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08-04-2014 Versión imprimir

 


Marina Salas

“En el cortometraje no hay espacio para la queja y la desidia”


La reciente premio Versión Española/AISGE atesora una deslumbrante trayectoria, pero mantiene los pies en el suelo. Ventajas de que le ilusione cada trabajo, por pequeño que sea




HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha
Sexo explícito la ha convertido recientemente en ganadora del trofeo Versión Española/AISGE a la mejor actriz, un premio que se concede cada año dentro del Concurso Iberoamericano de Cortometrajes Versión Española/SGAE. Su primer pálpito cinematográfico se remonta a la más tierna infancia, cuando iba al videoclub de su barrio todas las semanas para alquilar Mary Poppins. A pesar de que fue algo introvertida de niña, a los 13 años no dudó en apuntarse a teatro los fines de semana por sugerencia de unas amigas. Confirmó entonces su vocación, aunque esta catalana, además de artista, tiene mucho de aventurera. Tras acabar Mar de fons en TV3, con la mayoría de edad recién adquirida, se marchó a Londres para buscarse la vida. “Tenía prisa por irme de casa, así que aprender inglés me pareció buena excusa. La estancia fue horrorosa: trabajé de camarera sin que me pagaran y viví en un barrio que por la noche era peligroso”, recuerda. Como eso no la acobardó, poco tiempo más tarde puso rumbo a París, donde se dejó los ahorros en clases de francés durante unos meses.

   Su rostro se ha hecho conocido gracias a series como Hay alguien ahí o El barco, pero millones de espectadores también la han visto en la gran pantalla con las taquilleras 3 metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti, adaptaciones de las novelas juveniles de Federico Moccia. Menos se ha prodigado sobre las tablas, aunque ya ha actuado a las órdenes de Lluís Homar en Luces de bohemia y Daniel Veronese en Los hijos se han dormido. Y lo que le queda… El próximo mayo llegará a las salas Por un puñado de besos, el primer largometraje dirigido en solitario por David Menkes, cuyos protagonistas son Ana de Armas y Martiño Rivas. Acaba de abordar la fibromialgia en la película Sonata para violonchelo y ahora se encuentra en plena grabación del telefilme El Café de la Marina. Tan intensa agenda es un reflejo más de su carácter inquieto: “A los 80 años quiero conservar la vitalidad de un niño”.
 
 

 
 
 
– Tras el importante éxito cosechado en televisión, cine y teatro, ¿dudó a la hora de embarcarse en la discreta aventura de ‘Sexo explícito’?
– ¡En absoluto! A quien ama esta profesión le basta con tener un buen guion y unos buenos compañeros, no se plantea demasiado las comodidades ni el salario. La envergadura de la propuesta da igual. El ambiente en un corto es maravilloso: todo el mundo sabe de antemano las condiciones y participa porque realmente está implicado, así que no hay espacio para la queja y la desidia. Al final, gracias a Sexo explícito conocí a personas que ahora forman parte de mi vida, lo recuerdo como una experiencia bellísima.

– ¿Cuál fue el aspecto que más le sedujo al leer la historia?
– Que el sexo era el elemento principal para contar la complicada situación que estaba viviendo una pareja. Hoy tendemos a banalizar ese tema, hablamos de él como de pelar patatas, cuando es algo muy espiritual. Creo que el sexo es una de las de las energías que más mueven a las personas. 

– Lo suyo fue llegar y besar el santo: primer corto y primer premio. ¿Se lo esperaba?
– ¡Para nada! Nunca había recibido un galardón y me alegró que apreciasen mi labor, sobre todo en una cinta que hice encantada y sin esperar nada a cambio. Pero lo más bonito fue que no lo sentí solo mío, sentí que pertenecía también a otra gente. ¡Qué gusto poder compartirlo con Javier Pereira y José Manuel Carrasco! Me emociona esa sensación de equipo, de unidad.

– Luego ha sumado otras piezas a su currículum: ‘(Re)construcción’, ‘Cuernos’, ‘El casco de Júpiter’, ‘Regaliz’… ¿Qué ventajas ofrece el formato breve al actor?
– El mundo de los cortometrajes es fascinante. En ellos me siento mucho más libre que en otros proyectos porque trabajo con amigos y no hay detrás cuantiosas inversiones que me exijan grandes resultados. Esa libertad al final se traduce en creatividad, pues el juego con el personaje está más permitido.
 
 

 
 
 
– También ha aparecido en la obra de microteatro ‘Diez’, el capítulo piloto de la serie para Internet ‘El gallinero’ y películas financiadas a través del micromecenazgo. ¿Considera que ese panorama alternativo es sostenible para los intérpretes?
– Esas iniciativas surgieron hace tiempo en otros países y aquí han emergido tras la llegada de la crisis. Resulta peligroso aceptar como normal algo que no lo es, asumir que todo se hará con limitaciones a partir de ahora. Rodar una película en solo dos o tres semanas es posible, incluso con un resultado adecuado para convencer a los espectadores y recaudar dinerillo. Pero nos perjudica esa idea de que todo vale con tal de trabajar. ¿Qué está pasando con los artistas y técnicos? Hoy alternamos cuatro proyectos, mientras que antes vivíamos de uno. Nadie llega a final de mes con una pequeña obra teatral, por lo que necesita otros empleos. De todas las circunstancias se sacan cosas positivas, y esa debe ser la actitud, aunque esto no es soportable a largo plazo.

– “El esfuerzo es el puente entre la realidad y los sueños”, aseguró en una entrevista. Después de tanto trabajo, ¿qué metas profesionales ha cumplido ya?
– ¡Un montón! He estrenado películas en este país pese a las dificultades, he representado teatro, he crecido como actriz con las lecciones de compañeros generosos, he hecho amistades con un alto nivel de complicidad, he ganado un premio… Lo más importante es que vivo de la interpretación. Eso sí, renuevo mis sueños cada cierto tiempo; solo así se avanza.

– ¿Su prometedora evolución hasta ahora hace que tenga altas expectativas respecto al futuro de su carrera?
A veces nos flipamos y pensamos que esto será un camino de rosas, pero vivimos un momento duro y tenemos que bajar de la nube. Eso no anula ciertos deseos y retos accesibles que me motivan y me dan un pellizco en el estómago. Este año me he dado cuenta de que quiero poner mi atención en el trabajo: ocuparme de los textos, crear con los compañeros… Todo lo demás me aleja de lo que me hace bien. Lo grande se construye con lo pequeño, es una suma del día a día. Y si uno se salta eso, difícilmente llegará a lo otro.
 
 

 
 
 
– La cinta ‘The Pelayos’ desvelaba la fórmula matemática que utilizaba una familia para desvalijar casinos. ¿Cuál es su método infalible para ejercer este oficio?
– Saber que no hay método. Siempre encuentro algún truco que me funciona con un personaje, pero soy consciente de que ya no me servirá para el siguiente. Cuanto antes se aprenda eso, menos frustración se siente. Estar preocupado por encontrar la respuesta impide que se viva intensamente cada pregunta. Si hablamos de valores concretos, me quedo con estos tres: paciencia, coraje y amor a uno mismo.

– Las series suelen ser muy corales y aún no ha encabezado ninguna película. ¿Echa de menos un papel realmente principal?
– Si esa oportunidad no me ha llegado antes es porque necesitaba ciertas experiencias previas, aunque sí la he anhelado durante algún tiempo, aun a sabiendas de que los grandes papeles femeninos escasean en la pantalla. De todas formas, me parece complicado encarnar secundarios, requieren mayor construcción: ningún guion explica en profundidad esos personajes porque siempre están al servicio de otros. Y hay que ser muy generoso para encajar bien ese rol, sin que el egocentrismo incite a quedar por encima. Ahora soy protagonista en El Café de la Marina y lo considero un regalo, pero también entraña sacrificio, pues llevo el peso de la historia y eso me obliga a ser rigurosa en todo momento. Pese a la presión, me encanta esta aventura.

– Su papel de Vilma en ‘El barco’ tuvo varios grupos de seguidores en las redes sociales. Y las felicitaciones por su cumpleaños fueron ‘trending topic’ mundial en 2011 gracias a ellos. ¿Cómo lleva eso de ser popular?
– Ahora mismo estoy en Barcelona y no me pasa nada extraordinario al salir a la calle. ¡Ya me gustaría que me colasen en los restaurantes! [Risas]. Hace poco fui a Cuba y, sin embargo, la reacción allí fue una barbaridad: la gente me reconocía incluso en los museos, me daban un trato especial en los hoteles… ¡Parecía una estrella del rock, mi familia no daba crédito! Ese viaje habría sido menos especial si yo no hubiera tenido tan inesperada repercusión. La notoriedad resulta divertida cuando, como en mi caso, no supone un agobio constante. Lo único difícil es centrarse en el trabajo mientras se atiende a esas distracciones externas, pero es cuestión de saber fijar los límites.
 
 

 
 
 
– Sobre ‘Luces de bohemia’ dijo: “Es el trabajo más difícil que he hecho, al que más miedo he tenido. Mereció la pena porque me cambió la vida”. ¿Por qué fue una experiencia transformadora para usted?
– Era mi primera incursión teatral, pero fue por todo lo alto: la obra más célebre de Valle-Inclán, estreno en el Teatro María Guerrero, Lluís Homar como director… Aunque tenía muchísima ilusión, semejante responsabilidad me quitaba el sueño. Además, al mismo tiempo grababa El barco y rodaba Tengo ganas de ti, con el consiguiente agotamiento. Fue una época de no vivir. Al final le cogí tanto gusto al escenario que me daban ganas de hacer la función cada día. ¡Me enamoré otra vez de este oficio!

¿Cómo recuerda ese debut ante el público del María Guerrero?
– ¡Estaba nerviosísima antes de que se levantara el telón! Iba al baño cada cinco minutos, reía y lloraba a la vez… [Risas]. Luego me salió toda la energía por la boca, era como si el mundo se acabase al día siguiente. Aquella catarsis fue auténtico oro, aunque también contenía algún matiz de sufrimiento.

– Ha interpretado muchas situaciones traumáticas. ¿Cuál es la que más le ha costado?
– ¡El drama me persigue! En ese sentido, recuerdo como un enorme reto mi Nina de Los hijos se han dormido, una mujer a la que le pasaba de todo: perdía un hijo, fracasaba de forma estrepitosa en su profesión y sufría el rechazo del hombre al que amaba. Esos varapalos me parecían ajenos, estaban alejados de mí, así que recurría a ciertos episodios dolorosos de mi vida para aproximarme un poco a su historia. Eso fue en el teatro, pero durante un rodaje es casi imposible extraer un sentimiento profundo, pues las interrupciones son continuas por problemas de iluminación o sonido. Tampoco lo pone fácil la cámara, ese bicho que no admite engaños y me pone nerviosa a medida que va pegándose a mi cara [Risas]. Una tiene que estar siempre muy concentrada, por eso admiro a los actores que alcanzan una conexión absoluta con su ser durante las secuencias más duras.

– En la sección ‘Foto fija’ de AISGE comentó que le hubiera gustado ser vecina de Shakespeare. ¿Ha intervenido en alguna ficción de época?
Me encantan esas propuestas porque dan la oportunidad de aprender cosas sobre un contexto histórico. Con El Café de la Marina estoy retrocediendo en el tiempo, aunque solo hasta principios del siglo XX. Aun así, la labor de vestuario, peluquería y maquillaje tiene su intríngulis. La caracterización ya confiere por sí misma posturas y movimientos concretos al personaje.
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