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27-12-2016 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos

La madre
(Un cuento no necesariamente navideño)
 
 
NANO AMENEDO
Nunca sospechó que le fuera a echar tanto de menos. Ella misma le había animado a comprar el billete de avión e incluso se ofreció a sufragarle una pequeña parte del viaje, pero la alentaba el íntimo convencimiento de que el miedo atenazaría al chaval hasta acabar renunciando a aquella primera aventura mexicana. Se equivocó. Nunca llegamos a conocer bien a los demás, murmuraba; ni siquiera a un hijo único. Sergio compartía con ella esa misma mirada iridiscente, avivada por el esplendor radiante de los 23 años recién cumplidos, y el carácter peleón que tanta falta le hacía cuando en la vida venían mal dadas, que era en demasiadas ocasiones. Pero ni ese espíritu luchador le había servido para combatir la ausencia del padre, enfadado con mamá y con el mundo; y aún menos su muerte prematura, víctima de uno de esos cánceres crueles e inapelables que solo dan la cara cuando ya casi han conquistado las últimas posiciones. Por eso necesitaba respirar. Tomar aire a bocanadas, aunque en un primer momento le temblaran las piernas. Casi no le brotaba la voz del pecho cuando anunció en la mesa, entre ilusionado y compungido: 
 
– Mamá, la tía Julia me ha invitado a pasar tres meses con ellos. Y le he dicho que sí. Estoy mirando ya billete por Internet. 
– Me alegro un montón -mintió ella. O, al menos, verbalizó solo una millonésima parte de los pensamientos que se le agolparon en la cabeza. 
 
   Tuvo el arrojo de buscar el pasaje junto a Sergio, aunque sus ojos glaucos le escocieran frente a la pantalla. Le aconsejó que apurase los tres meses, que no le escatimara un solo día a semejante regalo que le concedía el destino. Saludó a su antigua cuñada a través del guasap, agradeciéndole su hospitalidad, esbozando una fórmula de cortesía sobre una posible visita madrileña de la sobrina y mordiéndose la lengua para no pronunciar ninguna de las frases que le corroían: “Que no descuide las comidas”, “Recuerda que es alérgico al pescado”, “No le dejéis ir solo por la noche” y, sobre todo, “Cuidádmelo bien, por Dios”. Solo se ahorró la punzada en el estómago de la despedida, el abrazo nervioso, empapado en moco y lágrimas, frente a la puerta de embarque. Oteó desde la ventana cómo a Sergio se lo tragaba la boca de metro y luego lloró en soledad y silencio. Un llanto con sordina, aunque no pudiera escucharla nadie. Un llanto ya irremediablemente solitario. 
 
   Difuminó bajo la ducha los surcos de las lágrimas, recordó a Sergio correteando como un cervatillo enloquecido en las praderas de la infancia, intentó persuadirse de que aquellos meses de ausencia no eran tantos. “Pasan en un vuelo, mujer, ni te darás cuenta”, pronunció en voz alta, como si se hubiera convertido en la guía de autoayuda de sí misma. El gesto se le encogió en una mueca escéptica, dolorida, resignada de muy mala gana. No es fácil dejarse engañar por uno mismo. Aquel mismo mediodía, en cuanto remitió la avalancha de comidas en el restaurante, interpeló al encargado en un aparte:
 
– Néstor, necesito que me cargues con tanto trabajo como seas capaz –le imploró–. Doblar turnos, caterings, cócteles a empresas, cursillos de formación. Lo que sea. Cuando sea.
– ¿Tan mal andas de dinero?
– No puedo desocuparme. Necesito estar agotada. Es muy malo tener tiempo para pensar.
 
   La madre encadenó jornadas maratonianas, preparó ágapes multitudinarios y comidas especiales de navidad, aprendió menús para celíacos y nociones de cocina japonesa, tailandesa y vietnamita. Trabajó sábados, domingos y festivos, reforzó turnos en otro establecimiento de la franquicia, llamó a su hermana por si hubiera algo en que la pudiera ayudar con los sobrinos. Y cada noche, sentada frente a la pantalla parpadeante del ordenador, se atusaba ligeramente, con un atisbo de maquillaje, antes de hacer doble clic sobre el icono del Skype. Le horrorizaba que su hijo pudiera apreciar, tantos miles de kilómetros más allá, el menor indicio de cansancio.
 
– Por aquí va todo bien, Sergio. Me cunde mucho el tiempo. Si hasta me dejaron en el trabajo un libro de Julia Navarro que casi me he terminado ya.
 
   Las lágrimas desbocadas y el nudo en el estómago llegaban después, cuando la conexión ya había concluido. La madre sobrevolaba una vez más con sus pupilas iridiscentes la mesa de Sergio, su viejo ejemplar subrayado del Método Stanislavski, la imagen en blanco y negro de aquel saludo solemne desde el centro del escenario tras finalizar una función, otra foto en la que sonreía a la cámara con esa mueca de payaso que tanto le gustaba repetir. Y un par de camisetas, primorosamente dobladas, que el chaval descartó en el último suspiro porque ya no era capaz de apretar más sus enseres en la maleta.
 
   A la mañana siguiente, cuando la madre se disponía a salir de casa, volvió sobre sus pasos y entró en la habitación del hijo. Contempló una vez más los libros, las camisetas, las fotografías, las anotaciones taladradas con chinchetas sobre la pared. Abrió el primero de los cajones y se encontró, perfectamente doblados por parejas, con su colección de calcetines. Había ocho o nueve pares de todos los colores, con preponderancia de los oscuros. Los revolvió como si fueran enormes bolas de bingo que danzaran en el bombo y, de repente, decidió sacarlos y desperdigarlos por toda la habitación. Muchos cayeron sobre el suelo. Algunos, encima o debajo de la cama.
 
   Marchó a trabajar sin recogerlos, con una extraña sonrisa perfilada en los labios. Al regresar, la contemplación de los ovillos esparcidos por el suelo la reconfortó. Sergio debía de haber pasado por casa como un torbellino, camino de algún ensayo, recapacitaba mientras recogía las bolas de calcetín y las recolocaba con primor en su cajón, clasificadas en minuciosa degradación cromática.
 
   Durmió mejor que en todo el mes. Extrañamente serena, súbitamente reconfortada. El desayuno le supo a gloria al despertar, más incluso que el primer cigarrillo de la mañana. Y antes de marchar, no se privó de revolver nuevamente la maraña de calcetines. De lanzarlos, ahora ya por toda la casa, como si se tratase de una colección de pelotas infantiles. 
 
   Y se rió sola, con estruendo, como loca. Y no le importó nada.
 
 
Nano Amenedo es un periodista cultural madrileño, en activo desde principios de la década de los noventa
 
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