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31-10-2019

 

Manuel Galiana

“Actuar es como hacer bien el amor, siempre quieres un poco más”

 

 

Se lanzó a este oficio motivado por el cine, pero el teatro se convirtió en su mejor aliado. Ahora da clases y capitanea una compañía en su propia sala, donde guía a sus alumnos hasta el momento de sentirse creadores

 


 

JUAN FERNÁNDEZ

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)

Pocos nombres tienen en este país más resonancias teatrales que el de Manuel Galiana. Todos los grandes personajes dramáticos que cualquier actor podría soñar los ha sido él sobre un escenario. Todos los aplausos que cualquier intérprete podría esperar desde el patio de butacas se los han dedicado a él. Todos los premios a los que cualquier profesional de la escena podría aspirar han entrado en su casa. Acumula trayectoria, éxitos y noches de gloria como para dedicarse a vivir de los recuerdos, pero que nadie espere encontrárselo mirando obras con zanjas, sino solo las que ensaya y representa cada semana en el pequeño teatro que lleva su nombre, cerca de la madrileña calle de Embajadores donde nació hace 78 años, entre cuyas paredes también enseña interpretación a artistas noveles.

 

   El Premio Nacional de Teatro (en 1998) y Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes (en 2014) tuvo una epifanía este verano en ese modesto templo consagrado a hurgar en las esencias de la dramaturgia. Sucedió tras acabar la última función de la temporada de La herida, que continuará representando este otoño junto a su grupo actoral, llamado Los martes teatro.

 

– ¿Qué le pasó aquel día?

– Algo que no me había pasado en todos los años que llevo sobre el escenario, y le aseguro que me han pasado muchas cosas. Tras finalizar, en el momento de los aplausos, de repente alguien del público se puso en pie y gritó: “¡Viva el teatro!”. Me quedé helado, sin saber qué decir, y me emocioné, no lo pude evitar.

 

– ¿Qué significado le da a ese grito?

– Que el camino hecho hasta aquí ha merecido la pena. A lo largo de mi carrera me han dado muchos premios y he recibido infinidad de ovaciones, pero que alguien del público, ¡del pueblo!, se levante para gritar un “¡Viva el teatro!”, eso no me había ocurrido nunca, y me parece la mayor de las recompensas. Me reconcilió con la concepción de servicio público que siempre he tenido de este trabajo.

 

– ¿Cómo es esa concepción?

– Los actores tenemos fama de exhibicionistas, pero yo no me identifico con esa imagen. Al contrario, siempre he pensado que nuestra misión no es hablar de nosotros mismos, por mucho ego que tengamos, sino ser meros transmisores del mensaje del poeta. Yo sirvo al público, soy un trabajador social. Es como a mí me enseñaron este oficio.

 

 

– Hermosa definición, pero quizá no todos sus colegas la compartirían.

– Por más literatura que le echemos a esta profesión, al final hay una gran verdad: el público no va al teatro a que le cuenten una historia, o mejor dicho, sí va a oír una historia, pero realmente va a que le hablen de él. El teatro es la respuesta que buscaba el hombre primitivo que empezó a hacerse preguntas y le dio por representarse a sí mismo para tratar de entenderse. Después de tantos siglos seguimos haciendo esa tarea, nos dedicamos a satisfacer el ansia que sentimos por desentrañar la condición humana. 

 

– ¿Y diría que usted lo consigue?

– Sí, al ver que el público sale de la sala emocionado, o reflexionando sobre lo que ha visto, o feliz de las carcajadas que ha soltado. Para que esa magia se dé, el actor solo tiene un instrumento: la verdad. Cuando subes a un escenario has de sentir que entras en un sueño donde todo lo vives con normalidad, incluso lo más absurdo.

 

– ¿Es eso lo que les enseña a sus alumnos? 

– Permítame la modestia: no hay un ‘método Galiana’ de interpretación [risas]. En mi caso, la experiencia me ha permitido desarrollar el olfato para detectar las cualidades y carencias de cada intérprete y ayudarle a ganar confianza y que se vaya soltando. Al final este oficio va de eso, de soltarse. Cuando empiezas, llegas con un enorme caparazón. Ser actor consiste en ir quitándote las capas que te cubren, como si fueras una cebolla, hasta que logras sentirte ligero. Al llegar a ese punto, cuando consigues ser lo que quieras, lo que diga el papel, te sientes creador, que es lo que es el actor. 

 

– ¿Creador?

– Sí, creador. El intérprete no es una marioneta en manos del director, crea el personaje a través de su sensibilidad, su formación y su manera de ser. Sobre todo en el teatro. En el cine el director te lleva de la mano, pero al levantarse el telón sobre el escenario, ahí no está el director para guiarte, ahí estás a solas con el público. En ese preciso momento, la ficción que te dispones a vivir debe ser auténtica. No lo dudes ni un instante, eso que tienes delante no es una pared de cartón, sino el mismísimo castillo de Elsinor.

 

 

– Hay actores que se han limitado a cumplir esa función. Pero a usted le dio también por dirigir, impartir clases, movilizar al gremio para proteger los teatros históricos… ¿Por qué?

– Porque me gusta mucho el teatro. Lo de la enseñanza se lo debo a los buenos profesores que tuve. En un momento dado me pareció que tenía la obligación de transmitir lo que a mí me enseñaron. Así comenzó todo. Luego me ofrecieron crear un grupo, Los martes teatro, y empezamos a ensayar en un modesto local. Un buen día me dijeron: “Toma, las llaves de tu teatro, el Estudio 2 Manuel Galiana”. Y aquí seguimos. Es una sala pequeña, de 50 localidades, que no da dinero, pero donde podemos dedicarnos a hacer lo que nos gusta de manera vocacional, aunque manteniendo siempre alto el nivel de exigencia y el prestigio. Tengo la fortuna de rodearme de gente que está tan loca por el teatro como yo.

 

– ¿Qué diría sobre este plan de vida aquel joven que un día decidió que quería ser actor?

– Mi vínculo con este oficio arranca en el instituto San Isidro de Madrid, donde tuve la suerte de contar con un gran profesor, Antonio Ayora, quien nos formó a mí, a Emilio Gutiérrez Caba, a José Carabias y a unos cuantos más. Debió hacerlo bien, a la vista de dónde hemos llegado. En aquel momento ninguno de nosotros buscábamos el éxito, solo queríamos que nos ofrecieran papeles, ansiábamos hacer los personajes más importantes de la historia del teatro. Para probarlos, para probarnos, para confirmar que podíamos hacerlo bien.

 



 

– Usted consiguió que se los ofrecieran. Tiene un currículum de personajes, obras y escenarios que muchos quisieran. ¿Cuál diría que ha sido la clave para lograrlo?

– Una carrera depende de muchos factores. Están tus aptitudes naturales, algo que tienes o no. También cuenta tu esfuerzo por aprender. Y luego debe haber un angelito que haga que te brinden esas oportunidades en las que puedas lucirte. Así me pasó a mí. Debuté en 1964 con un papel protagónico en La casa de los siete balcones. Una noche, a la salida del teatro Lara, Chicho Ibáñez Serrador estaba esperándome para invitarme a participar en El último reloj, que fue el primer premio internacional que logró nuestra tele. A partir de ahí se fueron sucediendo los trabajos en el teatro y la televisión. Pero nunca me marqué un plan: un trabajo trajo al siguiente.

 

– ¿No le gustaría haber hecho más cine?

– Sí, el cine ha sido mi espina clavada, lo reconozco. De hecho, mi atracción por este oficio proviene del cine, no por el teatro. Cerca de mi casa estaba la sala Elcano, y de pequeño me metía a ver las funciones dobles varias veces seguidas, hasta que aparecía el portero a avisarme: “Manolito, que te buscan para cenar”. El cine me fascinaba, tenía clarísimo que quería estar ahí. Por eso, cuando decidí hacerme actor, no me apunté a la escuela de Arte Dramático, sino a la de Cine. Me dieron el premio extraordinario de fin de carrera y acabé convencido de que me llamarían para rodar una película, pero debuté con éxito en el teatro y la tele… y el cine se olvidó de mí.

 

 

– ¿Esa es su sensación, que se olvidó de usted?

– Siempre lo achaqué a que nunca tuve un representante que me moviera por las productoras. A pesar de eso, hice algunas películas que estuvieron bien, entre ellas tres con Garci de las que me siento muy orgulloso. Pero me quedé con esa ilusión que tiene el que empieza y fantasea con que algún día le van a llamar. Hoy sigo con esa ilusión.

 

– ¿A estas alturas?

– Sí. Sigo convencido de que podría haber aportado cosas interesantes al cine. Mi capacidad interpretativa la he demostrado en el teatro, pero creo que tengo además una buena imagen en la pantalla, que me llevo bien con la cámara.

 

– No se quejará… El éxito no le ha faltado.

– Es curiosa la relación que uno mantiene con el éxito. El que más se recuerda es el primero. Me refiero al primer papel que te ofrecen, no al primer aplauso. A mí nunca me dio por dar saltos de alegría. Cuando Alejandro Casona me hizo la prueba para debutar en el teatro y me dijo que contaba conmigo, me fui para casa caminando muy despacito, saboreando aquella sensación. Al llegar, me preguntaron qué había pasado y respondí que me habían aceptado, pero lo dije como si fuese la cosa más natural del mundo, quizá porque ya intuía que entraba en un mundo que era mi mundo. 

 

– ¿Esa es la sensación que tiene cuando actúa?

– Sí. En la vida real me siento desplazado, pero a mí me pones delante de una cámara o en medio de un escenario y siento que la vida empieza a funcionar. Y eso que el compromiso con este trabajo a veces es muy estresante. La noche que debuté en el teatro, el primer aplauso de la función coincidió con mi primer mutis. Imagínese: no me conocía nadie, pero fue salir del escenario y el Lara entero me ovacionó. Al acabar, todo el mundo estaba entusiasmado, hasta Arturo Fernández vino al camerino a felicitarme, pero yo me moría de rabia porque sentía que no me había salido todo lo bien que podía salirme. Hasta la función número 100 no me dije: “Hoy sí lo he hecho bien”.

 

– ¿Es muy autoexigente?

– Cuando te tomas este oficio en serio adquieres un compromiso muy grande con lo que haces. Para mí, el éxito no han sido los premios que he recibido, sino haber podido interpretar algunos de los personajes con los que soñé toda mi vida, como el Dionisio de Tres sombreros de copa o Cyrano de Bergerac. Cuando te enfrentas a eso te olvidas de todo, solo piensas en hacer algo que se salga de lo común, algo que entre en el terreno de lo mágico. Eso genera ansiedad porque no estás a gusto hasta que llegas a ese punto. Por eso el “¡Viva el teatro!” que oí aquel día me colmó. Y me calmó. 

 

– ¿Se ha planteado la retirada, dejar de actuar?

– ¿Y dejar de sentir la energía que siento cuando estoy en el escenario? No me lo planteo, y si se da cuenta, somos muchos los que a mi edad pensamos igual y seguimos en esto. De ser actor no te retiras, te retiran. Las enfermedades, los achaques… ¿Pero jubilarnos? Aquí no se jubila ni el tato. Por orden gubernativa [risas].

 

– ¿Qué les da esto para querer seguir ahí?

– La experiencia de ser otro sin dejar de ser tú es insuperable. A todos nos atrae el misterio, y cada vez que te dan un personaje se te presenta una oportunidad de entrar en ese mundo apasionante. Es tan atractivo, tan tentador… Actuar es como hacer bien el amor, siempre quieres un poco más.

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