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22-12-2014 Versión imprimir

 
 
Lucía Regueiro


“Hay que ser aprendiz muchos años, como en los oficios medievales”


La sonrisa más arrolladora (e hiperactiva) de la TVG se curtió durante 319 capítulos con ‘Libro de familia’ y ahora es sargento rural en ‘Serramoura’. Pero las señoras la admiran por presentar ‘Luar’ junto al mítico Gayoso
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Xosé Durán
Lucía Regueiro Taboada es un torbellino con pura denominación de origen gallego. Lo atestigua el meñique de su mano derecha, discretamente entablillado después de una escena demasiado impulsiva en Serramoura, la nueva serie que está sacudiendo esta temporada los audímetros en la Televisión de Galicia (TVG). Y pueden dar fe sus padres y su hermana, Begoña (“mi otra mitad, no entendería la vida sin ella”), testigos de excepción en un historial de precocidades: la niña Lucía pisó por primera vez un escenario nada más cumplir los siete años y se las ingenió para dirigir e interpretar una obra, Amor bufo, a los 14.
 
   “Supongo que lo mío se llama hiperactividad o, más bien, curiosidad extrema”, corrobora esta coruñesa de 32 años que, contraviniendo el tópico sobre el sentimiento trágico de la vida en el rincón noroccidental, no para de parlotear ni de sonreír. “Aunque he librado mi batalla particular con el paso del tiempo”, concede mientras apura su agua mineral con limón exprimido: “ser consciente de que la vida va menguando me llevó durante una temporada a no celebrar los cumpleaños”.
 
 

 
 
 
– Intuyo que el primer indicio de su hiperactividad fue matricularse de muy pequeñita en violín.
– ¡Sí! Eso y que cuatro años después, con 11, vi un espectáculo de danza del vientre en la tele y grité: ¡mamá, yo quiero hacer eso! Mi madre se puso a buscar alguna academia por toda Coruña donde me enseñaran y por aquellos tiempos la miraban casi como si fuera una degenerada, jajaja.
 
– ¿Qué le enseñó Sarasate?
– Bastante música, pero, sobre todo, muchísima disciplina. Con el violín descubrí esa cosa terrible de que las artes, cuando las abandonas, te dan la espalda. Estudié ocho años de instrumento, lo dejé a un lado… y cuando quise cogerlo de nuevo era una principiante.
 
– ¿Ha recuperado ahora el hábito de tocar?
– De pura casualidad, porque en Kafka y la muñeca viajera, de Eme2, necesitaban una actriz y violinista… y yo debía de ser la única en toda Galicia. Esa obra me permitió reencontrarme con la música, ser la última novia teatral de Xosé Manuel Olveira “Pico” [fallecido en 2013] y aprender de él miles de cosas. Hasta cómo gestionaba las pausas para el cigarrito…
 
– ¿Y cómo las gestiona ahora usted?
– Charlando y charlando. Como buena Géminis, y como quizás esté advirtiendo, me encanta la comunicación…
 
 

 
 
 
   Regueiro es arrolladora, en efecto. Incluso para los parámetros de discreción galaica, su presencia en el Marita Ron, una cafetería cuquísima en el Cantón Pequeño, ha despertado entre la clientela una irrefrenable curiosidad. Después de ¡319! capítulos en el reparto de Libro de familia, estas dos temporadas como presentadora del popularísimo magazine Luar y su papel protagónico en Serramoura, es evidente que lo suyo con las cámaras de la Gallega es algo más que un flechazo.
 
– Convertida en ídolo atlántico, ¿le obsesiona ahora que el teléfono comience a sonar con el prefijo 91?
– No lo considero un objetivo imprescindible, de veras. Ya sé que la visibilidad sería mayor, pero me gusta trabajar aquí y sentir que aquí se encuentra mi campamento base, con independencia de que se puedan producir llamadas con prefijo de Madrid o de Massachussets. Me molesta mucho ese concepto de “las provincias”, tan arraigado en esta profesión. Pues no señor: en este rinconcito tenemos una televisión que produce ficción propia y contribuye a la consolidación cultural.
 
– ¿Lo que acabo de oír es un halago a una televisión autonómica?
– Ya sé que es raro pensarlo, pero siento a la TVG como mi casa. Ahí empecé, ahí hemos aprendido muchos actores a dar los primeros pasos y ahí nos familiarizamos de niños con el gallego. Somos las generaciones del Club Xabarín.
 
 
 

 
 
 
– ¿Qué ha aprendido de ‘Luar’ como presentadora que ni imaginaba como espectadora?
– Lo más asombroso fue descubrir que, después de 23 años en antena, ensayan cada línea del guion, le dan mil vueltas a la escaleta y no se permiten relajaciones. Fue una enseñanza sensacional: la maquinaria, en el audiovisual, nunca funciona sola.
 
– ¿Se siente la envidia de todas las madres gallegas por ser compañera de plano de Gayoso?
– ¡Yo es que soy la primera fan incondicional! Gayoso ya no es un presentador, sino un icono, un mito incontestable. Y todo ello sin variar nada en esencia: él es tal y como se le ve en la tele. No conozco nadie con su energía ni su ritmo televisivo. Solo se le aproxima Jesús Vázquez, pero ni siquiera: trabajar con Gayoso supera al mejor máster de la mejor facultad del mundo.
 
 
 

 
 
 
– ¿Cómo llegó al papel protagonista de ‘Serramoura’?
– Hice un buen casting, pero no figuraba exactamente como la favorita en las quinielas. La biblia de la serie hablaba de Marga como una tipa dura, de vida complicada y que no sonríe jamás. Y mis propios compañeros casi me habían descartado, porque decían que eso de no sonreír no me pegaba ni un poquito…
 
– Entre ustedes y las novelas de Lorenzo Silva están convirtiendo a la Guardia Civil en un Cuerpo cercano y popular…
– Puede ser, porque aquí tenemos a las Comandancias encantadísimas con la serie y hasta nos han obsequiado con un facsímil de la cartilla de los agentes… Pero las diferencias con los personajes de Bevilacqua y Chamorro son abismales porque el rural gallego ofrece una dimensión completamente distinta, una idiosincrasia propia. Marga es una sargento que, cuando cuelga la pistola, se dedica a recoger los huevos del gallinero o a cortar repollos. Puede parecer una imagen muy peliculera, pero se corresponde con la realidad.
 
– ¿Usted también se siente de aldea?
– Por completo. En el rural existe una vinculación muy fuerte con la tierra. En la aldea hay magia, hay misterio, hay bruma. Y hay también mucha alegría, un sentido del humor impagable, la famosa retranca. Huyo de los tópicos, pero la hospitalidad o las relaciones interfamiliares forman parte del carácter en Galicia.
 
 

 
 
 
– Ahora que aquella niña inquieta se ha convertido en actriz admirada, ¿cómo le gustaría llegar a mayor?
– Con la mochila llena de aprendizajes, como una Gemma Cuervo. Yo soy de las que entiende este oficio como en la era medieval: hay que ser aprendiz durante muchísimos años y aspirar a convertirte en oficial, porque seguramente lo de maestro resulte casi inalcanzable.
 
– ¿Se imagina madre de artista?
– Uf, ojalá que no... Mi experiencia está siendo buena, pero ciertos aspectos de esta profesión no los querría para un hijo. Sobre todo esa sensación de reválida continua: hay que estar siempre enamorando a mucha gente para trabajar y enamorando al espectador para que se enganche a ti. Y las dificultades se multiplican en el caso de las mujeres: me parece innegable que el volumen de personajes interesantes sigue sin ser equitativo.
 
– Pero seguro que alguno de sus personajes le enseñó cosas…
– Sin duda. Mis personajes me ayudan a desentrañar las relaciones humanas, un misterio que cada vez me obsesiona más. Y con los buenos personajes descubres el poder de la empatía, un elemento fundamental en la vida del actor. Y en la vida en general.
 
 
 

 
 
 
MAPA DE PASIONES
Vera, la yegua terapeuta
 
Además de actriz y presentadora de televisión, Lucía Regueiro se apaña desde chica con el violín y la danza, aprendió baile flamenco durante el año que disfrutó de una beca Séneca en Sevilla y es licenciada en Periodismo, aunque nunca ha ejercido como tal. Pero en su casi inagotable mapa de pasiones aún hay espacio para otras dos muy singulares. La coruñesa es miembro de la Asociación Española de Egiptología desde los 15 años y se apaña para afrontar “pequeñas traducciones” de jeroglíficos. Pero aún es más intenso su amor por la equitación, como lo demuestra que tanto el nombre como la fotografía identificativos de su Whatsapp se corresponden con la joven yegua de la que presume como su mayor tesoro: Vera. “Por mucho trabajo que tenga, y estoy teniendo mucho, no me privaré nunca de comerme unas castañas con ella en el pasto. Yo me embarro limpiándola y soporto el mal olor de los caballos porque mi yegua me enseña un montón de cosas. Por lo pronto, le gusto sin rímel ni barra de labios. Y cuando estoy con ella se me aplacan todas las preocupaciones: meto la cabeza en su cuello y me baja el ritmo cardiaco. Media hora con Vera cunde más que tres sesiones de terapia…”.
 
 
 
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