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22-11-2012 Versión imprimir
“La provocación sirve para que
la gente menee el culo y siga lúcida”

Irreverencia y sacrificio son palabras clave en el vocabulario de 
Mariano Venancio. Cumplidos los 65, él sigue a destajo
 

HÉCTOR ÁLVAREZ JIMÉNEZ
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Con una maleta y mil pesetas. Así se presentó Mariano Venancio a finales de los sesenta en Madrid para estudiar interpretación en la Escuela Oficial de Cinematografía. Ya había pasado por el Teatro Universitario y escrito para la revista de un cineclub en Salamanca, donde cursaba Magisterio por orden paterna. Mariano era asmático y el doctor formuló a sus padres una recomendación sorprendente: “Que sea profesor en un pueblo con aire limpio y se case con la hija de algún terrateniente”. Pero esa vida no iba con él. De hecho, acabó dejando la facultad y la escuela por culpa de su extenuante dinámica diaria. “Dormía en una pensión y salía a las cuatro de la mañana para trabajar en una pastelería. A esa hora, sin metro, cruzaba andando media ciudad”.

   Pronto irrumpió sobre los escenarios, en los que también ha sido director y para los que ha escrito Una modesta proposición y ¿Qué hay de lo mío? En 1974 ya compartió números cómicos con Sara Montiel en Saritísima, pero su nombre comenzó a sonar gracias a incontables series televisivas, desde Farmacia de guardia a Plutón B. R. B. Nero. La gran pantalla le ha regalado sus papeles más aplaudidos, el padre atormentado de Camino y el disparatado Súper que maneja el cotarro en Mortadelo y Filemón. Y a ella volverá en breve con Los días no vividos y La confesión.

– ¿Tiene truco lo de que no dejen de lloverle papeles en plena crisis?
– Cuando no tengo trabajo me lo invento. En 1981 hice incluso cabaret rodeado de putas en un local con un escenario de dos metros cuadrados que olía a tabaco, cerveza, semen, champán y ambientador. Era jodido ser gracioso, pues las chicas me pisaban los chistes cuando no estaban ocupadas con algún cliente. De ahí salté a una sala más elegante, donde actuaba junto a vedettes con boas…

– Algo bueno tendrá este oficio cuando no tiró la toalla.
– Hay quien pasa años haciéndose psicoanálisis; a mí, la terapia me la facilita la interpretación. Identifico mis propias paranoias y las libero cuando busco en mi interior los rasgos de cada personaje. Con cualquier otra profesión no habría disfrutado de la vida y probablemente sería un señor gordo y desagradable [risas].

– “La gente del cine es indeseable para la derecha ultramontana”, afirmó. ¿Tan poco ha cambiado la imagen del gremio?
– Durante el franquismo los artistas encajaban en la Ley de Vagos y Maleantes. En los años cuarenta las autoridades distribuyeron carnés profesionales de actrices y bailarinas entre las meretrices para erradicar oficialmente la prostitución. El rechazo actual es consecuencia de la oposición política que ejercemos, de que tengamos formación, criterio y compromiso. Aunque nos llamen despectivamente perroflautas.

– En 1980 intervino en la obra ‘Los domingos, bacanal’, un escándalo para la época. ¿Le motiva el riesgo?
– Hay que moverse; de lo contrario, no hay buen riego sanguíneo al cerebro y no pensamos. La provocación es una buena fórmula para que la gente menee el culo y siga lúcida. Ese texto criticaba la aburrida fantasía sexual de la burguesía y triunfó, aunque algunos espectadores abandonaban la función. Un día, yendo con Fernán-Gómez hacia el Teatro Maravillas, una señora le espetó: “¡Usted era mi ídolo, pero esto es una desvergüenza!”.

– Un lustro antes había debutado en cine con ‘Zorrita Martínez’. ¿El destape era un género menor?
– Hay cine bueno, malo o, como el destape, de circunstancias. Habíamos pasado una represión terrible también en lo sexual y era razonable que se despachasen pelis de tetas y culos. Acepté participar en esa sin saber de qué trataba: por entonces no entregaban el guion entero, sino separatas.

– Lo divertido es que, a la vez, aparecía en programas para niños: ‘Los mundos de Yupi’, ‘Cuentopos’...
– España estaba despertando de la dictadura y, aunque Disney seguía atontando al mundo entero, los contenidos juveniles que hacíamos en TVE eran incluso más atrevidos que ahora. Y debieron dejar huella: aquellos chavales hoy me reconocen por la calle y me dicen: “¡Yo crecí contigo!”.

– En el magazine ‘El día por delante’ coincidió con un Javier Bardem de veinte años. ¿Apuntaba maneras?
– Era mi hijo ficticio y todos los días teníamos que aprendernos una comedia de diez minutos para escenificarla en directo ante el público que acudía al plató. Nos cogimos tal cariño que Pilar Bardem me presentaba como su padre [risas].

– Con la perspectiva que da el tiempo, ¿cuánto le debe usted a ‘Camino’?
– Percibo mayor respeto profesional, quizás porque de ser conocido solo por mi faceta histriónica pasé al otro extremo del arco dramático. Esto hace suponer que puedo cubrir cualquier tipo de personaje, lo que me lleva a trabajar más y en proyectos más variados.

– Esa cinta, las series ‘Génesis’ o ‘Plutón B. R. B. Nero’ y su monólogo ‘Una modesta proposición’ comparten una mirada crítica de la religión.
La Iglesia católica (y la religión en general) perjudica al ser humano. Fomenta la ignorancia por medio del adoctrinamiento. Creó la limosna para sentirse magnánima, pero antes tuvo que crear al pobre. Es terrible saber que miles de niños mueren de hambre mientras los altos mandatarios de esta Iglesia visten de seda y oro como auténticas drag queens.

– Tras cuatro décadas de profesión, ¿no se plantea descansar?
– La palabra “jubilación”, que etimológicamente viene de “alegría”, hoy tiene una connotación terminal que no comparto. Entiendo que quien pica piedra ya no pueda más, pero quien come del intelecto no tiene necesidad. Muchos genios han dado lo mejor de sí tras los 65. Según el Premio Nobel Hans Selye, viviríamos 120 años de no ser por el estrés, así que voy por la mitad [risas].

– ¿Y qué balance hace de lo vivido? 
– Soy afortunado por haber elegido a tiempo el camino de mi vida. Dormí bajo árboles en el Parque del Oeste más de una noche, quitándome la escarcha de la cara por la mañana. Pasé días enteros sin comer. Pero insistí y estoy donde me propuse.




 
ÉXITO INTERNACIONAL
Estocolmo, Colombia, Hollywood
El talento de Venancio empezó a traspasar fronteras a principios de los ochenta. De un modo muy peculiar: ponía voz a textos teatrales que una radio de Estocolmo emitía en su programa de español para suecos. “Fue muy divertido. El responsable nos rogaba que hablásemos más despacio y acabamos casi silabeando…”.

Colombia, donde ha grabado series de éxito (La Pola, La promesa), se ha convertido en su segunda casa. En La Pola se puso a las órdenes de Sergio Cabrera, director de La estrategia del caracol, una película que le fascinó. “Ahora quiere llevarla a los escenarios con la condición de que yo sea el protagonista. Así que en 2013 estaré en el Teatro Nacional”, desvela, emocionado. El país andino acogerá también el estreno de la obra ¿Qué hay de lo mío?, firmada por el propio Venancio, una adaptación del universo de Billy Wilder al actual “ladronicio de la clase política”.

Tampoco le pierden la pista en Hollywood. “Me llamaron para actuar en dos historias, una con Adam Sandler y otra con Mira Sorvino. Las rechacé porque tenía trabajo firmado y no me siento cómodo con mi inglés”. De momento se conforma con Las Vegas, donde ha viajado con Buscamundos (TVE). “Es una ciudad a la altura moral y estética de Jesús Gil”, concluye entre risas.
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