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10-10-2019


“Puede que esté encasillada, pero en dos mundos completamente distintos”


 

Ya le llaman por su nombre y no por el de su personaje en ‘La que se avecina’. Más que famosa, Macarena Gómez considera entre risas que es una ‘celebrity’. Entre el terror y la comedia, con su intuición inmediata y su mirada inconfundible, se ha abierto paso en un oficio del que se enamoró desde que vio ‘Lo que el viento se llevó’ y ‘El último mohicano’ 



EDUARDO VERDÚ

REPORTAJE GRÁFICO: ASIA MARTÍN

Hay actrices que despiertan interés por sus estrenos y hay otras que siempre son interesantes. Ese es el caso de Macarena Gómez, nuestra vecina televisiva desde hace más de una década, esa mujer entre Bette Davis y Miércoles Adams con cuya mirada nos derrite o nos congela. Así que vigilen en qué película se la encuentran.


– Al buscar su nombre en Internet aparece continuamente su desesperada llamada para hallar a su perra Costra. Mientras hablo con ella en la oficina de su representante parece relajada, no tan compungida como se muestra en las redes sociales. Le pregunto si hay novedades sobre el paradero de su mascota y le recuerdo el revuelo que armó su búsqueda.

 Ya… Mis padres me llamaron diciendo: “Macarena, por favor, ¿qué está pasando?”. Al principio, cuando surgieron las redes, me negaba a hablar de mi vida privada, pero luego comprendí que darles la espalda suponía no estar en la realidad, así que no tuve más remedio que adaptarme.


– En esta ocasión le ha ayudado tanto Instagram como el hecho de ser famosa para dar alcance a la búsqueda. ¿Se ha adaptado también a la fama?

– Me molesta cuando la gente por la calle me dice: “Eres famosa”. Entonces les contesto: “No, no te equivoques, soy actriz, soy artista, pero no famosa”. Es evidente que ese término está denostado, ha adquirido una connotación fea porque se puede ser famoso por muchas cosas. Además, ahora se dice celebrity [risas].


– ¿Y cuándo se dio cuenta de que era una celebrity?

– Al cuarto o quinto año de hacer La que se avecina la gente comenzó a señalarme por la calle y a pedirme autógrafos. En esta profesión, tristemente, si haces cine, el público no sabe quién eres, debes salir en la tele para ser un personaje popular. Yo he vivido dos niveles de popularidad. Al principio la gente me decía: “¡Ay, Lola, la de La que se avecina!”. Y en los últimos cuatro años me dicen: “¡Hombre, Macarena!”. Cuando alguien me llama por mi nombre me produce una satisfacción inmensa. El otro día un controlador del AVE me dijo: “Quiero que sepa que es usted, Macarena Gómez, una grandísima actriz”. ¡Ay!


– ¿Por qué es una grandísima actriz?

– [Risas] Pregúntaselo a ellos.


– Al menos, ¿dónde cree que está su fuerte?

– Los directores siempre me han dicho que lo que más valoran de mí es la intuición. Cuando te enfrentas a un personaje tienes que decidir por dónde lo llevas, de dónde viene y hacia dónde va. Nada más leer un guion, yo ya veo el camino, sigo mi intuición y tomo rápidamente una decisión. A los directores les gusta que sea intuitiva. Bueno, y también les gusta mi mirada.


– Su padre asegura que tiene usted los ojos de Bette Davis. Y su marido, cuando la conoció en un bar de Buenos Aires, dijo que le recordaba a Miércoles Adams. ¿En qué quedamos? 

– Las dos tienen los ojos grandes, pero prefiero parecerme a Bette Davis por una razón muy sencilla: tiene una carrera más larga hasta la fecha [risas].



 A los 18 años se marchó a Londres a estudiar Arte Dramático. ¿Desde cuándo quería ser intérprete?  

– Yo he sido bailarina toda la vida, desde los cuatro años me he subido a los escenarios en los festivales del colegio. Me encantaba. Pero a los 13 o 14 decidí que quería ser actriz tras ver dos películas que me marcaron: Lo que el viento se llevó y El último mohicano. Me fascinaba Vivien Leigh, sus cambios de registro, cómo podía ser tan buena y tan perversa al mismo tiempo. Entonces le dije a mi madre: “Ay, mamá, yo quiero hacer lo que hace esta chica”. Y lo mismo me pasó con Daniel Day-Lewis en El último mohicano: al verle comprendí que yo deseaba aprender a transmitir las emociones como él. Fui afortunada porque mis padres estuvieron encantados con mi decisión. Es que de niña era muy sensata, tenía las cosas muy claras, era una buena estudiante y no me metía en problemas.

 

– Pero no es muy sensato querer dedicarse a esto.

– ¿Por qué no?

 

– Porque es una profesión muy incierta.

– Pero yo soy muy trabajadora. Mis padres me apoyaron siempre porque sabían que era responsable. Sabían que, si no me gustaba, si no me iba bien o no servía para esto, yo misma tomaría la decisión de dedicarme a otra cosa. 

 

– ¿Y le habría frustrado no poder ser actriz?

– ¿Sabes lo que pasa? Nunca dudé. Decirlo en una entrevista es un poco duro, pero tenía las cosas muy claras. Yo creo que valgo, aunque haya gente que opine lo contrario [risas], pero a los pocos meses de volver de estudiar Arte Dramático en Londres ya me habían dado un papel en la serie Padre coraje, de Benito Zambrano. Y pensé: “Empiezo bien”. Aunque tardé en conseguir otros trabajos, no se me ocurrió tirar la toalla.



– ¿Por qué le confían siempre esos papeles tan raros?

– Papeles frikis. Yo digo: “Mamá, ¡siempre me llaman directores frikis!”.

 

– Sin embargo, es conocida por el personaje cómico de Lola en La que se avecina. Se mueve entre el frikismo y el humor.

– Sí. Es una cosa muy rara. 

 

– No se sabe si tiene cara de hacer reír o de dar miedo.

– Ya. Hay gente que por la calle me dice: “Me encanta tu papel en La que se avecina. ¿Solo haces comedia?”. Y yo respondo: “¡Pero, cariño, yo hago otras cosas!”. A otras personas les encanta cómo hago terror y me preguntan si solo me dedico a eso. ¡Pero hombre, poneos de acuerdo! [risas]. Es cierto que en mi carrera tengo personajes muy distintos. Una de mis primeras películas fue de terror, Dagon, así que me empezaron a llamar los directores que se manejaban por Sitges. Casualmente, después hice una comedia, El Calentito, donde me vieron los productores de La que se avecina. Así que, ¿estoy encasillada? Pues puede ser, pero encasillada en dos mundos completamente distintos.

 

– ¿Y cuál le gusta más?

– Disfruto más haciendo terror. Pero los personajes de terror pueden ser cómicos o dramáticos, y a mí lo que más me gusta es el drama.

 

– ¿En su vida hay drama?

– ¡Qué va! [risas]. Bueno, lo de mi perra, pero…

 

– Así que no es una mujer atormentada como los personajes que le gustan.

– ¡Anda ya, por favor, para nada! Suelen darme personajes psicológicamente perturbados, que para mí son los más divertidos e interesantes precisamente porque son los más alejados de mí. Para interpretarlos he de investigar, y ese proceso es apasionante, aprendo muchísimo.

 

– Pero escaparse de casa a los tres años porque le obligaban a comer coliflor también roza la locura…

– Es que odio la coliflor. Pero sí, eso es ser muy dramática [risas]. Soy muy teatrera, me gusta llevarlo todo al drama, pero soy consciente de que lo hago porque disfruto.

 

– Y luego está la frikada de las barbies.

– Eso es de estar un poco como un cencerro, ¿no?

 

– Sí…

– A todos nos gusta coleccionar algo en la vida, y yo empecé prontísimo con las barbies. Tengo muchas muñecas de personajes cinematográficos: a Escarlata O’Hara, al personaje de Kate Winslet en Titanic, a Glenn Close en 101 dálmatas… Los de vestuario o peluquería de las películas a veces llegan a regalarme una Barbie inspirada en el papel que estoy interpretando.

 

– ¿Cómo es la Barbie Macarena Gómez?

– Esa no la tengo [risas]. ¿Cómo es la Barbie Macarena Gómez? La que estás viendo. Una barbie no soy. Ay, qué vergüenza estas preguntas…



– Cuando estudiaba Arte Dramático le dijeron que había que sufrir para ser una buena actriz. ¿Qué opina?

– Que es la mayor estupidez.

 

– Pero sí hay que vivir.

– Claro, nosotros creamos personajes a través de la experiencia, y lo que no hemos vivido debemos imaginarlo o inspirarnos en sentimientos parecidos. El papel más difícil que he hecho en mi vida fue el de madre sin serlo, pues no sabía qué se sentía. Haber vivido experiencias ayuda a ser más fiel al personaje.

 

– ¿Cómo le ha cambiado la maternidad?

– En lo profesional lo he llevado muy bien. He sido madre y he seguido trabajando, e incluso he tenido más trabajo después de tener un hijo que antes. Soy muy feliz trabajando, y mi profesión no me quita tiempo de ver a mi hijo: remuevo cielo y tierra para que esté conmigo en rodaje. Me encanta trabajar. Una de las razones por las que me ha ido tan bien es porque soy trabajadora.

 

– ¿Por qué vive en una casa retirada del Ampurdán?

– El campo es maravilloooso… Y así no me piden fotos [risas]. Me gusta el campo, allí puedo estar tranquila con mi hijo, mi marido y mis animales.

 

– Tiene hasta un cerdo.

– Sí, Patata.

 

– ¿Qué le dan los animales?

– El animal te da muchísima tranquilidad. A mí nunca me ha gustado vivir sola, siempre he preferido que hubiera alguien en casa. He vivido muchos años con mi hermano y, aunque no nos habláramos o viéramos, me daba mucha paz saber que había alguien cerca respirando. Por eso me gusta rodearme de animales, porque cuando estoy sola su presencia me reconforta.

 

– ¿No le gusta, entonces, la soledad?

– No. Estando sola me siento triste, pero no sé de dónde viene esa tristeza. ¿Te imaginas que tengo un trauma infantil? Tengo que estudiarlo.

 

– ¿Se lleva bien consigo misma?

– ¡Ah, yo me caigo muy bien! [risas]. Puede ser que estar sola me produzca sensación de vacío. No me importa estar sin hablar con gente sabiendo que hay otras personas a mi lado. Me estás haciendo una pregunta demasiado profunda. Quizás alguien llegaría y diría que tengo miedo a la muerte o algo, pero no. Y tampoco va conmigo esa frase de “He viajado para encontrarme a mí misma”; yo no necesito viajar para encontrarme a mí misma.

 

– ¿Ya se ha encontrado? ¿Sabe quién es?

– Sí [risas]. Y también sé lo que quiero en la vida.

 

– ¿Y qué quiere?

– Ser feliz.

 

– ¿Qué le da a usted la felicidad?

– Mi familia me hace muy feliz. No solo mi hijo, sino mi marido, mis padres y mis hermanos. Y el trabajo también. Si no trabajo, entro en un estado de ansiedad, necesito trabajar continuamente.

 

– ¿Y qué le hace infeliz?

– A lo largo de la vida me he encontrado con personas tóxicas, con gente que me ha decepcionado, y en ese momento he sentido mucha rabia, incluso odio, pero me doy cuenta de que lo olvido rápido. Muchas veces deseo odiar y sé que no soy capaz de hacerlo del todo. He tenido una educación judeocristiana que me ha enseñado a perdonar.



– ¿Cómo lidia con el paso del tiempo, con llegar a los 40?

– ¡Si no parece que tenga 40! [risas]. No tengo ningún problema con crecer, con hacerme mayor, con que me salgan más arruguitas. Lo estoy llevando bien, a lo mejor si me lo vuelves a preguntar a los 50… A nivel profesional no me ha afectado todavía. Tengo que asumir que hay ciertos papeles que ya no me van a dar, pero por ahora no me han dejado de ofrecer trabajo por haber entrado en una edad crítica. Y a nivel personal, hay que aceptar el paso del tiempo, cuando era pequeña ya sabía que crecería y me haría viejecita. No me ha venido de nuevas.

 

– Además está su madre, cirujana plástica, para arreglarle las arrugas.

– [Risas]. ¡Qué va! En casa del herrero, cuchillo de palo.

 

– Es peligroso para una actriz pasarse con la cirugía.

– Claro, imagínate el bótox por aquí y por allá, las facciones… Bueno, un poco, pero con cuidadito [risas]. Yo me pongo mucho ácido hialurónico en los ojos, pero mi madre siempre me dice que, si voy a hacer un papel dramático, está muy bien que se me vean las arrugas.



– ¿Qué aspiraciones tiene?

– Vivir de mi profesión hasta muy viejecita. Si me dices que mi aspiración es ganar el Óscar, ¡a quién no le gustaría!, pero nunca he aspirado a eso. Me gustaría trabajar más fuera de España, y no me refiero a Hollywood, sino a Europa y Sudamérica. Eso siempre es muy enriquecedor. Dos años atrás rodé una película de bajo presupuesto en Escocia y me lo pasé fenomenal. Si ahora me llaman para una película en Albania, ahí que me voy yo

 

– ¿Qué le ha hecho evolucionar como artista?

– La experiencia. Y no te creas que soy de las que ven sus trabajos anteriores. A lo largo de mi vida también me he encontrado con grandes actores de los que he aprendido. Te voy a decir una cosa: los veteranos son los más generosos a la hora de darte consejos. Las personas que más me han guiado han sido Verónica Forqué, Carmen Maura, Antonia San Juan… las actrices de toda la vida.

 

– ¿Su marido le ayuda en esta profesión?

– A Aldo le gusta todo lo que hago [risas]. “Muy bien, cariño, qué bien lo haces”, me dice siempre.

 

– ¿No es crítico con su trabajo?

– ¡Qué va! Tampoco ha visto todo lo que he hecho [risas]. El otro día me dice: “Estaba en Netflix y había una peli tuya”. Yo le pregunté: “¿Y qué tal?”. “Muy bien”, me respondió. Qué mal queda esto… [risas].

 

– Parecen una pareja muy divertida: usted se dedica a la interpretación y él es instructor de paracaidismo, empresario, productor, músico y director de cine.

– Con él es imposible aburrirte. Mi marido es muy creativo. Abrimos en octubre un túnel de viento en Zaragoza. Es nuestro gran proyecto como empresarios. 

 

– A él le gusta saltar en paracaídas y volar en túneles de viento. Sorprende cómo le sigue en todas esas aventuras.

– En mi familia nadie ha buscado ese chute de adrenalina, pero yo sentía que tenía esa necesidad dormida y con Aldo la he saciado.

 

– Antes de conocerle, ¿qué colmaba su sed de emociones fuertes?

– La actuación. He hecho poco teatro, pero el instante antes de salir al escenario es un subidón de adrenalina. Tengo esa sensación el primer día de rodaje de una película o de una nueva temporada de La que se avecina.

 

– ¿Qué otras cosas llenan su tiempo al margen de la actuación?

– Viajar por el mundo. Empecé a estudiar Historia del Arte y me gusta conocer el pasado de los lugares que voy visitando. A mí eso de irme al Caribe para tumbarme al sol cuatro horas mientas tomo daiquiris me parece un rollazo. Me encanta saber la historia de los sitios y fantasear con que soy otra persona en otra época.

 

– ¿Está contenta con su día a día?

– Claro, me considero una tía muy feliz. A veces lo pienso y digo: “¡Ay, pero qué feliz soy!” [risas].

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