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24-07-2013 Versión imprimir

 

Marta Belaustegui


“Aprender cosas sobre
 la vida es la mejor parte de mi trabajo”


Directora del Teatro del Duende. Responsable de Mujeres en Dirección. Observadora inquieta. Escritora. Luchadora. Hacemos balance con una actriz que siempre mantiene un pie en la militancia
 
 

FRANCISCO PASTOR
Fotografías de Fernando López
“El actor nunca deja de ser uno mismo. Hay una parte de ti en cada personaje que interpretas, y siempre le aportas tu propia posición como artista”, cuenta Marta Belaustegui. En efecto; creadora del festival Mujeres en Dirección, dueña de una compañía de teatro y autora de algún que otro cortometraje, no deben existir muchos papeles detrás de los que esconder una personalidad como la suya. De hecho, fue la impaciencia lo que llevó a esta madrileña a tomar parte, también, detrás de la cámara. “Ser actriz es maravilloso, pero tiene un inconveniente, que es esperar a que los demás cuenten contigo. Y yo, así, sentía que se me pasaba la vida, y no me gustaba”.
 
   De manera risueña, la antagonista de Malena es un nombre de tango se reconoce como una nómada; lo que, para ella, es un sentido del trabajo. “Me gusta mucho implicarme en cada proyecto y realizarlo con rigor y entusiasmo, como me gusta decir adiós cuando llega el momento. Pienso mucho en el personaje que está por llegar, que también se merece su sitio”. Quizá desde ese compromiso, aunque, sobre todo, desde el romanticismo con el que observa su oficio, no se rasga las vestiduras cuando le toca quedarse entre bambalinas. Todo lo contrario: “Me parece preciosa la relación entre el actor y el director, en un sentido y otro. Jamás me perdería la oportunidad de dirigir a un actor para ocupar yo su lugar”.
 
   Marta aprecia enormemente la intimidad y por ello disfruta mucho del tiempo que pasa fuera del escenario. Sin embargo, nunca se olvida de los demás cuando se trata de saborear las mieles. Si le preguntan por el certamen que dirige, se remite a la primera persona que le puso una cámara en la mano, el académico Tomás Fernández. Hablando de su vida como escritora, piensa en su amiga Alicia Luna, junto a la que lleva tiempo preparando un guion sobre las mujeres sufragistas. Al recordar sus años como alumna de arte dramático, menciona a los profesores Elvira Sanz, Lourdes Ortiz y Ángel Gutiérrez.
 
   Con todo, que Marta demuestre su agradecimiento no la convierte, desde luego, en una relaciones públicas. En un gremio dominado por el protocolo y la timidez en el trato, la valentía que desprenden sus respuestas da cuenta de un carácter que va por otro camino. Dos décadas después de que interpretara a la Casandra de Eurípides en el anfiteatro de Mérida, se encuentra más que dispuesta a mancharse las manos para que el mundo que le rodea se parezca un poco más al de sus sueños. Probablemente por ello, como tantos otros proyectos que anteriormente había sacado adelante, un día decidió coger el bolígrafo y sentarse a escribir ficción. “Si hay una idea reiterada en mi obra”, dice, “es el derecho a luchar por aquello en lo que uno cree”.
 
 

 
 
 
Aquella España diferente
Los ideales de Marta están presentes en su trayectoria aunque, a veces, camine sola. Contradiciendo las palabras que el alcalde de Cuenca y ella habían pronunciado ante los medios el verano pasado, la actriz recibía hace pocos días la noticia de que el festival Mujeres en Dirección, que había crecido en la ciudad de las casas colgadas, no se celebrará este año. Y es el segundo hiato. “Falta voluntad. He propuesto alternativas viables económicamente que ni siquiera se han estudiado”.
 
   Para su directora, este certamen, que cuenta con cinco ediciones a sus espaldas, nació “al abrigo de una España diferente, más bonita, que estaba legislando sobre la igualdad”. De hecho, la primera edición del festival coincidió en el tiempo con los debates parlamentarios sobre aquel proyecto de ley, acerca de la presencia de las mujeres, que tanta polémica traería. Con resignación, en la incertidumbre de si algún día volverá a convocarse, Marta intenta advertir a los políticos: “los avances requieren mucho tiempo y esfuerzo, pero dar un paso atrás cuesta muy poco.”
 
   No es el único trabajo de la actriz al que la pereza se ha llevado por delante. Aunque la segunda temporada de 14 de abril. La República está grabada, montada y lista para ser emitida, sus espectadores llevan dos años esperándola. Actores como Álex Angulo, Verónica Sánchez, Félix Gómez o Alejo Sauras acompañaban a Marta en el reparto las noches de los lunes, consiguiendo muy buenos resultados de audiencia para TVE. Más allá del hecho concreto, lo que le duele es la reticencia de la cadena a dar explicaciones. “Me gustaría preguntar al director de Radiotelevisión Española por qué guardan en un cajón un trabajo bien hecho y que gustará mucho, como ha gustado hasta ahora; sobre todo, teniendo en cuenta que, desde entonces, han estado invirtiendo en series nuevas”.
 
 

 
 
 
   Estos malos tragos, en cualquier caso, se diluyen en una trayectoria que le ha proporcionado momentos muy felices. Cuenta veinte años al frente del Teatro del Duende, en los que ha preparado obras y actuado en ellas, siempre desde la libertad. “Hemos hecho los autores que queríamos, no nos hemos autocensurado ni puesto límites. Si éramos quince personajes, encontrábamos a quince actores”. Sobre las tablas y también frente a la cámara, esta madrileña a la que le encanta ver mundo agradece a su carrera el haber aprendido muchísimas cosas sobre la vida. “Es la mejor parte de ser actriz. Viajas, conoces otras culturas y vives otras problemáticas desde dentro, que es cuando se comprenden de verdad”. Tanto a un lado como al otro del Atlántico, “los ingredientes de la dramaturgia son los mismos, porque los autores hablan del momento y de la realidad que conocen”.
 
   En alguno de esos viajes, la actriz dejó parte de su corazón en Latinoamérica, un lugar recurrente en su conversación. Una de las experiencias que recuerda con más cariño aconteció en Bolivia, hasta donde la llevó el texto Dile a mi hija que me fui de viaje, la historia de dos mujeres en prisión que representaron, precisamente, en una cárcel. “Eso no lo olvidaré nunca”, dice, antes de relatar que su compañía interpretó una obra en un pequeño pueblo indígena de Perú que hasta entonces nunca había conocido una representación. Para Marta, las vivencias como esta descansan sobre un importante principio. “Llevarlo a lugares donde no ha estado antes: de eso trata el teatro”.
 
   Cuando piensa en el mañana, es tan optimista como contundente. “Siento que saldremos de este lío, pero es necesario que el arte vuelva a manos de los artistas y se aleje de quienes, hasta ahora, han escrito las reglas del mercado”. Desde esa convicción plantea un alegato, también, para los jóvenes que quieran dedicarse al arte dramático. “Que no pierdan la oportunidad de formarse todo lo que puedan y en el mejor lugar que puedan. Ese lugar, al que yo tuve la suerte de ir, es la escuela pública, que en España es maravillosa. A día de hoy, sigo poniendo en práctica todo lo que aprendí en ella. Recuerdo cada momento allí”. Y así, piensa en aquella actriz que, cuando todavía era estudiante, se conmovió al ver con sus propios ojos al dramaturgo polaco Tadeuzs Kantor. Quién sabe; quizá aquel fue el momento en que Marta Belaustegui cogió fuerzas para vivir, como vive, tantas vidas al mismo tiempo.
 
 
 
 
 
 
De cerca
Una sala en la que se sienta como en casa – La Sala Mirador, en Lavapiés
Un sueño que está decidida a cumplir – Tener un teatro
Una línea de diálogo que no podrá olvidar nunca – “La libertad consiste en tener lo necesario. Tú eres lo necesario para mí”, de Las razones de mis amigos
Un momento del día – Ese que me pertenece. Mi intimidad
Un final que le sobrecoja – El de Thelma y Louise
 
 
 
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