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20-12-2013 Versión imprimir

 
 
 
Mariana Cordero
“La vida es muy fuerte”


Profesora de toda una generación de actores desde el Centro Andaluz de Teatro, esta ‘madre coraje’ defiende que meterse en un personaje “te transforma en todo”
 
 
FERNANDO NEIRA
Reportaje gráfico: Belén Vargas
Un antiguo alumno suyo de la EGB y aspirante a actor en los tiempos del Centro Andaluz de Teatro nos lo confía en la víspera. “¿Mariana? Una persona maravillosa. ¡Y una mujer de carácter!”. Corroboramos con creces el diagnóstico a lo largo de una mañana de conversación sobre la interpretación y la vida, que en su caso vienen a ser lo mismo, con Mariana Cordero. Una mujer intensa, pasional y apasionada; zarandeada a veces por el destino y eternamente dispuesta a levantarse del suelo –menuda es ella‑ con fuerzas renovadas. Observadora de cuanto le rodea con una minuciosidad casi voyeurista, enamorada de las calles de esta Sevilla arábiga, respetuosa permanente con las fuerzas de la naturaleza (“¿sabías que clasifico mis personajes en tierra, aire, mar y fuego?”) y de los seres teóricamente inanimados. Un perrillo se le enreda entre las piernas en la Plaza de Santa Cruz y ella le dedica miradas y lisonjas como si lo conociera de otras veces. “No, es la primera vez que lo veo, pero con los perros mantengo de siempre una relación fortísima. A los siete años me abrazaba a Tarzán para que no se marchase detrás de las perras; nunca ningún hombre me provocó un sentimiento de celos tan profundo… Siempre he tenido alguno en casa y me sirven para ensayar improvisaciones”, desliza en la primera de las confesiones heterodoxas que se sucederán durante la charla.
 
 

 
 
 
   Ningún observador sensato le adjudicaría la edad que delata su DNI, pero ella quiere que conste: Villafranca de los Barros, Badajoz, 1949. “Sí, son muchos días y muchas noches. Me quedan dos telediarios, pero podré decir que viví mucho y muy intensamente”. A veces aflora un poso de melancolía en su discurso, el de una mujer de rostro adusto que esconde “a una perfecta comedianta”. Tercera de siete hermanos, cargó desde siempre con el sambenito de díscola y desvela que su anciana madre, aún hoy, jamás la ha visto subida a un escenario. ¡A Mariana Cordero, pionera del teatro contemporáneo andaluz! “A mis padres nunca les parecieron serias ni mi vida ni mi profesión. Él era director del Servicio Nacional de Cereales, un cargo relevante y oficial…”. Pero, a sus flamantes 64 años, Mariana convive pacíficamente con sus presuntas rarezas, ha encontrado un sabio espacio de confort dentro de su propio pellejo y tan pronto pega la hebra con algún anciano de la calle (“me admira la gente sabia”) como ejerce una sana misantropía. “Levantarse a las siete y sentir la brisa que se entremezcla con el jardinero. Saborear la quietud. Pisar la arena en una playa solitaria a la caída de la tarde. Pasear de madrugada por las calles vacías, aunque eso cada vez resulta más difícil. Café y periódico en soledad. El silencio es de una belleza difícil de superar”.
 
 

 
 
 
– El caso es que su hermana mayor también sintió el veneno de la interpretación, en los tiempos de Esperpento...
– ¡Claro! Carmen fue quien me metió en aquella compañía universitaria, aunque luego terminaría consagrándose a la medicina. Pero allí comenzó todo, recorriendo Europa con una furgoneta cochambrosa que terminó dejándonos tirados en Berlín. Tuvimos que volver desde allá haciendo autoestop…
 
– A cambio, tuvo de compañeros a personajes ilustres, desde Miguel Rellán a… ¡Alfonso Guerra!
– Sí, aunque a mí, como era la más pequeña, no me hacían ni caso. Ya por entonces me apodaban La Rabiosa y Alfonso aprovechaba para meterse mucho conmigo. Le encantaba pincharme, enrabietarme más.
 
– ¿Qué cosas le siguen sublevando ahora?
– La prepotencia, la injusticia, la mala educación. La humillación al débil: el señor que no le cede el asiento en el metro a una mujer negra embarazada, el padre que le grita “¡eres tonto!” a su hijo. Yo tengo carácter fuerte, de acuerdo, pero jamás me enzarzo en discusiones. Dialogo mientras me escuchan, sin gritar; y cuando dejan de hacerme caso, me voy.
 
– Entre sus pupilos del CAT figuran nombres hoy muy ilustres, desde José Luis García Pérez a Félix Gómez o Ana Fernández. Además de orgullo, ¿alguna vez sintió un ápice de envidia?
– ¡No, por Dios! Ni un gramo de pelusa. Si no te superan tus alumnos y tus hijos es que andabas poco atenta. Solo me cabrea que algunos grandes actores, y no diré nombres, se restrinjan a un personaje determinado y no ofrezcan todos sus abanicos de posibilidades. Sí, ya sé que debes aprovechar los golpes de fortuna y pagar las facturas. Pero me entran ganas de decirles: ¡olvida las facturas, compra menos cosas!
 
 

 
 
 
– ¿Y cómo evitar los encasillamientos, si los mismos directores o productores los propician?
– ¡Qué me va a contar! Mire, yo estaba haciendo Yerma con Miguel Narros en 1997 cuando falleció mi marido, muy joven, y decidí dejar las tablas hasta que mi hija fuese mayor de edad. Y en esas me salió el personaje de Padre coraje, la teleserie de Benito Zambrano: una mujer inmersa en un drama fortísimo, sujeta a un dolor que no se puede expresar con palabras. Desde ese mismo día, cada vez que me remiten un guion me pregunto a partir de qué página me tendré que poner a llorar. Y lloro bien, conste, pero… me agota trabajar en tantos personajes sujetos a circunstancias penosas. Esta carita de malas ideas que me dio mi madre sirve para la comedia fina. Sin caer en caricaturas ni estereotipos, yo he hecho reír toda la vida.
 
– ¿Cuál es el sentimiento más difícil de transmitir sobre un escenario?
– Depende de quién te acompañe. Si tienes enfrente a un compañero generoso, como Juan Diego, nada es difícil: el trabajo se convierte en un placer casi orgásmico. Pero no eludiré la pregunta. Inmersa en un monólogo, pongamos por caso, la frustración se convierte en el sentimiento más complejo: es la suma de soledad, impotencia, dolor o fracaso, una mezcla explosiva. Pero si buceas en tu infancia, descubres que a los diez años ya has experimentado todas las emociones del género humano e indagas en cómo respondió tu cuerpo.
 
– A tan tierna edad, parece que muchas cosas aún ni se atisban.
– Pues sí. Incluso el abandono. Aunque todavía no hayamos conocido los sinsabores sentimentales, piénselo: ¿cabe imaginar mayor sensación de abandono que la del primer día de guardería?
 
‑ En ‘La torre de Suso’, uno de sus papeles más celebrados para la pantalla grande, hay mucho de abandono.
‑ Esa esposa de minero, encerrada en casa mientras su marido se juega el pescuezo bajo tierra o se alcoholiza para borrar el horror de su vida, era pura soledad. O la mujer que afronta en Princesas el vacío de la jubilación y advierte que nadie la necesita. Muchas madres acaban sintiéndose bien cuando un hijo enferma de gripe, porque vuelven a saberse necesarias. Es muy fuerte. Pero es que la vida es muy fuerte.
 
 

 
 
 
– En los momentos más dolorosos de su periplo vital, le tuvo que dar plantón nada menos que a Lorca.
– Sí. Con los años acabaría resarciéndome con Luces de bohemia, a las órdenes de Lluís Homar. Lorca es grandísimo, pero por Valle-Inclán siento adoración. De él me gusta hasta la sombra. No puedes quitar ni un signo, ni una coma. Mi mejor amigo, que es profesor de Literatura, sostiene que Valle y Cervantes comparten el gusto por la deformación de la realidad, por el esperpento. Y me ha insistido tanto que este verano he vuelto a empezar El Quijote por enésima vez. ¡A ver si de esta lo termino!
 
– Tras ‘Padre Coraje’ y ‘Días sin luz’, la tele le ha proporcionado otros dos singulares personajes reales…
– ¡Qué cosas! Para El rey tuve que meterme en el pellejo de Carmen Polo de Franco. ¡Yo, franquista! [risas]. Menos mal que Antonio, el librero de Méndez, en Madrid, me ayudó a documentarme. Y luego, claro, ha estado Hoy quiero confesar
 
– ¿Qué le sugiere la figura de la Pantoja?
– Me pone muy nerviosa que venda un personaje que no se corresponde con la realidad. Y me genera mucha rabia, impotencia y dolor esa imagen de una Andalucía foclórica, la de Feria, toros y Semana Santa. Pero claro, ahora hasta tenemos ministras que le piden que haya más trabajo a la Virgen del Rocío…
 
– Por cierto, no hemos mencionado que su hija, Lara Gruve, también les salió actriz. ¡Otro disgusto para la familia!
– ¡Ay, pobrecita! ¡Mira que dedicarse a esto!
 
   Y la “carita de las malas ideas” estalla, finalmente, en una sonora carcajada.
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