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28-11-2014 Versión imprimir

 
Lucio Godoy
“No pretendo trascender a través de la música
de una película”


El hispano-argentino ha escrito más de 50 bandas sonoras, pero huye de sacralizar su trabajo. Y no por falta de talento: Berklee le ha fichado como director de un máster en su delegación valenciana
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Dani Benavent
Lucio Godoy (Paraná, Argentina, 1958) tiene el gesto serio y adusto, con las facciones bien marcadas, pero la primera vez que le escucharemos reír será cuando recuerda aquella frase memorable de la coneja en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?: “¡A mí es que me dibujaron así!”. Porque, en efecto, el autor de las bandas sonoras de Intacto, Los lunes al sol, El lápiz del carpintero, El aura, Blackthorn o la muy reciente La vida inesperada, además de la televisiva Velvet, es tan locuaz y expresivo como cabría esperar de un hombre del cono sur; mejor aún, de un artista del cono sur. “Conste que tengo la vanidad a raya, en una dosis estándar”, bromea un compositor que podría presumir (y apenas lo hace) de haberle puesto música, casi siempre muy buena, a más de 50 largometrajes. Y que desde el pasado mes de septiembre es el director del Máster de Composición para Películas, Televisión y Videogames en la delegación que la muy prestigiosa escuela musical de Berklee (Boston) ha abierto en Valencia. Ahí, junto a las envidiables instalaciones de esta institución en la Ciudad de las Artes, Lucio Godoy disfruta de la conversación y de uno de sus bienes más preciados: el anonimato. “Pero no se engañe”, matiza, mordaz: “si ahora mismo nos cruzáramos en el paseo con John Williams o Ennio Morricone, es muy probable que solo les reconociéramos usted y yo”.
 
 
 

 
 
 
– En la escuela imparte clase a 34 alumnos. Hablemos con franqueza: ¿sentiría envidia si alguno de ellos resultara ser más brillante que usted?
– En absoluto. Disfruto de ver gente tan joven y tan bien preparada. Además, es muy enriquecedor escuchar sus diferentes formas de abordar un mismo proyecto ya que cada uno aporta su bagaje cultural que traen consigo de su país de origen. Le diré más. Ahora mismo tenemos varios estudiantes de menos de 25 años que son más brillantes, como usted dice, que yo. Solo les saco una ventaja: los kilómetros recorridos. En la escritura para cine no todo es técnica y aprender a leer una película lleva su tiempo. Intentamos aportarles serenidad y experiencia; hacerles ver que, sin necesidad de conquistar ningún Óscar, pueden vivir de esto y ser razonablemente felices.
 
– ¿Cuántos de sus alumnos son españoles?
– Uno. Tinerfeño.
 
– Desde que se afincó en Madrid, en 1992, ¿ha mejorado la importancia que se le concede a la música en el cine español?
– Quiero creer que sí, y de hecho se está consolidando una generación de gente joven mucho más preparada que la nuestra, pero también intuyo que el empeño proviene más de los músicos que de los productores. En una película española de tres millones de euros, por ejemplo, no se reserva más del uno por ciento para el capítulo musical. Y, hombre, sería más que recomendable que llegásemos al menos al tres o al cuatro por ciento...
 
 
 

 
 
 
– Hablemos de porcentajes. ¿Qué parte del mérito de un buen largometraje le deberíamos atribuir a las excelencias de su banda sonora?
– Me resulta imposible responder esa pregunta en términos numéricos: depende de la película. Creo que el elemento fundamental para que un filme se sostenga es el guión. Si el texto de partida es bueno, escribir la música es relativamente fácil: habrías de ser muy malo para meter la pata.
 
– Supongo que el género es decisivo para determinar el grado de relevancia de la música.
– Absolutamente. Una peli de acción como Indiana Jones se vendría abajo sin una banda sonora casi tan protagonista como su personaje principal. Escribir para comedias requiere mucho trabajo y precisión si se quiere enfatizar cada momento, y la relevancia de esta música es importante aunque de alguna manera, si está bien hecha, suele pasar inadvertida en muchos casos.
 
– Pero quizás esa circunstancia provenga de una cierta estandarización del lenguaje. James Newton Howard me dijo que una banda sonora tenía que sonar a banda sonora.
– Comprensible. En Hollywood se manejan altos presupuestos, se respetan unos códigos y parecería que nadie puede ni pretende cambiar nada hasta que otro se atreva a hacerlo y vean que funciona. Me produce un cierto placer proeuropeísta comprobar cómo la obra de Alberto Iglesias, Alexandre Desplat
o Dario Marianelli van dejando cierta huella en las partituras de los autores del mainstream estadounidense.
 
 
 

 
 
 
– En su condición de creador, ¿no se siente restringido teniendo que atenerse a unas imágenes determinadas? ¿Echa de menos un margen de producción artística en primerísima persona?
– No. Me gustaría echar en falta la escritura de una sinfonía, pongamos por caso, pero no siento esa necesidad o tal vez no tenga esa capacidad. A veces experimento arrebatos de inspiración y empiezo a escribir una pieza, pero casi siempre la dejo inacabada. Me gusta trabajar con imágenes y sin ellas acabo perdiendo la motivación.
 
– Pero eso equivale a asumir que su obra depende de otra obra, que no dispone de una identidad completa por sí misma.
– Y es así. Yo no pretendo trascender a partir de la música de una película. No es modestia: es así. Amo el cine y me agrada cierto anonimato de mi trabajo, y si hace veinte años hubiera sabido de la trascendencia que todo adquiere con Internet, habría escogido un pseudónimo para toda mi carrera artística. Los compositores de cine se han revestido de cierto glamour en los últimos años y supongo que no está mal en la medida que no se olvide que forman parte de una obra colectiva y que esta obra tiene un director y un productor.
 
– De acuerdo. Sin necesidad de considerarlos descendientes de don Wolfgang Amadeus o don Ludwig Van, ¿podemos al menos catalogarlos como clásicos contemporáneos?¿
– Ni siquiera lo creo. Uno de los trabajos más amenos que he acometido en los últimos tiempos ha sido escribir canciones de aires sesenteros para Velvet. Algunos amigos músicos que vienen a casa se han llevado las manos a la cabeza al encontrarse entre mis discos a Whitney Houston o Janet Jackson. “¿Cómo te pueden interesar semejantes banalidades?”, me dicen. Y yo les advierto: “Como sigas avanzando en esa misma estantería, te vas a dar de bruces con la Pantoja…”.
 
– El eterno enfrentamiento irreconciliable entre cultos y populares.
– Sí. Ahí confluyen elementos tan genuinamente humanos como la envidia o el resentimiento. Es incómodo hablar de ello, pero es así. Cuando un músico se ha pelado el culo estudiando media vida en el Conservatorio, puede joderle que alguien, con la milésima parte de inversión en tiempo, haga pim pam y se lleve el gato al agua. Pero así son las cosas, oiga. Jimi Hendrix no sabía escribir música, de acuerdo. ¿Es usted capaz de tocar la guitarra como Hendrix? ¿A que no? ¡Pues venga, a estudiar!
 
 

 
 
 
– Usted ha sido productor musical de un compositor tan atípico que no sabe colocar una sola nota en un pentagrama. ¿Qué tal músico le parece Alejandro Amenábar?
– Es un compositor tremendamente bueno para cine. He dicho muchas veces que nunca imaginé que aprendería tanto de un hombre que no sabe leer música ni ha estudiado armonía, pero Alejandro es un cineasta extraordinario. Y por eso sus músicas son descaradamente cinematográficas, porque están hechas expresamente para la película, esa es su principal función.
 
– ¿Suelen tener mucha idea de música los directores españoles?
– La mayoría con los que he trabajado sí. En algunos casos sería deseable que manejaran algunas nociones básicas, pero, si son participativos, suelo entenderme bien con ellos. Prefiero a un director que te dice “Quiero que sec note la angustia de este personaje” a otro que comenta “Aquí quiero un violonchelo y acá, un clarinete”. Me ayuda mucho más que me digan lo que quieren que cuente la música y me dejen la libertad de darle vueltas hasta encontrar algo que me parezca que funciona.
 
 
 

 
 
 
UN JUEGO DE DISYUNTIVAS
De los Beatles a John Williams
 
– ¿Cuerda o vientos? Cuerda.
– ¿Gardel o Piazzolla? Piazzolla.
– ¿De cámara o sinfónica? Sinfónica.
– ¿John Williams o Bernard Herrmann? Williams.
– ¿Beatles o Stones? Beatles.
– Y la más difícil: ¿selección española o argentina? La española, ahora más que nunca. Tienen a Messi, pero ver jugar a Argentina este año es un tostón.
 
 
 
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