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11-02-2019


“Mis papeles de bueno 
son menos vistosos”


Empezó haciendo de payaso en eventos sociales y se curtió en el teatro gestual hasta que el cine le hizo suyo. Habla de un oficio de contradicciones: de sentir amor y casi odio hacia él, de experimentar el gusto del reconocimiento y el tedio de la exposición pública. ¿Un reto? Ponerse en la piel de un político


INMA RUIZ

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Con gafas de sol podría pasar inadvertido en la cola de un cine, con su gorra de visera y sus sneakers. Pero tiene los ojos más imponentes de todo el cine español. Cuando mira, no sabes bien si abre su alma o desnuda la tuya. Podría ser un superpoder como otro cualquiera, como ser capaz de volar o levantar camiones con un dedo, pero es mucho más extraordinario: solo con afinar la mirada bajo esas cejas, le amas a su antojo, o le odias, o te aterra, o lo querrías cuidar como al ser más desvalido. Los premios siempre adornan a quien los recibe, pero hay premiados que avalan la categoría de un galardón. Y Luis Tosar tiene tres Goyas, pero también los Goya tienen a Luis Tosar.  

 

– Maribel Verdú, harta del asunto, se quejó de que nadie le preguntara a usted por qué no tenía hijos. Entretanto, ha sido padre. ¿Cómo le ha afectado la paternidad como actor?

– Creo que de momento lo estoy notando más como persona que como actor, porque aún no me ha tocado ningún personaje donde trabajar de manera tan concreta esas emociones. Quizás esta última que he rodado [Intemperie, de Benito Zambrano], que tiene la relación entre un pastor y un niño y de alguna manera el pastor asume un rol de padre. Antes de tener hijos afronté trabajos en los que tenía que asumir una situación muy difícil con mis propios hijos, como en El desconocidoY estoy muy orgulloso de ese trabajo. Ahora soy padre y no me puedo imaginar bien cómo lo haría, pero la realidad es que llegué a eso no sé muy bien desde qué lugar. Fue un reto y tengo la curiosidad de saber cómo habría resuelto ese papel ahora.

 

– Los hijos generan emociones, pero también las frenan.

Los hijos te dan más precaución. Hay cosas que en este momento no haría, cosas de acción, por ejemplo. Estoy más pendiente del contenido violento, empiezo a mirar las cosas de otra manera, antes me daba un poco más igual. Ahora pienso: “¿Vale la pena que se haga esto, que mandemos cierto tipo de mensajes al mundo?”. No es que me haya censurado en nada, porque aún no me he visto en esa tesitura, pero sí que me empiezo a plantear esos asuntos.



– Parece usted un hombre cabal, admirado por el público, querido por sus compañeros... Incluso su amigo Antón Reixa le llama Doña Perfecta.

– Es verdad que me llaman Doña Perfecta. Y me gusta [ríe].

 

– Dígame algo que haga mal.

– Pues mira, actuar. A veces actúo mal.

 

– A ver, que tiene tres Goyas...

– Sí. Pero tener un Goya no significa que lo haya hecho bien. Hay premios maravillosos, pero a mi modo de ver, probablemente tampoco sean por los mejores trabajos. Los más vistosos, puede que sí.

 

– ¿Qué galardón no le han dado y se habría concedido usted a sí mismo?

Un trabajo que yo creo que no fue reconocido fue el de Operación Nécora. A veces uno hace trabajos que no tienen repercusión y que a mí personalmente me parecen más complejos. Y a veces, precisamente por ser más complejos, no tienen tanto alcance, ya que son más difíciles de ver o de comprender. El público para mí es soberano, decide lo que está bien y lo que está mal, así tiene que ser. Luego uno, íntimamente, sabe lo que fue muy complejo de hacer, pero eso no tiene mucho que ver con el resultado final: si a la gente le llama la atención, es que es muy bueno; y si no, pues por algo será. Yo también lo noto entre compañeros de profesión. Veo trabajos que digo: “Joder, este trabajo es maravilloso”. Y luego no se reconoce. 



– ¿Son los malos de las películas más agradecidos que los buenos?

– Claro. También suelen tener conflictos mucho más exagerados, están en una postura vital extrema y eso les hace atractivos ya de entrada.

 

– A veces los malos son más simples. Quizás los buenos tengan conflictos más complejos.

– Es cierto. Pero son menos vistosos y menos lucidos.

 

– Ahí entra en juego la valía del actor: esos personajes suyos llenos de bondad, con sus pequeños gestos, tan contenidos como elocuentes.

– Esos personajes míos son los más reconocidos pero los menos vistosos. Y esas películas no han funcionado tan bien comercialmente. Casi te diría que, matemáticamente, cuando hago de bueno no funcionan [risas]. Es curioso, ¿no?

 

– Pues parece más complicado hacer de bueno que de malo.

– En general, sí. Creo que por eso que tú dices: son personajes muchísimo más matizados, con menos estridencias. A menos que sea un bueno exagerado, como el de La vida es bella o una cosa así. Pero cuando se trata de hacer un trabajo muy pegado a la realidad, son papeles complejos y llenos de matices, que no resultan especialmente atractivos para el público.

 

– Y usted, ¿es bueno o malo?

– Yo soy bueno. Bueno pero con matices, porque los buenos puros no existen.

 

– En el cine los buenos siempre tienen una contradicción, una lucha interna o un conflicto irresoluble. ¿Cuál es el suyo?

– Tengo uno que creo que es inherente al actor: amar tu trabajo, dedicarte a algo de manera totalmente vocacional, y por otro lado, en muchos momentos casi odiarlo, detestarlo, porque te sitúa en un lugar muy incómodo. Te coloca fuera de tu entorno emocional, en lugares que no te apetecen en tu día a día. En la vida intentas mantener cierto equilibrio psicológico, y en esta profesión te pasas el día dando vueltas a tus emociones, cambiando de frecuencia continuamente.



– ¿Cómo se prepara mentalmente? ¿Acude a un psicólogo?

– He ido al psicólogo, pero nunca por temas profesionales.

 

– Debe ser agotadora esa noria emocional, aunque supongo que lo compensa el reconocimiento. 

– Sí, claro. A mí me encanta ser actor, pero no me gusta mucho la parte pública de este trabajo. Me gusta el reconocimiento, claro, aunque mantengo un equilibrio. Procuras que no se te vaya la cabeza, ser humilde, saber que eso al final es un regalo. Tiene contraprestaciones, que es lo público, estar expuesto, y eso a mí no me gusta especialmente. Pero al mismo tiempo admito que me gusta que lo que hago sea reconocido [risas]. Es una contradicción permanente, un conflicto irresoluble, así que uno tiene que convivir con esto de la mejor manera que puede y buscarse sus refugios.

 

– ¿Cuáles son sus refugios?

– Mi casa, mi familia y mis amigos, que es la gente que me devuelve a tierra, sobre todo si he tenido una época de mucha exposición. Las promociones, los estrenos y todo eso te saca de tu entorno y de repente eres otra persona: te expresas raro, intentas comunicar de la manera más clara y transparente, pero no eres tú. Yo no soy así, evidentemente estoy en otro código que no es el habitual. Puedes vivir meses entre eventos, entrevistas… Es demasiado tiempo subido a una ola muy extraña, y además hablando todo el tiempo de ti mismo. Llega un momento en que te sales un poco de la vida y tienes que intentar no descarrilar para que no se te vaya la cabeza. Que todo gire en torno a ti permanentemente, si eres consciente de ello, resulta un coñazo. Y si no lo eres, es una locura, claro.


– ¿Ha sentido alguna vez que perdía pie con la realidad? 

– No tanto, pero sí he estado mal. No es que se me fuera la olla ni me creyera un dios [risas], pero sí que he estado mal emocionalmente por eso y pensaba: “Hostia, no, no, no, yo no quiero esto”. Fue un episodio de hartazgo total.

 

– ¿Y qué hizo?

– Me fui.

 

– ¿Dónde?

– A Perú.

 

– ¿Por qué a Perú?

– Bueno... [risas]. Porque era un país que me llamaba la atención desde muy pequeño. Y pensé: “¿Un lugar donde te puedas perder? Pues Perú”. Me fui a la selva, al Amazonas... Por allí estuve.

 

– ¿Y le funcionó?

– Sí, la verdad. Estuve un mes dando vueltas y me vino bien. Durante todo ese tiempo fui un ser anónimo, recuperé esa cosa extraña de que no te reconozca absolutamente nadie y de que todo te cueste igual que al resto de los mortales.



– Aparte del vapuleo emocional que le suponen las promociones, sus papeles suelen ser muy intensos, lo cual le afectará a veces, ¿no?

No sé si tanto los personajes como la energía de algunas películas en sí. Por ejemplo, Ma ma fue para mí muy determinante en ese sentido. Era una historia muy heavy, y esas pelis te afectan en el buen sentido y en el malo, te dejan una energía un poco triste en general pero al tiempo son bonitas, son bellas y hay algo reconfortante en eso. Lo notas más con el paso del tiempo, porque en el momento estás en una especie de efervescencia emocional. Pero no dejan de ser dos meses en los que estás instalado en una energía de enfermedad, de muerte... En esa película perdía a mi mujer y a mi hija.

 

– Y aún no había nacido su hijo...

– No, no. Pero con el tiempo te das cuenta de la pereza de volver a algo así. Con Te doy mis ojos me pasa algo parecido, son lugares a los que no me apetece volver

 

– Aquel papel de maltratador que le ofreció Iciar Bollain, junto al Malamadre de Celda 211,son quizás los más emblemáticos de su carrera. Y ambos son pavorosos. ¿Es capaz de empatizar con todo tipo de personaje?

– Creo que esa es una cualidad que en principio deberíamos tener los actores. Y yo creo que la tengo. Como persona, no sé dónde está la frontera [risas]. Yo empatizo, pero desde un lugar que tiene que ver con la profesión. Sé que suena raro, pero es otra de las contradicciones de este oficio. 

 

– Supongo que desdoblarse, separar emocionalmente el actor y la persona, es la manera de protegerse. De no volverse loco. 

– Sí, sí, aunque a veces me cuesta, no te creas. Hay cosas que... Mira, por ejemplo [ríe], para mí interpretar a un torero… ¡Uf! Me pondrías en un brete si me ofreces ese papel. Porque detesto los toros, detesto la fiesta nacional, así que no sé qué tipo de torero podría ser para que me metiese a hacerlo. Y conozco a toreros que me caen muy bien, ¿eh?, pero no…

 

– Trabaja sus personajes por inmersión: visita las cárceles, conversa con maltratadores... ¿Se puede llegar a entender todo?

– Sí. El que no entiende es porque no quiere. Todo es comprensible porque todo en general tiene una razón. Aceptarlo como una postura ante la vida, pues no, claro, pero sí lo comprendo. De hecho, para interpretar esos papeles necesito comprender de dónde vienen, cuáles son las razones de un individuo para hacer esas cosas. Si no, soy incapaz de ponerlo en pie.

 

– Ponerse cada día en el lugar del otro le hace a uno más humano...

– Una de las características de esta profesión es lo que te aporta como persona. Colocarte en el lugar del otro permanentemente es una maravilla, es un ejercicio al que no nos acostumbran porque tenemos un tipo de educación en la que no prima la empatía, el intentar comprender cualquier situación desde otro lugar. Nos cuesta debatir. Sobre todo la sociedad española es muy de cerrarse en banda, de cerrar filas contra el otro. Y lo bueno de ser actor es que siempre estás haciendo ese ejercicio de intentar comprender las razones del otro. 



– Le interesa mucho lo social.

– Sí, precisamente por eso no soy activo en el mundo de las redes sociales, no las uso, no me gusta debatir por un teléfono [ríe]. Pero sí me interesa mucho lo público, la política.

 

– Jamás ha dado vida en el cine a un político.

– Pues me apetecería. Aunque los políticos me produzcan repulsión en muchos casos, me parecen seres muy atrayentes.

 

– ¿Qué le atrae?

Esa cosa extraña de la política de que las cosas ocurren sin que nosotros nos enteremos bien. Siempre tengo curiosidad por saber qué está pasando por detrás. Ese mundo me produce muchísima curiosidad y me parece superinteresante dramática y cinematográficamente. Y como actor es una maravilla porque se trata de interpretar a alguien que interpreta.

 

– Así que los políticos interpretan un papel. 

– ¡Permanentemente! Yo he estado metido en política en un par de ocasiones y he estado de cerca con ellos durante un mitin. Me fascina de los políticos que, cuando te miran, no te miran. Te miran pero están en otro lugar. Son lo contrario a los actores, que cuando miramos, miramos: intentamos comunicarnos con el compañero. Ellos no, ellos están en una visión periférica permanentemente, tú casi no existes, eres lo que tienen de frente, nada más, eres una presencia más

 

– Vaya análisis. Los tiene estudiadísimos.

– Es que me encantan los políticos. Y como he vivido ese mundo de cerca… me fascinan. Me encantaría llegar a eso, mira, sería un reto: tener a otro actor delante sin mirarle [risas]. ¡Es que es difícil, porque uno siempre intenta comunicarse con el que tiene enfrente!

 

– Para usted sería lo máximo, porque su mayor herramienta como actor es la mirada.

– ¡Claro! Y conseguir eso sería brutal...

 

– A su mirada añadiría también su voz, otra de las cualidades que domina.

– Son dos instrumentos importantes en el cine.



– En teatro la cosa cambia, claro, ahí se pierde mucho la mirada del actor. ¿Por qué se prodiga tan poco en las tablas?

Yo hacía mucho teatro en Galicia, pero cuando mi trabajo en el cine se hizo más continuo, empecé a dejarlo un poco. Era un teatro más de gesto, comedia del arte, bufón y esas cosas que me divierten más que el teatro de texto.

 

– ¿Todavía se reúne con su grupo de cabaret, The Magical Brothers? 

– Tras años sin hacer nada, el año pasado hicimos un revival. Es puro cabaret: música, magia… Comedia pura, algo muy loco, muy gestual. Eso me divierte muchísimo.

 

– Sus amigos dicen que es usted muy payaso desde el colegio. Incluso se ganó la vida así.

– [Ríe]. Sí, sí. Empecé a formarme como actor y, entre otras cosas, me preparé haciendo cosas de payaso. Pensé: “Pues esta es una buena forma de darle salida esto…”. Así que mientras intentaba hacer otras cosas, me ganaba la vida con espectáculos para bodas, bautizos, comuniones y cumpleaños.

 

– ¿Y qué tal fue la experiencia?

– ¡Es muy, muy duro! Admiro profundamente a la gente que se dedica a eso. De hecho, con los Magical Brothers lo hicimos en eventos de empresas durante una época y es durísimo: la gente está a otra cosa, tú vas allí, eres un artista y les haces un show que paga la empresa para que se diviertan. Pero, claro, ellos están a lo que están: a su cena, a beber, a hablar con los colegas… No es el público soñado para un actor [risas].

 

– Empezó a guardar todo lo que se publicaba sobre usted desde que escuchó una canción de los Manic Street Preachers sobre un tipo acabado que miraba recortes sobre su exitosa vida que quedó muy atrás. ¿Sigue conservando cada publicación?

– No. Nada. 

 

– ¿Y si algún día le llega el fracaso y no tiene unos recortes para poder recordar todo esto?

– Pues nada, que me jodan [risas].

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