twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Entrevistas
06-09-2011 Versión imprimir
Mariví Bilbao
Irrumpe preocupada en su portal porque se sabe levemente impuntual, uno de los defectos que más detesta. Mariví Bilbao (Bilbao, 1930) enfila el camino a su piso disculpándose y anunciando que el salón está hecho un desastre. Pero lleva meses levantándose a las cinco de la madrugada, razón más que suficiente para perdonar. El guion de La que se avecina –con su quinta temporada en plena grabación– que lleva en la mano avala su versión de los hechos. La vuelta al hogar se antoja divertida. Mechero, pitillo y a contestar preguntas. Auténtica, natural, desinhibida.
– Empecemos por sus pinitos en la profesión…
– Lo primero que hice fue teatro en el colegio y ¡nunca fui la Virgen María porque no era rubia! Yo quería tener ese papel porque llevaba el vestido más bonito de todos. Después hice teatro de calle y nunca ganaba dinero porque el transporte de pueblo en pueblo se llevaba lo recaudado. En el cine empecé tarde: las productoras iban a Bilbao a contratar actores locales, ¡pero nunca éramos protagonistas!
– Actriz y delincuente eran casi sinónimos en la época. ¿Cómo lo tomaron en casa?
– Siendo chica fue peor; para nosotras la vida es mucho más difícil que para los tíos. Me tuve que ir de casa porque mi padre no quería que fuese actriz, aunque él tenía la culpa por habernos llevado al cine, al teatro y a la ópera. Nunca fue a ver nada de lo que hacía mientras que, gente que no me conocía de nada, escribía en sus reseñas que había interpretado un buen papel. Si tienes veinte años y alguien rechaza lo que haces piensas: ¡qué hijo de puta! Luego nos hicimos amigos, pero muy tarde.
– La interpretación es el trabajo más inestable. ¿Ha tenido la suerte de poder dedicarse de continuo a él o debió recurrir a otros para poder sobrevivir?
– Tengo cantidad de amigos que han sido los primeros y ahora venden medicinas para poder comer. Desde luego, no puedes pensar que vayas a vivir de actuar porque unas veces estás arriba y otras, olvidada. Yo he tenido la suerte de trabajar sólo como actriz, aunque en mi casa también hacía la comida. Desde que estoy sola ya no guiso, ¡pero he cocinado de puta madre!
– ¿Teatro, cine o televisión?
– Cine. No quiero hacer teatro desde hace quince años porque, desde que te levantas de la cama, sabes que tienes que levantar el telón. ¡Y es jodido! Es una vida que tienes que controlar mucho: no es como el cine, donde una cosa sale mal y repites. El teatro es muy duro, por eso es tan bueno. Pero cuando hice mi primera película descubrí que gozaba más que en los escenarios, ¡era una pasada mirar a cámara!
– ¿Y drama o comedia?
– Lo más fácil es el drama; hacer llorar es muy sencillo. He pasado toda mi juventud provocando llantos así que, cuando me llamaron para hacer una comedia teatral, dije: “¿cómo voy a hacer esto si la gente sabe que va a llorar en cuanto aparezco?” Me dijeron que pagaban muy bien, me animé y la cosa tuvo éxito. Desde entonces ya sólo me contratan para hacer reír.
– Los galardones que reconocen toda una carrera, ¿alegran la vida o condenan a muerte las trayectorias de los intérpretes?
– No me fastidian pero tampoco me aportan nada. ¿Qué más da tener premios si sigues trabajando y cobrando igual? Claro que las estatuillas hacen ilusión, aunque algunas son feísimas y las he tirado; ¡eso no se puede tener en casa! A veces me he quedado pensando: “¿las habrá hecho el hermano pequeño de alguien?” En Bilbao tengo cantidubi de galardones, ya no sé ni dónde meterlos.
– Su idilio con los cortometrajes es desconocido pero exitoso. Los premios de festivales internacionales como Málaga y Ourense lo confirman. ¿A qué se debe su devoción por estas obras?
– ¡Hace tres o cuatro años me nombraron Reina de los Cortos en Palencia! Aunque no gane dinero con ellos, me dan la oportunidad de seguir en el cine. Además, trabajar con directores jóvenes es ideal porque no se enamoran de lo que escriben y dan carta blanca. Los mayores te dan su guión y de ahí no sales. Estoy cansada de trabajar con directores viejos; para hacer de vieja ya estoy yo.
– No era la primera vez que protagonizaba un corto ni que hablaba de sexo ante la cámara pero fue La primera vez, de Borja Cobeaga, la obra que le llevó a los Óscar en 2007. ¿Qué tal la estancia en el paraíso del celuloide?
– Volví desilusionada porque quería conocer a los actores de las grandes películas y no vi a ninguno. Me hubiera encantado encontrar a Clint Eastwood pero al menos coincidí con Penélope Cruz, que me pareció encantadora. Y al saludar a Mickey Rooney pensé: ¡es igual de bajito que cuando era joven! La verdad es que le di la mano y poco más, porque yo de inglés no sé ni yes.
 La comunidad, Aquí no hay quien viva, La que se avecina… Lo suyo es la vida vecinal. En su vida diaria, ¿es inquilina pacífica o guerrera?
– Jamás he tenido un problema con mis vecinos, pero no quiero saber nada de comunidades. Cuando hay juntas nunca asisto porque siempre se riñe y es horrible. Si me nombraran presidenta de mi comunidad la primera medida que tomaría sería desapuntarme: diría que estoy muy enferma y que el cargo me pone todavía peor.
– Creó el famoso radiopatio para airear las intimidades de sus vecinos. ¿Sigue con el mismo interés los programas de cotilleo en televisión?
– Me aburren mucho porque se ponen a discutir sobre bobadas que no sé de qué van. Me propusieron ir a Sálvame y, de no ser por la pasta que me dieron, no habría ido. Belén Esteban me pidió opinión sobre su papel en televisión y yo le contesté: “lo debes hacer formidable porque te estás haciendo millonaria”.
– ¿Se le pega algo de sus personajes cuando no está grabando?
– Claro que sí. Aunque no es bueno sacar al personaje de plató, muchas veces salgo de trabajar y llego a casa pensando en lo que he interpretado para sacarme fallos. Un día, mientras cruzaba mi calle, un policía me preguntó dónde iba y yo le respondí: “¡a mangar al súper!” El pobre se meaba de risa. 
– Es tan fumadora como Marisa, su personaje más popular.  Ella la lió en Aquí no hay quien viva por no poder fumar. ¿Y usted, con la ley antitabaco, qué?
– La llevo fatal. Es una mierda estar comiendo y no poder fumar. ¡Y más yo, que me encuentro los cigarros encendidos, nunca me paro a pensar antes de echarme uno! Además, lo han hecho en el peor momento: con la crisis que hay y la cantidad de gente que está en paro, ¿cómo se les ocurre quitar eso? También es jodido para los restaurantes, que están perdiendo la mitad de su clientela y echando a camareros.
– Por suerte, la legislación todavía permite el cigarrito de después…
Eso es sólo un mito. Algunas veces que te apetece fumártelo, quedarte junto a tu amante o directamente salir corriendo. No todo el sexo es bueno, ni siquiera entre los jóvenes.
– ¿Alguna queja sobre cómo le ha tratado la vida en ese aspecto?
– No, la verdad es que no puedo quejarme, sobre todo con mi segundo marido. Con el primero, los dos éramos muy jóvenes y muy gilipollas. Antes de casarnos presumía de haberse tirado a media España, como todos los tíos, pero a la hora de la verdad no tuvo ni idea de cómo empezar.
– Así que el catolicismo duro de la dictadura lastró, y mucho, la sexualidad.    
– La única faceta del sexo que se contemplaba era la reproductiva; disfrutar era pecado. Y en las películas sólo se permitía que los actores mirasen un poco las tetas de las chicas. ¡Como si eso fuese una apertura maravillosa! Nunca he tragado a quienes te dicen lo que puedes hacer o no cuando ellos siempre han hecho lo que han querido.
– Sus personajes esconden una sexualidad frustrada. Acaba liada con el padre del portero en Aquí no hay quien viva o llamando a un gigoló en La primera vez. ¿A una edad es mejor conformarse que quedarse a dos velas?
– Un amigo dice que la libido no se pierde hasta diez años después de muerto. Estoy de acuerdo y, aunque por ser vieja se me arrima menos gente, eso no significa que tenga que conformarme. Tengo las cosas claras y busco lo que me gusta; si no lo encuentro, paso del tema. Al fin y al cabo, el sexo se hace para pasar un buen rato.
 – Habla siempre de los hombres jóvenes...
– Hace seis años tomaba café en un restaurante donde coincidía con un señor más joven que yo. Hablábamos y hablábamos hasta que un día, sin mirarme a la cara, me dijo si quería casarme con él. Yo le contesté: “chico, tienes que pedir hora al médico porque yo no estoy para eso”. Se marchó y ya ni me saluda por la calle. Las bodas son una tontería y encima ¡divorciarse es carísimo!
– Una mujer moderna como usted, ¿comparte la libertad que tienen los jóvenes?
– La educación sexual tiene que mejorar. Los padres son incapaces de hablar con sus hijos y es absurdo: uno se hace más viejo y menos tonto, pero no queremos transmitir nuestra experiencia. Sea como sea, ¡no se puede meter uno en la cama sin llevar lo que hay que llevar! Me dan pena las chicas que se quedan embarazadas con catorce años y tienen que abortar. Parece terrible decirlo, pero ¿qué hacen si no unas niñas que aún deberían estar jugando? Estoy segura de que siempre se acordarán del hijo que han tenido dentro y eso es realmente triste.
– Tiene más de 1.500 fans en Facebook. ¿La juventud es tan afectuosa en la calle?
– Ellos son los que más me paran y hacen que firme sus zapatillas con unos bolis especiales. Además, los chavales son quienes captan todo; trascienden la carcajada y llegan al trasfondo de las tramas. Entienden que las mujeres viejas que ven en las series no son malas, sino que han llevado una vida horrible, han trabajado como locas y encima no tienen un duro.
– Con su papel de abuela traviesa se ha ganado también a los niños. ¿Qué reacciones provoca en ellos?
– Muchas veces me han dicho: “¡Ojalá mi abuela fuera como tú!” Y yo he contestado: “¿Sí?, ¡Pues tienes que comprarme paquetes de tabaco por un tubo!”. De haber tenido nietos, con ellos habría sido incluso más moderna de lo que soy con los fans. 
– Un objetivo por cumplir en su vida y en su profesión
– Quisiera haber nacido en Hollywood. Allí huele a cine. ¡Esto lo digo en Bilbao y me miran mal, seguro! Como me tocó nacer en España, al menos me hubiera gustado hacer de vedette y bajar unas escaleras como Dios manda, pero tampoco ha podido ser.
héctor álvarez jiménez
06-09-2011 Versión imprimir
© AISGE 2017   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio