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13-09-2017 Versión imprimir

 
 
Mercedes Hoyos
 

“Me quedé en Sevilla como reivindicación: no concebía que todo se centralizase”
 
 
 
Buscarse la vida desde la adolescencia la condujo al periodismo antes que a la interpretación. Hoy despunta en el celuloide, se mantiene en la tele y se apoya sobre el pilar fiel del doblaje
 
 
HÉCTOR MARTÍN RODRIGO
Es su momento. Comenzó el año con el Premio Asecan de la crítica andaluza por Todo saldrá bien, de Jesús Ponce, en cuyo cine es una actriz recurrente. “A mis personajes ahora les pone directamente mi nombre”, revela Mercedes Hoyos. Ese filme también le brindó una candidatura al Goya que no se coló entre las finalistas a actriz revelación, una categoría disparatada cuando en 1989 ya la habían tildado de descubrimiento para este oficio a raíz de su papel en la serie Juncal. Bien se merece la actual ola de admiración, pues mantuvo intacto su talento durante todo el metraje pese a cargar con esa anhelada primera protagonista de su carrera, pero además lo consiguió en condiciones adversas: “Estuvimos dos semanas levantándonos de madrugada y rodando todo el día, el único tiempo libre era para ducharnos y dormir. No salía del personaje. Aparte de ese frío interior, sufrí el frío de fuera, estaba todo el rato temblando”.
 
   Con más agrado recuerda esta “adicta al mar” el rodaje en Barbate de los episodios de Perdóname, Señor, donde hasta este verano la vimos junto a Estefanía de los Santos como rebelde empleada de una conservera. Y barrunta un posible retorno de su Yolanda a Cuéntame. Una sesión de fotos acordada con un amigo suyo a media tarde en los jardines de la Cartuja de Sevilla precede a la entrevista. De improvisada ayudante de vestuario lleva a su hija, Lucía, quien a sus 15 años apunta maneras de artista. Surcó tierras alcarreñas en sus secuencias para Víctor Ros al lado de Carles Francino y desde su infancia acumula apariciones episódicas. La noche cae a orillas del Guadalquivir y la charla con “mamá Mercedes” continúa.  
 
– Es usted sobrina de la bailaora Cristina Hoyos. ¿Influyó eso en su vocación?
– Cuando era pequeña la veía poco, estaba siempre viajando fuera de España con la compañía de Antonio Gades. Y vivía en Madrid. A su regreso a Sevilla sí tuve mucho contacto con ella: me inició en el flamenco, me llevó a las academias de Adelita Domingo o Enrique el Cojo… y me animó a aprender inglés. Incluso me pagaba las clases.

– Aquella formación en danza cristalizó precisamente a las órdenes de Gades, que le brindó uno de los hitos de su trayectoria con Bodas de sangre.
– No tenía un personaje importante, pero era un sueño. Hacía los coros y me tocó bailar un pasodoble con José Mercé porque éramos los más altos [risas].
 
– Tampoco le falta destreza para el canto…
– En la obra Romeo X Julieta di vida a la madre de los Capuleto. La música era de Tomatito y yo cantaba y bailaba un par de canciones con mucho poderío porque era una mujer tremenda.


 
– ¿Su hogar estaba impregnado por el ambiente de la farándula?
– No viví el arte en mi casa, aunque sí el amor por el arte, les gustaba mucho la música. Recuerdo colecciones de discos impresionantes de Manolo Escobar, Lola Flores, Juanita Reina… ¡Me sé todas las coplas! Mi abuela y mi tía Dolores eran unas enamoradas del cine y veíamos cada semana películas de Cantinflas, Bud Spencer y Terence Hill, Alfredo Landa… En la infancia ya escribía textos teatrales, los dirigía, repartía los papeles entre mis compañeras de aquel colegio católico para niñas. Hasta gané premios literarios. Lo mismo devoraba libros que cantaba por las calles con mi prima: ella recogía el dinero y luego comprábamos chuches. Jugaba a ser la presentadora María Luisa Seco, que leía las cartas que enviaban los niños.
 
– Pese a esa inquietud temprana, tardó en dedicarse profesionalmente a la interpretación.
– Representaba teatro independiente. Por entonces trabajaba en la radio de El Correo de Andalucía, donde empecé como presentadora de Tu música. Cuando llegué el programa estaba arrumbado y conmigo empezó a tener éxito. ¡Las cartas de los oyentes para dedicar canciones no cabían en la redacción! También cubría noticias para los informativos y los sábados emitíamos el espacio teatral Libertino Francachela: inventábamos un crimen con unos cuantos personajes implicados y la audiencia adivinaba quién era el asesino. Después puse música en Radio 80 y me sumé en Antena 3 Radio al teatro radiado de Antonio García Barbeito.
 
– Y de ahí, a la pequeña pantalla…
– Convocaron un casting para TVE Andalucía y Teo Escamilla me sugirió una entrevista a Luis Cuadrado para la prueba. En esa cadena permanecí un lustro con programas musicales como Ni te cases ni te embarques, en cuyo plató reuní a finales de los ochenta a Raimundo Amador, Kiko Veneno, Pata Negra, Silvio… Juntos y a las 12 del mediodía. ¡Eso es un logro! Soy periodista, porque si ejerces durante más de cinco años, te dan el carné. Me he pagado mi formación trabajando desde los 16, ya que mi familia no podía permitirse el lujo de tener a sus hijos estudiando. Llegué a empezar Empresariales, pero nunca hice Arte Dramático, era imposible compaginarlo con un empleo. Por eso he sido bastante autodidacta, aunque he asistido continuamente a cursos. Y sigo formándome.


 
– La televisión le ofreció un envidiable debut como actriz en 1989 gracias a Juncal.
– Teo Escamilla me preguntó por artistas de Sevilla y organizamos una prueba con Jaime de Armiñán al frente. Entonces no existía la dirección de casting. Se me dio fatal: llamé a todos mis conocidos y Armiñán se agobió ante la multitud de aspirantes a papeles secundarios y de reparto. Yo probé y me eligieron. Fue un shock. No daba crédito a lo bien que me trataba Paco Rabal. Dios estaba ahí puesto, pero ese Dios bajado del Olimpo ensayaba conmigo, era muy cariñoso… Se volcó absolutamente. De él aprendí la generosidad y la importancia de trabajar con el compañero. Su capacidad de observación era tal que en la fiesta de fin de grabación imitó a los miembros del equipo, reparó incluso en el auxiliar de producción que conducía el coche. ¡Ese hombre no era de este planeta!  
 
– Fue nominada al Fotogramas de Plata. ¿Se vino arriba por el reconocimiento inmediato?
– No. Soy de tierra, muy cerebral, lo cual es un fallo para una actriz. No me dejo llevar, y debo bregar con ese enemigo. He tenido algunos éxitos a lo largo de mi vida, pero nunca me los he creído. Este oficio no tiene más mérito que cualquier otro: más meritorio es un médico que salva vidas o el que se deja la piel en una ONG. No me creo mejor por mi condición de actriz.
 
– En aquel elenco coincidió con Lola Flores, en cuya biografía fílmica participaría usted después. ¿Cómo la recuerda?
– No compartimos secuencias, aunque ya la entrevisté en mis tiempos de TVE. Era una bestia iluminada, una mujer con una energía brutal. No cantaba ni bailaba mejor que nadie, pero desde los seis años tenía claro que quería triunfar y lo consiguió. Eso es fundamental para ser una estrella. Yo jamás he tenido esa prioridad.
 
– Esa mítica producción retrataba la picaresca de un diestro retirado de los ruedos. Ahora que hay tanta polarización en torno a la tauromaquia, ¿en qu postura se y tauromaquia, olunae una torero "retacis jardines de la Cartuja de Sevilla sirve de antesala  les pintaba encima sié lado se posiciona?
– Tuve afición, pero las personas evolucionan. He entendido el arte de los toreros, me ha puesto los pelos de punta y lo he admirado, hasta el punto de intentar reprimir mi compasión hacia el animal en las corridas. Pero hoy no las puedo soportar, a estas alturas ya no deberían celebrarse.


 
– Tras el prometedor despegue con Juncal se apartó de las cámaras hasta 1998. ¿A qué se debió ese parón?
– Me dediqué al doblaje. En el periódico vi un curso y me apunté. Por las mañanas iba a la tele y por las tardes doblaba. Durante muchos años estuve trabajando como una negra, más de 12 horas al día. Retomé la interpretación actoral cuando una panda de cinco compañeros fuimos en coche hasta Coín para el casting de Plaza Alta. Y el director me dio un papel protagónico pese a tener poca experiencia. Al principio lo hacía regular…
 
– Sigue ejerciendo como actriz y directora de doblaje con su propia empresa. Y se atrevió a fundarla en plena debacle.
– Canal Sur ya no dobla producciones. Nos dejó abandonados hace muchísimo tiempo por falta de dinero. El colectivo de dobladores en Sevilla nació gracias a que había demanda por parte de la cadena autonómica, y ello permitió que numerosos actores sobrevivieran. Ahora la crisis se ha agravado por la ausencia del que debió ser nuestro principal proveedor, que nunca lo fue, aunque tuvimos la suerte de que empresarios como el catalán Manuel Corbi invirtieran aquí. La situación es lamentable, con predominio de realities y escasez de largometrajes, precisamente por eso abrí Dasara. Había pasado casi una década sin un solo doblaje de cine en Sevilla cuando nos animamos a doblar nuestra primera película. Las traemos del extranjero a través de una distribuidora, no trabajamos con las televisiones.
 
– ¿Cuáles son las claves de un buen doblaje para evitar las consabidas críticas?
– Ser fiel al original. La premisa es que no se trata de tu creación, sino de la de otro intérprete, por eso te ciñes a lo que él ya te da. Y estar pendiente de su labor mientras le doblas te va dando un aprendizaje: cómo mira, cómo se para, cómo respira. Otra cosa es la animación, que sí da pie a la creatividad. Nos lo pasamos pipa inventando. Y en Andalucía, con la gracia de la gente… En Dragon Ball dirijo a Ana Fernández, Manolo Solo, Mariano Peña, David Arnáiz… Son grandes profesionales que hacen unas cosas chulísimas.
 
– ¿Para cuándo títulos doblados con acento sureño?
– En la serie de dibujos Bandolero algunos personajes lo hablaban. Tambien se ha hecho con vídeos didácticos. Me da rabia que el andaluz esté tan denostado, la pequeña proporción de actores que no emplea el castellano neutro en la pantalla no se corresponde con la realidad. ¡Parece impuesto por ley!
 
– Con semejante bagaje en lo que respecta a la voz, ¿se considera buena imitadora?
– No se me da bien. La parodia sí: soy divertida, tengo vis cómica, disfruto con el humor irónico…. Me encanta reírme. No sé por qué me hacen llorar tanto cuando tengo más habilidades para la comedia. Debo tener cara de sufridora.
 

 
– El Premio Asecan la ha consagrado en su tierra. Algunos se preguntan por qué no tiene más presencia a escala nacional…
– Porque siempre he estado aquí, y así cuesta más proyectarse. Me quedé por voluntad propia, fue como una reivindicación: no concebía que todo estuviese centralizado en un sitio. Y luego tuve hijos. Dejé de hacer largas giras teatrales porque quería estar con ellos. Si me hubiera ido a Madrid, habría establecido más relaciones, mi carácter inquieto me habría brindado oportunidades…
 
– Pero con Yo soy la Juani sí la vieron en toda España.
– Bigas Luna me veía y decía: “Estás muy mona, que te pongan más fea” [risas]. Que mi personaje fuera pequeño no aligeró el proceso de creación, puesto que cambié mi fisonomía sacando barriga y poniendo chepa, hasta el punto de que la mujer del cineasta no me reconoció al verme arreglada en la rueda de la prensa. Bigas era inteligentísimo, se hacía dueño de la conversación en todo momento, tenía una educación exquisita. Nos dejaba hacer con libertad, preparábamos las secuencias improvisando.
 
– Así que es usted de proponer.
– Para El pacto me llamaron directamente, fue mi única actuación sin casting. Mi papel en el guion no era como yo lo construí. En una reunión con Fernando Colomo le presenté una lista de matices y me los compró. Gracias a eso el personaje creció: de ser una madre normal pasó a estar volada por su adicción a los tranquilizantes para paliar sus ataques histeria.
 
– También se la ve envejecida en Todo saldrá bien, cuya filmación se le hizo cuesta arriba…
– Pedro Casablanc no se cortó al confesarme: “Estás maravillosa, hija, pero sales horrorosa”. Mi Mercedes llegó a afectarme. ¡Estaba hasta el gorro de rencor y odio! Al terminar celebramos una fiesta en el único pub del pueblo almeriense de Purchena y nos echaron a las tantas porque teníamos necesidad de bailar, brincar, reír...
 
– ¿Constituye la cumbre de su trayectoria hasta el momento?
¡Claro! Encarné un personaje protagonista que pasaba por todos los estados de ánimo, con un trasfondo muy rico en cuanto a circunstancias, no tenía nada que ver conmigo. Y eso me permitió lucirme, me permitió crear algo con desarrollo.

– Es su tercer largometraje a las órdenes de Jesús Ponce tras 15 días contigo y Déjate caer. ¿Cómo surgió la alianza?
– No me habían llamado para una sola prueba de cine en años y él me dio la primera oportunidad después de insistirle. Porque mi aparición en 15 días contigo estaba pensada para una mujer mayor. Es un devoto absoluto de Bergman, que dirigía a unos mismos intérpretes. Admiro sus ideas geniales que materializa con cuatro duros.


 
– Sabedora ya de lo que supone encabezar un elenco, ¿anhela más roles principales?
– Por supuesto. Y prefiero contar yo la historia en vez de ayudar a que la cuente un hombre. Si las espectadoras jamás se ven reflejadas como heroínas o mujeres con poder, sino como madres sufridas o esposas discretas, no se revertirá tal situación de debilidad. Ellos siempre creerán que tienen que llevar el mundo a sus espaldas cargados de testosterona. Y la imagen femenina que transmite la televisión es gravísima: hace creer que no puedes aspirar a nada si no tienes 25 años y estás buenísima. Eso no es real y crea complejos. Quienes nos dedicamos a esto disponemos de la tribuna del audiovisual, y es poderosa, por eso tenemos la responsabilidad de promover cambios en la sociedad.
 
– Habituada a ejercer de secundaria, su experiencia le dice que…
– No se les valora lo suficiente, y la labor de los protagonistas también depende de los demás. En inglés se habla de supporting actors, que me parece más acertado. Multitud de intérpretes llevan toda la vida de secundarios y merecen una oportunidad. Este año me he alegrado muchísimo por el éxito de Luis Callejo. Pero los grandes nombres hoy están aceptando papeles de reparto debido a la crisis, así que la cosa empeora para quienes no ocupamos de partida el primer escalafón: decir una frase en una película ya es un logro.
 
– Uno de sus recientes filmes es El apóstata, sobre la ruptura con la religión. ¿Choca ese tema al proceder de la ciudad devota por antonomasia?
– Fui consciente de los distingos por proceder de una clase inferior. Allí me metieron un miedo horroroso al infierno, y como era sensible, siempre estaba aterrorizada. Tenía creencias, me obligaron a hacer la comunión, pero mis comeduras de cabeza acabaron con ellas. No estoy de acuerdo con la religión católica ni lo que conlleva: fomenta un machismo desastroso, la misericordia no existe… Esas cosas van contra Dios. Aunque no profeso ningún credo, sí medito con los budistas kadampa. No practican el proselitismo, solo me hacen partícipe de una forma de vida maravillosa con la que cumplen, desde el voto de pobreza a compartir absolutamente todo. Me han acogido sin reservas cuando he tenido un problema y me han ayudado sobre todo a saber controlar el enfado. Cultivan la filosofía del amor. En lugar de incitar al ojo por ojo cada vez que les hacen daño, huyen de la venganza, sienten compasión por el otro porque el karma le devolverá el sufrimiento. Después de ir a retiros con ellos o a sus talleres quiero más a la gente. Y el secreto está en querernos. La meditación es una medicina, los médicos la recomiendan.
 
– A juzgar por la denuncia social en muchos de sus trabajos y su amor a los demás se deduce que es usted una persona comprometida.
– Últimamente voy menos a manifestaciones porque no sirven de mucho. Participo en organizaciones reivindicativas como CIMA [Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales] o AAMMA [Asociación Andaluza de Mujeres de los Medios Audiovisuales], colaboro con todo tipo de ONG a través de la presentación de galas y fotos para calendarios, escribo cartas por Internet para las Acciones Urgentes de Amnistía Internacional, apadrino niños en la India con la Fundación Vicente Ferrer… Y hago lo que puedo en mi día a día, que muchos enarbolan la bandera y son unos hijos de puta con el de al lado. La actitud en la vida cotidiana es mucho más importante que cualquier otra reivindicación.


 
– Bigas le puso en la piel de una madre frustrada por no perseguir sus sueños. ¿Cuáles tiene usted por cumplir?
– Me encanta dirigir a actores, tengo capacidad para sacar lo mejor de cada uno. Sé que escribiré un guion de película al que llevo años dándole vueltas: una comedia negra sobre la situación de una mujer respecto a su pareja y el mundo masculino. Y con el creador de Caniville, Hilario Abad, tengo la idea de una serie que grabaremos para Internet si no sale adelante en televisión.
 
– ¿Y en lo estrictamente interpretativo?
– Me gustaría participar en alguna cinta menos precaria, pero los presupuestos son los que son, aunque producciones con mayores medios también podrían interesarse por la denuncia social… Y aparecer guapa de vez en cuando, que siempre me ponen horrible. A ver si me toca una mujer empoderada, que en su conflicto no sea la víctima, con registro cómico a poder ser.
 
– ¿Actuar con su hermana Lucía es una espinita clavada?
– Hemos intervenido por separado en Caniville y Rocío, casi madre. Nos han propuesto trabajar juntas, incluso con un guion potente sobre hermanas, pero nunca ha salido. ¡Estamos deseándolo! Lucía no está correctamente valorada pese a atesorar un talento impresionante. Es una cómica absoluta: no tiene sentido del pudor. Y en drama también es buena. Con su ayuda preparé Todo saldrá bien, fue una coach muy cañera.
 
– Un montón de internautas la tendrán seguramente en el recuerdo por la detestada profesora Carmen Vargas de la webserie Caniville. ¿Cuál es en su opinión el principal fracaso de nuestro sistema educativo?
– El sistema en sí. Está obsoleto. No valora las enseñanzas que realmente sirven a los alumnos para crecer como personas y vivir. Hay un montón de conocimientos que se imparten de manera absolutamente insoportable y hacen que los chavales padezcan una tortura. Memorizan listas de nombres y títulos que olvidarán en una semana. Eso solo sirve para frustrar. Mi hija me lo dice llorando: le gusta aprender, pero tiene inquietudes creativas cuyo desarrollo es impensable tanto en el instituto como fuera, pues empollarse esos tochos no deja tiempo libre.


 
– Parece que la chiquilla seguirá sus pasos. Ya ha hecho sus pinitos en series…
Soy una actriz tardía porque no me creí mi vocación. Influyó ese axioma de que uno debe estudiar cosas que sean necesarias. Y el hecho de buscar siempre lo práctico fue un hándicap. No quiero que mis hijos pasen por lo mismo que yo ni que les condicionen las salidas profesionales que tengan después de su formación. Lucía hace fotografías, graba y monta vídeos, canta y baila, actúa… Pablo compone y canta rap, está cursando Audiovisual… Que no piensen en ganarse la vida, que piensen en ser felices.
 
– En Andalucía lleva varios cursos ofreciéndose el programa AulaDCine. ¿Necesita mayor presencia el séptimo arte en los colegios e institutos?
– Aunque los libros son necesarios, el conocimiento se transmite con un mayor impacto mediante el audiovisual. Sobre todo entre los adolescentes. ¿Cómo no van a estudiar cine? A través de esa disciplina se puede aprender historia, se puede entender mejor la vida. Y hay que enseñar teatro y música. Pero de verdad, de una forma integral.
 
– Es usted como un talismán para jóvenes compañeros que luego se convierten en estrellas. Presenció el despegue de Verónica Echegui con Yo soy la Juani y el segundo Goya de Natalia de Molina por Techo y comida. ¿Qué tal se entiende con ellos?
Soy muy madre. ¡No me extraña que me den personajes de se tipo! Acabo ejerciendo como tal con ellos. Luego me llaman “mamá” cuando nos vemos o en los mensajes por Facebook. Se me quedan de hijos para siempre y los quiero a todos. El talento bestial de Verónica y sus ganas de currar no son de este mundo. Trabaja mucho la verdad. Supe que lo iba a petar desde que la vi. Y a Natalia la tenía delante y se me caían los palos del sombrajo [risas]. Vi Techo y comida a su lado en el Festival de Málaga y luchaba contra mis ganas de abrazarla y darle besos.
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