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20-07-2017 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 
 
Madrid en el cine
 

ELVIRA NAVARRO*
Hace unos años, durante la presentación de un libro, alguien dijo que Madrid apenas salía en las películas por la dificultad que entrañaba tener buenas perspectivas. La aseveración me dejó atónita. No me constaba que la capital no hubiese sido profusamente rodada. De hecho, antes de desembarcar en esta ciudad (llegué a los 18) atesoraba en mi memoria incontables escenas de películas donde aparecía un Madrid luminoso, oscuro, sórdido, divertido, anodino, profundo, noble, miserable y hasta irreal, como el de La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville. Ahora pienso que esa persona que habló de la escasa representación de la urbe en el celuloide quizá estaba confundiendo la realidad con ese lugar común según el cual Madrid, por ser feúcho, no queda bien en las ficciones. También podría haber sido víctima de una inferencia: puesto que es difícil tener buenas perspectivas, dedujo que la ciudad salía escasamente en los filmes. Pero la realidad es que, en España, Madrid ha sido la ciudad más veces elegida como espacio para las películas, lo que tiene lógica por razones simbólicas y económicas.
  
   Desde los años veinte, como pusieron de manifiesto filmes de la talla de Metrópolis o Berlín, sinfonía de una gran ciudad, se torna evidente que, si hay un arte capaz de atrapar la complejidad del hecho urbano con precisión, ese es el cine. Frente a la pintura y la fotografía, que son demasiado estáticas aun cuando reproducen el movimiento, y también frente a la escritura, que es donde más profusamente se inventa la ciudad en la medida en que el lector ha de imaginarla mediante las palabras, el cine permite captar las capas y procesos superpuestos: la demografía, las infraestructuras, los transportes, la industria, el comercio... El cine es donde más cerca estamos de poder asistir a la historia de la ciudad. Y de Madrid, el registro es profuso. Si nos remontamos a la Guerra Civil, por ejemplo, tenemos no pocos largometrajes que inmortalizaron la calamidad en las calles madrileñas. Son los casos de Nuestro culpable, de Fernando Mignoni, o Heart of Spain, de los norteamericanos Herbert Kline y Paul Strand. El impacto de la contienda y la dureza de la represión traumatizaron al país durante décadas, y el celuloide fue una de las artes más empleadas para exorcizar los demonios y el sufrimiento, que en la capital alcanzó el grado máximo debido al largo asedio. En las películas y documentales acerca de la guerra y la posguerra se muestra un Madrid destruido. A partir de la segunda mitad de los años cuarenta comienzan a rodarse multitud de títulos y la ciudad va apareciendo de manera costumbrista y castiza. Entre las cintas que inciden en este enfoque destacan El crimen de la calle Bordadores y Mi calle, de Edgar Neville; Cielo negro, de Manuel Mur Oti; De Madrid al cielo, de Rafael Gil; Historias de la radio, de Sáenz de Heredia; Los ladrones somos gente honrada, de Pedro Luis Ramírez; o Manolo, guardia urbano, de Rafael J. Salvia. En bastantes de ellas se entremezcla el nacionalcatolicismo con la (a menudo involuntaria) denuncia social a través de un Madrid popular que, de forma tragicómica, se enfrenta a una cotidianidad durísima. Por esta época se empieza también a hacer una crítica consciente a la realidad social y política por parte de directores más comprometidos, y desde esta voluntad crítica surgen algunas de las mejores obras del cine español de todo el siglo XX, con títulos como Los chicos y El pisito, de Marco Ferreri (e Isidoro M. Ferry la segunda); El verdugo, de Luis García Berlanga; Atraco a las tres, de José María Forqué; El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez; o Surcos, de José Antonio Nieves Conde. El Madrid de estos filmes es sucio, feo, pobre, desolador.

   El desarrollismo cambia esa estampa triste. Empieza el despegue económico. La ideología dulcificada del régimen se extrema. Y esas clases abnegadas que salen en las películas de corte comercial, encantadoras en su humor y su carácter, buenas de corazón y moralidad, se abren a la alegría y frivolidad del consumo. El Madrid de estos filmes, ya en color, aparece esplendoroso. Quizás el ejemplo más sobresaliente de este cine propagandístico sea Las chicas de la Cruz Roja, de Rafael J. Salvia.
 
   Tal vez por reacción al celuloide de los cincuenta y sesenta, es decir, por una voluntad de distanciarse del franquismo, el casticismo y el costumbrismo, los directores  señeros de los setenta no recorren la ciudad con la cámara. Ruedan de espaldas a ella. Por ejemplo, Saura y Armiñán solo la sacan de refilón en Mi querida señorita y Cría cuervos, de reojo vemos un Madrid lleno de propaganda electoral y manifestaciones en el cine de la lucha contra el franquismo y de la Transición. Únicamente José Luis Garci muestra Madrid con una mirada cinematográfica de estilo clásico, a través de largos planos de la ciudad nocturna. Solos en la madrugada es una buena muestra de ello. Mientras tanto, el cine quinqui saca tajada del extrarradio: las chabolas, los bloques de realojo o los descampados donde Eloy de la Iglesia y Saura filman escenas míticas por su naturalismo. En los albores de los ochenta la capital sigue siendo un territorio destartalado que, sin embargo, empieza a figurar de otra manera en la pantalla, sin la seriedad de los setenta, como un lugar de posibilidades: autores tan diferentes entre sí como Almodóvar, Colomo, Trueba y Zulueta, coinciden en explorar Madrid de otro modo. Aproximadamente a partir del año 1984, con el fin de la Movida y la salida de la crisis, Almodóvar, Trueba y Colomo se afianzarán virando hacia un cine más comercial. La visión de la urbe vuelve a teñirse de convencionalismo, lo que no impide que se generen imágenes inolvidables con Madrid como protagonista: desde la persecución de Mujeres al borde de un ataque de nervios por los subterráneos de AZCA hasta las escenas de los tejados de Lavapiés en Bajarse al moro.
 
   Y en fin, que si bien podría seguir, no es mi intención ser exhaustiva, sino dar aquí la respuesta que no fui capaz de articular aquel día en que se dijo que Madrid no salía en la pantalla grande por carecer de buenas perspectivas. Queda claro que Madrid sí aparece en los filmes, e incluso con perspectivas perfectas, pero no por su excelencia, sino por ser propias.
 

 
 
(*) Elvira Navarro (Huelva, 1978) ganó en 2004 el certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid y es autora de las novelas ‘La trabajadora’ (2014) y ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’ (2016). En su blog madridesperiferia.blogspot.com va anotando reflexiones sobre barrios y municipios del extrarradio madrileño
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