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05-11-2015 Versión imprimir

 

Loles León
 
 
“Vas contando historias de cada edad que son el espejo del público”


Ejemplo de vitalidad, sinónimo de madurez, Loles León remonta 18 meses de sequía laboral. Vuelve a la tele y al cine con mayúsculas, con Fernando Trueba.


JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Hace pocos meses cumplió los 65 años, esa edad a la que, antes de que la crisis arramblara con los clichés, el ser humano anhelaba jubilarse. Nada más lejos de Loles León. Irrumpe en el hotel de la Gran Vía madrileña contenta, dicharachera, pero solicita sentarse de espaldas a la cristalera que da a la calle, siempre transitada. ¿La razón? La fama: todavía le piden firmas y selfies por la serie Aquí no hay quien viva, de donde salió hace ya diez años. “Yo he hecho 35 películas, que son muchas para una secundaria de mis características, pero solo me llaman para la vis cómica”, lamenta. Después de año y medio sin apenas trabajar, ha aceptado una propuesta de los responsables de La que se avecina, secuela del éxito. “Hay que currar”, subraya. En breve comienza también el rodaje de la segunda parte de La niña de tus ojos.
 
– Se ha dicho que está usted arruinada.
– Se sacó de contexto. Dije que “algo me arruinó la vida”, pero el talento nunca está arruinado. Lo que sucede es que, con las Sociedades Limitadas, el sistema fiscal ha cambiado. “Donde dije digo, digo Diego”. Como he sido hormiguita, he podido pagar.
 
– ¿Con otro IVA estaríamos mejor?
– Hombre, claro. Han ido a la Moncloa a explicarlo, pero este gobierno hace oídos sordos a cultura, al artisteo, y así estamos. Las injusticias, en nuestro trabajo, hay que denunciarlas, aunque no nos hagan caso. Parece que nosotros mismos nos damos la espalda. Pero ya sabe todo el mundo cómo soy yo: solidaria y reivindicativa.
 
 
 

 
 
 
– ¿Impone la edad que acaba de cumplir?
– No, porque yo quiero cumplir 150 [risas]. Estoy en el camino, y me falta más de la mitad. No me importa envejecer. Según crezco soy más rica en mente. No me importa que se me deteriore el cuerpo, mientras tenga la mente activa. Siempre p’alante. Cada vez que cumplo años estoy más tranquila. La vida agitada, cuando eres joven, ahora es apacible: comprendes y disfrutas.
 
– Con la edad, ¿duran más los días?
– Pues sí, porque duermo menos por la menopausia [risas] y tengo más tiempo. A vosotros, los hombres, la andropausia os llega antes, a los 25. Doy conferencias sobre esto, y tengo hasta premios. Lo vuestro es suave, hasta que se manifiesta la próstata, pero a nosotras nos llega de repente el sofocón. Nos volvemos como locas.
 
– ¿Qué hace usted para conservarse?
– Medicina preventiva, para llegar hasta esos 150 años. Me cuido y escucho a la ciencia. Aterriza una clínica nueva de EE UU y ahí estoy yo. Para eso lo gano: no tengo yates, coches ni chalés. Todo lo que tenía me lo han quitado, como el piso en la playa. Y gracias a esa pasta, me reviso de arriba abajo. “Está usted perfecta, señora, siga con lo que estaba pensando”. Me han mirado hasta la genética, y todo me lo han orientado a la prevención. Solo me falta trabajar y que me salga un novio [risas].
 
– ¿Cómo lleva el síndrome de Meryl Streep?
– Tengo en mi muro de Facebook una carta que publicó con sus principios: no puede disimular más, no puede aguantar más hipocresía, las críticas fuera de tono, dedicar tiempo a la gente que no la quiere o pierde el tiempo con ella. Ya no va a tener paciencia con nadie. Yo pienso lo mismo. Y he tenido muchos likes.
 
– Me refería a que ella siempre tiene trabajo, cumpla los años que cumpla.
– Ah, es buena, es una privilegiada, pero nació de pie. Tiene demasiada suerte. ¡Podía compartir con otras actrices! Aunque piensas: “Otra vez Meryl”, vas a verla. Es fantástico que siga trabajando y haga de todo, pero debemos caber todas, las de esa edad –soy un año menor– y las de todos los países. No solo Meryl tiene cosas que contar. Vas contando historias de cada edad que son el espejo del público. Los guionistas deberían tener en cuenta eso, y los productores, arriesgar. Me gusta esa filosofía de Meryl Streep.
 
 
 

 
 
 
– Usted aprendió con Vicente Aranda.
– Qué pena su marcha, éramos muy amigos. Me habría gustado acompañarlo más en estos últimos meses. Hemos hablado por teléfono de cuando en cuando. En la presentación del libro estuvimos solo [José Luis] Alcaine y yo. Y me ha sabido mal no estar más encima, ignoraba que estaba tan malito. No supe hacerlo. Lo vi bien, con la cabeza bien, y me confié. Pedí un homenaje para él en alguna entrevista. Lo he sentido mucho. Era un tipo fenomenal, siendo cascarrabias y todo.
 
– ¿Con el tiempo se le recordará mejor que ahora?
– Por desgracia sí, con el tiempo se le verá mejor. Ese sello Aranda-Alcaine, ese perfeccionismo, sus grandes éxitos… Ha hecho lo que ha querido. Excepto al final, muy fastidiado por lo que le imponían. Pasa a la historia como el mejor contador de historias. El amante bilingüe es un peliculón. Quizá solo fallaba Ornella Mutti. Pero es una película vigente. Salió de la escuela de Barcelona y fue de los mejores. Me estaba maquillando para venir a esta cita y me he acordado de él porque, cuando se murió, le tocaba la cara. “Ay, es como si tocara a Vicente”. Me acuerdo mucho de él.
 
– ¿Qué aprendió usted en esos rodajes?
– Confianza en la cámara. Él no me exigía nada. Preparaba las escenas conversando. Y con esas charlas aprendí el oficio del cine. Con él, más que con ninguno. Con él he hablado y he percibido el cine más que con nadie. Cenaba en su casa, iba a los cumpleaños de sus hijas, y las charlas eran eternas. Compartíamos mucho. Sobre todo, una amistad de las buenas. Y unos papeles satisfactorios. He rodado más que nadie con él. Y de mis tres nominaciones a los Goya, una fue con él.
 
 

 
 
 
– Dos Arandas, (casi) dos Truebas… faltaría el tercer Almodóvar para desempatar.
– Bueno, con Almodóvar tengo dos rodajes y medio. En Hable con ella hice un cameo.
 
– ¿Le molesta que le pregunten por su complicidad?
– No, porque yo no pienso en ello, los periodistas sí.
 
– Pero la etiqueta de chica Almodóvar sigue ahí, y no hay quien no le pregunte por ello.
– Si yo fuera periodista, a Al Pacino no le preguntaría si haría El Padrino 7.000.
 
– Vale, cambiemos la pregunta: dado que su padre, el churrero de Lora del Río que emigró a la Barceloneta, era cantaor y amigo del artisteo que plasma el submundo de Almodóvar, lo raro sería que usted no hubiera trabajado con Pedro.
– Vi a Pepe Marchena, vi a gente travestida… Era como el preámbulo de los 70 en los 50, es cierto. Yo bailaba desde los dos años. Mi madre me hizo zapatos de tacón para bailar. Ese mundo lo conozco bien. Estaba predestinada a Madrid, a la Movida. Pero empecé con el teatro independiente, y me sentía más Nuria Espert, más Bertolt Brecht, lo que me llevó a renunciar a ese mundo.
 
– Pero luego volvió.
– Sí, estuve en la Cúpula Venus, en La Rambla. Allí estrenaban  Pablovsky, Christa Leem, Pepe Rubianes… todos los grandes. Vanguardia pura, donde empezaron unos y seguimos otros. En Madrid, pasé por el Festival Internacional de Teatro, y de ahí al Teatro Arnau. Music hall… tenía menos de 30 años. Vine a Madrid con 37 o 38 años, ya con un dossier enorme. Una vez que murió mi madre, me retiré de Barcelona. No había opciones para mí, estaba muy arraigado el teatro catalán. Al ser de la Barceloneta, te consideraban charnega y no te llamaban. Lo tenía más difícil.
 
– Pero tras el Festival Internacional de Teatro la contrataron en Madrid.
– Empecé con giras de mi espectáculo por toda España, y frecuenté clubes como el Caribiana, el Elígeme, el Maravillas… donde me dio el papel Almodóvar. Vino todo rodado, cine, televisión… pero llegué mayor a Madrid.
 
 
 

 
 
 
– ¿Tenía garantía en la capital?
– No tanto, llamé a varias puertas, y me costó. Pero soy una leona, soy Leo. Piso fuerte y firme. A mí van a tardar más que al león de Zimbabue en liquidarme [risas]. Y con la medicina preventiva [más risas].
 
– ¿Podría recuperar algún libreto de aquellos tiempos para hacer bolos?
– Ahora lo haría sola. Ya me fui con Bibiana [Fernández]… Pero soy pejiguera para los textos. Tiene que ser un texto que me dé siete vueltas de campana. Lo sigo buscando, pero no encuentro lo que quiero. Pretendo dar siempre el campanazo, y eso hay que buscarlo. No soy conformista.
 
– O sea, si se va de gira tiene que ser con un traje a medida.
– Exacto, llevo año y medio sin trabajar y podía haberme ido con cualquier otra cosa. Juan Luis Iborra me ofreció varias, pero no he podido. El teatro no es lo mismo que la tele y el cine. Es algo que te obliga a salir de casa concentrado, a las 6 de la tarde, y esperar que aquella platea se llene. Es gente que está en un casa con la tele y la mantita, que sale y coge el coche o el transporte público para gastarse un dinero: entrada, más la cena y las copas. Es algo tan loable que me impuse la obligación de darles lo mejor. Y lo mejor cuesta. Pero saldrá. No soy de hacer una obra al año o cada seis meses. Compaginar el teatro con la serie Águila Roja, por ejemplo, ha sido muy duro. Ponen muchas pegas en el teatro. Y eso lo sufro.
 
– Es que Águila Roja, solo en caracterización…
– …exigía levantarse a las 4.30. Soy fuerte para trabajar, y muy burra, yo soy capaz de arrastrar tráilers. Pero te ponen impedimentos cuando compatibilizas dos proyectos. En el teatro, los productores me hicieron trabajar mal, no lo disfruté. Por eso, si vuelvo al teatro será para disfrutarlo y yo solita, para no molestar a nadie. El teatro cada vez se está haciendo más fino, todo el mundo se molesta mucho. Mejor solita.
 
 

 
 
 
– Si encuentra a un autor fetiche, ¿se engancha?
– No es necesario. Me vale con un primerizo que acierte. Me tiraría el tiempo que hiciera falta y viajaría con él. Busco un espectáculo de fondo de armario, como un traje negro. Para tirar millas. ¿Que estoy haciendo una serie o una peli? “Oye, vamos a parar un poco”. ¿Que termino la serie? “Oye, búscame bolos, que me voy de gira”.  Y eso que me voy a jubilar, con los 65 años [risas].
 
– ¿Tanto hizo honor a su nombre el rodaje de Aquí no hay quien viva?
– El ritmo era duro, porque no había guiones. Sé que lo que trascendió es que yo había pedido más pasta por seguir, pero en nuestro oficio nunca se dice la verdad. En realidad yo quería mi caché, que se me prometió pero no se me daba. Y estaba agotada, no tenía tiempo ni de estudiar ni de dormir. Y el representante me insinuó que no podía decir que estaba agotada, sino que había pedido más dinero y no me lo daban. Lo decimos todos. Pero yo, cuando abro la boca, sube el pan. La principal razón era mi estrés y mi agotamiento. Y que íbamos muy pillados de guiones.
 
– O sea, se arrepintió.
– Sí. Porque me habría gustado seguir haciendo ese personaje. Pero necesitaba un descanso. Como no podía tenerlo, opté por la vía más fácil: dejarlo. Y no nos entendimos para volver, no estábamos en la misma onda y el mismo lenguaje. Ahora nos hemos acercado de nuevo.
 
– Han pasado diez años.
– Y ellos son otros, como yo. Todos hemos evolucionado. Vamos a colaborar de nuevo. Ya no tendremos los mismos problemas que entonces, porque van con más tiempo. Da tiempo a estudiar los capítulos. Ahora el horario de rodaje es de ocho a seis, más razonable.
 
 

 
 
 
– ¿Águila Roja era distinto?
– Totalmente. De ocho a cinco, a veces hasta las tres. Y rodábamos tres días por semana. Y eso te permite hacer otras cosas.
 
– En la serie Anclados, por ejemplo, participó solo en un capítulo.
– Pero creí que me iba a quedar más, porque hago un tándem estupendo con Rossy de Palma. Nos entendemos sin mirarnos, somos muy amigas. No me han llamado, pero como tengo otras propuestas estoy más tranquila, después de año y medio dedicándome a otras cosas.
 
– ¿Qué cosas?
– Cosas un poco más familiares que requerían mi atención. Se me necesitaba en otro sitio. Si hago algún día un libro… lo contaré.
 
– Afrontó también algo en inglés.
– Sí, participé en la serie Benidorm, en la que trabajaba, por ejemplo, Joan Collins. Pero no coincidíamos. Solo “Helou, helou” [risas]. Ella salía y yo entraba. Les gustaba mi tono de voz y mi fuerza y mi expresión. Hacía de suegra española, pero parecía mexicana en la indumentaria. Trabajé a gusto, con el director, el productor y el guionista.
 
– ¿Era un proyecto finito?
– Sí, en principio, sí. Pero les encantó mi capítulo, que tuvo bastante éxito. Ahora van a Australia, por ejemplo. Según ellos, mi personaje había tenido muchas puntas de audiencia. Igual en abril, cuando vuelva la nueva temporada… me encantaría.
 
 

 
 
 
– ¿Por qué dejó de grabar en televisión Cocinando con Loles?
– Porque no había pasta y lo hacíamos a través de la productora de Bertoldo, mi hijo. Pero acabado el money, se acabó el trabajo.
 
– ¿La gente es receptiva por la calle?
– Sí, y en alguna radio lo emiten a trozos. A la gente le gusta, apoya con sus comentarios.
 
– ¿Es usted la que cocina?
– Sí, son cosas mías, algún ingrediente con mi truqui. Y publiqué incluso un libro homónimo. Me gustaría hacer más, vendiendo la fórmula, pero ninguna tele lo quiso.
 
– ¿No cree que hay un poco de saturación de programas de cocina?
– Pero como yo no hay nadie [risas]. Yo incluso hablo con una maniquí que comparte plano conmigo. Tenía realizador, montador y productor dignos de Muchachada nui. Pero no ha podido ser, con esta crisis….
 
– ¿Con los papeles históricos está contenta?
–Sí, sí. Con Sagrario de Castro, la de Águila Roja, sobre todo. Estaba muy bien escrito, había buenos guionistas, directores… Bien pagado y bien interpretado. Porque Carlos Areces y yo estamos que nos salimos, la verdad. Somos cómicos. Ambos pensamos que seguiríamos. Hay un reto pendiente con Lucrecia [el papel de Míriam Gallego]. Pero a mí me ponen el caramelito y, cuando voy a echar el mordisco, me lo quitan.
 
 

 
 
 
– ¿Que analíticas utilizan para cargarse un personaje?
– Supongo que es el público.
 
– ¿Tiene que ver con aquel lazo naranja que lució en Amigas y conocidas para apoyar a los trabajadores de TVE?
– No, no. Tiene que ver más bien con que productores, directores, guionistas, cuando se reúnen, cuentan con el marketing. No contrapesan lo que ha funcionado bien.
 
– ¿Y en el cine?
– Pues es cosa de los jefes de casting. Tienen que ver con la gente más nueva. Luis San Narciso [veterano director de casting] se asombra de que me llamen a estas alturas. Pero lo hago encantada. Y no creo que no me lo den por mala, sino por cara. Pero que hablen, que ¡hablando se entiende la gente! No se trata de suponer, sino de hablar.
 
– ¿Se arrepintió de lo del lazo?
– Quizá, visto que me iba a afectar a las lentejas. Pero siempre p’alante. No fueron los gerifaltes los que me echaron, sino alguien más cercano, con menos poder.
 
– ¿Qué la dejaría realmente satisfecha en la profesión?
– Echo en falta que me llamen para algún registro más dramático. En algunos, creo que lo he hecho bien. Pero cuentan con otras cómicas a las que dan oportunidad de cambiar de registro.
 
 

 
 
 
Memorias de Praga
El rodaje de la segunda parte de La niña de tus ojos, de Fernando Trueba, arrancará en la primavera de 2016, en Budapest. “El reparto se repite, con incorporaciones muy buenas. Nos vamos a reír mucho en el rodaje, como nos reímos en Praga”, evoca Loles León. Aquel rodaje, en 1998, llegó en un momento boyante de la sociedad, del cine y de su carrera. Éramos un grupo divino, salvaje. Con Fernando Trueba y Cristina Huete [su esposa y productora], parecía todo hecho a medida. Estábamos recluidos en un hotelito de dos plantas en Praga, como una familia en una casa rural con encanto”. Una experiencia con anécdotas muy íntimas, de familia. “Cristina y Fernando eran como los padres. Subíamos a su habitación, en la buhardilla, y ellos nos consolaban como en un confesionario [risas]. Éramos hijos adolescentes”. Segundas partes, ¿serán buenas? “Seguro que se repite la experiencia. Yo voy como si fuera la nurse, el ama de llaves. Lo haremos con ilusión y ganas”. 
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