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13-01-2015 Versión imprimir
Carlos F. Heredero, crítico y director de 'Caimán. Cuadernos de cine'
Carlos F. Heredero, crítico y director de 'Caimán. Cuadernos de cine'
 

‘La verdad sobre el caso Savolta’: un turbio relato sobre la venta de armamento


El ciclo Cine y I Guerra Mundial proyecta la película de Antonio Drove, la primera con nacionalidad española de su programa


RUBÉN DEL PALACIO
La Barcelona convulsa de principios del siglo XX alimentó los periódicos con noticias sobre tiroteos entre obreros sublevados por las pésimas condiciones laborales y sicarios contratados por la patronal para aplacar las movilizaciones. Según los recuentos, 523 trabajadores fallecieron entre 1914 y 1921 murieron, frente a solo 40 empresarios. La verdad sobre el caso Savolta, cuya presentación en la sede madrileña de AISGE corrió a cargo de Carlos F. Heredero, aborda una idea principal: el crimen como negocio. En una doble dirección: el asesinato de empleados que amenazan el correcto funcionamiento de la fábrica de armas Savolta y el beneficio a costa de una lacra tan brutal como la guerra. “España se mantuvo al margen”, recordó el crítico, “pero la Ciudad Condal fue por entonces un hervidero de espías y actividades belicosas”.
 
   Habló de “una película explícitamente política, pero que no milita a favor de ningún partido, solo pretende llamar a la reflexión”. Tal vez por eso el rodaje resultó conflictivo, hasta el punto de permanecer suspendido durante meses. La productora quiso apartar a Antonio Drove de la dirección, todo el equipo se negó a trabajar y el proyecto continuó cuando apareció otro productor. Los numerosos obstáculos que Drove encontró a lo largo de su trayectoria le convirtieron en “uno de nuestros directores malditos, con muy pocos largometrajes en su haber”, lamentó Heredero. Todo ello pese a haber sido uno de los alumnos más brillantes de la antigua Escuela Oficial de Cinematografía, y especialmente apreciado por José Luis Borau.
 
 

 
 
 
   La verdad sobre el caso Savolta es la adaptación de la primera novela de Eduardo Mendoza, recibida hace ahora 40 años como una bocanada de aire fresco para la literatura española, pues mezclaba relato con documentación periodística. El escritor accedió a información acerca de la empresa eléctrica Barcelona Traction, apodada La Canadiense por tener su origen en Toronto, cuya plantilla convocó una huelga con importantes consecuencias a principios de 1919. Completó esos hechos con otros descubiertos en Los archivos del terrorismo blanco o La Banda Negra: origen y actuación de los pistoleros, después los ficcionó libremente y los plasmó de forma cronológica.
 
 

 
 
 
Unos protagonistas de lo más curioso
Mendoza inspiró su Savolta en la figura de Josep Albert Barret Moner. Ese exitoso empresario, al igual que su alter ego en papel y celuloide, fabricaba obuses destinados al ejército galo antes de morir asesinado. El crimen fue instigado por el comisario de policía Manuel Bravo Portillo, al servicio del espionaje alemán, para frenar el suministro de material bélico a Francia. Y el gobierno de Berlín también pagaba artículos en la publicación anarquista Solidaridad obrera para prolongar la huelga en la factoría de Barret Moner. Así lo reveló el periodista Ángel Pestaña.
 
   “Me enamoré del personaje de Lepprince”, confesó Heredero, “y diría que su vida da para varias películas”. Irrumpe en la gran pantalla como uno de esos hombres que apuntalaron la industrialización catalana pero jugaron a una doble baraja: vender armas a los dos bandos que luchaban en la contienda con tal de enriquecerse.
 
   Una “fascinante y rocambolesca existencia” tuvo también, a su juicio, el barón de Koenig. Su vocación de delincuente brotó en la juventud, cuando se hizo militar para evitar una condena por robo y asesinato. Luego abrió su propio cabaret-casino, huyó a Argentina agobiado por las deudas, adoptó un nombre de aristócrata pese a no serlo y terminó recibiendo órdenes tanto del servicio de inteligencia germano como del francés. De su paso por Barcelona quedó constancia en ABC, que en 1920 le atribuía un tiroteo. “Se hizo dueño y señor de la Federación Patronal”, detalló, “y en su mandato crecieron las agresiones a trabajadores por parte de la Banda Negra”.     
 
 
El actor Emilio Gutiérrez Caba, patrón de la Fundación AISGE y director del ciclo sobre la I Guerra Mundial
El actor Emilio Gutiérrez Caba, patrón de la Fundación AISGE y director del ciclo sobre la I Guerra Mundial
 
 
 
Una neutralidad solo aparente
Fueron dos las razones por las que España no intervino en la Gran Guerra: no sabía bien de parte de qué bando alinearse debido a los complejos parentescos de la Corona y la ruina económica del país abocaría a un desastre seguro en caso de combatir. El actor Emilio Gutiérrez Caba, patrono de la Fundación AISGE y artífice de este ciclo cinematográfico, se encargó de explicar el papel español durante el enfrentamiento. Uno de los temas centrales del filme, la gestación de fortunas en el País Vasco y Cataluña gracias a la producción y suministro de armas al extranjero, sigue siendo desconocido para muchos hoy. “El dinero se quedó en manos de unos pocos, no se repartió justamente. Como ocurre ahora”, denunció.
 
   Otro episodio que ha quedado en el olvido es la atención que Alfonso XIII prestó a los prisioneros de guerra, “quizá la única buena gestión de todo su reinado”, en palabras de Gutiérrez Caba. Y es que invirtió el equivalente a 100 millones de pesetas (600.000 euros) actuales para liberar a presos de distintos países, una labor que acometieron 60 empleados desde una oficina en el Palacio Real. 
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