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12-02-2015 Versión imprimir

 


Manuel Gutiérrez Aragón
“Tengo nostalgia
de los actores”



El director retirado formula en un ensayo una declaración de amor en toda regla a los intérpretes



Este es un extracto de un artículo publicado en Babelia, el suplemento cultural de El País. Puedes acceder al contenido íntegro del texto AQUÍ



Fotografías: Enrique Cidoncha
En el corto espacio de tiempo que transcurría entre la petición de “motor” y la orden de “acción”, a Juan Luis Galiardo le gustaba intervenir en voz alta para dedicar la escena que iba a rodar a alguien del equipo, ya fuera la script, el maquillador, el del sonido o el cámara. “Con mucho cariño”, solía añadir. Cuando todo el mundo estaba tenso y concentrado, en silencio, el actor necesitaba enfriarse y salir del personaje aunque fuera por unos segundos. En otras ocasiones, se ponía a hablar por teléfono antes de escuchar la palabra “acción”. Entonces colgaba rápido, guardaba el móvil y comenzaba a actuar. A sus compañeros de reparto les ponía muy nerviosos, casi todos ellos reconcentrados y serios, porque Galiardo siempre estaba haciendo algo distinto, necesitaba desfogarse antes de entrar en el personaje. Manuel Gutiérrez Aragón ya ha terminado su carrera cinematográfica pero confiesa que se quedó con las ganas de hacer una última película: la de la vida de un actor protagonizada por Juan Luis Galiardo, fallecido en junio de 2012. “Era muy especial, el tipo de actor que a mí me gustaba, antimetódico, que controlaba externamente sus emociones, nada introvertido ni torturado”, asegura el escritor, que, con sensación de desgarramiento, se ha decidido a escribir sobre el cineasta que fue en A los actores, toda una carta de amor, una obra de género mixto, mitad ensayo teórico, mitad repaso autobiográfico. “Siempre he tenido una gran admiración por los actores pero hasta ahora no lo había confesado. Seguramente era una deuda que tenía conmigo mismo y también con ellos, pero hasta que no he dejado el cine no se me ha ocurrido hacerlo”, asegura el cineasta y escritor en su casa de Madrid.
 
   Hace años se hizo la promesa de que si un día cedía a la tentación de escribir sobre cine en vez de hacer películas, cualquier reflexión al respecto empezaría por los actores en lugar de por el lenguaje fílmico o la puesta en escena. Llegado el día, rebuscó entre sus papeles y, ¡oh, sorpresa!, se topó con dos carpetas de gomillas, una amarilla y la otra verde, llenas de apuntes, notas y reflexiones sobre teorías cinematográficas escritas a lo largo del tiempo. Con la reescritura de todos los papeles encontrados, con descartes y tomas válidas, como en un nuevo montaje, Gutiérrez Aragón fue poco a poco armando un ensayo con el objetivo de teorizar sobre la interpretación, pero, de nuevo la sorpresa, se le fueron colando los recuerdos. Se le apareció entonces Juan Luis Galiardo, pero también Ángela Molina, Fernando Fernán Gómez, Alfredo Landa o Fernando Rey. Y junto a ellos, Pamela Alonso, la chica más admirada de su pueblo, Torrelavega (Cantabria), la única mujer de carne y hueso que para ese niño de pantalón corto o bombacho podía rivalizar con aquellas estrellas del cine, Ava Gardner, Marilyn Monroe o Audrey Hepburn, a las que ya entonces profesaba un profundo amor.
 
 

 
 
 
   “Hay muchas obras y estudios sobre teorías cinematográficas, sobre los lenguajes del cine, pero pocos se detienen en los actores, esas figuras inquietantes, que viven a caballo entre dos mundos, el de la ficción y el real. Fue por eso que me propuse repensar qué era un actor, pero no solo desde el punto de vista teórico, sino también desde mi propia experiencia, a través de mis películas (…)”.
 
   A los actores, que será publicado por Anagrama, sello con el que el autor ha editado sus tres novelas (La vida antes de marzo, Gloria mía y Cuando el frío llegue al corazón), desprende cierta nostalgia por sus años de cineasta, algo que no niega aquel adolescente al que el cine le ayudó a estructurar el mundo y a verse desde fuera a sí mismo, a aquel estudiante de la escuela de la calle del Monte Esquinza, de Madrid, en la que descubrió que hacer películas no tenía nada de la ilusión plateada que él contemplaba en las salas, que era un oficio rudo, en el que resultaba difícil hacer reales los sueños. “No lo niego, tengo nostalgia. Es un descubrimiento. Es verdad, pero lo que me ha sorprendido es que de lo que tengo más nostalgia es del trabajo con los actores. También del equipo, yo que ahora escribo en soledad. El trabajo con los actores es lo único libre dentro de la técnica cinematográfica (…)”.
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