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25-10-2012 Versión imprimir
Manuel Rivas
“El cine era un paraíso inquieto”
 
El autor de ‘Todo es silencio’ y ‘La lengua de las mariposas’ descubrió la poesía en el andar dislocado de Chaplin
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
La luz crepuscular del ocaso madrileño se encariña sin remisión de esos ojos azules de Manuel Rivas, mirada de profundidad abisal y melancolía marinera, mientras el poeta lanza al viento sus palabras en la atmósfera siempre expectante del Círculo de Bellas Artes. Rivas (A Coruña, 1957), artesano del verbo, erudito de la tierra, hechicero de los aconteceres cotidianos, ha inspirado ya con sus palabras tres películas en las que la emoción se materializa y cobra cuerpo a razón de 24 imágenes por segundo. El polifacético Antón Reixa se atrevió con El lápiz del carpintero, pero la alianza es aún más estrecha en el caso de ese albaceteño medio galaico llamado José Luis Cuerda, otro maravilloso pesimista socarrón; primero fue La lengua de las mariposas, con un Fernán-Gómez inolvidable, y ahora ese Todo es silencio, historia de inocencias perdidas, mares infinitos, crueles narcotráficos y secretos inabordables en la que el propio Rivas se involucró en labores de guionista.

Como buen poeta, nuestro hombre de mirada oceánica es tan propenso a la pasión como al ensimismamiento. Otea con ojos curiosos y estupefactos el abrumador tráfago capitalino de la calle Alcalá y alterna la charla con anotaciones a pluma (y a vuelapluma) en esa libreta pequeñita que jamás le abandona. Son caligrafías primorosas, adjetivos atrapados en la telaraña de su imaginación impredecible, dibujos candorosos, manchas de tinta con forma de estrella. El periodista soñaría con pedírsela prestada y descubrir fugazmente el manantial del que brota la nostalgia como una de las bellas artes. Pero se contiene. Y pregunta.

– Alguna vez, mientras escribe, ¿advierte que sus palabras podrían traducirse al lenguaje audiovisual?
– Sí, porque todo escrito tiene un componente sensorial. Lo explicaba bien un hermoso libro al final del medievo, Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, en el que se argumenta cómo existen, junto a los cinco sentidos externos tradicionales, otros internos como la melancolía o la memoria. Cuando escribes, has de saber conectar sentidos internos y externos. Por eso todo escrito cuenta con imagen, sonido, olor. Yo, por ejemplo, escribo mucho en voz alta, pero también de modo visual, como pasando las páginas por ese proyector que todos llevamos dentro de nosotros. Cuando empiezas a escribir una historia que te genera desasosiego, a veces piensas que se despliega ante ti a la velocidad de los 24 fotogramas.

– Pero, ¿y la traslación de unos personajes abstractos a la carnalidad de la pantalla?
– Es seguramente el proceso más complicado. Una novela no existe hasta que no dispones de un personaje, un ser que engloba en su interior el bien y el mal, que es contradictorio y termina haciendo cosas que desconocías y ni siquiera imaginabas. El escritor custodia las metamorfosis de ese cuerpo abierto. Pero a veces sucede que la encarnación en la gran pantalla coincide con lo que, casi sin saberlo, tú veías en tu proyector interior. El maestro de La lengua de las mariposas, hecho carne en la figura de Fernando Fernán-Gómez, es el mejor ejemplo que me ha ocurrido hasta ahora.

– En más de un artículo ha mostrado su fascinación por la figura de Charlot. ¿Por qué?
– Porque esos andares de Chaplin, esa manera de pisar simultánea, son puro cine pero también explican la literatura. Todo parece fruto del azar, es un andar de vagabundo, como un fado improvisado. Charlot mezcla el destino y el vagabundeo, la casualidad y la causalidad, el deseo y la muerte. Y el texto poético constituye, como aquellas viejas películas mudas, el escenario de esa lucha dual.

– ¿El hecho de asistir al cine implica para usted algún tipo de ritual?
– Sin duda. El cine es un hábitat al que sigo acercándome con asombro de niño. Hay algo incluso erótico en compartir una sala a oscuras con gente a la que no conoces, en participar de una intimidad que es a la vez promiscuidad. En el cine compartes una pasión con algunas personas con las que, quizás, ni siquiera acudirías al cementerio…

– ¿Cómo era el cine de su infancia?
– El cine Hércules, en mi barrio coruñés de Montealto, un edificio que hoy alberga una especie de rastrillo y en su día acogió, en la planta alta, a la Logia Masónica de A Coruña, con Casares Quiroga y tantos otros que se exiliaron o a los que mataron. Fueron los años en que más películas vi en familia. La felicidad no existe, pero aquella época fue lo más cercano a ser feliz. El cine era un paraíso inquieto.

– Pero usted no dejaba de ser un chaval de ciudad. De barrio, pero en la capital…
– No exactamente. Mi otro referente era el Tabeaio, un local que servía de cine y salón de baile, y en ese caso ya hablamos de Corpo Santo: la pequeña aldea de mi madre, cerca de Carral. Para llegar a aquella sala debíamos cruzar una fraga [bosque] con mi tía Pepita: ir al cine se convertía en sí mismo en una película. Allí descubrimos las películas de Marisol o Joselito, y me entraban ganas de correr monte adelante canturreando Doce cascabeles…

– ¿Reivindica la ‘serie B’?
– No exactamente, porque esa terminología me suena a nicho oculto, a jerarquización, a un cierto exhibicionismo. A mí me gustaban los largometrajes participativos, como cuando en el cine Monelos vimos Solo ante el peligro y todo el patio de butacas interpretaba y se sobrecogía. Aunque entonces ninguno de nosotros tuviéramos ni idea de que el guionista de aquella película estaba siendo perseguido por McCarthy.

– Alguna vez le he escuchado que en la pantalla grande le gusta todo. Hasta las pelis malas.
– Sí. Y los anuncios. Y los trailers. Unos parientes míos tuvieron un cine en Arteixo y terminaron alquilándole la sala a un taxista para que la abriese los fines de semana. Aquel hombre me llevaba docenas de veces. Allí aprendí, por ejemplo, cómo se pegaba el celuloide con aquel pincel de pegamento. O cómo grabar la banda sonora de los trailers para luego ponerla por las aldeas, anunciando los pases de las películas. La gente escuchaba aquel barullo de caballos y disparos y se asomaba al paso de la furgoneta con cierta naturalidad, porque Galicia siempre tuvo algo de Far West. Pero a mí me encantaba aquel jaleíllo. Supongo que empezaba a comprender, sin saberlo, la doctrina de John Ford: “Cuando tengo problemas en una película, meto un caballo”.

– ¿El cine le ayudó a convertirse en fabulador?
– Todo influye. A medida que avanzas en la vida vas advirtiendo esa vocación literaria, de ficción; incluso de ciencia ficción, de alejamiento de la realidad. Así fui aprendiendo lo que quería decir Virginia Woolf cuando decía que la mejor ficción es una construcción en el aire, pero al mismo tiempo prendida por los extremos a la realidad.

– Como una tela de araña.
– Exacto. El escritor ha de poner en solfa la imagen convencional de la realidad. Hay muchos mundos; no solo las geografías planas, sino también las esferas armilares o los círculos concéntricos. Pensemos en que los primeros grafitis de la humanidad, los petroglifos, son precisamente eso: círculos concéntricos. En el primer círculo está nuestra aldea, ya sea Manhattan o Mondoñedo; en el segundo, la razón y el conocimiento; en el tercero, la imaginación, y, por último, los sueños, el inconsciente y las leyendas. Los círculos abarcan desde lo más pequeño a lo perfectamente invisible.
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