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19-07-2016 Versión imprimir

 
 
 
Luis Callejo
 
 
“Esta profesión me ha convertido en mejor persona. Y eso no tiene precio”


 
Se siente raro en las entrevistas, pero tiene mucho que contar. Como su camino de Segovia a Georgia o las noches de insomnio con ‘El Lute’

 
 
JUAN FERNÁNDEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Un niño abrazado a su juguete en el día de Reyes transmite menos entusiasmo que Luis Callejo (Segovia, 1970) hablando de su profesión. Ventajas de haber descubierto el sentido de su vida de manera imprevista y cuando menos lo esperaba, casi como un regalo. Como el que se apunta a un grupo universitario de teatro en París por practicar el francés y de pronto siente la llamada. Los caminos de la vocación son inescrutables.
 
   El resto es lo fácil. O lo difícil, según se mire: estudios en la Resad; años dando tumbos de función en función y teatro en teatro; debut en la tele (Hermanas, 1988); más llamadas desde la pantalla pequeña; primer papel protagonista en el cine (Sobre el arcoíris, 2003); más películas como actor de reparto; propuestas para rodar en el extranjero aprovechando su dominio de idiomas (habla inglés, francés e italiano)… Su nombre ha aportado credibilidad al reparto de destacados títulos –Princesas, Lo contrario al amor, La mula, Mi gran noche, Kiki, el amor se hace, Resucitado-, pero cuando se deja perilla siguen confundiéndolo con Khaled, su personaje en El penalti más largo del mundo. Él, que iba para abogado, sonríe con la intensidad del que aún no se cree del todo lo que está viviendo. Como un niño agarrado a su regalo de Reyes.
 
 

 
 
 
- Hay quien quiere ser actor desde crío. ¿Es su caso?
- En absoluto, ni se me había pasado por la cabeza. Es más, siendo adolescente, en un campamento de verano preparamos una función de teatro y me tocó hacer de protagonista. Minutos antes del estreno me entró tal pánico que dije que no salía. Y no salí. Al llegar a la universidad me apunté a Derecho porque estaba cagado de miedo, no quería relacionarme con la gente. Por eso, no exagero si digo que el teatro me cambio la vida.
 
- ¿Cómo ocurrió?
- En 4º de Derecho hice un curso de Erasmus en París y me apunté a un taller de teatro para practicar el idioma. De pronto descubrí que haciendo personajes me sentía como nunca. Y para mayor sorpresa, resulta que a la gente le hacía gracia. Cuando volví a España entré en la Resac. El primer año sufrí una crisis enorme. Estaba acartonado, me sentía rarísimo. Venía de Derecho, donde la gente iba con corbata y le hablaba de usted a los profesores, y en la escuela todo era un disparate.
 
- ¿Cómo recuerda la Resad?
- Cuando superé el shock del primer curso, viví los años más valientes de mi vida. Me atrevía con cualquier cosa, me daba todo igual. Los domingos por la noche flipaba al pensar que a la mañana siguiente iba a estar en clase haciendo ejercicios de expresión corporal. Tuve a auténticos cracks como profesores. Gente como Luis Landero, Lourdes Ortiz, Miguel Medina, Amestoy, Joaquín Camponanes, Vicente Cuesta, Ángel Gutiérrez el ruso… Elena Espinosa, que era cubana, solía repetir en clase: ‘El trabajo os salvará, compañeros’. Y tenía razón. Los miedos del actor se curan trabajando.
 
 
 

 
 
 
- ¿Logró curarse los suyos?
- Hay miedos que arrastras toda la vida y vuelven a ti con cada nueva obra. A veces los notas hasta físicamente, pero aprendes a manejarlos. Cuando hice El Lute en el teatro, que ha sido mi mayor reto interpretativo, me despertaba de madrugada aterrado. Pero en vez de quedarme en la cama, me tiraba a la calle a machacar el texto. Me hacía la obra entera caminando. Una de las cosas que más me gustan de este oficio es que puedes trabajar mientras vas a la compra. Más allá de las emociones, el teatro tiene que ver con la destreza de la dicción, y eso es algo que solo logras cuando dominas a la perfección tu papel. De todos modos, a mí me ha costado mucho creerme que soy actor.
 
- ¿Por qué?
- Tenía una imagen demasiado reverencial de este oficio y durante años no me atrevía a decir que era actor, sentía que me venía grande. Cuando me cogían para una obra, pensaba: ‘No me veo, pero si el director dice que puedo hacerlo, él sabrá’. Ahora estoy en el lado opuesto: entre hacer un personaje y ser yo mismo, me quedo con el personaje. Prefiero que me manden y me digan: haz de loco, haz de gracioso, mata a fulano, besa a fulana. Pero la dimensión pública de ser actor no he conseguido encajarla. Por eso me siento raro haciendo entrevistas. Al fin y al cabo, mientras interpretas, el papel te protege, te permite no ser tú.
 
 
 

 
 
 
- ¿Hay un momento en el que se dice: ya está, ya soy actor, ya puedo vivir de esto?
- Son cosas distintas. Que este oficio es mi vida lo sé desde que sentí lo que sentí la primera vez que hice teatro. Que puedo vivir de esto es algo que nunca sé con seguridad. Hasta hace cuatro días, mi madre me decía que me sacara las dos asignaturas que me faltan para terminar Derecho. Hace poco, cuando nació mi hijo, me acojoné y pensé: ‘Mira que si ahora no me llaman...’. Lo bueno de esta profesión es puedes trabajar hasta que te mueras. Yo sueño con estar a punto de palmarla y que me llamen para hacer de alguien que la está palmando.
 
- ¿Ocurriría en un teatro, en un set de rodaje, en un plató de televisión?
- Con el teatro mantengo una relación de amor y odio. Es lo más duro, pero tiene algo que engancha, algo relacionado con sentir miedo y vencerlo. Y mira que me lo he currado. Cuando salí de la Resad monté con Javier Veiga, compañero de la escuela, una compañía que llamamos Teatro Impar. Llevábamos escenografías enormes por toda España. Aquello se parecía más a trabajar en mudanzas que como actor. Pero nunca falla: siempre salgo de hacer una obra mejor que como entré, al margen de cómo haya quedado la función. El teatro te pone en tu sitio, te dice la verdad. En el fondo, si hago teatro no es por amor al oficio, sino por egoísmo.
 
- ¿Por eso tiene un grupo de teatro?
- Esa fue otra bendita casualidad. Un día, hace seis años, me llamó mi amigo Nacho Marraco para decirme que necesitaba un actor para hacer unos bolos. Me sonó a marronazo, pero fui a verles y me quedé flipado. Reí, lloré, me emocioné, y me uní al grupo. Se llama Teatro del Barro y no da para vivir, pero me permite tener cerca el teatro para cargar las pilas.
 
- ¿Para descargarlas después en el cine?
- Mi plan perfecto sería hacer películas, un poco de teatro con mi compañía sin pretensiones comerciales y de vez en cuando alguna sitcom en la tele. Del cine, lo que me apasiona es el primer plano. Me gustan los directores que te aprietan las tuercas hasta que llegan al detalle. Por eso me encantó trabajar con Fernando León de Aranoa en Princesas. Nos hacía repetir hasta la extenuación. Yo estaba encantado. Le decía: “Fernando, lo que quieras, como si hay que repetir mil veces la escena’.
 
 

 
 
 
- ¿Le gusta que le den caña?
- Mucho. Con algunos directores que no conozco, a veces sigo el truco de hacer algo raro para ver qué dicen. Si no me dicen nada, ya sé por dónde van. Pasa igual con los profesores: ¿prefieres uno majo que no te enseña o un cabrón que te hace madurar? Al salao le pierdes el respeto. Prefiero que me aprieten y me exijan.
 
- ¿Aunque sea en otro idioma? Ha rodado media docena de películas en inglés. ¿De dónde viene lo su vena políglota?
- La culpa es de Encarnita. Cuando tenía 10 años, mi madre me apuntó a clases de inglés con Encarnita, una amiga suya que tenía una tienda de lencería. Luego me fui con mi hermano mayor a hacer 2º de BUP a Georgia, en Estados Unidos. Para mí fue un pelotazo. No había salido de Segovia en mi vida. No había visto una escalera eléctrica. Allí descubrí que los idiomas se me dan muy bien. Me interesa el lenguaje, soy un fanático de la sintaxis y la gramática. Hablo inglés, francés e italiano, y hago muy bien los acentos. Rodar en otro idioma es una complicación, pero eso lo hace más divertido, es un elemento nuevo del juego.
 
- ¿Se ve proyectándose como un actor internacional?
- Lo bueno de este trabajo es que no tienes que venderte contando que manejas Shakespeare a nivel usuario. Simplemente, te ven, y si les encajas, te llaman. A raíz de hacer coproducciones, me han ido llamando, pero yo no lo busqué. Me gustaría hacer más cine internacional, me veo capaz, pero no me ilusiona la idea de andar de emigrante por ahí. Oí a alguien decir que quería tener dinero, pero que no pensaba mover un dedo para conseguirlo. No está mal como declaración de principios.
 
 

 
 
 
- ¿Y papeles de protagonista, no desearía que le ofrecieran más a menudo?
- Fernán Gómez decía que nadie tiene vocación de secundario. Yo tampoco, pero creo que soy un buen secundario, se me da bien jugar para el equipo. Eso lo tengo de cuando jugaba fútbol. No me importa pasar el balón para que otro meta el gol. En septiembre estrenaré Tarde para la ira, la primera película de Raúl Sánchez Arévalo, donde hago de prota, y me hace mucha ilusión, pero estoy tranquilo, porque esto ya me pilla con el culo muy pelao. No es que yo me considere actor, es que ya me lo consideran los demás.
 
- ¿Ha especulado alguna vez con qué habría sido de usted si no se hubiera apuntado a aquel grupo de teatro en París?
- Estoy seguro de que sería una persona menos feliz, lo tengo clarísimo. Yo tenía mucho miedo a vivir, pero el teatro me libró de él. Fue como salir de una olla a presión. Esta profesión superó mis expectativas hace mucho. Me ha convertido en mejor persona, me ha permitido conocer más a fondo la condición humana. Y eso no tiene precio.
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