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28-04-2017 Versión imprimir

 

“Habladle de Federico
a vuestros hijos…”

La simbiosis entre Margarita Xirgu y Lorca, un episodio que trascendió a la muerte del poeta y marcó a la actriz en el exilio
 
ALEJANDRO TORRÚS
Contaba Margarita Xirgu en una conferencia en la Universidad de Montevideo en mayo de 1951 que el músico, el poeta, el dramaturgo o incluso el actor de cine podían atravesar el tiempo con su obra. El arte quedaba enmarcado en un producto imperecedero que el público de tiempos venideros podría seguir disfrutando y admirando. Sin embargo, la Xirgu lamentaba que en su caso, en el de la actriz de teatro, ese mismo tiempo se encargaba de destruir una labor dramática que acabaría en el olvido. Pero estaba equivocada. No contaba con que vidas como la suya, un arte como el suyo, perdurarían en la memoria de sus coetáneos y se transmitiría al resto de generaciones. Aunque los aplausos de los teatros que consiguió llenar hayan dejado ya de sonar, la memoria de la Xirgu vive.
 
   Y a través de ella y de su arte vivieron poetas como Federico García Lorca. Las balas del fascismo asesinaron al poeta, pero sus obras siguieron recorriendo mundo a través de la maleta y el arte de Xirgu. Pocas veces en la historia se encuentra una unión tan profunda entre autor y actriz principal como el que Xirgu y Lorca mantuvieron. Tanto durante la vida del granadino como una vez fusilado, Xirgu fue la luz de los textos del dramaturgo. Ni la muerte del poeta ni el exilio de la catalana pudieron separarlos, a pesar de que sus vidas se truncaron por la barbarie fascista en aquel verano de 1936.
 
   Margarta Xirgu era en el año fatídico una de las actrices más importantes de España. Quizá la más importante de todas. Aunque ya no disponía de teatro propio. En 1930 había sido nombrada responsable del Teatro Español de Madrid, pero en 1935, con la derecha en el Ayuntamiento de la capital, su contrato no sería renovado. “Estas cinco temporadas pueden considerarse el cenit de la escena republicana”, diría Manuel Azaña, presidente de la República. Así que como empresaria y primera actriz de una compañía sin teatro propio, la Xirgu se fue a hacer las américas tras una breve estancia en Barcelona. En enero de 1936 se embarcó en el vapor Orinoco. Lorca terminaría en aquellos meses La casa de Bernarda Alba y se uniría a la gira en verano. La Xirgu no volvió a pisar tierra española; él habría salvado la vida si se hubiera subido a aquel barco.
 
“No puedo creer su muerte” 
La Guerra Civil sorprendió a la actriz en aquella gira, su cuarta por las américas, y con la victoria de Franco fue condenada por el Tribunal de Responsabilidades Políticas a la pérdida total de sus bienes, inhabilitación para cargos de toda clase y destierro, ambos a perpetuidad. Se lo quitaron todo. Incluido a Lorca. Era el 25 de julio de 1941 y España se sumía en la larga noche del nacional catolicismo.
 
   No obstante, la actriz tardó en asimilar el asesinato del poeta. El 4 de mayo de 1937, la Xirgu señalaba en una entrevista concedida al periodista Pablo Suero en Buenos Aires lo siguiente: “Pero a mí nadie me decía nada de Federico... Me dejaban con mis sueños... No he podido creer en su muerte. No cabe en mi imaginación que se hayan atrevido a dar esa orden de matar a Federico... ¿Por qué, si era una criatura maravillosa que no hacía daño a nadie y que nos convertía la vida en una cosa de magia...? ¿Usted ha conocido algo semejante a Federico...? Embriagaba como el vino. ¿Quién puede haberse atrevido a disponer su muerte? ¿Y por qué y para qué...? Nadie me dice nada. Su hermano me prometió darme noticias. Pero nada me ha dicho hasta ahora...”.
 
 
Lorca, Xirgu y Rivas Cherif, en el estreno de 'Yerma'
Lorca, Xirgu y Rivas Cherif, en el estreno de 'Yerma'
 
 
 
   La Xirgu aún esperaba que Lorca arribara en uno de los enormes navíos que desembarcaban en Cuba, tal y como estaba previsto. Se resistía a la muerte. “No quiero creer que no viva, porque sería para mí demasiado cruel. Me aferro a la ilusión de que Federico vive, porque vive en mi esperanza. Ninguna noticia tengo de él ni de su familia. Pero me encuentro ahora en el drama de La vida que te di de Pirandello, donde la madre hace vivir a su hijo por su propio afán de que el hijo viva”.
 
   Y en cierto modo, la Xirgu cumplió la palabra dada a este periodista e hizo vivir a Lorca. En su estreno en Buenos Aires, el 5 de mayo de 1937, en el Teatro Odeón la actriz lanzó el siguiente mensaje al público: “Muchas gracias. Pero estos aplausos de hoy no han de ser para mí, sino para él, que era una criatura genial. Vosotros que le estimabais, vosotros que le estimáis, si de verdad queréis recordarlo, hablad de su obra a vuestros hijos, habladles de la vida del poeta. Pasaremos nosotros, pasaré yo, pero la obra del poeta quedará para vosotros, para vuestros hijos, para la inmortalidad”.
 
   Cada una de las representaciones teatrales de las obras de Lorca que realizó la Xirgu se convirtió en un homenaje al poeta. Por eso fue tan mágica e histórica la noche del 8 de marzo de 1945. Todo sucedió en Buenos Aires. Había llegado la hora de estrenar la obra póstuma del poeta. Aquella por la que decidió no realizar la gira por América Latina. Era el momento más importante del teatro español en el exilio. Estamos en el Teatro Avenida de Buenos Aires y, tras finalizar la representación, la actriz se dirige al público: “Él quería que esta obra se estrenara aquí y se ha estrenado, pero quería estar presente y la fatalidad lo ha impedido. Fatalidad que hace llorar a muchos seres. ¡Maldita sea la guerra!”.
 
 
El espíritu en la atmósfera
La ausencia de Lorca estaría presente en cada una de las actuaciones de la actriz. De hecho, los estrenos solían ir precedidos de unos minutos de silencio como recuerdo. Y la atmósfera se contagiaba del espíritu del poeta hasta tal punto que Margarita, tras una actuación en el Teatro Solís (Montevídeo), diría a uno de sus alumnos: “Hoy bajó Federico”.
 
   El momento más impactante, no obstante, llegaría en 1952 cuando en Salto (Uruguay) se inauguraba el primer monumento a Lorca en el mundo. La actriz y sus alumnos estaban invitados para recitar unos versos del poeta. Lo que sucedió aquel día nos llega a través del artículo de Alejandra Venturini en la revista Acotaciones, que recoge el testimonio de uno de los alumnos de la actriz: “Ese día ella no habló con nadie. Bajó a tomar el desayuno en el hotel, pero no habló con nadie. Se fue caminando sola hasta el río, lugar donde está el monumento a Lorca, donde ella iba a actuar al atardecer. Bajaba el sol... Estaba como tocada por algo o por alguien, que la había transformado totalmente. Era tal el convencimiento de ella y su transformación que un paisano del lugar preguntó: ‘¿Quién esa mujer que llora por la muerte de su hijo’”.
 
   El actor Juan Jones, también presente aquel día, destacó: “Fue de las veces mágicas que yo recuerdo de mi vida. Una cosa muy emocionante... Esto lo propició un gran escritor, Enrique Amorín, un hombre de izquierdas. Margarita recitó todo el final de Bodas de sangre, cuando habla por los hijos... Entonces... fue tan emocionante... que se le caían las lágrimas hasta a los soldados. Fue tanta la emoción que después de eso nadie hablaba. Al otro día, el monumento estaba lleno de florcitas del campo. Las mujeres habían ido a rendir homenaje a esa mujer que lloraba por la muerte de sus hijos”.
 
   No cabe ni decir que la Xirgu no lloraba a ningún hijo. Lloraba por el asesinato de uno de los mayores exponentes de las letras españolas de todos los tiempos. Asesinado por el fascismo, el rencor y la homofobia. La censura había conseguido callar a Lorca en España, pero la Xirgu lo mantenía vivo en las américas y eso le costaría los ataques e insultos desde el país que la vio nacer. Llegarían a apodarla Margarita La Roja. Las campañas en su contra nunca cesaron, aunque sí amainaron el paso de los años. Ella, que nunca se había posicionado bajo una bandera política y sí con la democracia, decidió luchar contra la dictadura franquista con sus únicas armas: dignidad, teatro y memoria. De hecho, pocos años antes de su muerte tuvo la oportunidad de regresar a España, pero sabía que sería utilizada políticamente y no lo permitió. No con los asesinos de su amigo Lorca.
 
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