándem formado por Ennio Morricone (izquierda) y Sergio Leone (derecha). Foto: Jot Down Magazine
El legendario tándem formado por Ennio Morricone (izquierda) y Sergio Leone (derecha). Foto: Jot Down Magazine
 
   A pesar de las estrecheces, Alberto Grimaldi, el productor italiano incorporado a esta segunda entrega del tríptico, ha mejorado las condiciones. El resto lo pone el director. Leone imprime una rabia inusitada, una violencia desaforada, aguerrida y brutal que, junto a un ritmo pausado que de pronto estalla, acaba articulando un nuevo modo de componer el western. Esa combinación de rostros en primerísimo plano y de aridez en lontananza, esa tensión fílmica, ya es parte de la historia. Junto a otro elemento imprescindible de la serie: el trabajo en las bandas sonoras de Ennio Morricone, entonces un desconocido, que cimenta su prestigio sobre la base de unas músicas insólitas en las que lo mismo cabe el segundero de un reloj que los tañidos de las campanas, unos gritos histéricos que unos silbidos. Los extraordinarios títulos de crédito de La muerte tenía un precio completan una fascinante orgía de muerte de hasta 37 cadáveres. Y eso a pesar de que Morricone no había comenzado su relación con Leone de un modo plácido: cuando a este le pusieron la partitura de Morricone para Un día en Texas en la productora, al director le había parecido horrible, "como un Dimitri Tiomkin miserable". Por fin hablaron en persona, Leone se lo dijo a la cara, y el músico le respondió: "Hice exactamente lo que me habían pedido, un Tiomkin miserable". La contestación le encantó e iniciaron una fructífera colaboración.
El cine estadounidense había marginado al secundario Lee Van Cleef cuando Leone le devolvió la popularidad con 'La muerte tenía un precio'. Foto: Jot Down Magazine
El cine estadounidense había marginado al secundario Lee Van Cleef cuando Leone le devolvió la popularidad con 'La muerte tenía un precio'. Foto: Jot Down Magazine
 
   La muerte tenía un precio fue un clamoroso éxito en todo el mundo. Y casi más en España, donde cinco millones y medio de personas, según datos del Ministerio de Cultura, pasaron por taquilla. Leone se convirtió en un grande. También Morricone. Y, por supuesto, Eastwood. El futuro autor de Sin perdón y Million dollar baby, ganador de dos Oscar al mejor director, que había cobrado 50.000 dólares por la segunda película del tríptico, seguía haciéndose el dormido en el coche, concentrado en su propio talento, encogiendo las piernas mientras extendía su mito. "Clint tenía un don: sabía escuchar", dijo de él Eli Wallach, recordando El bueno, el feo y el malo. "Aunque apenas se relacionaba con el resto del equipo, era callado, educado y profesional", en palabras de Julio Sempere, ayudante de dirección español en el rodaje de La muerte tenía un precio. ¿Dormía o se hacía el dormido? Escuchaba, reflexionaba, se concentraba. Sobre todo para lo que vendría después. Que no es poco.
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