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10-01-2019

La línea que separa lo trágico de lo cómico es tan fina que a veces se rompe”

 

La popularidad de su personaje de Eugenia en ‘Aída’ fue el premio a una larga carrera en el mundo de la comedia, que aún continúa con orgullo, pues “no hay nada más difícil de hacer”



PEDRO PÉREZ HINOJOS

Lo que comenzó por ser poco más que un trabajo para llevar dinero a casa se ha estirado hasta convertirse en una trayectoria de medio siglo largo en los escenarios, la televisión y el teatro. Marisol Ayuso es una veterana en activo que no aspira a ser decana de la profesión pero que tampoco deja escapar las oportunidades que aún le llegan. Ahora disfruta sobre las tablas del madrileño teatro Gran Vía con la comedia La madre que me parió. Así es desde que tiene uso de razón como actriz: un permanente afán de aprovechar cualquier ocasión de hacer una obra de teatro, un programa de televisión o una película. Por eso en su extensa trayectoria hay muchísimo más que los papeles de vedete que a menudo le atribuyen en las biografías. Y de ahí también que, en este seguir hasta conseguir, le llegara al fin el reconocimiento popular masivo al encarnar el papel de Eugenia en Aída. Todavía hoy, casi un lustro después de haber concluido dicha serie, siguen identificándola en la calle o en el bus que la devuelve a casa tras acabar la función. Y quizá algún día la lleve al campo, a retirarse, para vivir y recordar “el lujo de haber sido actriz tantos años”.

 

Es usted una de las decanas de nuestra comedia y aún permanece al pie del cañón.

– Así es, aquí sigo. Al pie del cañón. La verdad es que soy una privilegiada. Tengo salud y me ofrecen papeles. Y continuaré mientras yo esté bien y haya trabajo, que precisamente no sobra.

 

¿Cómo están las cosas para una actriz de su veteranía?

– Todo está tan enrarecido y tan mal… Y yo creo que es por la tecnología y por la imagen, a las que se les está dando más valor que a la propia profesionalidad. Hace poco me enteré de que a una actriz no la cogieron para un papel porque no tenía bastantes seguidores en Instagram. Me parece una barbaridad. Por eso insisto en que me siento privilegiada. Ya ves, por hacer tu trabajo, para lo que te has preparado. Hay que mirar atrás para saber dónde estás y valorar lo que has hecho.



Precisamente mirando atrás, ¿imaginaba la carrera que ha tenido?

– Para nada. Es eso de empezar a hacer cosas y luego continúas, te van llamando de un sitio y de otro… y entras de lleno. Yo he sido además una actriz que necesitaba trabajar como fuera porque hacía falta ayuda en casa. Así que siempre estaba disponible para lo que surgiera. Por eso me he chupado todas las giras del mundo, porque se necesitaban actrices para sustituir a las del elenco principal. Y me ha ocurrido de todo: viajando de cualquier manera, durmiendo en pensiones y hasta en casas particulares. Pero era ilusionante porque me gustaba el teatro y además ayudaba a mi familia.

 

¿Cómo fueron sus comienzos como vedete?

– La gente sigue creyendo que he dedicado la mayor parte de mi carrera al musical. Y es verdad que empecé como bailarina, pero mi vida ha sido el teatro. Con 15 años ya estaba trabajando. Fue Conchita Montes la que me llamó para una prueba en la obra Lecciones de matrimonio. Necesitaban a una actriz para hacer de chica sueca. Y yo era alta, delgada, con el pelo claro y la piel blanquísima. Y me cogieron. Edgar Neville me vio y me dijo: “Eres una sueca maravillosa”. Esa fue mi primera comedia. Tenía 17 años.

 

También empezó pronto en la televisión.

– Así es. Me llamaron cuando Televisión Española aún estaba en el Paseo de La Habana. Lo primero que hice fue el programa de humor La tortuga perezosa. Seguí luego con Arsénico y encaje antiguo, que fue mi primera serie. Todo era en directo, por supuesto. Y aunque era complicado, conocí a gente maravillosa. Trabajé con Jesús Puente, Fernando Delgado, Paco Morán, Luis Merlo, Antonio Garisa, José Bódalo, Manolo Gómez Bur, Rafael Alonso...

 

¿Y siempre comedia?

– Siempre comedia. Llega un momento en que te encasillan y es difícil salir de ahí. Yo he tenido la inmensa suerte de poder trabajar con los mejores. De ellos aprendí todo lo que sé. Pero nunca se han parado a pensar si podría hacer otro registro. Recuerdo que hice El cianuro, ¿solo con leche?, de Alonso Millán, una comedia de humor negro pero con pasajes tremendamente dramáticos. Y al decir de mis compañeros, se me daba muy bien.

 

¿Es tan compleja de hacer como dicen?

– Sí. Es muy particular. Hay veces que a la acción le conviene cierto punto de seriedad porque hace un efecto aún más cómico. Es curioso cómo lo trágico está tan unido a lo cómico. A veces incluso se llegan a confundir. La frontera es más fina de lo que parece. Tanto que a veces se rompe. Por eso, esos actores de los que hablaba eran unos extraordinarios actores dramáticos. 



Continuando con la comedia y volviendo a la televisión, su labor en Aída acabó suponiendo algo así como una consagración ante el gran público. Aunque le costó hacerse al personaje. ¿Qué pasó?

– Siendo un éxito de los guionistas, al principio todos los personajes estaban definidos menos el de Eugenia, una vedete retirada que hacía y decía cosas terribles. Por ejemplo, en una ocasión me quisieron meter un cuplé de los tiempos de la Chelito, cuando yo ni siquiera había nacido. Tampoco tenía ningún sentido que fuera un personaje que siempre iba en chándal, cuando yo he conocido a vedetes y sé que eran mujeres a las que les gustaba vestir bien y sentirse guapas. En fin, que estaban muy despistados al principio con mi papel, pero luego se fue encauzando.


Pasó casi una década en esa serie. ¿Con qué se queda?

– En general, estoy orgullosísima de ese trabajo. Pero sobre todo, me puso en contacto con el público joven, estoy muy agradecida por ello. Descubrieron a esa abuela tremebunda, que hacía y decía barbaridades, y les encantaba. Todavía me paran por la calle.

 

¿Con qué papel ha soñado y no le ha llegado?

– Quizá me habría gustado que se me hubiera dado la oportunidad de que se me pudiera ver en otras facetas. Como actriz dramática. Pero tampoco me quita el sueño. Mi ilusión es más bien que me hubiera tocado la lotería [risas].

 

¿Y habría invertido ese dinero en montar un espectáculo, comprar un teatro o producir una serie?

– Sí que me prestaría a ayudar a los compañeros que lo están pasando mal. Pero me jubilaría de inmediato y viviría en el campo, en una granja con animales. Nada de montar compañía o llevar un teatro.

 

 

Con la actriz a la que tocaron los dioses

Marisol Ayuso lleva a gala el hecho de coincidir con los mejores intérpretes de nuestro país en el último medio siglo. Pero reserva su admiración absoluta a una de las actrices que más admiradores acumula precisamente entre el gremio actoral: Irene Gutiérrez Caba. Recuerda cuando hicieron en 1980 La vieja señorita del paraíso, una obra de teatro de Antonio Gala. Las dos llegaron como sustitutas para la gira: Irene reemplazó a Mari Carrillo y Marisol a Lola Cardona. “Irene poseía una dulzura y una sensibilidad que lo mismo le valían para un papel trágico que para la comedia. Y salía ahí y nos dejaba enamorados. Era impresionante... Es de esos seres tocados por los dioses, con esos ojos azules que te miraban y te daban tanto”, rememora Ayuso con emoción y agradecimiento, “porque trabajar a su lado fue un verdadero regalo de la vida”.

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