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28-06-2018

Luis Fernández

 

“Lloro como un hombre y no me avergüenzo de ello”

 

Detrás de su aparente rudeza hay un actor al que le conmueve el cariño de sus fans más pequeños. Partidario de “dar caña” con “proyectos transgresores”, tira por tierra los tópicos sobre esta profesión de “curritos”

PEDRO DEL CORRAL | @pedrodelcorral_

Luis Fernández es el icono de una generación que retumba en el subconsciente de otra bien distinta. Con 26 años hizo del marginado Culebra (Los protegidos) un superhéroe. Después se retó con Mario Casas (Tres metros sobre el cielo) para demostrar que las agallas no son suficientes para mantener un estatus. Y casi en la treintena encarnó al típico listillo inmaduro (Fenómenos) para acabar con desfasados estereotipos. Esa habilidad a la hora de remover conciencias le queda como un guante porque es un chico de palabra, de la que abofetea pero sana, de la que reclama atención y guía a aquellos jóvenes que vienen detrás. Y es que en sus personajes encuentran valores que hoy parecen olvidados.

 

   Este madrileño de 33 años madura con fidelidad a sí mismo y se reivindica como un profesional sencillo. Ajeno a las moderneces y generoso. Sus colegas de Cuatro Caminos le apodaron ‘Perla’ después de ver unas fotos con brillo descarado en sus dientes. Cadenas doradas y camisetas de tirantes vestían su percha a diario, aunque lo verdaderamente valioso de él no estaba a simple vista. Es un hombre rotundo y transparente que deja huella. De ahí su implacable vínculo con Marc (Barcelona, nit d’estiu), con Salva Morales (Mar de plástico) o Josua (Mi gran noche). Todos con su verdad, todos impregnados de la peculiar incorrección política de quien les da vida.

 

   Es cierto que Luis creció al albur del rap y que la música le abrió las puertas de la televisión después de marcarse un videoclip con Darmo. También es verdad que se ha curtido como actor en el set de grabación, en el que ha tropezado varias veces para levantarse a pulso. Él es arte, cultura y barrio, el trinomio perfecto para quien se mete en la cabeza de otros. “Siempre hay momentos en los que tienes que preocuparte de ti, pero es fundamental formar parte de un equipo y ser de utilidad. Hay que avanzar a una. Esto se puede comparar con un partido de fútbol: si ganamos, ganamos todos; si perdemos, perdemos todos”, dice. Aunque en todo momento, pase lo que pase, le quita hierro al asunto.


– ¿Qué le cuesta más: enseñar el culo o mostrar sus sentimientos?

Soy una persona timidísima en muchos aspectos de mi vida. Si te tengo que enseñar el culo, lo hago sin problema, pero para otras cosas soy reservado. Creo que tiene que ser así para que no se rompa la magia que rodea al actor

 

– ¿Eso significa que esconde ciertos miedos detrás de sus personajes?

– No. Aunque sí hay aspectos que la gente desconoce de mí y que voy sacando a través de ellos. De primeras parezco un tipo duro, pero de cerca soy sensible. Lloro como un hombre y no me avergüenzo de ello. Me considero muy normal.

 

– Y eso no es habitual, ¿verdad?

– Quizá sea esa normalidad lo que oculto. Pero sí diría que soy normal. En ciertos momentos puedes perder parte de tu esencia, pero siempre la acabas recobrando. Hubo un tiempo en que perdí mi identidad y me dejé llevar, pero conseguí ponerle fin.



– ¿Le fue complicado adaptarse a un oficio de tanta inestabilidad?

– Fácil no hay nada. Hay que trabajarlo todo. La primera vez que me puse ante una cámara tenía mucha incertidumbre porque no sabía cómo hacerlo. Pero ponerme a actuar delante de gente nunca me ha supuesto un problema. Me gusta tanto que no lo encuentro difícil. 

 

– Los nervios estarán siempre ahí… 

– Claro. Quien no los tenga, está muerto. No tuve grandes problemas para acomodarme a mi profesión. Y ello ha sido en parte posible gracias a la gente que me he encontrado en el camino, que me lo ha puesto muy fácil.

 

– ¿Se esperaba la profesión tal y como se la encontró a su llegado a Los protegidos?

– Tenía algo de idea… pero es mucho más grande de lo que crees. Y sobre todo, más bonita. Una cosa es verla desde casa y otra es participar en un proyecto. Ya se sabe que la vida del actor es complicada: no todo el mundo hace lo que desea. Algunos somos unos privilegiados porque podemos trabajar en lo que nos gusta, porque nos pagan y porque España necesita mucho de los actores.

 

– De la cultura, en general. 

– Sí. La cultura es lo que da caché a un país. Cuando una persona no la tiene, pierde su condición casi de inmediato.

 

– Ahora que hemos cambiado de Gobierno, ¿qué le pediría al actual ministro de Cultura?

– Que lo haga lo mejor posible. Màxim Huerta me caía fenomenal. Era un hombre predispuesto a dejarse la piel, y las cosas hechas con buena fe nunca pueden salir mal.



– Según dice, es exigente consigo mismo. ¿Suele ver sus trabajos?

– Tengo que verlos porque es parte mi trabajo y solo así se mejora. Pero no me encanta. Valorarnos a nosotros mismos es menos constructivo que si se pone a hacerlo otra persona. Por eso prefiero que lo haga el público.

 

– ¿Hay algún personaje que le haya costado más desprenderse?

– El sargento Solá de Los nuestros. Era un tipo demasiado duro, aunque luego tuviese un poco de corazón. A la salida del set notaba que se me quedaba dentro. Me sentía revuelto, no era plenamente yo. Normalmente soy alegre, me gusta compartir el momento con mis compañeros, pero por aquel entonces tenía una calma interior… distinta.

 

– Continúan preguntándole por Culebra. Fue su primer papel. ¿Ha sentido la necesidad de matar a ese personaje?

– Le tengo mucho cariño. La gente hoy me sigue recordando por él, y por mucho que quiera, no le puedo odiar. Nunca lo mataría. Está ahí, pero he tenido otros personajes, después de él seguí mi camino. Se quedó aparcado como una cazadora que te encantó en su momento pero que ya no te pones. Fue un auténtico boom, no hay duda.

 

– Muchos seguidores de Los protegidos reclaman su vuelta seis años después. 

– De hecho, los propios fans han escrito los guiones. Hoy, sin duda, participaría en la cuarta temporada. Para mí siempre ha sido una mezcla entre Médico de familia y X Men, pues se iban tratando problemas concretos desde la perspectiva de la ciencia ficción. Mucha gente se ha sentido identificada con los personajes. Estaría bien recuperar la serie.

 

– Se ha confirmado la continuación de Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti.

– Fueron dos películas muy completas: tenían amor, sexo, acción, problemas de actualidad… No me extraña que triunfaran tanto. Todos pudimos conectar de alguna manera con los personajes de Mario Casas, María Valverde o Álvaro Cervantes. Marcaron una etapa de mi vida y de la de mucha gente. 

 

– Imagínese que se rescata alguna serie extinta. ¿En cuál le gustaría participar?

– En El comisario o Policías, en el corazón de la calle. Me encanta lo policíaco, aunque nunca rechazaría un papel en Manos a la obra o Lleno, por favor.



– ¿Qué es lo que le mueve las entrañas y le impide rendirse?

– El cariño del público. En especial, el de los pequeños. Una vez un niño se me acercó para pedirme un autógrafo. Estuvimos hablando durante 10 minutos de Culebra y, cuando nos fuimos a despedir, me acerqué a tocarle la cabeza con un  gesto cariñoso. Se apartó bruscamente. Le pregunté por qué y me dijo: “Si me tocas, me vas a hacer invisible y mi madre no podrá verme”. Esos detalles marcan, son los más bonitos. 

 

– En ese sentido, ¿se trata de una profesión valorada?

– Por una inmensa mayoría, sí. Pero también hay gente que nos mira de forma despectiva. Para esos pocos somos los “actorcillos”… Tiene que haber de todo. Este es un trabajo tan duro como gratificante. Actuar me da la vida. Al final te das cuenta de que en un rodaje todos somos curritos. Y yo me siento muy obrero. Me empapo siempre en barro porque así se hacen las cosas. 

 

– Acaba de grabar la tercera temporada de Las chicas del cable, un proyecto comprometido con la mujer. ¿Está bien zarandear la realidad con dosis de buena ficción?

– Por supuesto. Es el momento de hacer proyectos transgresores. Dar caña me encanta. Necesitamos abrir los ojos para darnos cuenta de que todo no es como nos lo han contado. La historia la hacemos cada uno con nuestros actos.

 

– Eso me recuerda a Barcelona, nit d’estiu, donde encarnó a un futbolista gay. 

– Hice la película precisamente por el papel de Marc. Nunca había hecho algo parecido, pero me encantó porque no se llevó al estereotipo. El cine es un arma que puede cambiar la sociedad. Ya lo estamos viendo.

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