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16-01-2014 Versión imprimir

 
 
Manolo Zarzo


“Sordi y yo volvimos de Angola en calzoncillos”


Superados los 80 años y tras el rodaje de ‘Blockbuster’, este infatigable madrileño sigue en forma y dispuesto a trabajar


EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Mariè Renard
Ni al guionista más desquiciado se le ocurriría someter a su héroe, en menos de 24 horas, al entierro de su bebé a causa de una repentina enfermedad pulmonar y a un grave accidente por intentar salvar la vida de una mujer que cae al vacío desde un quinto piso. La ficción tiene sus normas, mientras que la realidad tiene al caos y a la casualidad de su lado.
 
La vida en llamas
A nuestro protagonista le ocurrió lo que la ficción no soportaría. Manolo Zarzo (Madrid, 1932), abatido por la desgracia de haber enterrado horas antes a su hija de dos meses, se dirigía a la Puerta del Sol a sellar su visado para un rodaje en Roma. Era un día de septiembre de 1960 y en una calle aledaña se había desatado un feroz incendio que devoraba el interior de unos grandes almacenes. “Éramos unos cuantos sujetando mantas que nos sacaban de Sederías Carretas. Se habían tirado ya tres dependientas. La cuarta se dio demasiado impulso e iba a caer fuera. Instintivamente me eché hacia atrás para cogerla y sentí cómo su peso me caía sobre el hombro. No recuerdo más. Estuve dos horas clínicamente muerto y después dos meses boca abajo con el torso escayolado”, rememora Zarzo.
 
 

 
 
 
– Es como si le hubieran sometido a una prueba perversa.
– [Tapándose los ojos con las manos y con la voz entrecortada] Tal vez. No voy a misa, pero creo que algo me ayudó a sobrevivir. De lo contrario, no es normal.
 
– La profesión le organizó un homenaje. ¿Supo algo de antemano?
– Nada. Fue una maravillosa sorpresa. Allí estaban Gila, Concha Velasco, Tony Leblanc, Carmen Sevilla... Los compañeros se volcaron. Hasta Vicente Escrivá, con toda la mala leche que tenía, me esperó para hacer Margarita se llama mi amor. En cambio, ningún implicado me lo agradeció. A la chica nunca volví a verla, pero sé que salió ilesa.
 
Torero, vaquero y cura
Zarzo se declara fan de la juvenil Big Bang Theory, “una serie con estupendos actores, diálogos geniales y, ojo, un gran doblaje”. Nuestra llegada interrumpe una de las aventuras de Sheldon, Penny y compañía, pero el actor confiesa que no ve demasiada televisión. “Hay actores cómicos fantásticos en series españolas, como las de los vecindarios. Sin embargo, se ven interpretaciones lastradas por una mala dicción, algo que no deja de asombrarme”.
 
– ¿Echa de menos el trabajo en la pequeña pantalla?
– Sí, porque he trabajado en muchas series: Fortunata y Jacinta, Compañeros, El súper, Juncal...
 
– Muchos recuerdan su mano a mano con Paco Rabal en la serie de Armiñán.
– José María Rodero, uno de mis ídolos, me llamó para felicitarme. Rodero al teléfono: ¡no me lo podía creer! Pero desde 2009 no he vuelto a la tele, y lo haría encantado, porque además me siento en forma. Yo he sido de todo [contando con los dedos]: torero, gánster, vaquero, albañil, guardiamarina, universitario, golfo de barrio... ¡y hasta cura con Almodóvar!
 
 

 
 
 
– Claro, ‘Entre tinieblas’. Y por fin, después de 65 años de carrera, ha hecho de actor. ¿Cómo ha ido el rodaje de ‘Blockbuster’?
– Estoy encantado de mi papel. He pasado un frío de mil demonios en Galicia, pero era algo que no podía rechazar. Tirso Calero lo tenía escrito para mi amigo Sancho Gracia, que se nos fue, así que hubo que reescribirlo, porque básicamente contaba su vida, algo que por respeto y estima yo no iba a interpretar.
 
   Manolo Zarzo comenzó su carrera en 1948 como integrante de Los Chavalillos de España, una exitosa compañía de cantantes, bailarines y cómicos adolescentes. Ya en el colegio apuntaba maneras: “Pasaba el día cantando y enredando. Don Clarencio, mi profesor de cuarto, le dijo a mis padres, desesperado: ‘¡A este niño métalo usted a payaso, que no hay quien lo aguante!’ Y mire por dónde...”
 
– Háblenos de aquel Madrid de posguerra. ¿Hambre?
– Figúrese, éramos ocho hermanos, y mi padre, obrero de la construcción. ¿Fatigas? Todas las del mundo. En mi casa nos comíamos las mondaduras de las patatas; se volvían a lavar y se freían. No me da vergüenza decirlo. Sin embargo, en mi barrio de las Ventas, con mis padres y mis hermanos, viví una infancia feliz.
 
   Se curtió con la troupe de Los Chavalillos en escenarios de todo el país haciendo dúo cómico con su hermana Pepi. “En 1949 entró Lina Morgan de bailarina y estuvimos tonteando. Nada serio, lo que en aquella época se podía hacer a los 17 años con una chica; o sea, casi nada”, aclara divertido. Un día lo vio en el teatro de La Latina Antonio del Amo y lo llamó para su primer papel de cine en Día tras día (1951). Repetiría con él en cintas como El pescador de coplas (1954), junto a Antonio Molina, o Saeta del ruiseñor (1959), con Joselito. Veinte años después, sus dotes de bailarín y cantante le llevarían al éxito con el musical El diluvio que viene, pero antes...
 
 

 
 
 
Arriba las manos, forastero
Desde los años sesenta la nómina cinematográfica de Zarzo se nutrió de todos los palos imaginables: drama, espagueti wéstern, cine de autor, acción, gánsters, aventuras, zombis... En el camino se cruzó con figuras como Edward G. Robinson, Terence Stamp, Marcello Mastroianni o Alberto Sordi. Con este regresó medio en cueros de un rodaje en Angola: “El misionero que nos había acogido, que vestía con harapos y daba todo lo que tenía a la comunidad, vino a despedirse al aeropuerto. Me dio por quitarme la ropa y entregársela. Sordi apiñó los dedos a la manera italiana y dijo: ‘Cosa fai, Zarzo?’ Enseguida lo entendió y acabamos embarcando en calzoncillos”.
 
– En su currículum conviven estilosas obras de Bardem, Saura o Camus con títulos como ‘Siete pistolas para los Mac Gregor’ (1966) o ‘La invasión de los zombis atómicos’ (1980). ¿Cómo metió la cabeza en el wéstern y la serie B?
– Viví el mejor momento de las coproducciones y comencé a trabajar en Italia. Ettore Scola me vio en Siete hombres de oro y me contrató para el guía portugués de la película de Angola, con Sordi y Manfredi. Agárrese: el título traducido es ¿Conseguirán nuestros héroes encontrar a su amigo misteriosamente desaparecido en África? [Se troncha]. Lo pasé en grande.
 
– ¿Qué es lo más marciano que le ha ocurrido en estos rodajes?
– Lo pasé fatal en el de La sección 317 [estrenada aquí como Sangre en Indochina]. La selva de Camboya y Vietnam era un infierno: con el macuto, la radio y el fusil, los mosquitos, las sanguijuelas, los pantanos con agua hasta el cuello... Jacques Perrin, el protagonista, cogió amebas y pasó meses enfermo en París.
 
– Sabía italiano, montaba a caballo, volteaba el colt con el dedo índice, ¿cómo lo aprendió?
– El italiano y lo del arma, trabajando. A montar a caballo aprendí en el 19 de Artillería a caballo, donde hice la mili.
 
– ¿Le tentaba trasladarse a Italia?
– Cuando hice El demonio de los celos [1970] con Mastroianni y Monica Vitti, me lo planteé. Un papel llamaba a otro. Desistí por la familia, pero creo que debería haberlo intentado.
 
 

 
 
 
– De las bofetadas que da la vida, ¿cuál dolió más?
– No hablo de mi vida privada, pero le diré que en una escena de Día tras día tenía que llorar y no me salía. Antonio del Amo, que era muy bruto, me arreó tal guantazo que hizo que se me saltaran las lágrimas.
 
– Uf. Un juego. Alguien ve una fotografía suya y dice: “Sí, hombre, este es...”. Complete la frase.
– “... un buen actor”. Y si dice “un gran actor”, se me caen los pantalones.
 
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