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20-05-2013 Versión imprimir

 
 
María Luisa Merlo 


“Con según qué clásicos, de un bostezo 
 parto una butaca”

La actriz valenciana, decana de una fructífera saga de intérpretes, recupera el pulso escénico: "Solo me siento brillante desde hace un par de años"

 
EDUARDO VALLEJO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha 
Estamos en casa de María Luisa Merlo (Valencia, 1941) para hablar de Media naranja, la serie que protagonizó junto a su hija Amparo Larrañaga en 1986. Al mencionárselo, la actriz se acuerda inmediatamente de Fernando Delgado, “mi gran amigo, que ha muerto”. Utiliza el pretérito perfecto, un tiempo verbal que, aunque pasado, denota que la acción sigue ligada de algún modo al tiempo actual. Es como si para ella la muerte de su amigo acabara de ocurrir, como si aún estuviera presente. Se levanta y nos enseña una foto de ambos hace tiempo. “Fue durante el rodaje de la serie. Los dos hacíamos de padres de nuestros hijos. Éramos como una familia... ¿No le importa que me tumbe? Me espera mucho ajetreo”. Al día siguiente se marcha a una minigira por la Comunidad Valenciana, pero antes debe despedirse de sus hijos. “Los tengo a cada uno en un teatro”.
 
 
– Está representando ‘Villa Puccini’ por ciudades de España.
– Y acabo de estrenar con Juan Calot Amores de fábula, de Ángel Galán, con dirección de Alejandro Arestegui. Se trata de una historia de amor entre dos personas que se reencuentran al cabo de mucho tiempo y que integra numerosos textos de clásicos: Lope, Calderón, Zorrilla, etc. Estrenamos en Segovia hace poco, pero ahora tengo que retomar Villa Puccini porque hubo mucha gente que se quedó sin entradas cuando estuvimos en el Rialto de Valencia. Es más, aún nos quedan actuaciones de Cien metros cuadrados, un espectáculo que ha tenido enorme aceptación.
 
– Total, que no para.
– No paro. Hay días en que tengo que desplazarme de Irún a Ceuta.
 
   Al hablar de sus proyectos la Merlo se incorpora y se sienta, como movida por un resorte interno. Es un gesto que repetirá varias veces a lo largo de la charla cuando el tema de conversación le motiva especialmente.
 
– ¿Sigue subiéndose a las tablas por pasión o por necesidad?
– Por pasión y por necesidad anímica, no económica. No soy millonaria, pero vivo desahogadamente. Necesito subirme al escenario. Fui educada extraordinariamente para esta profesión por una persona que se llamaba Ismael Merlo. Como todo el mundo hice trabajos alimenticios, pero a los 50 todo cambió, decidí dejar de hacer la loca y ponerme estupenda. Recuperé la afición, la vida sana y la curiosidad. Hice mi primer curso en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres y desde entonces estoy constantemente reciclándome. Hoy por hoy me encuentro en plena condición física.
 
– ¿Cómo recuperó esa pasión?
– Al recuperar la estabilidad.
 
– ¿Qué le había hecho perderla?
– Una fuerte depresión de tres años. En escena no se me notaba, pero fuera me quedaba encogida como una ancianita. La gente de mi generación lo ha tenido difícil.
 
 

 
 
 
¿Bailarina o Virgen María?
– Sus padres fueron actores de fama, especialmente Ismael, una estrella. ¿Cómo fue su relación con ellos?
– Maravillosa. Era una niña muy mimada a la vez que muy disciplinada. [De nuevo sentándose]. La verdad es que veía siempre a mis padres tan cansados que no me gustaba la idea de dedicarme al teatro, pero fue en lo que acabé.
 
– No veía el teatro con buenos ojos.
– Todos los hijos de actores culpamos al teatro de las largas ausencias de nuestros padres. Muchos de ellos se dedicaban al teatro por inercia. Yo no, por eso quise ser bailarina, para llevar la contraria. De hecho, aquí debuté en la revista Te espero en el Eslava como primera bailarina después de haberlo hecho a los nueve años en el teatro de la ópera de Verona con una compañía de danza clásica.
 
– ¿Era inevitable que dejara el ballet?
– En el Eslava me vio José María Forqué y me llevó al cine. Fue mi descubridor, hice mucho cine e incluso tuve la oportunidad de trasladarme a Italia, pero opté por España.
 
– ¿Con qué ojos miraba la joven bailarina quinceañera a la vedette Nati Mistral?
– Todo el día lo pasaba entre cajas viéndola cantar. Me quedé con las ganas de aprender canto.
 
– ¿Por qué no lo hizo?
– Mi padre no quería que hiciera revista. Era muy listo, me metió en la cabeza que no tenía condiciones para cantar.
 
– ¿Era muy recto?
– Conmigo nada. Era un padrazo. Si mi madre le pedía que me regañara, él rezongaba y me guiñaba un ojo.
 
Merlo habla con añoranza y devoción tanto de su padre como de la danza. Se intuye que, aunque adora la interpretación, sigue siendo bailarina de formación y de corazón. Su padre se llevó un gran disgusto cuando dejó la danza, porque “en eso era muy buena. ¿Sabe lo que me dijo? ‘Has cambiado el idioma universal que te haría ver el mundo por el que solo te va llevar de Irún a Algeciras’”.
 
– ¿Y tenía razón?
– Toda la razón. Con el franquismo, los actores no salíamos de estas cuatro paredes.
 
 

 
 
 
– Su padre prácticamente dejó este mundo sobre las tablas, haciendo ‘Diálogo secreto’, de Buero Vallejo, en 1984.
– Terminó la función del domingo y murió a las diez de la mañana del día siguiente. Se veía ya muy mal y quería morir sobre los escenarios. A Carlos Lemos le dijo que lo que a él le esperaba a la puerta del teatro era un coche fúnebre.
 
– ¿Usted trabajó en esta función?
– Estaba atontada. Quería estar tan cerca de él que diez días después, cuando Lola Cardona dejó la compañía, Gustavo Pérez Puig me ofreció sustituirla y acepté de cabeza. Tenía sensaciones muy extrañas. Lo veía por todas partes y finalmente, al cabo de un año, caí en una depresión.
 
– ¿Llegó a trabajar alguna vez con él?
– Muchas veces. La primera cuando formamos compañía, unos meses después de nacer Amparo, en 1963. No sonaba el teléfono, así que mi padre, Carlos [Larrañaga] y yo montamos nuestra compañía, la compañía capicúa: Merlo-Larrañaga-Merlo. Y él, con la generosidad que le caracterizaba, siempre quería que figurara mi nombre delante del primer “Merlo”.  
 
– ¿La presencia de su padre en escena le daba seguridad o la intimidaba?
– Te clavaba la mirada de tal manera que te metía en situación, pero lo hacía con su hija y con el que acababa de llegar. No hacía distingos. Trabajar con él me hacía feliz.
 
– De no ser actriz o bailarina, ¿qué le hubiera gustado ser?
– Ninguna otra cosa me gustaba. Le contaré una hermosa coincidencia. Yo solo fui al colegio dos años, en Valencia. El resto de mi educación la recibí en casa con profesores particulares. Mi padre, que era de izquierdas, no quería que me adoctrinaran. El caso es que en aquellos dos años de colegio ya hice mi primera función escolar en un teatro que entonces se llamaba Casa de los Obreros. En ese mismo escenario, hoy llamado Teatro Talía, voy a actuar la semana que viene.
 
– ¿Qué papel hacía en aquella función?
– De Virgen María. Además había montado la coreografía de la adoración de los pastores. Y allí estaba yo, con mi niño en brazos y supervisando el baile. [Hace que acuna un bebé y se troncha]. Jamás pensé en hacer otra cosa, ni en retirarme, aunque me lo han pedido varias veces, como el padre de mis hijos.
 
– Sus hijos Amparo y Luis también escogieron la profesión, ¿esto le hacía sufrir o le enorgullecía?
– Sentía orgullo, porque inmediatamente vi en ellos talento y disciplina. La disciplina es oro; el talento, oropel. Hace falta talento y afición, de acuerdo, pero sin disciplina acabas tirado en la calle. Eso se lo he repetido muchas veces. La ventaja es que nuestra familia se codeaba siempre con los mejores: Bódalo, Lemos, Prendes... ¡Los doce hombres sin piedad!
 
   Alude a la legendaria recreación del clásico cinematográfico de Reginald Rose que se hizo para Estudio 1 en 1973. En ella, junto a su padre, figuraban un buen puñado de los mejores actores de la época.
 
– Con ellos estaba Fernando Delgado, precisamente, que me dirigió mucho en Estudio 1 y que tantos vicios y errores me corrigió. Nuestras familias se conocían de toda la vida. Nuestras madres, si se descuidan, nos paren en un escenario. De hecho yo nací en un tren.
 
– ¡Caramba!
– Mi padre le dijo a mi madre [María Luisa Colomina] que dejara la función y se fuera a Valencia para que el niño fuera valenciano. Entonces no había ecografías [ríe traviesa]. Se puso de parto en el tren y, por los pelos, parió en el hospital. Porque era primeriza, si no...
 
– No se atrevía usted a salir a escena.
– Tardé un poquito. Luego no he parado de ir en tren.
 
 

 
 
 
El secreto del magnetofón
– ¿En qué interpretación sintió que empezaba a brillar como actriz?
– Solo desde hace dos o tres años.
 
– ¡No puede ser!
– De veras. Cuando hice el monólogo sobre Leonor de Aquitania o, más recientemente, en Cien metros cuadrados. Juan Luis Galiardo, que era muy exigente y no regalaba elogios a nadie, dijo que era la mejor interpretación femenina que había visto en veinte años.
 
– ¿Es cierto que se graba para aprender sus papeles?
– No lo hace nadie que haya conocido; ni mi marido, ni mis hijos, ni mis padres. Cuando empezaba en el cine en Italia, hacía mis escenas en italiano o inglés, pero las sentía en castellano. Por entonces acababa de salir al mercado el primer magnetofón. Marca Geloso, no lo olvidaré nunca. Comencé a grabarme en varios idiomas y hasta hoy.
 
– ¿Conserva esas grabaciones?
– Las tiro todas. No miro atrás ni guardo cosas. Como verá [indica una repisa], tengo fotos de mis hijos, de Carlos [Larrañaga], de mis padres y... de Audrey Hepburn, la culpable de que quisiera ser actriz. Eso es todo lo que guardo.
 
– ¿Ha vuelto a ver alguno de los muchos dramáticos que hizo para televisión?
– Alguna vez. Por los que he visto, deduzco que me infravaloraba mucho. Era mejor de lo que pensaba. Ni mi padre ni el público me exigían tanto como yo misma.
 
– ¿Ha aprendido a tratarse un poco mejor?
– El público y los jóvenes me han enseñado a sentirme un poco más segura. He cambiado.
 
– Se hacían dramáticos muy rompedores, como ‘El bebé furioso’, de Martínez Mediero, en 1978. ¿Lo recuerda?
– Ya lo creo. En él, Amparo Baró y yo hicimos el primer desnudo de televisión. Fue en el programa Teatro Estudio. Creo que lo tengo por ahí, pero no me atrevo a verlo.
 
– ¿No se podría volver a hacer teatro así en televisión?
– Es un problema económico. Antes lo hacíamos con tres cámaras y en dos días, ahora hacen falta veinte. El Estudio 1 se emitía los viernes y se vaciaban los teatros. Mi padre lo decía: “Ya va a salir la niña, ya me va a vaciar el teatro”.
 
– ¿De cuál tiene mejor recuerdo y por qué?
– Recuerdo con cariño el primer Estudio 1 de Pilar Miró, en 1968. Quiso que lo protagonizara yo. Era ¡Sublime decisión!, de Miguel Mihura, que retrata a una mujer trabajadora y emancipada, una comedia deliciosa.
 
 

 
 
 
Madre, ¿no hay más que una?
– Saltamos al año 1986. ¿En qué momento profesional le pilló ‘Media naranja’?
– En un buen momento, porque había llegado de triunfar en México con Orinoco junto con Gemma Cuervo. Había pasado un año en la obra de Buero en que murió mi padre y después Marsillach me había llamado nada más fundar la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en la que estuve dos años y medio. Justo después, llegó Media naranja.
 
– ¿Aún pesaba la separación de Carlos en su vida personal?
– En absoluto. Llevábamos ya años separados, desde mucho antes de que me fuera a México. Pero nuestra relación siempre fue muy especial. Carlos y yo fuimos grandes amigos hasta el final. Tenga en cuenta que poco menos que nos habíamos criado juntos porque nuestras familias empezaron compartiendo escenarios.
 
– El gran éxito que tuvieron ayudó a lanzar la carrera de Amparo. ¿Dio también mayor relieve a la suya?
– A Amparo, que había hecho bastante teatro, la catapultó. A mí me ayudó, pero, como siempre, acabé volviendo al teatro.
 
– ¿Le resultaba extraño hacer de madre de su hija en la ficción?
– Me examinaba delante de ella. Buscaba su aprobación. Quería que se sintiera orgullosa de mí.
 
– ¿Se llegaban a mezclar los dos mundos?
– No, para nada. En nuestro caso es como si fuéramos otras personas. Lo mismo pasó con Luis en Aquí no hay quien viva. Ni yo voy de madre, ni ellos de hijos. Fuera de la escena somos una familia normal y, por supuesto, no competimos. Eso nos lo enseñó mi padre.
 
– Fue TP de oro y candidata a un Fotogramas por su trabajo en ‘Media naranja’, ¿qué tenía de especial?
– Que dominaba bien la comedia y que se trataba de una comedia con alma, con seres humanos a los que pasan cosas. Mi padre decía que la gran comedia requiere un momento serio para encogerle el corazón al espectador, un momento en que el actor debe tirar de las riendas para detener el caballo.
 
 

 
 
 
– Antes había pasado por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¿Qué tal se llevaba con los versos de Lope y Calderón?
– Aprendí mucho de Adolfo Marsillach, con el que había trabajado ya en una película de Forqué, 091 Policía al habla [1960]. Recuerdo que la censura convirtió al camionero que me violaba en un jovencito. Qué estupidez... Pero debo decir la verdad: yo, con según qué clásicos, me aburro como una mona [ríe ante su propia osadía]. Con esas funciones de tres horas de Calderón de la Barca, de un bostezo parto una butaca. Soy un poco contradictoria, de todos modos, porque luego estudio a Shakespeare en Londres.
 
   A María Luisa Merlo (Valencia, 1941) le llevan los demonios algunas cosas, pero aún sigue especialmente indignada con aquellas palabras del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, poniendo en tela de juicio el derecho a opinar de algunos actores.
 
– Me ha jorobado mucho que hayan puesto verdes a los actores por lo de la gala de los Goya. El ministro de Hacienda debe saber que nosotros pagamos impuestos como todo el mundo. Nosotros no explotamos a nadie, salvo a nosotros mismos, y podemos decir lo que nos dé la gana.
 
 

 
 
 
‘Media naranja’

Los datos.
Una de las primeras comedias de situación ‘modernas’ de nuestra pequeña pantalla, con realización de Jesús Yagüe, guion de Rosa Montero y sintonía de Javier Bergia. Fue estrenada por TVE el miércoles 5 de marzo de 1986 y emitida a lo largo de 12 capítulos de 30 minutos.
 
El argumento. Julia (Amparo Larrañaga) acaba de mudarse al bloque. Es una chica lista y con iniciativa, la mayor de cuatro hermanos, pero con escasa suerte en lo sentimental (suele acabar con progres trasnochados mucho mayores que ella). En el bloque vive Luis (Iñaki Miramón), un chico solitario e indeciso, cuya madre lo tiene en un puño. Están destinados a estar juntos, pero las cosas no son tan fáciles.
 
El elenco. A los jovencísimos Amparo Larrañaga e Iñaki Miramón, protagonistas de la serie, se les unió un variado reparto de actores jóvenes y veteranos, entre estos destacaban Rafael Alonso, José Vivó, Fernando Delgado o la propia María Luisa Merlo.
 
 
 
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