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29-07-2013 Versión imprimir

 
 
Lluís Homar


“Soy un buscador
  de mí mismo”


Se destetó en el Lliure y Almodóvar lo llevó a la pantalla grande. Hoy confiesa que los años solo han incrementado su curiosidad por la vida
 

ANTONIO FRAGUAS
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha 
Es capaz de dulcificar esas facciones minerales y centroeuropeas con solo abrir la boca. Vestido de motero, botas de cowboy, tejanos, camiseta y chupa de cuero, Lluís Homar (Barcelona, 1957) es tan inclasificable como debe serlo todo actor total. Fue monaguillo y boy scout de niño. De familia de maestros, llegó a las tablas desde un centro social de una parroquia del barrio barcelonés de Horta. Nunca ha dejado de formarse: danza, clown, canto… Pasó por las manos de Uta Hagen en Nueva York, y por las de Carlos Gandolfo, uno de sus muchos maestros. Director del Teatre Lliure durante años, reconoce que aquello no acabó bien en lo personal. La popularidad a escala nacional se le resistió hasta que interpretó al Rey en la miniserie del 23-F. Antes, Pedro Almodóvar le había sacado del encasillamiento de “actor de teatro”, aunque es en el teatro donde Homar tiene su gran objetivo: llegar a conocerse a sí mismo. Tras ganar el Goya por su interpretación en Eva (2011), ahora su sueño en el cine es lograr un gran papel europeo. Homar posa sus manos sobre el mármol de la mesa del Café Comercial de Madrid, donde una tila se enfría lentamente. No hay prisa. Curioso hasta la raíz, utiliza a los personajes que ha interpretado para algo más que llegar al público o vivir de las tablas. La meta de Lluís Homar es llegar a ser Lluís Homar.
 
 

 
 
 
– ¿Todavía se sorprende usted de sí mismo?
– Claro. Le dedico muchas horas a lo del “conócete a ti mismo”, al crecimiento personal. Creo que forma parte de este oficio nuestro. Cuanto uno está mejor, más afinado con la vida, lo que puede ofrecer siempre es mejor. No como un fin. Llevo haciendo terapia en mi vida desde hace 20 años. No con un psicoanalista, con un psicólogo. Uno no hace terapia para ser mejor actor, pero cuanto más completo seas como ser humano lo que uno puede ofrecer es mejor. Soy un buscador de mí mismo.

– ¿Cómo le sedujo la interpretación?
– Con nueve años hice una versión para niños de La fierecilla domada, de Shakespeare. En seguida me enganché a esta cosa y parecía que se me daba bien. Era algo que se salía de lo normal y que tenía más relevancia. Sobre todo era fantástico el proceso. Ya un poco más mayores ensayábamos por la noche, lunes, miércoles y viernes a las diez. A los 14 años ya tenía el sueño de ser actor, pero nunca imaginé que se pudiera convertir en realidad, porque en mi familia no había nadie que se dedicara a eso.

– Nunca deja de formarse…
– Aprender me vuelve loco. Tuve una beca para estudiar con Uta Hagen en el HB Studio. Cumplí los 30 años en Nueva York, en el curso 1986/87. Fui al Actor’s Studio de oyente. Yo era Madame cursillos: clases de cuerpo, de voz, canto, acrobacia… Hice cursos de interpretación con Carlos Gandolfo, un maestro del método. Hice algún curso con John Strassberg. Clases de clown con Albert Boadella o las de danza con Cesc Gelabert… Me quería ir a la escuela de Jacques Lecoq, en Francia, pero luego encontré a Gandolfo… Aprender me vuelve loco, insisto.

– ¿Y de quién aprende más?
– De los personajes. He tenido la suerte de hacer grandes personajes. Y cuando uno se acerca a ellos tiene la sensación de conocer a seres extraordinarios. Me he enamorado de todos mis personajes, excepto de Coriolano, de Shakespeare. Hice muy joven personajes que no me correspondían. Con 25 años, el misántropo de Molière y luego Timón de Atenas, Don Juan… Pero fuera de la ficción mi mito es Marlon Brando. Siempre me ha fascinado, esté bien o esté mal en su papel. Y luego maestros más específicos, evidentemente: Faibà Puigserver, Lluís Pasqual, Albert Boadella, Ariel García Valdés, Xavier Albertí. Y mis compañeros: Anna Lizaran [fallecida en enero] ha sido una persona muy importante en mi vida. Compartimos 20 años en el Teatre Lliure, ensayando, saliendo por ahí, nos hemos enfadado, reconciliado… Y éramos muy distintos: yo, muy racional, y ella era puro instinto, llegaba a los personajes de una manera extraordinaria. Y luego Eduard Fernández, ¡qué bueno es!, y mi amigo Pau Freixas… No sé: es una larga lista.
 
 

 
 
 
– Como profesional comenzó haciendo teatro en catalán en los setenta…
– Empecé a hacer teatro profesional justo un año después de la muerte de Franco y en aquel momento era casi revolucionario hacer teatro en catalán. Recuerdo que cuando fui a hacerme el DNI con 16 años puse mi nombre con doble ele y un señor ahí sentado lo borró diciendo: “este nombre no existe”. Pero había una gran dosis de entusiasmo. Además era un momento en que las cosas se podían hacer sin dinero.

– ¿Qué opinión tiene del nacionalismo?
– Amo la cultura catalana y la castellana, ambas las siento como propias. Los conceptos de “catalán”, “castellano” y “español” se han trabajado poco y mal. Lo ideal sería que el concepto de “español” pudiera englobar las distintas identidades que hay. ¿Por qué no pensar en una nación de naciones? ¿Qué problema hay? Por ese camino no se hubiera llegado al punto de confrontación, de difícil solución, en el que estamos ahora. Se podía haber hecho todo mucho mejor de lo que se ha hecho, con gestos muy simples, pero se ha perdido mucho tiempo. Creo que no tiene que dar miedo la consulta por el derecho a decidir. Luego no sé qué votaría yo.
 
 

 
 
 
– Viendo su empeño en formarse como actor y su autoexigencia da la sensación de que el público, la popularidad, es algo secundario para usted…
– Sí que hubo algo de eso al principio. Ahora se me cae la cara de vergüenza al pensarlo, pero en una ocasión no fui a recoger un premio que otorgaba el público porque pensé que no me lo merecía. Tenía un grado de exigencia conmigo mismo demasiado alto. Pero para mucha gente en Cataluña yo he sido siempre el Quimet [personaje de la adaptación de la novela La plaza del diamante, de Mercè Rodoreda, llevada al cine en 1982 por Francesc Betriu]. Yo era un personaje popular, y a mí la palabra “popular” me gusta mucho. Estaba orgulloso de aquello, pero solo se restringía a Cataluña. Luego pasaron los años y fui teniendo la sensación de que llevaba mucho tiempo en esto y veía que mi trabajo no terminaba de tener una difusión grande. Me comparaba con otros compañeros, grandes amigos míos, Javier Cámara, Santi Millán, Gonzalo de Castro, y también me apetecía un poco eso, notaba que tenía una asignatura pendiente. Y cuando la difusión llegó me vino muy bien: con el 23-F, el primer capítulo tuvo más de seis millones de espectadores; el segundo, siete… La series en general me han venido muy bien y en las que he participado han tenido un gran nivel.

– ¿Volvería a interpretar a don Juan Carlos? ¿Cómo ve a la Monarquía?
– Si ahora me tocase hacer del Rey el planteamiento sería totalmente distinto. Aquel papel fue muy importante para mí. Era la primera vez que hacía a un personaje vivo y real. A mí me pasaba como a esos que decían: “no soy monárquico, pero soy juancarlista”. Mientras estuve haciendo el personaje le tenía simpatía, pero ahora ya no. Además, yo por creencia soy republicano. Y luego han pasado una serie de cosas que han generado un desprestigio enorme. Veo al Rey pillado, en horas muy bajas. Ahora no creo que me ofrecieran volver a interpretarlo. Es un personaje, por lo demás, que me apetecería poco.
 
 
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