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14-03-2016 Versión imprimir
Ilustración: Luis Frutos
Ilustración: Luis Frutos
 


Una declaración de amor



La autora de 'Farándula', último Premio Herralde de novela, desglosa su fascinación por los actores y los motivos por los que la cultura nunca es un ornamento, sino una necesidad



MARTA SANZ
Desde que era pequeña he sentido fascinación por la farándula. Me gustaban el cine y sus revistas y, en lugar de jugar con muñecas meonas, me encantaba recortar fotos y con ellas crear folletines, historias de malos y buenos. Recuerdo unos cuadernillos sobre actores que quizá se regalasen con Fotogramas: con las siluetas de esos cuadernillos convertí en matrimonio a Bette Davis y Fredric March; en novios rebeldes a Carmen Sevilla y James Dean; en tía loca a Ida Lupino… Ahora el escritor Óscar Esquivias me manda postales de actrices –Dietrich, Deneuve, Woodward, Schneider…– para felicitarme por mi cumpleaños o contarme secretos. Él me enseñó que no somos Leo o Capricornio, sino que, siguiendo el horóscopo espectacular de Manuel Puig, nuestra vida se rige por la estrella femenina que ganó el Óscar el año en que nacimos: yo nací en 1967 y me toca Katherine Hepburn; Esquivias vive su vida bajo el astro refulgente de Liza Minnelli que, en Cabaret, movía sus uñas pintadas de verde delante de Michael York: “Sofisticadas, ¿verdad?”. Además de esa fascinación que me hace reverenciar a los actores de una manera un poco estúpida, el teatro siempre me ha producido una fuerte reacción física. Mi madre actuó en un grupo amateur y yo empatizaba con ella, memorizaba con ella, me metía dentro de sus movimientos y no quería por nada del mundo que se equivocara. Me sentía vulnerable. Durante mucho tiempo mi relación con el teatro no fue natural. Fue de una visceralidad patológica.

   Con los años la mitomanía de lentejuelas, muñecas recortables y recortes, la pulsión que me llevó a editar El libro de la mujer fatal o a escribir Daniela Astor y la caja negra para contar la Transición a través de las actrices del destape como iconos y musas del periodo; con los años, esa aparente frivolidad, pero también el miedo, han mostrado su dimensión política: mi interés por el espectáculo se basa en la convicción de que la cultura no es ornamental ni accesoria. La cultura empapa y hace de cada uno de nosotros lo que somos. Por eso procuro entender a través de mis novelas cómo se relaciona la realidad con sus representaciones y cómo las bellas imágenes del cine o la televisión jamás son intrascendentes, sino que nos cortan la retina como la navaja del perro andaluz de Buñuel. También los libros que escribimos y, en ese punto, llegamos a Farándula. Muchos periodistas, al entrevistarme, han considerado que farándula es una palabra despectiva. Para mí es eufónica. Se compone de fonemas que resuenan agradablemente en el fondo del tímpano y que yo asocio a libélula o a farfalla, que significa mariposa en italiano. También por el gusto de jugar con los sonidos del lenguaje y con las asociaciones libres, Ana Urrutia, diva del teatro que protagoniza esta novela, le dice a Lorenzo Lucas, el gran actor de La Elipa: “¿Farándula? Farándula es la combinación de Faralaes y Tarántula” Y en esa definición, asociativa y excéntrica, nada ortodoxa etimológicamente, es donde reside, más allá de los juegos de infancia o la reverencia por aquellos artistas capaces de aprenderse un monólogo de Lope, mi motivación para abordar el mundo del teatro: los actores, con su fusión de brillo y precariedad, de los faralaes y las tarántulas, con sus picos de esplendor y olvido, constituyen una metáfora del gran teatro de nuestro mundo.

   Sobre la superficie esférica del planeta destacan los rascacielos de Kuala Lumpur, la isla palmera de Dubai, los fosforescentes carteles publicitarios de un Times Square que cada vez se parece más al atrezo de Blade Runner… Externamente nuestro mundo brilla, pero en el corazón del planeta, en su magma y su núcleo, algo se corrompe. El glamour se asienta sobre estructuras a punto de pudrirse. Las zonas expuestas al fuego y al agua de los edificios viejos. Para que uno refulja, miles viven bajo bombillitas de cuarenta vatios.

   ¿Qué fue de Jorge Sanz?,
se preguntaba David Trueba, y yo, además de las joyas prestadas de la alfombra rosa, me acuerdo de aquellos actores que retrató Fernán Gómez en El viaje a ninguna parte o de los Cómicos de Bardem. Para algunos nunca llega el minuto de gloria y solo un amor sostenido por la profesión les ayuda a persistir mientras ponen copas o se van a pasar una temporada con su familia. Hay que ser fuerte y valeroso para seguir adelante.  El paro en el sector convierte en legítimas las reivindicaciones que se hacen desde sindicatos y asociaciones. Sin embargo, las reivindicaciones de los actores respecto a su propio oficio y sus declaraciones como ciudadanos que expresan su opinión son a menudo salvajemente recibidas en un contexto dominado por un legítimo resentimiento. Los que insultan rebajan la cultura a su faceta bufonesca, a su cariz accesorio frente a la necesidad de una marca España de empresarios y emprendedores del sector textil. La gente de la cultura somos vendidos o vagos. Los que insultan dan forma a una contradicción que se convierte en incertidumbre para los artistas que critican el mismo sistema que los hace visibles: denunciar lo que no va bien dentro de un orden social y económico que, de algún modo, te proporciona una razonable cota de éxito que, a su vez, es la que convierte tu voz en un megáfono. Como si el hecho de ser visible forzase a la conformidad desactivando la capacidad crítica. El razonamiento anterior se asienta en una falacia que beneficia a quienes detentan el poder económico y dictan las reglas.

   De esa vida en el centro de una paradoja, habla Farándula a través de un sátira que sitúa en primer plano tres generaciones de actrices: Ana Urrutia –inspirada  en María Asquerino–, una actriz mayor que no tiene dónde caerse muerta; Valeria Falcón, una entristecida actriz de mediana edad que pertenece a una saga de actores; y Natalia de Miguel, joven aspirante que intuye que el triunfo pasa por saber adaptarse al medio y no formularse demasiadas preguntas. Porque la lucidez afecta al hígado como una hepatitis. A su lado, Lorenzo Lucas, que ha entendido que la dignidad también reside en el precio que te pagan por tu trabajo. Valeria, Natalia y Lorenzo se encuentran en la adaptación teatral de Eva al desnudo. Por su parte, Mariana y Adolfo sobreviven practicando un teatro que consideran comprometido por el mero hecho de seguir siendo teatro. O Daniel Valls, ganador de la copa Volpi, que ve cómo su carrera se desmorona por firmar un manifiesto. Y Mili, que dejó el teatro por un montón de razones y ahora es incapaz de sentirse parte de un público con el que no comparte nada…

   La peripecia de estos personajes tal vez nos invite a repensar esas palabras que están cambiando de significado en poco tiempo: triunfo, pueblo, gente, libertad, singular, plural, filantropía, marketing, beneficencia, acción política, corrupción, pureza... La sátira de Farándula no destila odio: es un diagnóstico y una declaración de amor hacia el oficio de los actores y las actrices.
 

 
 
La escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) acaba de obtener el Premio Herralde de Novela con Farándula (Anagrama, 2015). En 2006 fue finalista del Nadal con Susana y los viejos y cuatro años más tarde concibió para Black, black, black al detective gay Arturo Zarco, protagonista también de Un buen detective no se casa jamás (2012). Colabora en Público, en el suplemento El Viajero de El País y en las páginas de El Cultural de El Mundo
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