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28-03-2016 Versión imprimir

 


MARISA PAREDES

 
 
“Siempre me he sentido una actriz rara. Pero para bien”
 
 
Sus esforzados padres quisieron para ella un futuro "decente", pero la rebeldía y las ganas de despegar fueron más fuertes. El teatro fue suyo hasta que su inolvidable Becky del Páramo conquistó también las pantallas. Y le hizo descubrir, de paso, el miedo
 
 
JUAN FERNÁNDEZ
Reportaje gráfico, gentileza de NICO
Hay una niña rebelde, sensual y provocadora en la Marisa Paredes (Madrid, 1946) que hoy camina con discreción y elegancia tras unas gafas oscuras por las calles aledañas al barrio madrileño de Chueca, donde vive desde hace varias décadas. La cría inquieta y retadora que creció en la plaza de Santa Ana rodeada de teatros, en cuyas puertas se plantaba cada tarde para dejarse ver y esperar que alguien la invitara a entrar, no ha sufrido ningún rasguño después de tantos años y asoma cristalina a los ojos vivos de la actriz veterana. Durante su impetuoso discurso lo mismo relata anécdotas de su infancia reparando en el mínimo detalle que baja las escaleras de una cafetería quejándose al camarero porque echa en falta una barandilla a la que agarrarse.
 
   Los médicos y la familia le han pedido que vaya con más calma y ella ha aceptado tomarse un año sabático, alejada de los escenarios y los sets de rodaje. Pero lo dice con la boca chica. Ilusos los que creen que pueden hacerla renunciar a esa intuición tan nítida que tuvo tan pronto: la de que su vida se consagraría a encarnar otras vidas sobre un escenario o delante de una cámara. Si no la frenó su padre cuando tenía potestad sobre ella, no lo van a parar ahora los años, los achaques ni las llamadas a la prudencia. Resulta que tras las gafas oscuras de esta gran dama de la escena hay una niña rebelde, sensual y provocadora, como hace tanto tiempo. Y es un peligro.
 
 

 
 
 
Vive en el centro de Madrid. ¿Hace eso que llaman vida de barrio?
Me encanta salir a la calle y estar rodeada de tiendas, teatros y sitios donde poder ir andando. Cuando me separé de Antonio [Isasi-Isasmendi, director de cine] dejé la urbanización de las afueras donde vivíamos y me instalé en el centro de porque me fascina caminar por sus calles. Cuando vivía en Pozuelo, yendo al teatro, un día el coche me dejó tirada en el túnel del Arco de la Victoria. Armé una buena. Tuvo que venir la policía a rescatarme porque llegaba tarde a la función. Así que me dije: nunca más. Ahora vivo al lado del María Guerrero, del Marquina, del Español, de la Gran Vía… Y si hay huelga de autobuses, voy a pie.
 
¿No se planteó volver a la plaza de Santa Ana?
Sí, pero al final no lo hice, aunque mi hija vive en la plaza del Ángel, justo al lado. Cada vez que voy por allí se me agolpan los recuerdos. Ir a casa de María es como un regreso a mi infancia. La memoria ya no es lo que era, pero aquellas vivencias permanecen intactas. Me acuerdo de todo. De todo.
 
¿Cómo son esos recuerdos?
Maravillosos, pero también terribles. Iba a un colegio de monjas que había en la calle Mesón de Paredes, en Lavapiés, y con esta conciencia social que por fortuna aún conservo, por entonces ya me indignaba que las niñas ricas entraran por una puerta y nosotras, las pobres, entrásemos por otra. Llevábamos hasta uniformes diferentes. Cuando tenía siete, ocho, nueve años, la vida era la ilusión de jugar con las otras niñas de la plaza, pero también convivíamos con el pavor. Esa pederastia de la que ahora se habla tanto estaba a la orden del día. Y nadie decía nada.
 
¿Vivió alguna situación crítica?
Formaba parte de la normalidad. Recuerdo bajar la escalera de mi edificio y descubrir en un rellano a un señor masturbándose. Así, tal cual. En la plaza estaba el que se acercaba al grupo de niñas y nos picaba con el juego de ver cuál era más guapa y cuál se sentía más atraída por él. Sabía manipular nuestra capacidad de fascinación. Aquello del “no hables con desconocidos” convivía con la curiosidad de averiguar qué sabía aquel tipo sobre la vida que tú desconocías. Había inocencia, aunque también perversión.
 
¿Cómo era aquella muchacha?
Aquella niña estaba dispuesta a vivir intensamente. Mi plaza estaba y está rodeada de teatros. Era muy difícil ver pasar a aquellos actores y no preguntarme cómo serían sus vidas y qué ocurriría allí adentro. Apenas había ido al teatro cuando decidí que sería actriz.
 
¿Qué se imaginaba sobre los intérpretes?
Sabía que allí representaban una realidad distinta a la que veía a diario. Y eso era pura magia en la cabeza de una niña de 11 años, la edad a la que tomé aquella decisión. A menudo iba con mi amiga Rosa al Teatro Cómico, que estaba cerca de Preciados. Andábamos detrás de Manuel Gil, un actor guapísimo al que llamábamos ‘el Bombón’, pero otras veces iba yo sola. Me quedaba en la puerta esperando que alguien se fijara en mí, provocando. Hasta que pasó.
 
 

 
 
 
Potencial secretaria en huelga de hambre
¿Qué pasó?
La actriz Belinda Corel me vio y me dijo: “¿Qué estás haciendo aquí, pequeña, quieres entrar?”. Me acompañó a saludar a la empresaria de la compañía, Lilí Murati, una húngara que terminó diciéndome con su acento centroeuropeo: “Si quieres hacer teatro, vuelve dentro de unos días para hacer un ensayo”. Cuando lo conté en casa se armó una buena. Mi padre, escandalizado: “¿Tú artista? Ni hablar. ¿Crees que no sé cómo es la vida de las artistas, que están de madrugada por ahí?”. Yo me rebelé. Me encerré en una habitación y me declaré en huelga de hambre. Estuve varios días sin salir de allí ni probar bocado, gritando que quería morirme.
 
¿Quién ganó aquel pulso?
Yo. La aspiración de mi padre era que trabajase de secretaria en los almacenes Simeón, que también estaban en la plaza de Santa Ana, así que acepté que me apuntaran a clases de mecanografía porque sabía que podría escaparme a diario para ver a los actores. Cuando se enteró, mi padre se puso furioso, pero entonces le dije, mirándole a los ojos: “Si no me dejas ser actriz ahora, te juro que cuando cumpla 21 años me marcharé y no me verás en tu vida”. Me vio tan convencida que accedió a matricularme en el Conservatorio de Arte Dramático.  
 
Al fin iba a recibir formación interpretativa.
En realidad, el teatro que allí enseñaban era muy antiguo, con mucho verso. Yo quería hacer algo más moderno. Mientras ensayaba la Cavalleria rusticana, el humorista Víctor Valdorrey me dijo: “Si quieres hacer teatro, ve de mi parte a ver a Conchita Montes”. Y eso hice. Mentí a Conchita como una bellaca para que creyera que tenía más experiencia y me propuso que empezara al día siguiente. Estaban ensayando Esta noche tampoco, de José López Rubio. Para que nada fallara, conté con la complicidad de mi madre, que me recogía en la plaza. Así llegábamos juntas a casa y mi padre no sospechaba. Me salvó que el Teatro de la Comedia, donde debuté, estuviera al lado de mi casa.
 
¿Qué descubrió sobre las tablas?
Que la vida era de color. Deseaba tanto representar teatro que me habría unido a ellos aunque fuera para poner clavos. Luego descubrí que ser actriz resultaba tan fascinante como imaginaba, pero multiplicado por mil. Aquello era la alegría de vivir. Y yo estaba tan feliz. A la fascinación del teatro se le unía la posibilidad de escapar de la miseria moral de aquel tiempo tan terrible. En esa época, para la hija de una portera y un empleado de cervezas El Águila, la única salida era hacerse secretaria. Puede que eso valiera para otras, pero yo no estaba dispuesta a limitarme. Tenía demasiada imaginación. Y también determinación.
 
¿Especula alguna vez con las otras vidas que pudo haber vivido?
Me gustaba mucho el baile. No me habría importado ser una bailaora flamenca de los Vargas, un grupo de gitanos que solía actuar por Santa Ana, pero ese mundo era más complejo. También me atraía la escritura y la pintura. Me interesaban cosas que pudiera hacer sola, sin depender de nadie, por eso me atraía tanto la magia de enfrentarme al público. Me fastidió no poder estudiar, porque no fue por mi culpa, sino por la situación económica de mi familia. Me gustaría haber sido abogada, me va lo de defender causas. Y espía. ¿Imagina? Me habría encantado eso de ir llevando secretos de un lado para otro.
 
Tras el teatro, la tele le dio prestigio, fama y reconocimiento, pero el cine a lo grande llegó tarde a su vida. ¿Tiene claro por qué?
Es cierto. Hasta Tacones lejanos solo había hecho películas poco destacables. Incluso pensé que el celuloide y yo nunca nos entenderíamos. Ni a mí me interesaban los filmes que se hacían, que ya me contará qué pintaba yo en la época del destape, ni tenía el perfil habitual que se asociaba a la actriz española de cine. Con mis pecas, mi pelo blanco y tan delgada, nadie me llamaba para rodar una buena historia. Creo que me veían rara.
 
¿Ha tenido esa sensación?
Sí, siempre me he sentido una actriz rara, pero para bien. No tenía nada que ver con lo que encontraba a mi alrededor. Lo curioso es que, junto a esa sensación de extrañeza, también notaba el magnetismo que generaba en los demás. Es algo difícil de explicar, una especie de atracción, de seducción, pero siempre lo he percibido con claridad.
 
 
 

 
 
 
El vértigo de la fama
¿Hay un antes y un después de Becky del Páramo, su papel en Tacones lejanos?
Sin duda. Ese personaje ha marcado mi carrera. Aquella puerta del teatro que yo quería cruzar de niña se había convertido en la puerta del mundo. Y Becky me ayudó a atravesarla. Varias escenas de Tacones se rodaron en la plaza de Santa Ana y Becky cantó su famosa canción en el escenario del Teatro Español. El cine de Pedro me lanzó al extranjero. En Francia la gente me cantaba en voz baja en los semáforos: “Piensa en mí…”. Después de aquello empezaron a enviarme guiones de otros países y a invitarme a festivales de medio mundo.
 
¿Cómo se sobrevive al éxito?
Alcanzar la gloria es muy difícil, pero mantenerla cuesta aún más. De hecho, llegado un momento, me derrumbé. Perdí la ilusión por el trabajo y por todo. Sentía que ya estaba a lo más alto y que a continuación solo podía fracasar. Me vine abajo. Quería irme del mundo, huir donde nadie me conociera. Fuera películas, rodajes, estrenos. Me entró un pánico terrible a actuar, estaba convencida de que no iba a ser capaz de igualar lo que había conseguido y no quería estafar al público, prefería dejar el recuerdo de esa Becky del Páramo triunfal. Tardé un tiempo en salir de ese agujero.
 
¿Cómo lo consiguió?
Muy poco a poco y gracias al trabajo. Sin haber recuperado del todo la ilusión, empecé a hacer cosas. Creo que me sacó adelante mi rechazo a la cobardía. Rendirme no iba conmigo, no podía permitírmelo. Había alcanzado demasiados objetivos en mi vida como para acabar tirándolos por la borda de repente. Mi amiga Lola Salvador y mi hermana me decían: “No puedes ser cobarde, no tienes derecho. Y llevaban razón”.
 
Y volvió a hacer teatro.
Con mucho sacrificio. Cuando el cine internacional llamó a mi puerta pensé que el teatro sería el amante para cuando me aburriera de tanto rodaje. Pero después de muchos años sin subirme a un escenario, de pronto me entró pavor. Sentía todo tipo de inseguridades, creía que se me iría la letra, y ya no existía la figura del apuntador. Estaba equivocada: el teatro no me estaba esperando, tenía que currármelo de nuevo desde abajo, aunque viniera de alcanzar la gloria en la gran pantalla. Lo logré gracias a Lluis Pasqual, que me ayudó mucho con aquel Hamlet. Él me dio seguridad.
 
La última cinta suya que vimos se titula Mi familia italiana. ¿Cómo fue la experiencia?
Me hizo ver que debo tomarme las cosas con más calma. Días antes del rodaje sufrí un ataque de estrés y el médico me recomendó reposo, pero la directora Cristina Comencini llevaba esperándome desde hacía más de un año y yo soy muy responsable. Por eso viajé a Italia y, en plena filmación, me derrumbé sobre el suelo como una bayeta. Después de ingresarme en el hospital durante una semana y de romperme tres costillas en una tercera caída, esta vez en el baño, logré finalizar el filme.
 
¿Cuál fue el diagnóstico?
De vuelta a Madrid visité todo tipo de médicos. Me dijeron que tenía un estrés bárbaro. Que no era nada grave, pero que parase.
 
¿Y les va a hacer caso?
He decidido tomarme una especie de año sabático. En los últimos meses solo he hecho unas lecturas de Santa Teresa y poco más. Me llaman de México para que vaya a trabajar, y hay algo por ahí muy interesante a lo que no podré resistirme. Pero quiero vivir esta nueva etapa de otra forma, con otro ritmo. Ahora sé de mi oficio y de mí misma más que nunca. He descubierto que esto del estrés es algo muy peligroso y pienso protegerme.
 
 
 
 
La diva que friega escaleras
 
Cuando este marzo le entregó el Fotogramas de Plata en reconocimiento a toda su carrera, Pedro Almodóvar dijo sobre Marisa Paredes: “Domina todos los registros, desde la diva shakesperiana a la mujer que friega escaleras”. La actriz explica su truco: “La elegancia es algo que se lleva por dentro, que se tiene o no se tiene, algo a lo que el físico puede ayudar. Pero luego hay algo más, algo interno, relacionado con la seducción, con tu actitud personal ante la vida”, afirma.
 
Paredes pertenece a una generación de actrices de instinto y olfato, intuición pura, que aprendieron en la vida y no las academias lo que luego demostraron en el escenario. “He sido autodidacta desde que empecé. No por capricho, sino por obligación. No tuve más remedio que aprender trabajando. Aprendí el día que se puso enferma Carmen de la Maza, que tenía un personaje principal en la obra donde debuté. Me ofrecieron su papel porque me sabía de memoria toda la obra. Y aprendí en las grandes giras de aquellos primeros años, que fueron todo un descubrimiento para mí. Mi escuela ha sido currar, currar y currar”, cuenta.
 
Con eso le bastaba y le sobraba, aunque ha arrastrado “una cuenta pendiente con la formación” durante buena parte de su carrera. “Por eso monté una especie de escuela de interpretación en los años ochenta, cuando tuve algo de tiempo y dinero, con amigos : Julieta Serrano, Pedro Almodóvar, Eusebio Poncela, Lola Salvador… La llamamos Proyecto Piamonte porque ese era el nombre de mi calle, y trajimos del extranjero a figuras de la categoría de John Strasberg para que explicaran secretos del oficio. Ahí aprendí la parte teórica que me faltaba”, recuerda.
 
 
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