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18-10-2016 Versión imprimir
Ilustración: Jésica Cichero
Ilustración: Jésica Cichero
 
 
Levadura
 
 
Un relato inédito de ALBERTO CONEJERO
Golpeas con suavidad el sobrecito de levadura. El sol de esta mañana de julio atraviesa la cocina desde el ventanal e ilumina el vuelo del polvo hasta el recipiente. No te percatas de este instante tan fugaz y hermoso. Imagino que, en mi situación, estos pequeños detalles se presentan como un verdadero acontecimiento. Pero tú no tienes tiempo. Te afanas en darle a la masa la consistencia precisa. El molde, embadurnado de mantequilla, espera ya desde hace un buen rato en la encimera. La señal luminosa del horno indica la temperatura idónea. Algo te ha retrasado –una llamada a deshora, una noticia en la radio, cómo voy a saberlo– y temes que el bizcocho no esté listo cuando él llame al timbre. Miras el reloj en la pared de la cocina cada poco y resoplas. Como si el aire de tu boca pudiera dar marcha atrás a las manecillas. Porque no sólo es el tiempo de cocción. Hay que sumar el de reposo. Seguramente estás pensando en que te has equivocado eligiendo esa receta, en que los arándanos quedarán con las prisas en el fondo del bizcocho y que tanto esfuerzo no servirá para nada. Antes hablabas más conmigo, en los meses que siguieron a mi despedida. Compartías en voz alta los pensamientos que ahora debo adivinar por la expresión de tu rostro. En el aparador descansa ya una cestita de mimbre cubierta con un paño blanco. Lo has perfumado con lavanda la noche anterior. Entre la fe y la desesperanza, introduces el molde en el horno y diriges a los arándanos una mirada de súplica. “Por favor, no os quedéis todos en el fondo”, les suplicas. Con los arándanos hablas. Conmigo ya no…
 
   Subes corriendo las escaleras. No lo sabes pero cuando entras en la habitación yo ya te estoy esperando. A los pies de la cama descansan tres pares de zapatos. Acercas uno de cada par hasta el vestido malva y finalmente te decides por los más sobrios. Siempre fue así. La misma ceremonia y la misma elección. Te colocas los zarcillos y entras en el baño. Estás guapísima esta mañana pero te muestras disgustada ante tu reflejo. ¿Cómo puedo convencerte de lo guapa que estás? Las ojeras y una pequeña hinchazón en la comisura izquierda de los labios han quedado sabiamente disimuladas por el maquillaje. Quizá hace unos meses hubiera sentido celos. Pero el tiempo todo lo calma. Incluso en este lugar desde el que te hablo sin que puedas oírme. Te miras en el espejo. Aquí están tus ojos: verdes o grises, según la luz y la estación. Cuando me fui, perdieron su luz. Ahora, después de muchos años, brillan de nuevo, por vez primera, verdes o grises, quién sabe, pero mirándote ilusionados en el espejo.
 
   A él le conociste hace un par de semanas, por casualidad, cuando regresabas del centro comercial. Alto, algo desgarbado, con las manos grandes y una sonrisa insoportablemente dulce. Apenas podías concentrarte en lo que el desconocido intentaba contarte. Dejabas vagar la mirada sobre sus labios, entre sus dientes, empujándola hasta el cielo de su boca, deseando escudriñar el interior de aquel hombre que no podía pertenecer a este mundo. Era imposible. Esto lo sé porque se lo contaste por teléfono a tu amiga. Cada vez eres más un misterio. Cada vez más me cuesta adivinar qué piensas, qué necesitas, por mucho que te observe, por mucho que te acompañe. Le dijiste a tu amiga que el desconocido te había propuesto hacerte una visita. Que te pusiste muy nerviosa. Que no sabías dónde mirar. Que no te salían las palabras. Que no podías creerlo. Que jamás pensaste en que te podías fijar en otro hombre después que yo, cómo decirlo, después que yo desapareciera de tu vida. No te importaba que fuese mucho más joven o que fuese extranjero –eras incapaz de identificar aquel meloso acento-, lo único que deseabas es que no hubiera olvidado la cita. Que no te llamara en el último momento con cualquier excusa. En los días que habían transcurrido desde vuestro inesperado encuentro, el recuerdo, empujado por el deseo, había engrandecido la figura del desconocido. La espera había hecho germinar aquel recuerdo y ahora es una enredadera invisible que cubre las paredes y los techos de nuestra casa, que abraza tu cuerpo como un lazo candente y te hace temblar. Empezabas a recordarlo siempre desde la mandíbula, subías luego hasta los labios agrietados y te perdías en la imagen de su rostro. Las pupilas magnéticas del desconocido se dilataban hasta cubrir toda la habitación. Te has quedado dormida varias veces sonriendo. Y me hace feliz. Debes creerme cuando te digo que me hace feliz. Si pudiera hacerte llegar todas estas palabras, si en este silencio inmenso que te rodea pudieras oírme, te diría que puedes confiar en mí, que no me voy a enfadar, que necesito saber lo que piensas, lo que necesitas, lo que temes. Mi sentido ahora es que me recuerdes. Mi sentido ahora es saber que, de algún modo, te sigo acompañando.
 
   El bizcocho empezaba a dorarse cuando, a las diez y media, ni un minuto más tarde, suena el timbre. El joven te saluda estrechándote afectuosamente la mano. No te sorprende. Ya en vuestro encuentro había mostrado unos modales exquisitos. Le invitas al salón. Él acepta pero anuncia que debe marcharse rápidamente. Te esfuerzas en ocultar la decepción. Le pides disculpas. Le cuentas que hace mucho tiempo que no recibes a nadie en casa. Que hace tres años que murió tu marido y todo te parece nuevo. Él asiente gentil. Realmente parece un chico amable. Se disculpa de nuevo por tener que irse pronto. Pero antes tiene algo muy importante que contarte. Una revelación que le ha cambiado la vida. Algo que había inundado su corazón cuando ya no lo esperaba. Sientes un ligero temblor en las rodillas. El joven abre el maletín de cuero negro que ha traído y empieza a hablarte. Intentas despegar la mirada de sus labios. De vez en cuando él los humedece con la lengua. Tratas de escucharle. Te habla de salvación, de no estar solo, de regazos, de luz, de compasión, de esperanza, de otro mundo, del cielo, de los ángeles, ¿de los ángeles? Empiezas a entender… aunque no quieras. No sabes cómo hacer que termine, que se vaya de una maldita vez. Sonríes. Fuerzas a tus labios a trazar ese estúpido arco. Te abraza mientras se despide dejándote una revista y una dirección. Le das la mano. Y te oigo:
 
   – Sí, claro que intentaré pasarme algún día por la congregación. Necesitamos a Dios, sí. Nunca nos deja solos. No nos suelta la mano. No nos deja caer. No nos abandona.
 
   Te sientas en el sillón. Tu manos, como pájaros asustados, logran quitarte los zarcillos, también los zapatos. Intentas llorar. Cierras los ojos y los aprietas. Pero no ocurre nada. Te prometiste no volver a llorar después de mi muerte y lo has cumplido. Pero yo no lo quiero. Yo quiero que llores. Yo quiero que beses. Que viajes. Que te enamores, sí, de otro hombre. ¿Cómo voy a pedirte que permanezcas conmigo? Yo sólo te pido que no me olvides.
 
   Finalmente la alarma del horno te hace reaccionar. Corres a la cocina y abres la puerta que deja escapar una dulce humareda. Sacas el bizcocho. Lo cortas en dos mitades. Los arándanos han quedado perfectamente encajados en la harina. No te imaginas cuánto daría por probarlo y darte las gracias. Guardas uno de los trozos en la cesta de mimbre. Te sientas en el sillón y muy despacio empiezas a comer tu porción. Y de repente ríes. Ríes avergonzada y nerviosa mientras el bizcocho desaparece poco a poco. Y la risa te alivia.
 
   – Ay, mi amor, qué cosas me pasan desde que te fuiste.
 
   Y sonríes. Y sonrío.
 
 

 


Quizá sea el de Alberto Conejero (Jaén, 1978) el nombre más repetido en el panorama escénico actual. El montaje de su texto ‘La piedra oscura’ ha arrasado este año en los Max con cinco galardones, a los que hay que sumar los dos de la Unión de Actores para sus brillantes protagonistas a las órdenes de Pablo Messiez: Daniel Grao y Nacho Sánchez. De que su carrera volaría alto ya dieron indicios las alabadas ‘Acantilado’ (2010), ‘Húngaros’ (2000), ‘Fiebre’ (1999)... Sus obras se han estrenado en ciudades de Europa y Latinoamérica. Es licenciado en Dirección de Escena y Dramaturgia por la RESAD, doctor por la Universidad Complutense e imparte clases desde 2008 en la ESAD de Valladolid. 
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