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14-02-2013 Versión imprimir
María de Medeiros
“Es ilusorio pensar que se puede callar a los artistas”

Ciudadana del mundo con DNI lisboeta, asombró en ‘Pulp fiction’ o ‘Airbag’, ha grabado tres discos y dirigido una película. Ahora se viste de Samuel Beckett en Canadá


SERGIO GARRIDO PIZARROSO
Algunos la recordarán por interpretar a Fabienne, la tierna y delicada novia francesa de Bruce Willis en Pulp Fiction; otros, por participar junto a Manuel Manquiña en la irreverente y ácida Airbag, de Juanma Bajo Ulloa. María de Medeiros es una actriz tan polifacética e inquieta que ha trabajado aquí y allá. Si buscan candidaturas para una ciudadana del mundo, aquí tienen una óptima: ella nació en Lisboa, pasó su infancia en Austria y ahora reside en París, con marido barcelonés e hijas políglotas (francés, castellano, portugués, catalán).

   Los rumbos interpretativos de esta mujer de voz suave y cálida son casi inabarcables. Desde Samuel Beckett a Henry Miller o Anaïs Nin, la literatura siempre ha estado presente en su trayectoria. “Estuve rodando en Canadá una película construida en torno al personaje de Samuel Beckett. Siempre he tenido devoción por él y jamás hubiera imaginado que un día lo interpretaría, que me transformaría realmente en él”, revela, entusiasmada.

   De este contagio por el arte y la literatura quizás tenga la culpa una familia donde hay un compositor (su padre, António Victorino d’Almeida) y otra actriz a la vez que escritora juvenil, su abuela Odette. Aunque empezó estudiando filosofía, María imprimió un giro en su vida profesional cuando aprobó en París las pruebas para una de las escuelas de teatro más prestigiosas de Europa.

   Además de interpretar, también se ha puesto detrás de las cámaras con Capitanes de abril, una ópera prima sobre la Revolución de los Claveles de Portugal. “Aún hoy, lo que más me gusta del cine es poder hacerlo”, anota sobre su versatilidad. Por si todo ello fuera poco, suma ya tres discos impregnados de músicas de raíz (fado, salsa, bossa nova, flamenco, jazz) y con letras propias en el caso del último de ellos, Pájaros eternos.

– ¿Recuerda el día en que dijo eso de “Quiero ser actriz”?
– En realidad, toda mi familia y yo misma pensábamos que haría Bellas Artes, porque crecí dibujando, dibujando y dibujando. Pero a los 15 años un director portugués, João César Monteiro, que era también escritor, me propuso participar en una película suya, Silvestre. Quería que interpretara a la protagonista, una niña que debe travestirse de hombre para ir a la guerra y salvar a su padre. Fue mi primera experiencia con el cine y quedé enamorada de esa máquina de sueños. Y encima, en ese tipo de cine más artístico o de autor.

– ¿Ha podido aplicar a la interpretación sus estudios de Filosofía?
– Por supuesto. Hay mucho lenguaje en común entre la filosofía y el teatro. No fue un gran cambio, sino casi una continuidad. Las cosas que estaba estudiando en filosofía las encontré en el teatro leyendo a Shakespeare y, por supuesto, entre los autores griegos. Toda la historia del teatro es, sin duda, un diálogo con la filosofía.

– ¿Qué le motiva para aceptar un papel?
– Son casi siempre elecciones muy intuitivas: en la primera lectura siento si ese texto me corresponde. He leído guiones que me gustaban pero para los que sentía que no era adecuada.

- ¿Ahora echa de menos su tierra lisboeta?
– Voy poco, pero esclarezco mi relación con Portugal con una frase de Fernando Pessoa: “Mi patria es la lengua portuguesa”. Mi relación con Portugal la llevo dentro, toda su cultura y esa literatura increíble.

– ¿Y París? ¿Cambia mucho un rodaje parisino de otro español?
– No, porque el cine es un lenguaje universal, y eso me encanta. Me siento en casa cuando estamos rodando, ya sea en América y Europa. Son las personalidades de los directores y del equipo, y las condiciones de trabajo (si hay dinero o no), lo que diferencia el cine, no el territorio donde se desarrolle.

– Y en esas, también se ha animado a colocarse detrás de la cámara…
– En realidad, ya con diecinueve años dirigí mi primera película, Fragmentos de teatro 2, una obra de Samuel Beckett. La rodé en el conservatorio de teatro, con mis compañeros de curso, hoy día todos actores muy conocidos. Creo que ese impulso de pasar al otro lado de la cámara tiene que ver por mi amor por las bellas artes y por la imagen.

– ¿Ser actriz facilita las cosas para dirigir a otros actores?
– Efectivamente, te ahorras un montón de palabras. No tengo que explicarles cómo hacer su trabajo, que a veces es el gran error de los directores: pensar que tienen que formar a los actores. A mí me basta con una mirada o una pequeña indicación para que el actor entienda por dónde debe ir. Existe una complicidad muy agradable.

– ¿Qué personaje le gustaría que llegara?
– Toda mi carrera fue una sorpresa, así que tengo la superstición de no desear nada. Sé que no funciona así y que, más que elegir, somos elegidos. Quizás esto sea lo más duro de la profesión.

– Ahora que acaba de publicar ‘Pájaros eternos’, ¿sería capaz de escoger entre música o interpretación?
– ¡Detesto elegir! [risas]. Hago todo lo posible por no hacerlo. Cuando ofrezco conciertos y estoy encima de un escenario, soy muy actriz porque utilizo la palabra. Y viceversa, cuando estoy haciendo teatro doy mucha importancia a la música de las palabras. Un arte está siempre alimentando al otro. El cine es una actividad muy musical, ya que el montaje es hacer música con los ritmos de las imágenes. Y pintar es hacer música con los colores.

– Y ahora, con la dichosa crisis, ¡qué mejor que la música para desahogarse!
– Sí. Y me parece injusto que en una democracia se ataque a la expresión artística, porque es una de las voces más importantes. En un momento de crisis es cuando más hay que decir. Y es ilusorio pensar que se puede callar a los artistas en tiempos en que, necesariamente, se produce mucha reacción artística.

– Fue nominada como artista por la paz de la UNESCO. ¿Se considera una persona comprometida con la no violencia?
– De alguna manera, creo que todos los artistas trabajamos por la paz. Hacer arte es no hacer guerra y defender otra forma de estar encima de nuestro planeta que no sea la violencia. Capitanes de abril es un himno a la paz porque cuenta la historia de la Revolución de los Claveles. Además, acabo de dirigir un documental sobre la Comisión de Amnistía y Reparación en Brasil, que está ayudando a las víctimas de la dictadura militar de los años setenta a reconstruir sus vidas.
 
 
MARÍA EN AMÉRICA
De Tarantino a un drama lésbico
Comenta de Medeiros que en Estados Unidos ha hecho “las películas más ricas y más pobres” de su carrera. Pulp Fiction (1994) fue su primer gran aldabonazo internacional. “Conocí a Quentin Tarantino en Europa, poco después de Reservoir dogs, y su guion me pareció algo extremadamente original y complejo. No obedecía a ningún canon hollywoodiense”, recuerda. Y admite: “No sabía si alguien querría ver una película así. Tarantino encontró un público mundial por eso, por hacer algo que no obedece a reglas”. El continente americano, y más en concreto Brasil, marca el próximo rumbo de María con A os nossos filhos, una obra teatral sobre la relación entre una madre y su hija. “La madre peleó toda su vida por las libertades sociales mientras que la hija es más conformista. La joven se casa con una chica y su lucha será la de poder formar una familia. Su madre no entenderá que la pelea sea por papeles, le parecerá muy burgués, y ahí vendrá la confrontación”, avanza sobre este montaje, basado en una historia real.
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