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"Llega Juan Mayorga al sillón M de la RAE en un momento propicio, porque la lengua española vive en permanente conflicto: esta debe responder al signo de los tiempos, pero evitando su prostitución, su conversión en palabrería, en lugar común, en herramienta de los poderosos".

Cierran los quioscos y con ellos también una idea de barrio, de vecindad; cierra un lugar de encuentro, una antesala de la lectura. Desaparecen también los cines, los gorriones, las cabinas. Escribió Víctor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste y Fangoria cantó que la nostalgia “es una droga dura y adictiva”.  Pero estos avisos y tantísimo otros de nada sirven. Siento nostalgia de los quioscos. 

Si el teatro, y aún más el musical, no tuviera condición anfibia y escurridiza, el nombre de Stephen Sondheim estaría en todos los manuales, en todos los listados de grandes poetas, en todas las quinielas para los Nobel.

Hay un perfil griego en la baraja de la sangre de Consuelo Trujillo, una brisa de Delfos por sus células. Irremediablemente los autores que la acompañan son la tripulación de un entusiasmo trágico: Sófocles, Wadji Mouawad, Angélica Liddell…

Necesitamos más cuentos como los de Guillermo del Toro. Más defensores de la fantasía en estos tiempos cínicos, más militantes de la imaginación en el imperio de los cínicos, más hombres y mujeres que no ahoguen cada día lo que del niño (lo más parecido a la eternidad que viviremos) queda en ellos

Durante la representación teatral el tiempo y la muerte quedan anulados. El teatro hace posible el encuentro de vidas más allá de los límites cronológicos de la existencia. Durante la representación se generan un tiempo y espacio fuera de la historicidad que nos da la vida y nos condena a muerte. Como si la eternidad tomara frágil asiento en la fugacidad de cada función. Unamuno (al que ahora encarna José Luis Gómez) fue más Quijote que nunca, más cervantino que nunca. Un heraldo melancólico de esta tragedia llamada España.

"La epifanía de la pulsión sexual de la muerte en todo el teatro de Angélica Liddell nos recuerda nuestra humanidad mucho más que las bonitas obras con mensaje que aplauden los turbios tribunales de lo correcto".

Machado escribió que quien habla solo, espera hablar con Dios un día. Quien acude a un teatro está, por tanto, más cerca aún de Dios o de los dioses y, fundamentalmente, está más cerca de sí mismo.

Son tantos los heraldos del escándalo, tantos los tribunales de la santa ofensa y suenan tantas trompetas del miedo en las murallas del día a día, que va dando miedo salir a las calles o a las redes. Están las acusaciones de herejía como regaladas y la disidencia, incluso el matiz en el acuerdo, se castiga con el sambenito virtual

¿Qué exacta casualidad hizo nacer a Mikel Jokin Eleizegui Arteaga, el gigante de Altzo, el 10 de julio de 1818, exactamente el mismo año en que se publicó por primera vez Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley? Me pregunto si los creadores de 'Handia' conocían esta coincidencia cuando abordaron la historia del grandullón guipuzcoano. 

Lo creíamos incansable, invencible. Pero no es cierto. El silencio está en la trinchera de su derrota: por infrecuente, por despreciado. Nos han hecho creer que el aburrimiento es algo malo y el silencio su triste comparsa. 

Cada vez que se cierra un cine algo de nuestra adolescencia se aleja aún más. Con cada piqueta y derribo desaparece el lugar en el que tantos aprendimos a ejercitar la vida.


LÍNEA DE TELÓN

La línea imaginaria

ALBERTO CONEJERO Como los trópicos o el cénit, la de telón es una línea imaginaria. Es aquella que atraviesa el escenario transversalmente, allí por donde el telón ...