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Ilustración: Luis Frutos


 
Aquellos cómicos


 
MARTA RIVERA DE LA CRUZ
En las pasadas Navidades, mi hermano nos sorprendió a mi hermana y a mí rescatando quién sabe de dónde el dvd de una vieja película española que habíamos visto juntos cuando éramos unos críos, Los Palomos. Ninguno de los tres la recordaba muy bien, pero sí el efecto que había causado en nosotros entonces: hace veinte, quizá treinta años, nos había divertido mucho, y decidimos ponerla a prueba del paso del tiempo y tantas referencias cinematográficas acumuladas desde entonces. Así que aquella noche, después de cenar, organizamos nuestro particular cineclub, con la chimenea de la casa de mi padre encendida y una notable provisión de palomitas que sumar a la consabida colección de guarrerías navideñas. Para nuestra sorpresa, se sumaron al visionado de la peli dos invitados inesperados: mis sobrinos Marta y Nachete, de 9 y 7 años. La verdad es que pensé que el interés de los dos críos por aquella cinta se desvanecería en los primeros diez minutos, pero no fue así: la vieron sin pestañear hasta el final, se rieron con nosotros y en los mismos momentos y, cuando ya había acabado, el niño preguntó muy serio, sin dirigirse a nadie en particular, si teníamos Los Palomos 2 para poder verla al día siguiente.

   Tratada por la crítica con tibieza, Los Palomos es una comedia negra dirigida por Fernando Fernán Gómez con un inmenso José Luis López Vázquez, la inefable Gracita Morales, el siempre efectivo Fernando Rey y una Mabel Karr en la plenitud de una belleza que sigue siendo moderna cincuenta años después. La trama arranca cuando un modesto empleado y su esposa son invitados la noche de fin de año a casa del dueño de la empresa, donde este y su mujer esperan poder culparles del asesinato de una tía anciana y rica a la que pretenden heredar. Es una película sin pretensiones, muy sencilla y llena de giros ingenuos, pero la levanta admirablemente la presencia de unos actores impecables. Porque, aunque las nuevas generaciones no lo recuerden – quizá nunca lo hayan sabido–, en aquella España en blanco y negro, en aquella España mediocre y sin ilusiones, en aquella España dictatorial y triste, había verdaderas figuras de la interpretación capaces de sostener una industria solo incipiente, contaminada por la beatería y limitada por la censura. Este era un país atrasado, deprimido y sumido en un desencanto que ni siquiera se podía manifestar. Pero, a pesar de todo, se hacían buenas películas y había una pléyade de actores que, de haber empezado su carrera en las condiciones actuales, habrían llegado mucho más que lejos. ¿O es que alguien duda que el brutal atractivo de José Suárez le hubiese abierto las puertas de Hollywood tras verle interpretar a un don Juan de provincias en Calle Mayor? ¿O que el talento de Fernando Fernán Gómez no habría sido suficiente para conquistar a la industria entera? ¿No tenía Amparo Rivelles la majestad de la mismísima Bette Davis y Elvira Quintillá un encanto muy similar al de Doris Day? Tony Leblanc podría haberse anticipado a John Turturro, Paco Rabal a Chazz Palmintieri y Carlos Larrañaga, a Bradley Cooper. Julia Gutiérrez Caba bien hubiera podido verse las caras con Joan Crawford, y Pepe Isbert habría bordado el papel que interpretó Peter Falk en Un gangster para un milagro.

   Junto a ellos, Manuel Aleixandre, María Asquerino, José Bódalo, Juanjo Menéndez, José Luis Ozores, Jaime Blanch, Amparo Soler Leal o el inolvidable Alfredo Landa, al que este país de ciegos tuvo haciendo películas de suecas hasta que llegó José Luis Garci y le demostró que podía interpretar a un tipo duro tan bien como Clint Eastwood, ahí es nada. De no ser por él y porque luego Mario Camus le permitió tomar la alternativa dándole el papel de su vida en Los Santos Inocentes (¿cómo olvidarle en la partida de caza, haciendo de perro en alma y cuerpo?), tal vez su casta de actor se habría perdido entre bikinis anticuados y bañadores paqueteros.

   Aquellos actores eran buenos. Condenadamente buenos. Lo que pasa es que en el franquismo a nadie se le ocurría pensar que el talento pudiera exportarse, como los melocotones de Calanda o el vino de Rioja. Ni siquiera a los interesados. Vivieron, murieron algunos, convencidos de que aquello que tenían había sido creado para consumo interno.

   La historia de nuestro cine está llena de oportunidades perdidas. De directores que se quedaron a medio camino y de actores que no tuvieron ni la ocasión ni los medios para levantar el vuelo. Queda el magro consuelo de que aquí se les trató con la consideración debida, que no les faltó trabajo y escucharon los suficientes aplausos para alimentar el ego siempre hambriento de quien vive de meterse en la piel de otros. Me pregunto si, cuando entraban en un cine de estreno y escuchaban el rugido amenazador del león de la Metro, todos estos profesionales de raza no sentían el pellizco de la frustración. Si nunca soñaron con estar allá lejos, en la fábrica de sueños, donde los actores pasaban de ser héroes a convertirse en dioses, de triunfar en el presente a hacerse eternos gracias al nitrato de plata, que en Los Ángeles estaba hecho de oro. Tal vez nunca pensaron en lo que pudo haber sido y no fue. Tal vez alguien había logrado convencerles de que lo que había al otro lado del océano no era para ellos. O tal vez se conformaban, por entender que habían nacido para dar un poco más de dignidad a un país de estraperlo, cigarros de picadura y ayuno obligatorio más allá de la cuaresma. En un país que al hablar de ellos usaba el nombre equívoco de “cómicos”, no se sabe si por faltar o porque nadie pensaba que aquel oficio diese mucho más de sí.

   Es una pena que quienes hoy tienen quince, veinte, incluso treinta años ignoren casi todo de un puñado de tipos de pata negra que tuvieron la desgracia de venir al mundo en España cincuenta años antes de tiempo. Que muchos no hayan visto sus películas, que ignoren la enormidad de su trabajo. Que no sepan que aquí había actores de primera mucho antes de que Javier Bardem se fuese a Hollywood y Antonio Banderas le robase la chica al rubio macarra de Corrupción en Miami.
 

 
Marta Rivera de la Cruz (Lugo, 1970) es periodista y escritora, y en 2006 fue finalista del Premio Planeta con ‘En tiempo de prodigios’. Su novela más reciente es ‘La boda de Kate’ (2013)
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