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16-09-2014 Versión imprimir

 


Luisa Martín


 
“Siento un duelo tremendo al decir adiós a un personaje”


 
Camaleónica por necesidad, desconfía de todo, menos del texto. Y de cada vivencia en la ficción, como de una amistad, se lleva algo consigo


 
FRANCISCO PASTOR
Reportaje gráfico: Moisés Fernández
Aquel tópico de que los gestos duros ocultan a gente sensible se cumple, tal cual, en Luisa Martín; y en ningún caso la mueca sobria logra esconder a una enamorada del oficio, ya sea en la pantalla o recitando ante un grupo de universitarios. La madrileña adora los grandes giros en el registro y busca que su siguiente papel borre los vestigios del anterior. Quizá sorprendería, así las cosas, la profunda tristeza que siente la intérprete al despedirse de sus personajes.
 
   A los 54 años, ni siquiera los rodajes de la serie B&B, de boca en boca, por los que se levanta a las cinco de la mañana, apartan a la artista del teatro: esa tarima que le da la vida y desde la que, de todo el elenco político, solo ha avistado a Carmen Alborch. Supersticiosa y más que respetuosa en el trato, algunas de sus palabras ayudan a conocerla mejor. Otras prolongan la pregunta de cómo alguien puede conservar la generosidad y la desconfianza al mismo tiempo. Sus iris, mientras tanto, y aunque llenos de color, se confunden con la pupila.
 
Se refiere a sí misma como una “cómica de las de antes”. ¿Qué le ocurre a los de ahora?
– Me siento más identificada con la forma de pensar y de hacer de la gente que me precede. Es curioso: cuando yo entré en esta profesión, casi todos los intérpretes habían crecido entre candilejas y meritajes. Mi generación luchó mucho para que estuviéramos formados y encontramos cierta rivalidad entre aquellos y nosotros, que veníamos de una escuela. Hoy veo lo contrario: muchos dejan los estudios para trabajar desde jóvenes y se saltan muchos pasos. No tanto de naturalidad, pero sí de lenguaje y de dicción.
 
 

 
 
 
En ‘Las 13 rosas’ se despachó a gusto con quienes no la veían fuera de la comedia...
– Ese papel lo conocía de siempre, por mi madre. Ella vivió en este barrio, entre el Retiro y la Almudena, y me contaba que oía los disparos. Además, tenía la edad de estas chicas, trabajó en una fábrica y tenía amigas modistas y cobradoras de tranvía, como ellas. “Nunca os metáis en política, fue después de la guerra, eran jóvenes y las denunciaban y las perseguían y se las cargaban en la tapia del cementerio”, nos contaba. Cuando me llegó el guion me lo tomé como un homenaje a ella y a mi abuela, porque las madres de aquellas muchachas también sufrieron mucho.
 
¿Qué es lo que lleva consigo a cada personaje?
– En mi vida todo lo que me planteo tiene que ser un reto. Siendo actriz no puedo hacer puenting, porque si me parto una pierna dejo a toda mi compañía colgada, así que guardo los retos para la ficción. Lo siguiente que haga debe distinguirse mucho de lo anterior. En B&B estoy de cocinera y lo hago después de ser la policía de Gran reserva, pero hay más: también quiero dar una criada que no recuerde a la Juani de Médico de familia, que es por la que me conoció el gran público. De un personaje a otro no me llevo nada, aunque sí me quede sus cosas para mí, como persona. De todos ellos.
 
¿Tuvo suerte al cruzarse con ‘la Juani’?
– Muchísima, porque ella fue un traje a medida. Los directores y productores confiaron en mí y me dejaron hacer, pero la Juani es como un retrato en la pared, como un bisabuelo. No me molesta recordarla, pero tampoco me gusta estar promocionando una nueva producción y que toda mi conversación trate sobre ella. Y aunque fue un antes y un después, también hubo un antes: en televisión fue con ¿Quién da la vez?, de la que guardo muchos recuerdos.   
 
Se licenció en arte dramático en 1980 y empezó a hacer teatro. ¿Vivió esa movida madrileña que tanto estamos recordando ahora?
– ¡Hombre, claro! Yo iba al Rockola y no me tomaba la cerveza con Almodóvar, pero sí acudía a aquellos bares y pertenecí a esa época en la que salíamos de casa a las doce de la noche. Fue importante, divertida y además, muy creativa. Hacíamos amigos y nos lanzábamos a montar un grupo y a cantar. Si alguien se empeñara, podría hablar de la movida toda la vida, aunque tampoco se trata de eso.
 
 

 
 
 
Fundó con su marido la compañía Art Media. ¿Qué tal lleva las labores de producción?
– Dicen que hace falta arruinarse tres veces para ser un productor. ¡Yo con una he tenido suficiente! Cuesta mucho recuperarse de los palos que da el teatro. Gracias a mi maestro, Ángel Gutiérrez, aprendí a ponerme en el lugar de todo el equipo que forma parte de una obra: del eléctrico, de la sastra, del figurinista. Hay momentos en que los productores dejamos de cobrar, aunque sigamos trabajando, para pagar las dietas y que cobren los compañeros. Y es duro, pero se aprende muchísimo.  
 
Se reunió con María Teresa Fernández de la Vega, entonces vicepresidenta, para pedirle una ley del teatro. ¿En qué consistía?
– Estaban preparando una nueva ley del cine y veía que del teatro no se tocaba nada: de hecho, nunca se hizo. También me reuní con Wert, y tanto con la una como con el otro acudí a título personal. Toda mi vida me he metido en mil colectivos, me han elegido para que representara a otros y, cuando me he dado la vuelta, estaba sola. Así que esa vez decidí ir por mi cuenta. Ahora bien, el contenido de lo que deba ser esa ley sí se lo dejo a los expertos y a las asociaciones que conocen con detalle este asunto.
 
“En España hay una caza de brujas permanente contra los artistas”. ¿Sigue suscribiendo sus propias palabras?
– Nos utilizan demasiado. Cuando van a salir unos, porque van a salir, y nos llaman para que les apoyemos. Y lo hacemos, y lo hago, lo reconozco: pero lo hago por la cultura y no cambia nada. Luego, esos mismos te ven hablando en un medio y dicen: “¡Mira, cómo son los artistas!”. Si solo puedo opinar de cine y de teatro, maravilloso, pero que los obispos y los abogados hagan lo mismo.
 
¿Se escriben tramas diferentes para las criadas que para los señores?
– La misma diferencia que hay entre cómo se escribe la historia de Jordi Pujol y cómo se escribe la de la señora que le limpia la casa. Quién sabe, a los espectadores les atraerá el lujo. También hay quienes confunden realidad y ficción: con la Juani, las amigas del barrio me decían que a ver cuándo me dejaban hacer de señora. ¡Y yo tan encantada, con uno de los papeles de mi vida, entregada al trabajo que más me gustaba y sintiéndome la mujer más afortunada del mundo!
 
 

 
 
 
¿Siente el duelo cuando toca dejar marchar a un personaje?
– Sí, sí, sí. Claro que sí. Nunca voy a una fiesta de fin de rodaje porque lo paso fatal. Por el equipo, pero también por el texto: siento un duelo tremendo al decir adiós al personaje. Con la obra El tiempo y los Conway me desprendía de mis hijos, y ya no iban a ser míos, ¡iban a ser los hijos de otras señoras! O recoger el camerino: soy muy supersticiosa y me da pena guardar mis amuletos y saber que no los voy a volver a sacar allí. Cuando empiezo esa última función, pienso: “¿Será verdad que no voy a volver a decir estas palabras?”.

 
 
 
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