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19-11-2018


“He tenido que aprender a lidiar con mi fuerza y mi hipersensibilidad”

 

La actriz madrileña María Isasi, con una larga trayectoria en cine y teatro, debuta en la décima temporada de ‘Centro médico’


PELAYO ESCANDÓN

María Isasi (Madrid, 1975) es una actriz de carácter fuerte, decidida y con las ideas claras, pero con la sensibilidad propia de un artista. Lleva toda la vida dedicada a un oficio que mamó desde niña de su madre, la legendaria Marisa Paredes, y también de su padre, el director y guionista Antonio Isasi-Isasmendi. La suya fue de esas juventudes marcadas por las peripecias profesionales de sus progenitores, lo cual fue moldeándola como creadora en diferentes disciplinas artísticas, hasta el punto de licenciarse en Bellas Artes. Se dio a la pintura, la fotografía o el montaje de vídeo mientras fraguaba su carrera interpretativa. Hoy la repasa al tiempo que saborea el papel de la doctora Vega en Centro médico, a la que se ha incorporado en su décima temporada.

 

¿Cómo influyó la profesión de sus padres en su sensibilidad artística?

– En todo. He heredado esa sensibilidad desde las raíces. Fui una niña muy creativa: pintaba, cantaba, inventaba… Siempre tuve una imaginación muy poderosa. En mi casa todo tenía que ver con el teatro, el cine, la televisión y el arte en general. Desde la infancia he vivido a través de mis padres la cara amable y la menos agraciada de este oficio. Cuando mi madre me tuvo, se retiró algunos años. Más tarde se separaron, y poner en marcha de nuevo su carrera resultó difícil. Fui consciente de la inestabilidad y el desasosiego de que no llegara trabajo a casa, por lo que quise huir de esta vocación y decidí estudiar el bachillerato de Ciencias Puras. Pero la pulsión seguía latente. Por eso estudié Bellas Artes.

 

¿Cuándo se despierta su inquietud por la actuación?

Hacía teatro desde antes incluso de tener uso de razón. La inquietud ha existido siempre. Se tiene o no se tiene. Pero también era muy tímida: eso me llevó a canalizar mi creatividad hacia otras ramas más anónimas. La facultad de Bellas Artes de Cuenca era reconocidísima en su época y un hervidero de arte contemporáneo. Allí aprendí muchísimo y amplié mi criterio artístico, e irremediablemente me reencontré con la interpretación a través de talleres de investigación teatral y de los cortos que dirigíamos. Un día dejé sin gran expectativa unas fotos mías en una agencia y al poco de licenciarme me llamaron para rodar una coproducción en Nueva York y Ouarzazate con el director cubano Enrique Oliver. Y así comencé mi carrera oficial en el cine, con la comedia Cosas que olvidé recordar, trabajando junto a Ana Torrent, Alicia Borrachero y Arantxa de Juan. Antes había hecho alguna incursión muy breve en Los amantes del Círculo Polar o 99.9. A partir de ahí comprendí que mi vocación era irrefrenable.



Sin embargo, no tenía formación como intérprete.

– Una parte de mi formación fue vivir la profesión de la mano de mis padres. Me recuerdo de niña asistiendo una y otra vez a los rodajes de mi padre o a los ensayos de mi madre. Fui espectadora directa de procesos como el montaje de aquella Comedia sin título de Lluís Pasqual en el Teatro María Guerrero. Memorable. ¡Cómo no iba a aprender si estaba viviendo eso! Pero ya de adulta quise darle forma, profundizar y encontrar mi propio lenguaje e identidad como intérprete. Gran parte de todo eso se lo debo a mi maestro Juan Carlos Corazza. Al salir de su escuela seguí aprendiendo de otros grandes: Strasberg, Consuelo Trujillo, Iciar Bollain, Macarena Pombo, Andrés Waissman… Un actor tiene que estar en constante formación y entrenamiento.

 

¿Qué aprendió de esos gurús?

– Son filósofos del teatro y de la vida y artesanos de este oficio. Desde la parte más técnica hasta la menos tangible. Fueron también fundamentales en hacerme ver y valorar mis propias capacidades, hasta dónde podía llegar. Aprendí a quererme mí misma, a descubrir lo exclusivo que hay en mí. En esta profesión es importante que se le dé valor a lo peculiar y original que hay en cada uno. Yo he tenido que aprender a lidiar con mi fuerza y mi hipersensibilidad. Y también descubrir la infinita escala de colores que existe en la interpretación: su danza, su música, su magia...

 

¿Esas cualidades le han afectado de cara a los castings?

– Unas veces han jugado a favor y otras en contra. Las pruebas son necesarias, pero en ocasiones muy injustas. A menudo priman cánones encajonados en un modelo de sociedad que ya está caduco. En eso tenemos que aprender mucho de la ficción extranjera. Esos artistas de fuera que catalogamos de “raros pero carismáticos”, aquí los hay a patadas. Las mujeres de mi generación crecimos con el boom de las top models y eso nos hizo daño. Si no entrábamos en ese canon, imposible ser actrices. Así que también he tenido que hacer el ejercicio de valorarme y abrirme paso en una profesión donde todo tendía al mismo modelo de mujer. Algo machista y patriarcal. Hay que privilegiar la diversidad, lo diferente, lo imperfecto, lo real. No me interesa aquello que tiene que ver con la parte más artificial y frívola del oficio.



¿Con qué estilo de actriz se identifica?



– Me interesa la actriz que vive a pie de calle, que es cercana y pisa la realidad, que se empapa de las cosas que ocurren a su alrededor. Una intérprete que siente inquietud por el ser humano, que se preocupa por el rumbo que toma el mundo, que comprende esta profesión como parte activa en la evolución social. Una actriz que pueda hacer infinitos papeles. Y en eso estamos poniendo el ojo. Vemos trabajando a muchos más actores polifacéticos que actrices, que estamos metidas todavía en esos recortables peligrosos, machistas e irreales. Nos tenemos que nivelar con los hombres en eso.

 

¿Con qué tiene que ver esa lacra?

– Con que el mundo sigue siendo manejado por hombres. Por eso es imposible que nos veamos reflejadas. Ellos tienen más recorrido, tanto en edad como en oportunidades, pero la cosa ya cambia. Empezamos a entender que una mujer puede estar en el mejor momento de su vida a cualquier edad. Desde los 20 hasta los 80. Tengo una tía de 80 años, y si la conoces, te enamoras de ella. De su belleza, su poderío, su vitalidad, su sabiduría. ¿Dónde están las historias de esas mujeres? Por suerte, hay una hornada importante de dramaturgas, guionistas y directoras que ya abren paso hacia algo más feminista. Hacia algo más real.

 

En Centro médico le han confiado el papel de directora del hospital.

– Me hicieron el gran regalo de darme la protagonista junto a Armando del Río, que interpreta al doctor Merino, y un elenco maravilloso. Entrañaba un reto importante por el nivel de trabajo y exigencia. Encarno a la máxima responsable del hospital, separada, con una hija. Que una mujer joven gobierne una empresa de esa envergadura ya es un reto, puesto que suelen ser papeles reservados a hombres de más edad. Hacer un trabajo de calidad en una serie diaria es de las cosas más difíciles a las que me he enfrentado.

 

Solo el 8 por ciento de los intérpretes vive de su oficio en este país. ¿Cómo lo lleva?

– Pues como lo que es: una auténtica desgracia. Estamos desamparados. Esperemos que este nuevo Gobierno y los que vengan comprendan y quieran la cultura como parte imprescindible de la sociedad y la protejan e incentiven. Gracias al nuevo Estatuto del Artista también esperamos que no se nos descuide en lo referente a la fiscalidad y los derechos de una profesión tan inestable. La cultura hace que seamos más fuertes, que tengamos más claros nuestro origen e identidad, que reflexionemos y evolucionemos. Y parece que eso no le conviene a los poderes fácticos, que pretenden convertimos solo en un país de servicios y poca amplitud de miras. Pero esperar sentado a que te llamen para trabajar es una locura. Debes ponerte en marcha si eres una persona creativa y necesitas contar historias. Todo depende de dónde parta tu vocación. La mía es generar arte allá donde vaya. Por eso me he formado estos años en dramaturgia y dirección, esta última disciplina de la mano de Carlos Tuñón, un director maravilloso y de los mejores profesores que he tenido.


¿En qué andaba antes de sumergirse en las grabaciones de Centro médico?

– Los últimos años estuve haciendo teatro de la mano de José Carlos Plaza y televisión con la serie Seis hermanas. Y acabo de adentrarme en el mundo de la dramaturgia y la dirección de teatro. Eso me ha reencontrado con la parte paterna y con la escritura, algo que llevo cultivando desde pequeña. Es maravilloso actuar, pero levantar tu propia historia como director me parece el summum. Para mí es una responsabilidad ser artista, y lo reflejo en cómo vivo, cómo me relaciono, cómo intento que el mundo mejore... Podría poner una panadería mañana y seguir siendo artista.



¿Dónde trabaja con más comodidad?

– Actuar es igual de maravilloso siempre que sea en un entorno cuidado, respetuoso y de libertad creativa. Cada espacio escénico tiene su atractivo y su lenguaje. El teatro me ha dado muchísimas satisfacciones. Desde pequeña, cuando lo hacía en el colegio, pasando por el Teatro Español o el Arriaga con la obra Todos eran mis hijos, mi lanzadera en el sector, pues me concedieron el premio Ojo Crítico de Teatro 2010.

 

¿Y el cine y la televisión?

El cine cada vez es más escaso, más inaccesible y endogámico. Se ha convertido en un lujo al que consiguen acceder muy pocos. El televisivo es un campo que está extendiéndose para dar más trabajo a todo el mundo, cada vez tiene más calidad y constituye una escuela magnífica. En Amar en tiempos revueltos encontré una casa maravillosa donde viví un año muy feliz y aprendí muchísimo. Después vinieron las miniseries Días sin luz o Tarancón, de mi querido maestro Antonio Hernández, y series como Seis hermanas o Centro médico.

 

¿Cines y teatros pasarán a la categoría de museos?

– Desgraciadamente se han cerrado numerosas salas y teatros que se han convertido en tiendas de ropa y discotecas. No lo deberíamos tolerar como sociedad. Habría que respetar unos mínimos, como en Francia, donde la cultura es venerada. No se puede permitir que el Teatro Albéniz esté tapiado: al final hay cuatro teatros y todo el mundo pelea por entrar. Hay recintos que dan cabida a pequeñas compañías, y menos mal, pero la multiprogramación acaba yendo muchas veces en detrimento de la calidad.

 

¿Cuáles son las soluciones?

– No se está aportando dinero suficiente para la cultura porque desde las instituciones no se le da el valor que tiene. La cultura es historia, educación, prosperidad. Necesitamos más teatros y cines abiertos, donde se cuenten historias que conmuevan a los ciudadanos y formen parte de su vida cotidiana, como ocurre con la televisión, el fútbol o los bares. Cultura y educación tienen que ir de mano: la danza o los talleres de teatro deben entrar en la escuela. El arte es donde se desarrolla el espíritu humano.

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