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17-04-2017 Versión imprimir
Ilustración: Jésica Cichero
Ilustración: Jésica Cichero
 
 
Lo que la guerra
hará de nosotros
 
 
 
Un relato inédito de BRAYS EFE 
 
 
La guerra empezó el 7 de marzo de 2021.
 
   El lugar desde el que la vamos a visitar es absolutamente anodino para el desarrollo del conflicto. Me gustaría contaros si ganaron los buenos o los malos, para poneros en situación, pero no ganó ninguno de los dos. Me gustaría confirmar si se le puso el nombre de Tercera Guerra Mundial en los libros de Historia posteriores, pero no sabremos si existirán esos libros. La guerra empezó en realidad mucho antes, en conflictos que en comparación eran solo pequeños gestos, aunque trazaban una línea inequívoca hacia ese desenlace… pero nuestros protagonistas jamás supieron descifrarlo y vivían ajenos a estas señales a pesar de que involuntariamente eran igual de responsables que todos los demás.
 
   Antonio y Laura viven en una casa de dos pisos antigua y pequeña entre Calamonte y Mérida. En la provincia de Badajoz.
 
   La vivienda pertenecía a la familia de Antonio, hijo único, ahora huérfano por culpa del cáncer y la cirrosis. La habita con Laura, que sí tiene una madre, pero vive junto a su hermana en la casa que esta comparte con su marido en Vizcaya. Solo hablan por teléfono una vez cada dos semanas con palabras más bien cortas. La pareja tiene un coche de la marca Fiat y una moto destartalada que solo usa ella.
 
   Laura trabaja como secretaria de una aseguradora en Mérida: se levanta, se toma un zumo con un par de galletas y coge la moto. Al llegar debajo de la oficina, que está en un tercero, se come un croissant acompañado de un cortado con leche. El zumo se lo salta a veces. Lo que más hace en su trabajo es comparar que los datos que ponen en un papel son los mismos que en otro papel. También hace fotocopias, atiende llamadas y se ocupa de otras tareas mecánicas que a veces incluso ni ella sabe bien en qué consisten, pero las hace. En los tiempos muertos saca un librito de sudokus y lo rellena despacio con un lápiz con goma. Se lleva un tupper de casa con la comida y se la toma en su mesa, frente a una tele pequeña en la que ve las noticias.  Cuando sale del trabajo, algunos días va a un gimnasio para hacer aeróbic o zumba, aunque si le apetece innovar, puede hacerlo, porque le dejan meterse en la clase que quiera.
 
   Antonio trabaja en el control de calidad de una empresa que fabrica piezas para electrodomésticos y se pasa el día probando que unas encajen con otras, verificando que los agujeros de los tornillos sean adecuados y valorando el estado de piezas rechazadas. En la fábrica hay una cafetería, y allí se toma un café a su llegada. A la hora de la comida ofrecen un menú espectacular, del que le encanta el osobuco, los flamenquines y las lentejas. Cuando termina, se toma algo en un bar de Calamonte con conocidos de toda la vida con los que no habla de nada serio, pero si está cansado, muchas veces se vuelve pronto a casa para echarse en el sofá.
 
   Todas las noches cenan juntos y los fines de semana trabajan en el jardín y el huerto que tienen en su finca y que está extremadamente bien cuidado: adornan la tierra labrada con piedras y trozos de mármol recogidos de por ahí. Se sienten profundamente solos, pero no saben identificarlo y simplemente piensan que la vida es así, por lo tanto son felices. A su manera.
 
   Tienen un perro que se llama Pancho, de la raza labrador retriever, aunque ellos siempre dicen que es un golden retriever. Les suena más ese nombre. Su otra mascota es un periquito enjaulado que se llama Cristóbal, al que Antonio llama Cristo pero Laura no, porque le da impresión. Sus dos móviles Android siempre tienen el sonido activado y a veces, por las noches, su cama suena como un concierto minimalista experimental mientras ella juega al Pou y él escribe en un grupo de WhatsApp cuyo título es Peña El Arroyo seguido de tres iconos de pelotas de fútbol. Luego se duermen y la tele se queda encendida, de fondo, a un volumen muy bajito, y suena el despertador.
 
   Se habían conocido de muy jóvenes en la feria de las fiestas de un pueblo cercano y nunca habían tenido hijos porque la naturaleza no lo había querido.
 
   El estallido de la bomba de púlsar magnético que hizo que todos los aparatos eléctricos dejaran de funcionar les pilló en domingo, trasplantando geranios mientras silbaban con la radio puesta, que enseguida dejó de sonar. Nunca supieron qué fue lo que pasó, pero era evidente que algo importante: aunque todo era parecido a como había sido siempre, sintieron un golpe de calor y una electricidad estática que les recorrió el cuerpo, y después el mundo sonaba distinto y también lo parecía. Se sentaron mareados y, probablemente, se miraron por primera vez.
 
   Se sintieron mal durante varios días que pasaron prácticamente dormidos. Poco a poco se recuperaron. Nunca volvieron a sus empleos porque entendían que no había que hacerlo. Desde Mérida a veces se veía una columna enorme de humo ascender hacia el cielo.
 
   El primero en abandonarles fue Cristóbal, que apareció un día recostado sobre el suelo de su jaula con un ala extendida, en un gesto casi apacible y muy bello. Laura lo enterró en el hueco que había excavado para un geranio y que seguía vacío. La temperatura empezó a aumentar por encima de los niveles normales y se volvió habitual que padecieran acúfenos que en ocasiones les hacían desmayarse. Un día, cuando volvieron en sí, Pancho ya no estaba.
 
   Antonio y Laura vivieron el final de su mundo de una forma admirable, lo aceptaron con un peso extraño, aunque sin ningún tipo de proceso mental. Se preocuparon de hacer la vida lo más normal posible dentro de su finca, bebiendo el agua que sacaban de su pozo con un cubo y comiendo los alimentos que iban rescatando del huerto mientras la temperatura subía día a día. Hubo una paz difícil de explicar hasta el último momento.
 
   Aproximadamente 10 días después de aquella explosión Antonio se asomó a la ventana y vio a una mujer rubia con pelo larguísimo y brillante montada en una bicicleta roja pedaleando por el camino contiguo a la casa. Su rostro no parecía ni siquiera preocupado, pero solo pudo fijarse unos segundos, pues tomó una curva y ya solo vio su espalda hasta que desapareció tras alejarse con tranquilidad.
 
   Después se apartó de la ventana, se desplomó en la cama y murió deshidratado.

   Laura vivió dos días más, comiendo fruta al borde de la desintegración. Miraba el muro de su finca y no encontraba razón para salir fuera, dormía intermitentemente y sufría jaquecas, pero aún así conseguía tener alguna hora tranquila en la que se dedicaba absurdamente a su libro de sudokus. Cuando se sintió desfallecer, se acercó a rastras hasta la cama y se tumbó al lado de Antonio, abrazándole por la espalda. Le sorprendió muchísimo, entre sus últimas respiraciones, descubrir en la parte posterior de su oreja un lunar que jamás había visto.
 
(Fotografía: Enrique Cidoncha)
(Fotografía: Enrique Cidoncha)
 


Brays Efe (1988) se define como multimedia. Escribe, dirige, actúa. Recientemente ganó el premio Feroz al actor protagonista de televisión por su papel en 'Paquita Salas'. Ha publicado en la revista 'Icon' y el suplemento de tendencias 'Tentaciones' (ambos pertenecientes a 'El País'), así como en los portales 'Vice' o 'i-D'. Ha rubricado y dirigido tres cortometrajes y dos obras de microteatro, además de ser coguionista de la película 'El futuro' (Luis López Carrasco, 2013) y aparecer en ella también como intérprete. El filme se estrenó en el prestigioso Festival de Locarno (Italia) y recibió una mención especial en el BAFICI (Argentina).
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