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10-01-2019

 

Colorismo, psicodelia y delirio.
Los Bravos en el cine

 

Acaba el año del 50º aniversario de ‘¡Dame un poco de amooor…!’, la película de José María Forqué al servicio del mítico quinteto, y lo celebramos con un recorrido por su efervescente presencia cinematográfica

 


 

JAVIER OCAÑA (@ocanajavier)

Noche del 28 de septiembre de 1968. Alain Milhaud, productor suizo afincado en España y representante de Los Bravos, ha organizado un estreno cinematográfico por todo lo alto. Los miembros del grupo, tras un breve paseo desde el hotel en un Cadillac descapotable, entre el jolgorio y los gritos de las fans, han presentado ¡Dame un poco de amooor…! Tras la proyección hay fiesta en el Happy Club, donde entre organizadores, admiradores, artistas, invitados de postín e inevitables jetas, asoma la cabellera de Bill Wyman, bajista de los Rolling Stones y padrino de The End, un extraño, psicodélico y magnífico grupo británico al que le había dado la insólita ventolera de instalarse en la España de Franco. La escena es inclasificable en un país en dictadura. Las melenas de Wyman y la ajustada minifalda de Astrid Lungstrom, su novia sueca –y dicen que colocadahasta las cejas–, contrastan con el traje de elegante oficinista de José María Forqué, el director de la película, clásico artesano del cine español.

 

   Hace 50 años, en esa España donde lo yeyé y el desarrollismo intentaban abrirse paso entre la ranciedad de un país de luto en materia de libertades, Los Bravos representaron un estallido de efervescencia. En lo musical y en lo social. Creado cuatro años antes, formado por varios excomponentes de Los Sonor y comandado por un carismático cantante alemán con pinta y alias anglosajones, Mike Kennedy, el grupo había impactado con un éxito mundial, Black is black, y ya había realizado otra película, Loschicos con las chicas,en 1967. Con la vista puesta en las producciones de los Beatles a las órdenes de Richard Lester, ¡Qué noche la de aqueldía! (1964) y Help! (1965), los dos acercamientos de Los Bravos al cine son sendas bombas lisérgicas, delirantes y psicotrópicas, cargadas de color y desmesura. 

 

   Con guion de Juan Cobos, Eduardo Ducay, Carlos Muñiz y el propio Forqué, fotografía de un grande de la época, Francisco Sempere, y banda sonora adicional a las canciones de Adolfo Waitzman (posterior autor de la mítica tonadilla del programa Un, dos tres, responda otra vez), ¡Dame un poco de amooor…! (así, con tres oesse inspiraba en los tebeos de Flash Gordon y en las historias de Fu Manchú, y contaba un disparatado relato de espionaje y acción en el que Luis Peña, clásico de nuestro cine y uno de los protagonistas de ¡A mí la Legión!, interpretaba al villano, y donde José Luis Coll salía como chino de ojos rasgados por el maquillaje y media cabellera afeitada con coleta por detrás.


Una escena de 'Los chicos con las chicas' (1967), primera aproximación de Los Bravos a la pantalla grande

 

Videoclips iniciáticos

Forqué, en el inicio de su etapa de decadencia tras trabajos tan formidables como Amanecer en Puerta Oscura, Atraco a las tresUn millón en la basura, pero con una profesionalidad y un gusto intachables, pone orden en un panorama difícil de controlar. Según apunta Guzmán Alonso Moreno en el fundamental libro Los Bravos, recuerdos de una leyenda,las disensiones entre sus miembros comenzaban a apuntar el principio del fin. Y el director no solo aporta sosiego en la locura; además, apunta detalles soberbios: un travelling en una secuencia de discoteca, filmado en gran angular y con otro de Alas (William Wellman, 1927) como referente, donde la cámara se abre paso entre la marabunta hasta llegar al grupo en el escenario, de una gran potencia visual. El concepto del videoclip, aún sin asentar, lleva experimentándose un par de años y, en las ocho canciones que suenan completas durante el metraje, Forqué experimenta con luces, colores y diseños. Así, con clara influencia del cómic, uno de los vídeos está realizado a base de viñetas, y durante una conversación telefónica de Mike, las palabras del otro lado del hilo llegan a través de los clásicos bocadillos con texto de los tebeos. La modernidad está aquí.


   “Para la resolución de los trucos visuales fue fundamental la aportación de los estudios Moro”, cuenta Forqué en el libro del historiador Florentino Soria sobre su obra. “Fue una película atípica y, mal que bien, uno siempre procura romper un molde”. Es una estética que estallará definitivamente en la también musical Un, dos, tres… al escondite inglés (Iván Zulueta, 1969), y en la que ejerce de esencial colaborador Francisco Macián, pionero de la animación española e historietista, que compone varias secuencias, tanto aquí como en Los chicos con las chicas,con un invento propio: el sistema M-Tecnofantasy, con el que las imágenes reales pueden transformarse en animadas, casi como una mezcla primigenia entre el rotoscopio y la moderna captura de movimiento.

   El año anterior, Los chicos con las chicas, dirigida por Javier Aguirre, se abría con una frase cargada de sorna: “La música es el menos molesto de los ruidos” (Napoleón Bonaparte). Un punto de partida que, como ocurrirá después con la película de Forqué, apuntaba ya hacia otra desconcertante locura. La base es la alegría de vivir, el optimismo sin cortapisas en una sociedad añeja y cotilla. Hay otra posibilidad para los jóvenes, cantan Los Bravos, y así se filma. Los chicos y las chicas conviven sin miradas ni sermones, incluso en un clima de igualdad. Es una especie de liberación sexual en versión dictadura: pequeñita pero necesaria. Una ínfima revolución antisistema, pero revolución al fin.Un paso. En ropas, peinados y colores. En actitud. Es, con mayúsculas, el POP.


   Con un gran reparto de veteranas (Lola Gaos, Guadalupe Muñoz Sampedro, María Luisa Ponte y Laly Soldevila), intérpretes de las viejas gruñonas institutrices y profesoras del internado al que va a parar Kennedy como nuevo profesor de música, Los chicos con las chicas es un libérrimo musical en el que las canciones lo mismo surgen a partir del pensamiento y el estado anímico de los personajes que por una actuación en directo, que por un videoclip incrustado en la narración. Y, como ocurriría después con la de Forqué, muy inspirada en el espíritu gamberro de las de los Beatles. Un estado de burla casi surrealista representado en el diálogo más demencial de ambas historias, ambientado en una aburrida cena donde el rol de Kennedy, en ambas, protagonista absoluto por encima del resto del grupo (meras comparsas), se da cuenta de lo que le espera si sigue siendo la pareja de una chica educada en los márgenes de la tradicional familia española.

 

– Nos ha dicho Martita que es usted músico.

– Bueno, señora, en realidad no es exactamente eso. Yo canto.

– Yo estudié canto en el Real Conservatorio. ¿Usted dónde ha estudiado? 

– En Liverpool.

– ¿Liverrpúl?¿Pero hay cantantes en Liverrpúl? [con deje castizo].

– Ahora sí, tío [palabras de la novia].

– ¡Pues será ahora! [remata la abuela], ¡porque cuando yo estuve allí en el año 15 no había más que tabernas!

 

   Los chicos con las chicas, en la que suenan 11 canciones y el Black is Black es el punto final, obtiene un gran éxito con 2.615.000 espectadores. No ocurre lo mismo con ¡Dame un poco de amooor…!, que baja ostensiblemente su recaudación. De modo que, junto a las polémicas internas del grupo, la ya planteada tercera película, dirigida por Manolo Summers, se abandona durante el proceso de preproducción. 


   Fue un tiempo en el que el colorismo lisérgico, aunque fuera cinematográfico, convivió con una juventud en dictadura, en el que Bill Wyman podía emborracharse junto a José María Forqué. Pero también unos días representados en los afiches, donde por parte de productores y exhibidores se demandaba un cierto control en los cines, celosos del orden franquista. “Por mucho que les guste Los chicos con las chicas, por favor,  alboroten solo lo indispensable. Es un ruego de Los Bravos”, se decía en el cartel del cine Palafox de Madrid. Liberación, sí, pero hasta cierto punto.

 

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