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18-09-2019



Martiño Rivas

 

“Creo que para que algo salga bien te tiene que dar un poco igual”


 

Ya en su debut con ‘Mareas vivas’ descubrió que el trabajo no era una losa. Que en la interpretación uno se lo pasaba bien sin dejarse la profesionalidad por el camino. Al inicio del suyo tuvo a Luis Tosar como referente, un privilegio que repetiría con Amparo Baró o Concha Velasco, sus maestras en mantener siempre encendida la llama de la vocación. Y también la del compromiso, como está demostrando con ‘Jauría’


LUIS MIGUEL ROJAS (@luismirrojas)

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Realmente nunca sabemos si conocemos a nuestro padre. Pocos se atreven a ir más allá de ese amor de cuna que nos viene dado. Martiño Rivas (A Coruña, 1985) creció entre lecturas de numerosos autores, aunque dejando hueco en su más elevada predilección a las historias de su padre, lo cual configuró un esquema basado en la sensibilidad del escritor Manuel Rivas

 

   Este joven actor tiene los pies anclados en tierra pese a estar rodeado de éxito por todos los flancos. No es que la gravedad le afecte más, sino que vive las distintas etapas de su trayectoria desde una perspectiva reflexiva, honesta y humilde. Llena su mochila artística un buen puñado de títulos audiovisuales y teatrales, algunos de ellos erigidos en hitos, y por eso sorprende una confesión hecha sin ningún reparo: él también ha tenido su larga caminata por el desierto. Parece tímido de primeras. Acumula incontables sesiones de fotos y todavía se corta ante el objetivo. De sonrisa zalamera, voz suave y discurso vivo, le acompaña además la bendición de ser objetivamente guapo. Su rostro ha sido póster destacado en las habitaciones de muchos jóvenes. Y seguro que lo sabe. 

 

– Su primera experiencia interpretativa fue en un colegio de Dublín y le tocó interpretar a un personaje hablando en gaélico. Eso sí que es rizar el rizo. 

– Es curioso que para hacer el papel del más irlandés de todos cogieran al más indicado… [risas]. Mis recuerdos de esa etapa son los que me cuentan mis padres. ¡Tenía ocho años! Sí me acuerdo de que los chavales eran gamberros. Pero los irlandeses me caen bien. Y me encantan las islas Aran. La atmósfera de Irlanda siempre me ha gustado mucho: sigo el trabajo de directores como Jim Sheridan, autor de Mi pie izquierdo, y leo a dramaturgos y escritores como Martin McDonagh y James Joyce. 

 

– ¿Lee mucho?

– Me gusta leer. Hacerlo mucho o poco depende de los hábitos. Hay épocas en las que leo con más regularidad y otras en las que tengo mucho trabajo y me resulta difícil. También hay veces en que, en lugar de tener un libro en la mano, desgraciadamente el tonto con el móvil.

 

– ¿Le gustan los de su padre?

– Por supuesto. Tiene un mundo interior especial y me gusta descubrirlo a él como persona leyendo sus escritos. Saber que esa persona es mi padre, poder tenerle al otro lado de la mesa durante nuestras conversaciones, me permite elaborar una reflexión sobre él que se añade a las aristas que extraigo cuando leo algo suyo. Admiro mucho su sensibilidad.



– Con 13 años empieza a aparecer delante de la cámara. Mareas vivas fue un hito en la televisión de Galicia. ¿Qué le decían en casa cuando le veían en la pequeña pantalla?

– En mi familia nunca hubo una conversación donde yo dijera que quería ser actor. Me presenté a un casting abierto y salió aquello. Especialmente a mi padre, creo que no le hizo mucha gracia, y eso que nunca lo he hablado con él. Antón Reixa dirigía la serie y era íntimo amigo suyo, y creo que le preocupaba que alguien pudiese acusarme de enchufismo

 

– ¿Ha tenido que lidiar alguna vez con habladurías al respecto? 

– Seguro que han existido. Nunca me lo han dicho a la cara, pero cualquiera puede tener esa suposición. Hasta cierto punto puede ser fundada, porque es evidente que en Galicia mi padre es una figura importante, sobre todo dentro del mundo de la cultura. Y si hubo habladurías, sería al principio. Luego se han hecho tres películas con cosas de mi padre y yo no he salido en ninguna… No es algo que me haya preocupado. Cuando me ha llegado algo, me he preocupado por hacerlo bien.

 

– ¿Recuerda alguna anécdota con Luis Tosar en aquella producción mítica? 

– Con él compartía muchas secuencias. Me llamaba la atención la diferencia que había entre lo serio de su papel y lo gracioso que él era. ¡La persona más divertida en el set! No se equivocaba nunca, y yo le preguntaba por qué. Me decía que estudiaba durante el fin de semana y también antes de la grabación. Me quedé con esa técnica, pero nunca la llevé a cabo [risas]. Tosar es alguien en quien inspirarse, desde luego. Y Miguel de Lira hacía también un trabajo maravilloso. La serie tenía un reparto de diez, fue un punto y aparte en la ficción gallega.

 

– Se aprecia cierta de morriña cuando habla de Mareas vivas.

– Creo que aquello fue la cúspide de mi carrera, que desde entonces he ido para abajo [risas]. Cuando en el colegio hacían referencia al trabajo, a ganarse el jornal, se asociaba a algo laborioso, a una carga, a una losa con la que había que lidiar día a día… Y yo llegaba al rodaje y veía que la gente trabajaba y era eficiente, pero también que se reían mucho, que se lo pasaban bien y estaban muy locos.

 

– Eso no está reñido con la profesionalidad.

– Efectivamente. Las cosas suceden cuando hay buenas energías. Es curioso: creo que para que algo salga bien te tiene que dar un poco igual. Lo estoy comprobando con la experiencia. Tiene que haber cierto punto de distancia, donde haya posibilidad de que te equivoques. Siempre quieres hacerlo bien, pero quedar siempre bien pone en tensión al actor



– De compartir escena con Tosar a hacerlo con Concha Velasco. Eso no es cualquier cosa…

–Concha es una trabajadora como pocas he conocido. Es increíble la vitalidad que tiene, cómo está en teatro, cómo se va a grabar Cine de barrio y después se viene con nosotros a la serie [Las chicas del cable]… A esa edad todavía conserva ese fuego dentro. Eso me genera curiosidad, pues pienso en cómo será mi relación con la profesión transcurridos tantos años, si seguirá en mí ese fuego. Y Concha es muy cinéfila. Con ella tenía el juego de ir diciéndonos películas para averiguar el director. Siempre me ganaba. ¡Aunque un día lo hice yo! 

 

– Saltó a la televisión de ámbito estatal con SMS, aunque su nombre resonó definitivamente gracias a El internado. ¿Qué le aportó esa etapa? 

– Me dio experiencia. Era la primera vez que trabajaba en esto con la certeza absoluta de que quería ser actor. Y tuve regularidad laboral porque fue durante mucho tiempo. Me aportó además cierto grado de popularidad.

 

– ¿Se ganó alguna colleja de Amparo Baró detrás de las cámaras?

– [Risas]. Aunque se la recuerde por esa anécdota, en El internado no lo hacía. Hablábamos antes de Concha, pero Amparo mantenía la llama encendida. Solo le importaba sacar la secuencia, el trabajo. No era dispersa. Pese a ser la más mayor del reparto, era la más moderna a la hora de trabajar, la más fresca, la más espontánea.

 

– ¿Se imagina que tras una racha exitosa puede llegar un parón que se alargue demasiado?

– Sí. Me ha sucedido. Ese es un leitmotiv que piensas mientras estás trabajando. Yo suelo prepararme: pienso en usar ese tiempo para leer, para intentar escribir, coger un instrumento… Llega un punto en el que incluso deseas ese momento porque lo ves como una oportunidad para hacer otras cosas. Para avanzar. Eso sí, cuando se alarga más de lo que creías, te choca. Yo tuve mi andadura por el desierto. Y si ahora me pongo a reflexionar, creo que me vino bien… [hace una pausa, mira a un punto fijo, respira profundamente]. Llegas a pensar que eso también te pertenece, que es una reacción natural del camino que eliges. 



– Habla con especial cariño sobre Cuestión de altura. ¿Qué supuso para usted? 

– Era mi primer personaje importante en teatro. Fue algo muy personal que me llegó de rebote en un momento delicado. Lo cogí con muchas ganas, fue una experiencia preciosa. Y compartí escena con Tomás Pozzi. Él es uno de los primeros actores que vi en el teatro cuando llegué a Madrid y de los que más me interesaban, es de esas personas magnéticas que te hacen conectar enseguida con su trabajo. 

 

– ¿Cómo fue su primer contacto con el guion de Jauría?

– Cuando te llega sabes que lo que tienes entre manos es material sensible. El fin era explicar por qué este caso [el de La Manada de Pamplona] se volvió tan complejo, por qué supuso un antes y un después. Nada de lo que se dice ahí es ficción, aunque haya intervención del dramaturgo para condensar todos los testimonios en hora y media. Pero Jordi Casanovas intentó ser muy objetivo, hasta equidistante, para que fuera el espectador el que extrajera sus conclusiones. 

 

– ¿Temían un mal recibimiento por parte del público? 

En Jauría no capitalizamos el dolor ajeno, como se dijo al principio. Yo creo que las cosas, si no se cuentan, no existen. Es una forma de barrer debajo de la alfombra. Pero sorprende que ese reproche no se haga a magazines televisivos que han hablado horas y horas sobre el caso de La Manada. ¿Por qué el teatro no puede ser un terreno válido donde reflejar historias reales? Todos los lunes se llenaba la sala porque venían institutos y luego hacíamos coloquios que duraban más que la propia función. Muchos cogían el micro y contaban experiencias que habían padecido. Yo mismo tuve miedo a la reacción de la gente al principio, pero mi autoconvencimiento de que aquello debía contarse era mayor a medida que ensayábamos. 

 

– Al final ha prevalecido la crítica constructiva.

– Hemos estado en Uruguay y la gente se ha volcado. La violencia de género es un mal endémico. Se trata de algo que es responsabilidad nuestra, de los hombres, pues somos los que la ejercemos en la gran mayoría de los casos. Como colectivo, yo nunca he incurrido en ese tipo de comportamiento, pero asumo que pertenezco a él. Y eso implica una responsabilidad: responsabilidad a la hora de concienciar, responsabilidad a la hora de impedir la violencia… Este tema da para hablar muchas horas.



– En Las chicas del cable se reencuentra con Blanca Suárez y Yon González tras El internado. ¿Qué permanece igual y en qué se ven distintos? 

–Estamos más maduros. Aunque solo sea desde el punto de vista técnico, llevamos ya rodajes a las espaldas, lo cual se nota mucho. Y permanecer, permanece todo. Es comodísimo cuando trabajas con alguien con quien ya lo has hecho durante mucho tiempo. Para mí es muy importante la sensación de que a nivel humano y personal puedo confiar en la persona que tengo en frente. 

 

– Aquella ficción ha sido un éxito tanto aquí como en Latinoamérica. ¿Se plantea cruzar el charco, como ya lo hizo su compañera Ana de Armas?

– Es increíble lo que Ana está consiguiendo, es fascinante, me consta que está trabajando. A mí me gustaría trabajar en cualquier sitio porque solo quiero contar historias. Cómo conseguirlo ya es otra historia [risas].

 

– Ha puesto voz a Tambu, el protagonista de Malaherba (Manuel Jabois), en su versión audiolibro. ¿Por qué acepta dar voz a este personaje que retrata el paso de la infancia a la adolescencia? 

– Jabois pidió que lo hiciese yo, y eso contribuyó a la gratificación de mi ego [risas]. El autor pensaba en mí para que contase esa historia que me encantó. Mi preocupación era estar a la altura: quería hacerlo y quería que el resultado fuese bueno. Era algo nuevo para mí y probé que me escucharan antes de meterme de lleno. Me satisfizo tanto la experiencia que he vuelto a repetirla, esta vez con una novela preciosa de mi padre: En salvaje compañía

 

– ¿Ha escrito él ya algún relato para su nieta?

– ¡No, no! Todavía no le ha dado tiempo, la pequeña apenas tiene cinco meses.

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