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01-07-2015 Versión imprimir
Fernando Franco, tercero por la izquierda en la fila superior, junto a sus alumnos en el Centro Actúa
Fernando Franco, tercero por la izquierda en la fila superior, junto a sus alumnos en el Centro Actúa
 

 
Fernando Franco
y la gramática
de la naturalidad


Actuar es reaccionar. El Goya a mejor director novel (‘La herida’) anima a los intérpretes a contener el gesto como lo hacemos en la vida real 


FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Una intérprete actúa frente a la cámara mientras uno de sus compañeros, enfrente y fuera de plano, le va dando la réplica. Los alumnos restantes, otros ocho, conocen el texto y lo han estudiado, aunque ninguno sabe a qué largometraje pertenece el fragmento. Junto a ellos, sentado, casi escondido, Fernando Franco –uno de los jóvenes cineastas más reconocidos por la industria cultural española– anota con su gesto lo que le impresiona y lo que le despista de aquello que está viendo.
 
   Para clausurar su penúltima sesión frente a los alumnos en el madrileño Centro Actúa (calle de Cavanilles, 15), el director ha elegido el suspense. O, al menos, algo que pueda intuirse así, tanto a un lado como al otro de la pantalla. En la realidad, la actriz Susana Fernández se encuentra rodeada de sus compañeros y cara a cara con la cámara. La vuelta de tuerca llega cuando, en la ficción, también da vida a una intérprete; una joven que actúa para una prueba en la que el diálogo es macabro, relativo a un crimen, y en el que no está claro qué es texto y qué, desvarío. “Me gustan los juegos de muñecas rusas. Es una ambigüedad que me permite sacar más de los actores”, anota el profesor.
 
 
Olga Cervera. Filipo Sbalchiero, Víctor Coso y Paula Foncea, cuatro de los pupilos
Olga Cervera. Filipo Sbalchiero, Víctor Coso y Paula Foncea, cuatro de los pupilos
 
 
 
   Cuando la alumna vuelve a sentarse junto a sus compañeros, la confusión acerca de lo que ha ocurrido ahí, frente a todos, se palpa en las muecas alrededor. Por fin toca degustar, proyectadas en la pared, las miradas, quiebros y silencios de Fernández. “Menos es más”, recuerda ella, aludiendo a esa pauta no escrita del arte dramático, muy presente en el curso. De hecho, fue el hieratismo de Marian Álvarez en La herida, el hasta ahora único largometraje como realizador de Franco, el que atrajo a algunos de los estudiantes. En la penúltima gala de los premios Goya, ella se llevó el cabezón a mejor actriz y el sevillano ganó en la categoría de dirección novel.
 
   El actor Borja Luna, con experiencia en televisión, agradece ese criterio: “Siempre nos exigen que demos más, ¡más, más! Y él, al contrario, nos pide que reaccionemos, que lo sintamos dentro. Si dejamos que se vea, la cámara lo va a captar”.  A Víctor Manuel Coso, habituado al lenguaje del teatro, le costaba concentrar su expresión en un punto de fuga tan concreto como el del objetivo. Quizá por ello, una de las pruebas prescritas para él fue responder a una llamada de teléfono: el joven solo debía asentir, sin apenas texto, y derramar en la mirada todo lo que suele decir con el cuerpo. En la pantalla, Fernández gesticula con el rostro en un plano cerrado a la altura de sus hombros.
 
 
Los alumnos eran grabados para luego analizar su trabajo frente a la cámara
Los alumnos eran grabados para luego analizar su trabajo frente a la cámara
 
 
 
 
Emociones sin arrastrar
Al acabar la proyección, las observaciones de los compañeros precipitan el coloquio. No faltan los consejos de cara a una prueba real: si nos va a tocar un personaje apocado, mejor mostrar aplomo y simpatía hasta el momento en que empieza la acción, y viceversa. Es ese tipo de intercambio, en todas direcciones y entre alumnos, el que pidió el tutor diez mañanas antes, al empezar el curso. Su voz, en cualquier caso, no tarda en agregarse: la actuación que han visto es natural, con la salvedad de una pequeña reacción algo anticipada. “Quiero que lo que pase delante de la cámara sea real, que asimilen y digieran el pie que les han dado. Vivir las emociones sin arrastrarlas”, reflexiona el director.
 
   La espina es otra. Entregada a su peripecia, la actriz ha alojado la conjunción pero, más veces de las recomendables, en su soliloquio. “Hay expresiones que resultan reales en el tú a tú y, en cambio, en la pantalla chirrían. Estamos trabajando en un código y una puesta en escena y las reiteraciones nos sacan de la ficción. Hay que calibrar y respetar esa gramática”, apunta el profesor. Más allá de la búsqueda de la sencillez, son las revelaciones de la técnica las que apuntalan el taller. Aunque ganador en su primera vez como director, Franco es fundamentalmente montajista, una disciplina que también está acostumbrado a enseñar como profesor en la ECAM. Así las cosas, es bien consciente de aquellos dejes dramáticos que caerían al suelo de la sala de edición.
 
 
Una panorámica general de las sesiones en el Centro Actúa
Una panorámica general de las sesiones en el Centro Actúa
 
 
 
   La certeza de que la interpretación será después retocada –casi escrita de nuevo– en el montaje no deja de sorprender a los alumnos. En las disertaciones de un actor, en esas emociones que Franco procura enseñar a contener, se encuentra la valiosa materia prima de quien convertirá los textos de dos personajes, encuadrados en planos enfrentados, en un diálogo. “Las miradas y los silencios son signos de puntuación, como los puntos y las comas. Son unidades de significado que marcan el ritmo y reflejan la voluntad de quien está frente a nosotros”, recuerda el autor. Un movimiento de ojos en la dirección equivocada puede convertir un mensaje en su opuesto. 
 
   Al igual que el montaje es un trabajo de ensayo y repetición, así es la labor del intérprete. De ahí también la inclinación de Franco a los textos retorcidos. “Hemos encarnado a personajes que tienen un objetivo pero lo ocultan. Actuábamos frente a la cámara y frente a quien estábamos engañando. Ese juego nos permitía mostrar y ocultar; igual que las personas se esconden cuando quieren llorar y los actores, en cambio, tendemos a dramatizar”, relata la alumna Marian Arahuete.
 
 
Franco, ofreciendo explicaciones a los integrantes del grupo
Franco, ofreciendo explicaciones a los integrantes del grupo
 
 
 
   Una vez proyectados y discutidos los planos, toca descubrir la esperada realidad. Las palabras que escuchamos en los labios de Fernández estuvieron recitadas originalmente por Juliette Binoche, y escritas y dirigidas por el premiado Michael Haneke en Código desconocido. Si lo que buscaba el profesor es que los intérpretes trataran de reaccionar frente al otro, lo había conseguido: más allá de trabajar las frases, la vocación indescifrable del texto animó a su alumna a, simplemente, pensar en las intimidatorias líneas que escuchaba a su compañero y actuar frente a él. “Hay que probar todas las puertas, ver cuál es la que funciona”, explica el director.
 
   “No he afrontado el curso pensando en aliviar mis taras como intérprete, sino en machacar las secuencias, explorar todas sus posibilidades y tratar de llevarlas por el mejor camino”, recuerda Luna, rememorando las mañanas que ha invertido junto a sus nueve compañeros, desbrozando cada separata y dando a las escenas significados que, en sus contextos originales, nunca habrían tenido. Una de las propuestas que la clase presentó a Franco devenía en una tortuosa relación de amor, despecho y sentimientos encontrados entre dos hombres. El profesor eligió no esconder su risa; aquel diálogo, en realidad, no era más que una conversación entre amigos. Los intérpretes se habían topado con la única comedia escondida en el repertorio.
 
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