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Un Lazarillo ácrata triunfa en Berlín
 
 
JAVIER OCAÑA
César Fernández Ardavín (1923-2012) podría presumir de haber sido uno de los directores españoles que más se fijó en los grandes clásicos de la literatura española para adaptarlos, con más o menos libertad, a la gran pantalla. El Lazarillo de Tormes (1959), Quijote, ayer y hoy (1965), La Celestina (1969) y Doña Perfecta (1977) son ejemplos bien característicos. Y precisamente la primera de ellas tuvo el honor de obtener el primer gran galardón de una película española en el prestigioso Festival de Berlín. El Lazarillo de Tormes, con Carlos Casaravilla (el malvado chantajista de Muerte de un ciclista) en el papel de ciego, obtuvo el Oso de Oro gracias, sobre todo, a la meritoria ambientación de la época y al retrato de tipos realizado por el director, cercano incluso al documental en su estilo, algo extraño en el cine español de la época. La adaptación de Ardavín, también guionista, era bastante más moralista que la novela, algo obligado por la censura franquista, y la película llegó a tener dos versiones: una para España, donde al final todos los maleantes eran castigados y el Lazarillo se arrepentía de sus desmanes; y otra, la presentada en el festival, bastante más fiel a la novela, y más ácrata. Eso sí, hoy día lo que más llama la atención de aquel triunfo festivalero es la magnitud de una de sus contrincantes en la sección oficial de aquel 1960: Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard, que tuvo que conformarse con el Oso de Plata al mejor director.
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