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19-02-2019

 

Vida, obra y leyenda de Francisco Morano, un teatrero arrollador

El director escénico Eduardo Vasco rescata del olvido en un libro al impetuoso actor madrileño (1876-1933), que supo fusionar como nadie el clasicismo con la modernidad del arte dramático


De izquierda a derecha, Abel Martín, el autor Eduardo Vasco, Pablo Iglesias Simón, Ignacio García May y la directora de la editorial Fundamentos, Paula Serraller (foto: Marina Gala)


PEDRO PÉREZ HINOJOS (@pedrophinojos)

“Un actor con flexibilidad de talento, clara composición de los caracteres que debía plasmar en la escena y ardoroso temperamento”. Con estos rotundos brochazos despedía el diario ABC el 20 de marzo de 1933 en su página necrológica a Francisco Morano (Madrid, 1876), uno de los grandes de la historia de la interpretación de nuestro país, y pese a todo sepultado casi en el olvido. Al menos hasta ahora, que ha sido rescatado por el prestigioso director escénico y exresponsable de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Eduardo Vasco, en un relato novelado y ameno fruto de una concienzuda investigación. Francisco Morano: un actor contracorriente es el título del libro resultante, publicado por la editorial Fundamentos para una serie de monografías de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (Resad) en la que también colabora la Fundación AISGE.

 

   La recoleta sala Tirso de Molina, en las alturas de la bombonera del Teatro de la Comedia, con un auditorio formado por actores, estudiosos del teatro y descendientes de Morano, acogió la presentación del libro. Acompañaron a su autor Paula Serraller, directora de Fundamentos; Pablo Iglesias Simón, director de la Resad; Ignacio García May, dramaturgo y profesor teatral, y el director general de AISGE, Abel Martín, que presentó la obra como el retrato de “una historia trepidante”. 

 

   Recordó Martín también la primera entrega de esta serie, dedicada en aquella ocasión a otro grande de la escena –Ricardo Calvo–, y puso el acento en la necesidad forzosa de que AISGE siga participando en este proyecto, “porque lo nuestro es poner en valor el trabajo de los actores”. Expresó, asimismo, su fascinación por un actor “que curiosamente no tuvo una gran formación, nuestra gran apuesta hoy en día, pero que se dejó llevar por una vocación”.

 

   Esa paradoja también fue subrayada por Serraller en su perfil de Morano, “un intérprete atípico que trató de modernizar el teatro, adoptando las corrientes naturalistas de Europa”. Para la directora de Fundamentos, el actor madrileño encarnó, por encima de todo, “una alianza entre la solemnidad del teatro clásico y la sutileza del teatro moderno”.

 

 


   Acaso por esa versatilidad y la energía que fue capaz de desplegar en su vida y  trabajos, Francisco Morano está muy cerca de lo que encarna un actor de nuestros tiempos. Así lo cree Iglesias Simón, que valora de un libro como este "que nos ayuda a los teatreros a no sentirnos tan solos”. Y de Morano destacó precisamente su impulso renovador y su condición de adelantado a su tiempo, “con una vida casi de youtuber, construida a base de muchas anécdotas, leyendas y fake news”. Con semejante talante, lo mismo “abroncaba a los espectadores que se ponían a leer el periódico en el patio de butacas en mitad de la función, como si fueran nuestros móviles ahora”, que fue capaz de anticiparse al premárketing con una curiosa añagaza para atraer al público durante una estancia en Córdoba: “Pasaban los días y nadie iba a ver la obra, así que decidió ofrecerla gratis. El teatro se llenó. Comenzó la representación y cuando iba por la mitad, Morano paró y le dijo al público que si querían conocer el final, regresaran al día siguiente... pero pagando”.


    En ese teatrero aguerrido y arrollador se convirtió el niño Francisco Morano, ese al que su padre escribía juguetes cómicos, que debutó en el teatro con 14 años y que un año más tarde se fue a hacer las Américas con un amigo. Esa vocación invencible le empujó desde muy temprana edad, según el perfil que trazó Eduardo Vasco. Y guiado por ella y por un “genio impetuoso”, perfeccionó su arte enrolándose en la acreditada compañía del Teatro Lara entre 1899 y 1901. Allí se formó en teatro cómico “y aprendió a trabajar en elenco”. Y a continuación, y hasta 1903, se hizo actor de verso en el Teatro de la Comedia, fogueándose en lo mejor del siglo de Oro.


   Entonces apareció por Madrid el actor italiano Ermete Zaconni y su estilo innovador y genuino deslumbró a Morano y a todos los actores de su generación. Descubrió así a Shakespeare o a Ibsen, y comenzó a forjarse un repertorio interminable, a la vez que una fama de actor poco convencional, que cristalizó en su propia compañía. Con ella viajó por toda España y el extranjero, y en ella acomodó a toda su familia, empezando por su pareja, la también actriz Amparo Fernández Villegas.



    En la penumbra de la sala Tirso de Molina resonó la voz vibrante y acentuada de Morano recitando un pasaje de La vida es sueño para un disco que registró en 1914, igual que también grabó cilindros para fonógrafos. Vasco los mostró al auditorio, al igual que decenas de fotografías de época en las que el actor aparecía caracterizado con toda pulcritud; ensayando con su compañía, “todos con abrigo, porque no se encendía la calefacción”; o empecinándose en sujetar por los brazos a las actrices para las fotos de estudio, “algo insólito en aquel tiempo”. Como también lo era que no usara apuntador (“tenía una memoria prodigiosa”) o que jamás hiciera igual la misma escena, “lo que volvía loco a su elenco”. 


   Más convencional para la época, y para un actor de la trayectoria de Francisco Morano, es que renegara del cine. Hizo solo una película muda, La prueba trágica, a cuyo estreno ni siquiera acudió. “Para un actor acostumbrado a la voz, a sentir las tablas; tan iracundo y resuelto como para preguntarle al público desde el escenario si les gustaba la obra y cambiarla por otra, es normal que viera el cine como algo ajeno, un invento en el que no se reconocía”, apostilló Eduardo Vasco.

 

Los actores franceses, Paquita Salas y el orgullo de la cultura española

“El teatro español siempre ha estado en su sitio, no hemos ido nunca por detrás, por mucho que se nos quiera vender lo contrario. Y una figura como Francisco Morano es la regla más que la excepción”. Esta es la conclusión a la que ha llegado Ignacio García May tras leer el libro de Vasco… y comparar dos series de televisión. Según confesó al público, durante las últimas semanas ha estado enganchado a una serie francesa, Diez por ciento, ambientada en una agencia de actores y actrices. “Básicamente, se trata de una declaración de amor a los actores franceses por parte de su industria. Y a mí me produce mucha envidia”, explicó el dramaturgo. “Aquí tenemos Paquita Salas, que explota todo el esperpento y todo lo cutre. Y lo peor es que me temo que refleja lo que piensa la sociedad de nosotros”, lamentó. Por eso, cree imprescindibles libros como el de Morano, porque recuperan “nuestra tradición cultural” y, sobre todo, “nos hacen sentir orgullo por nuestros actores”.

 

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