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18-04-2013 Versión imprimir

 
 
Mabel Rivera

“La clase política ha desvirtuado
 el concepto de bien común”

La ferrolana, criada en el seno del teatro gallego, asombró al mundo con su papel de cuñada de Ramón Sampedro en ‘Mar adentro’, la película que dio un giro copernicano a su carrera
 


EDUARDO VALLEJO
Una luz alegre, aunque sin alharacas, atraviesa las ventanas en la casa de Mabel Rivera (Ferrol, A Coruña, 1952). El día ha remoloneado hasta abrir con franqueza, a la manera gallega, como nos certifica nuestra interlocutora enfocando su webcam hacia el ventanal. Nos hemos citado por videoconferencia con esta actriz norteña de pura cepa que tiene en su haber una de las mayores proezas de nuestra escena: llevar cuatro décadas dedicada a la interpretación sin haber tenido que emigrar a Madrid o Barcelona. No es poco.
 
– Regresó hace poco de rodar en Madrid la primera temporada de ‘Familia’, la nueva serie de Telecinco. ¿Cómo le ha ido?
– Confiamos en que habrá una segunda temporada. Personalmente, he aprovechado para ver todo el cine en versión original y todo el teatro que no puedo ver aquí. Si vuelvo, me gustaría hacer algún curso de reciclaje profesional y participar en alguna plataforma social, como Stop Desahucios. La sociedad civil es la que funciona, porque la clase política ha conseguido desvirtuar conceptos tan básicos como el de democracia o bien público.
 
– Ha trabajado siempre en Galicia, lo cual prueba que hay vida para un actor más allá de Madrid y Barcelona.
– No exactamente. Hay poca vida, cada vez menos. Desde que tuve la suerte de trabajar en Mar adentro pude abrirme a otros mundos. Ya había cumplido los cincuenta, y aquello fue como rejuvenecer de repente Eso es lo ideal, la mezcla es siempre enriquecedora, y trabajar con gente que desconoces te libera de prejuicios. Además, me siento menos observada.
 
– Claro, es que usted en Galicia es una institución.
– Soy conocida, sí. Para mí es estimulante salir, ciertamente un lujo inesperado. Pero, es verdad que hasta aquel momento había trabajado con mayor o menor continuidad siempre en Galicia.
 
– Se inició en el teatro aficionado a mediados de los setenta. ¿A qué dificultades se enfrentó?
– No noté dificultades. El teatro aficionado fue mi escuela, un colchón fantástico para empezar. Aunque siempre se corren riesgos, tus resultados se acogen con cierta benevolencia. Pasé diez años en ese ámbito hasta que di el salto al profesionalismo. En los últimos años, nuestras intenciones y nuestro nivel de formación y dedicación eran tales que se podrían considerar casi profesionales. Cuando en 1984 se creó el Centro Dramático Galego, fui una de las personas escogidas para iniciarlo.
 
– ¿En qué ha cambiado como actriz aquella chica que debutaba como profesional con un Castelao en 1984?
– He transitado por medios de expresión diferentes, del teatro a la televisión y posteriormente al cine, lo que te hace conocer lenguajes distintos. También he notado, principalmente desde mis trabajos en cine, cómo crecía la responsabilidad.
 
   Mabel Rivera, que apenas tenía experiencia cinematográfica antes de su participación en Mar adentro (2004), ha rodado once películas desde entonces, a las órdenes de directores como Milos Forman (Los fantasmas de Goya, 2006), Juan Antonio Bayona (El orfanato, 2007) o Icíar Bollaín (Mataharis, 2007). No obstante, hubo un tiempo, antes de la profesionalidad, en que Rivera trabajó en un sector muy distinto.
 
– ¿Cómo le dio por la filología inglesa?
– Todos tenemos un pasado oscuro, y yo no soy menos. En el grupo aficionado con el que me inicié, todos éramos trabajadores de Astano, una empresa de construcción naval. Yo había estudiado inglés y francés en la escuela de idiomas en Madrid, y mi intención era dedicarme a la traducción. En 1974 entré a trabajar como traductora para el astillero y me matriculé en Filología, porque me interesaba traducir literatura, no rollos de barcos. Tardé ocho o nueve años en acabar la carrera, porque estudiaba por mi cuenta, compaginándolo con el trabajo y sin universidad al pie de casa (me tenía que trasladar a Santiago para los exámenes).
 
– No me lo diga. Y llegó la reconversión del sector naval.
– Así es. Fue un drama para muchos. Se despidió a mucha gente de los astilleros, pero yo vi el cielo abierto. Era mi oportunidad para largarme a Inglaterra, donde ya había pasado varios veranos haciendo cursos de arte dramático, y allí formarme como traductora.
 
– ¿Por qué no se fue?
– En ese momento se fundó el Centro Dramático Galego en Santiago y me llamaron. Pensé que podía posponer mi aventura un poquitín y hacer algo de teatro. Y aquí sigo.
 
   A Mabel Rivera le da la risa al pensar en lo que podía haber sido y no fue, y viceversa. Pero aclara: “de todas maneras, he hecho bastantes trabajos de traducción relacionados con el teatro y sigo haciéndolos, nunca dejó de interesarme”.
 
– En teatro ha actuado, dirigido, traducido... ¿En qué montaje siente que dio su do de pecho?
– Hay dos. A propósito de do de pecho, uno es Master Class, del americano Terrence McNally, que recrea la última etapa de la vida de María Callas y que fue mi última aparición hasta ahora en teatro, en el año 2010. Esta obra ya la montó en España Nuria Espert. Fue un trabajo de mucha reflexión personal sobre el sentido de la actividad del intérprete.
 
– ¿Y el otro?
– Lo hice hace muchos años, en 1989-90. Se trata de Inventarios, de Philippe Minyana, un montaje que fue rompedor en Galicia. Lo hacíamos tres actrices que formábamos la compañía Teatro do Malbarate. Fue un trabajo muy comprometido, que reflejaba la destrucción y soledad de los que no están en el frente en tiempos de guerra, y que recibió mucho reconocimiento, aunque quizá no se llegó a entender muy bien.
 
 

 
 
 
Hasta la cocina
Rivera alcanzó inmensa popularidad en Galicia de la mano de Balbina, la cocinera del Bar Suizo, donde se desarrollaba Pratos combinados, la primera comedia de situación que produjo TVG. Interpretó con éxito al personaje durante diez años (1995-2004).
 
– ¿Cansada de la cocina después de 150 episodios?
– De 150, nada. ¡211 capítulos!
 
– Son unos cuantos.
My god! Ya lo creo que lo son. Esto del encasillamiento funciona, y diez años de una carrera profesional tocando un solo palo son demasiados. Es cierto que me dieron estabilidad laboral y la posibilidad de hacer cosas de teatro en tiempos libres. Pero ningún director me ofrecía algo que me permitiera salir de allí. El cine ni me lo planteaba; de hecho supe que había un cásting para Mar adentro y ni se me ocurrió presentarme. Tuve la gran suerte de que, para determinados personajes, Alejandro quiso ver a más gente. Quería gente más desconocida, que diera mayor credibilidad a los personajes. Entonces se hizo una preselección para la que me avisó Luis San Narciso. A Alejandro le interesó mi trabajo, y a mí el suyo.
 
– ¿Por eso dejó la serie?
– Fue el detonante definitivo, el punto final a una época de desánimo. Yo me lo venía cuestionando desde hacía tiempo, porque la serie me estaba enterrando en vida, profesionalmente hablando. Para mí era difícil dejar Pratos... porque no tenía ninguna alternativa. Andaba dándole vueltas a la idea y ya la había dejado caer entre el equipo de producción.
 
– La serie acabó en 2006 después de marcar un hito en la historia de la televisión gallega. A pesar del desgaste, algo le daría el personaje de Balbina.
– ¡Claro! Trabajar continuadamente durante tantos años es un lujo. Hacer de Balbina me dio una gran experiencia de plató y mucho oficio. Me obligó a una disciplina que, para una persona dispersa como yo, es impagable. Además, la experiencia de verme habitualmente en pantalla me permitió corregir montones de detalles de mi trabajo. Pero después de diez años vas sobre un camino muy trillado. Esta fue la única pega. Pratos combinados me dio mucho, sobre todo estar en el mercado para hacer otras cosas.
 
 
De Amenábar a la Muchachada
– Salvo una fugaz aparición en ‘El bosque animado’ (1987), su experiencia cinematográfica antes de ‘Mar adentro’ (2004) era casi nula. ¿Cómo se crea un personaje de tanta credibilidad con tan poca experiencia?
– Primeramente con un magnífico guion y después con un director que tiene muy claro cómo quiere contar la historia. Alejandro es muy listo. A algunos de nosotros nos hizo pasar la prueba en el punto de ruptura del personaje, de modo que cuando llegábamos a trabajar ya sabía cómo debíamos transitar y hasta dónde podíamos llegar. Yo tenía poca experiencia en cine, pero había leído muchos guiones. Después de leer las primeras páginas de Mar adentro, le dije a mi marido, que también es de la profesión: “O yo estoy turulata, o ya estoy viendo la película”, hasta ese punto estaba bien escrito; en ningún momento había dudas sobre cómo se podía hacer algo, el guion lo dejaba claro.
 
– Entonces su prueba debió de ser cuando Manuela se enfrenta a la jerarquía eclesiástica.
– Efectivamente, ese momento y otra escena más ligera (supongo que para que no nos asustáramos) en que dialogaba con Belén [Rueda] cuando llega por primera vez a la casa.
 
   Rivera asombró a todos con su interpretación. A modo de ejemplo podemos citar las palabras de Karen Durbin en su crítica para el New York Times: “El personaje de Mabel Rivera es de pocas palabras, pero es una de las presencias más poderosas de la película [...] Rivera también le confiere a Manuela una agudeza en la mirada y el gesto que dan nuevo sentido a la palabra elegancia”.
 
– ¿Llegó a conocer a Manuela?
– Sí. El caso de Ramón Sampedro había dado la vuelta al mundo. Él y Ramona Maneiro eran muy conocidos, pero al resto de la familia solo los conocí cuando abordamos el rodaje de la película. Les pidieron permiso para que fuéramos a visitarlos y ver dónde había vivido Ramón. Ella me explicó muchas cosas sobre su vida cotidiana, por ejemplo cómo le ayudaba para que él pudiera hacer sus necesidades solo y no sintiera invadida su intimidad. Me contó cosas maravillosas.
 
– El tirón de Bardem es indudable, pero ¿no hubiera sido lo suyo buscar a un actor gallego?
– [Sonríe]. Aquí hubo cierta controversia porque ya se había hecho uno o dos años antes un telefilme de producción gallega sobre el tema de Ramón Sampedro. Algunos opinaban que era innecesario. Pero, por esa regla de tres, no andaríamos haciendo Hamlet una y otra vez. La polémica de si el actor debía ser gallego también se dio, pero Alejandro tenía claro que el papel era para Javier. Evidentemente, hay un valor de mercado en esa elección porque el cine es una inversión muy potente. Puede que algún actor gallego, o de Barakaldo, lo hubiera hecho estupendamente, pero, con todos mis respetos, no me puedo imaginar a otro que no sea Javier en ese papel. Para él fue un reto porque el grado de transformación era enorme. Es un actor que se crece en esas situaciones.
 
 

 
 
 
– ¿Y cómo fue lo de rodar con Milos Forman en ‘Los fantasmas de Goya’?
– Es una forma de hacer cine muy americana, muy jerarquizada. Pensemos que hablamos del equipo que hizo Alguien voló sobre el nido del cuco o Amadeus. A Milos le teme la gente porque puede tomar decisiones que ponen patas arriba el plan de rodaje. Es muy minucioso y exigente. Recuerdo una secuencia en una sala con el inquisidor que nos llevó cinco días. Yo lo pasé muy bien.
 
– ¿Tanto como haciendo de abuelita con los chicos de ‘Lobos de Arga’?
– [Se troncha]. Con ellos lo pasé bomba, con Secun de la Rosa y Carlos Areces, que por cierto canta de maravilla. Pero me aburrí mucho.
 
– ¡No me diga! ¿Por qué?
– Estaba ilusionadísima porque era mi primera película de acción y, a priori, iba a ser una abuela de lo más trepidante, matando hombres lobo aquí y allá, pero no hice nada de todo eso. Lo hacían especialistas. Lo chachi, lo divertido, lo hacían otros con peluca. Ni conduje a mil por hora, ni le di un bofetón al hombre lobo, ni atropellé a nadie. Es la película en la que más tiempo he pasado esperando para soltar una frase. Eternamente.
 
– Acaba de rodar dos películas aún sin estrenar, ‘Inevitable’ y ‘Little Galicia’. ¿Qué puede contarnos de ellas?
Little Galicia es aún un proyecto. Si todo va bien, quizá empecemos pronto. No debería ir más allá de junio. Esta historia es muy divertida y me hace mucha ilusión. Mi parte se tiene que rodar en Estados Unidos. Se trata de una comedia romántica amable y sutil, en la que pierden los malos, lo cual está muy bien, para variar. Inevitable sí que está acabada, es una coproducción entre Galicia y Argentina, con música de Berrogüetto. Fui la única galleguiña que fue a rodar a Buenos Aires, con Federico Luppi, Darío Grandinetti... ¡Qué buenos son los actores argentinos!
 
– Todo el mundo coincide.
– A ver, es un país donde la gente hace colas kilométricas en la calle, no para ir al fútbol (que también), sino para entrar al teatro. Es un público entregado y exigente. Disfruté enormemente de la ciudad, de sus gentes y del trabajo, por supuesto.
 
– ¿Cambiaría su tierra por un taquillazo en Hollywood?
– En Hollywood no. No me atrae esa sociedad, prefiero lugares más cálidos y que tengan más que ver con nuestra cultura. Allí iría solo para trabajar con el director Rodrigo García, me interesa mucho su trabajo con los actores y sus historias. Viviría una aventura allí, pero no me mudaría.
 
– ¿Será posible verla en teatro fuera de Galicia?
– No descarto volver a trabajar con Will Keen, con el que ya hice algo hace dos o tres años. Guárdeme el secreto, pero si volvemos a grabar Familia, igual consigo hacer algo de microteatro con un compañero de la serie.
 
– ¿Vio los últimos Goya, los de ‘Blancanieves’? ¿Sintió nostalgia?
– La última vez que estuve fue el año de El orfanato. Salvo que esté implicada de alguna manera, no siento nostalgia. Yo ya viví aquello de forma muy intensa. Este año fue especialmente interesante, creo, con películas fantásticas.
 
– ¿Se pasa tan bien y tan mal como parece en la ceremonia?
– Sí. Con Mar adentro todos los actores y actrices salimos premiados. Fue algo insólito. Recuerdo que cuando me tocó el turno ya le habían dado su premio a casi todos mis compañeros (Celso, Belén, Tamar...), faltaban los de Javier y Lola, a quienes estaba convencida de que se lo daban. Me entró el pánico y le dije a mi marido: “Dios mío, se lo están llevando todo. Puedo ser la única gilipollas que se quede sin premio. Como no me lo den, se me va a notar la cara de imbécil”. En fin, sí que se pasa bien y mal.
 
 
 
¿Y cuando no prepara personajes?
 
Selecciono semillas para nuestra próxima feria de simientes ecológicas. Yo y mi marido tenemos una fundación [Fundación Galicia Verde] que pretende mejorar las condiciones de vida en el medio rural facilitando que los agricultores recuperen semillas autóctonas, se pasen al cultivo ecológico y creen pequeñas empresas que les permitan vivir dignamente y bien pagados por su trabajo. Además de eso, leo mucho, estudio y peleo. Peleo con la gente de la profesión aquí en Galicia. Estamos muy activos en oposición al desmantelamiento del sector cultural. Entre la fundación y las reivindicaciones, no paro.
 
 
 
 
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